Las relaciones anglo argentinas en el siglo pasado según los archivos del F. Office

EL profesor H. S. Ferns, de origen canadiense, decano de la Facultad de Comercio y Ciencias Políticas de la Universidad de Birmingham, es autor de un interesante libro sobre nuestro país. Editado por Clarendon Press, Oxford, 1960, con el título Brítain and Argentina in the Nineteenth Century intenta ofrecernos, a través de quinientas ceñidas páginas una Interpretación de nuestra historia a la luz de la economía y la política, según él la ha visto, con la ayuda de la documentación del Ministerio de Relaciones Exteriores de Inglaterra. Dice «bien Ferns, que «los papeles del Foreing Office constituyen un cuerpo de información registrada con continuidad y razonablemente uniforme que cubre el período total, des de las invasiones inglesas hasta el arreglo de la crisis de la casa Baring. Complementados por los informes extraídos de fuente privada, del Almirantazgo, del Ministerio de Guerra, del de Comercio, de la Oficina de Registros de Compañía, los archivos de la cancillería proveen los datos principales de este estudio. Ellos, contienen una amplia y variada información de carácter económico, social y también político. Poseen, además, el mérito de convergir sobre los problemas más generales y críticos de las relaciones entre ambos países. En su mayor parte representan el esfuerzo de observadores cultivados y a menudo muy agudos.»
La hábil utilización de tan importante material informativo, casi inédito para los argentinos, y el rigor metodológico de Ferns le permiten completar un trabajo de elevada categoría. Por otra parte, el autor no se limita a exponer fríamente el tema elegido. Con gran dominio del asunto y haciendo gala de un estilo literario persuasivo y a veces brillante, mantiene en todo momento la atención del lector. Sabe equilibrar eficazmente los diversos planos que se entrecruzan en el ordenamiento general de la obra. La fase económica se destaca siempre en el conjunto, pero la reflexión política o social y el retrato psicológico de los hombres que fueron actores del proceso que narra, acuden de continuo a apuntalar la fábrica en que se sustenta el edificio. A veces anticipa hipótesis audaces, que muchos no compartirán si bien ello se explica, puesto que Ferns acepta sin discutir los supuestos de la concepción y situaciones, mediante el auxilio de un lenguaje insinuante, lleno de matices e intenciones, que hace honor a los grandes prosistas ingleses.
Ferns, en la introducción de su libro, sitúa el problema de la independencia americana en una perspectiva distinta de la que la mayoría de los historiadores le conceden. Ella es, a sus ojos, una consecuencia de la lucha secular por el proceso a los nuevos mercados y fuentes de materia prima planteada entre el imperio inglés, en plena ascendencia, y el español, condenado a la ruina ya desde los tiempos de Felipe II. Sin embargo, este avance impetuoso presentaba también sus problemas para los comerciantes de Londres. «Del lado británico la política de intromisión a través del comercio clandestino llegaba a los límites de sus posibilidades. Ya hacia 1763 era evidente que la exportación de mercancía inglesa excedía la demanda del mercado. Crisis de este tipo constituían un fenómeno repetido el cual sugería que los obstáculos para la ulterior expansión comercial británica no residían tanto en las leyes de Indias, que no era difícil eludir, sino en las de la economía, que no podían serlo; pues la pobreza de los mercados coloniales españoles, el bajo nivel de productividad, el autoabastecimiento local, el carácter estático y jerárquico de las relaciones «sociales, el profundo conservatismo y el espíritu de resignación fomentado por la Iglesia resultaban más potentes que las leyes para determinar la verdadera magnitud y. elasticidad del mercado en favor de la manufactura inglesa. Esta situación estaba madurada ya, en las vísperas de la Revolución Francesa; la expansión comercial requería no el cambio de las leyes aduaneras españolas, sino la reforma de la sociedad.».
Esta tesis no es una elaboración caprichosa del autor. Corresponde, sin duda, a los. hechos que en el complejo mecanismo de la integración del imperio británico adquiría importancia cada vez mayor en la medida en que el nuevo mundo se presentaba como el centro de atracción para jugosas inversiones y ofrecía la fuente de materia prima indispensable para una industria que se orientaba hacia la producción en gran escala. América significaba ya en los planes de los hombres de negocios de la City y de Liverpool el vasto escenario desde donde saldrían los recursos destinados a montar parte de la maquinaria financiera más extraordinaria e influyente que ha conocido el mundo.
«La idea admitida en Inglaterra de que los intereses locales de los habitantes de las colonias españolas los separaban de su gobierno, era muy antigua, puesto que databa de los de Hawkins, y tenía cierto peso. Empero, no fue sino después de la revolución americana del norte que se la tomó seriamente como fundamento de la política británica. Durante la tensión angloespañola de 1790 con respecto de los derechos de cada nación sobre la costa noroeste del Pacífico, resultó claro para Pitt que las colonias hispanas eran una mina ya «preparada» para estallar y a la cual él sólo debía aplicar una mecha en la forma de armas facilitadas a los revolucionarios. Pitt conferenció con Miranda, oficial español desertor y entusiasta de la revolución, en febrero de 1790 y lo colocó en la lista del servicio británico retribuido hasta que la crisis de Nootka Sound fue resuelta. Desde esta época en adelante los planes para provocar el levantamiento de los dominios españoles de ultramar fueron periódicamente considerados por los dirigentes políticos ingleses, pero mucha sangre y dinero se derrocharon y muchos desatinos se cometieron antes de que la clara y simple línea de Castlerergh y Canning fuera aceptada y se lograra la transición de la política imperialista del siglo dieciocho a la de apoyo liberal en favor de los cambios revolucionarios». No debe asombrar, entonces, que «cuando Carlos III reformó las instituciones del virreinato de Buenos Aires sus intendentes recibieran instrucciones con el fin de acentuar el desarrollo económico, pero todo lo que alcanzaron a hacer fue construir nuevos edificios públicos y ofrecer mejores servicios sociales… El imperio español, que necesitaba más capital que el británico para su evolución, recibía míenos. Hay una distinción real y fundamental entre un organismo social dedicado en sus propósitos principales a la acumulación de capital y otro que persigue fines precapitalistas, y esta diferencia resultó esencial entre España y Gran Bretaña en el momento en que se derrumbaba el imperio español, caída a la que sutilmente ayudó Inglaterra.»
Entre los errores de la diplomacia inglesa en que Ferns se detiene, figuran las invasiones de 1808 y 1807. Mas éste es un desliz muy singular, porqué explica de qué manera el invasor encontró la ecuación imperial» que venía buscando desde hacía siglos y cómo nosotros perdimos la independencia económica en el instante que se nos aparecía como el de la libertad política. La repetida derrota a mano de los criollos, que motivó el proceso de Popham y la degradación de Whitelocke no fue obstáculo para que los hábiles políticos ingleses sacasen las conclusiones necesarias que convirtieron el contraste de las armas en una victoria completa de su economía. Ferns admite estos hechos sin dejar de rendir el obligado tributo de admiración a la parte militarmente vencedora que quedaba, a la vez, sometida al yugo invisible del imperio. «Se ha expresado frecuenernente que uno de los supremos defectos del gobierno español de América consistió en la inexperiencia política a que condenaba al pueblo. Si ello es así por lo menos algunos de los habitantes de Buenos Aires aprendieron sus lecciones políticas teóricas con asombrosa rapidez y demostraron superioridad de talento sobre Popham y Beresford en muy corto espacio de tiempo.»
Pero este homenaje, irónicamente británico, no puede ocultar los hechos. El astuto Castdereagh, al promediar el año 1807, pensaba que el gabinete de su majestad debía buscar «si algún principio de acción más de acuerdo con los sentimientos de los pueblos de Sud América, podía ser adoptado, el cual en tanto no nos envuelva en ningún sistema de medidas que, por motivos de moralidad política, debe ser evitado, sea capaz de librarnos de la desesperada tarea de conquistar estos extensos territorios contra el temperamento de sus habitantes». Este es el descubrimiento de la ecuación política buscada por Inglaterra a través de fracasos y desazones, que la habilitarían para someter, por medio del comercio y las finanzas, a lejanas regiones del globo, que ninguna fuerza militar podían mantener aherrojadas.
El pensamiento de Castlereagh resume la experiencia de siglos en la lucha por el afianzamiento del imperio. La conquista mediante las armas es contraproducente porque infiere ofensas gratuitas al sentimiento nacional de los pueblos, y en el Río de la Plata demostró su parcial ineficacia. Además, resulta inútilmente costosa si el país que las promueve tiene otros recursos más seguros y poderosos para imponer su hegemonía. Los políticos ingleses corrigieron la torpeza peculiar de almirantes y generales, con su cambio de estrategia sobre la marcha misma de los acontecimientos. Los intentos de dominación violenta se convirtieron así en una infiltración pacífica, que a partir de esa fecha consiguió dos objetivos definidos: la independencia política nominal americana de la corona española para los nativos y el usufructo del comercio del nuevo mundo como herencia magnífica para la nación que había entrado en la órbita de la gran producción industrial capitalista.
Del cambio de tácticas operado en la dirección de la política inglesa da una significativa muestra el aludido ministro cuando dice que «puede aún dudarse si la silenciosa e imperceptible operación de nuestro intercambio comercial ilícito con aquella porción del mundo durante la guerra no sería más eficaz y beneficiosa si nos presentásemes sólo como comerciantes, ya que al aproximamos como enemigos se ha dado un nuevo motivo de reacción al gobierno local, que puede probablemente habilitarlo mucho mejor para reforzar las medidas coercitivas contra nuestro comercio».
Ferns sostiene, entonces, la tesis de que la Revolución de Mayo fue la consecuencia lejana del antagonismo entre Gran Bretaña y España, y el efecto inmediato de las invasiones inglesas. Sobre este particular se detiene largamente en diversos pasajes de su libro; ilustra su aserto con referencias profusas en cuanto a la gravitación de la escasa pero influyente colectividad inglesa radicada en Buenos Aires desde antes de los acontecimientos militares de 1806 y 1807. Los cambios económicos y políticos que en el mundo se venían produciendo y que precipitaron la crisis institucional del virreinato en 1810, le parecen al autor las verdaderas razones generadoras del pronunciamiento de Mayo. Pero detrás de ese escenario abigarrado hay una mente ordenadora que dirige los hilos y mueve a los personajes que aparentemente siguen los esquemas diseñados por la potencia que en ese instante representa la línea progresista. «Los cambios revolucionarios iniciados por el Triunvirato crearon las condiciones que hicieron posible, eventualmente, una vida más firme y segura para los intereses británicos. Los derechos de importación y exportación fueron reducidos y algunos abolidos.» Si se juzga la teoría de Ferns por las esperanzas, deseos e intereses de la clase burguesa del Río de la Plata, no cabe duda de que los argumentos del autor tienen mucho peso. La Revolución de Mayo es también, en buena parte, un proceso económico empujando desde afuera. Los individuos que se habían enriquecido en el comercio ilegal realizado particularmente por medio de los barcos de bandera inglesa, veían con necesaria simpatía una íntima unidad con la nación que les ayudaba a movilizar la riquezas yacentes en la pampa. Las relaciones comerciales, azarosamente anudadas desde comienzos del siglo XVIII a espaldas del gobierno colonial español —el cual, por lo demás, se mostró siempre ajeno a las exigencias de los nativos— debía producir afinidades ideológicas por cierto. Los conceptos de libertad de comercio, progreso técnico, promoción de la riqueza mediante inversiones de capital, hallaron en el litoral fluvial argentino resonancia inmediata y encontraron adeptos entusiastas. Las teorías políticas que los ingleses ponían en circulación por medio de Castlereagh y Canning estaban llamadas a ejercer mayor impacto que toda la literatura filosófica de la enciclopedia entre los estancieros y comerciantes de Buenos Aires. Y en el terreno práctico eran estos hombres; los que podían decidir la orientación concreta de cualquier cambio de gobierno. Aconteció, entonces, lo que estaba preparado por el momento histórico. La revolución industrial inglesa hizo sentir su presión en todas los rincones de la tierra y liquidó las formas anquilosadas de producción e intercambio. Las ideas democráticas de gobierno que acompañaban como señuelo a la infiltración económica, no posean otro valor que el que la propaganda comercial añade a sus productos. Las clases dirigentes que asumieren la dirección del país lo hicieron con la convicción íntima de que así echaban las bases de su fortuna personal y cimentaban los fundamentos de la burguesía cuyos intereses deberían reflejarse en la nación misma organizada según la concepción individualista de la sociedad. Esto era lógico y razonable en aquel instante, aunque no fuera justo. Esta es la consecuencia que se extrae del lúcido trabajo de Ferns. Por supuesto, él no pretende decir que todos estuvieran de acuerdo con les resultados que se mencionan o que no existieran núcleos minoritarios que con razones muy valederas pensaran que la independencia americana debía conducir a un destino diferente que el de depender, según la marea de la historia, de un imperialismo agonizante o de otro en ascenso. En la vida de los pueblos los hechos sucedidos tienen una explicación, y la que ofrece Ferns, descendiente del mejor empirismo inglés, presenta grandes méritos y dejaría muchas enseñanzas si todos pudieran meditarla serenamente.
Los años transcurridos desde las aventuras militares de principio de siglo hasta 1824, fueron de intensa actividad para la diplomacia inglesa. Los asuntos del Río de la Plata, que hasta entonces habían sido problemas de comerciantes-más o menos clandestinos, se convirtieron en cuestiones de primer plano para el gabinete de Londres. Es bien conocida la acción desplegada desde Río de Janeiro por lord Strangford. Sus relaciones epistolares con la Primera Junta, según las ha revelado Enrique Ruiz Guiñazú en su biografía sobre el célebre diplomático, vienen también en ayuda de la tesis de Ferns.
Mas no sólo el bando liberal ayudó a socavar el poder peninsular en América. Representantes del clero, los jesuítas en particular, después de su expulsión de las Misiones, parece que se anticiparon en esa tarea. Habrían sido, en efecto, los antecesores de quienes posteriormente aceptaron sueldos de la corona inglesa para colaborar en su lucha contra España. Guillermo Furlong, que niega la influencia de las ideas francesas en los sucesos iniciales del Río de la Plata, concuerda, en parte, con el autor que nos ocupa cuando dice en su libro La Revolución de Mayo, página 79: «Bastaría para hacer cautos a los incautos, que así han considerado nuestra emancipación, el hecho de que, ocho años antes de producirse la revolución francesa, entre mayo de 1781 y agosto de 1785, un sacerdote, que era a la vez jesuíta, el argentino padre Juan José Godoy, habiéndose trasladado desde los Estados Pontificios a Londres, procuraba convencer a los políticos de la corte de Saint James para que el gobierno británico promoviera o, a lo menos, respaldara y apoyara- el levantamiento y la independencia de las provincias ultramarinas hispanas, y de 1780, nueve años antes de la dicha revolución de 1789 es la primera redacción de la Carta a los americanos españoles, escrita por otro jesuíta, el padre Juan Pablo Vizcario, carta que fue la primera clarinada que sonó en la América hispana, y de la que tanto se valió a partir de 1790 don Francisco de Miranda».
El artífice de las relaciones anglo-argentinas, el que completó la ecuación buscada desde los tiempos más remotos, fue, sin duda, lord Canning, quien interpretó y dio forma definitiva a la visión difusa dé Castlereagh. La obra maestra de este político es el tratado de 1825, negociado por intermedio de Woodbine Parish, Rivadavia y. García finalmente. «La diplomacia de Canning —dice Ferns— expresada en el tratado angloargentino de amistad, comercio y navegación fue simple, madura y, en muchos aspectos, el primero y mejor ejemplo del nuevo liberalismo en economía y política. Representaba el esfuerzo para crear una relación de mercado libre entre una comunidad industrial y otra productora de materias primas. En este convenio el papel del Estado se reducía a garantizar el funcionamiento del mecanismo de un mercado automático. Los únicos vestigios del viejo mercantilismo en el tratado eran las estipulaciones en contra de su renacimiento. En ninguna de las dos comunidades resultaban enteramente aceptables los
supuestos del laissez faire contenidos en el tratado, pero en ambas las clases de individuos que veían en el mercado libre la mejor garantía de «sus posibilidades e intereses se hallaban en ascenso. Este era más bien el caso de Gran Bretaña que de la Argentina. En Inglaterra el viejo mercantilismo estaba siendo rápidamente desmantelado y el convenio debe ser considerado como un incidente en el proceso general. En la Argentina la primacía de ios intereses de la exportación —los hacendados que producían artículos para el mercado internacional— existía sólo en la provincia de Buenos Aires, más el equilibrio de fuerzas, tanto de las internas como de las internacionales, era favorable al tratado. En_ verdad, la Argentina creció dentro del convenio y éste se convirtió en el fundamento legal del intercambio anglo-argentino, hasta el retorno al mercantilismo en la década de 1930, que tuvo sus comienzos, en tanto a la Argentina y Gran Bretaña respecta, en el acuerdo Roca-Runciman, de 1933».
No hemos de entrar a considerar el tratado en sí, cosa que, como es lógico, no hace el autor del libro que aquí nos ocupa; por lo menos no lo examina desde el punto de vista de las consecuencias económicas que tuvo para nosotros. En cambio, Ferns nos ofrece algunos detalles que rodearon su gestación diplomática entre Parish, Rivadavia y García. Creemos necesario traducir literalmente esta parte del trabajo porque ella ilumina un episodio importante del pasado argentino, sobre el que los historiadores oficiales callan unánimemente.
Se refiere Ferns al esfuerzo que todo diplomático debe realizar en casos excepcionales, como los que le tocaba al representante inglés, para obtener informaciones precisas sobre la estabilidad del gobierno con el que ha de tratar y el alcance y las miras de los funcionarios que lo componen. «En el caso de Rivadavia —expresa— esta tarea demandaba gran agudeza de percepción, pues éste era a la vez el creador imaginativo y original de una política que reunía las medidas prácticas para realizar ideales revolucionarios y una individualidad astuta, vanidosa e interesantemente ambiciosa, siempre inclinada a perfeccionar la maquinaria política personal». Tan pronto como hubo recibido a Parish ya se preocupaba del nombramiento de alguien que representase a su gobierno en Londres. Formuló la extraña pero no inexplicable elección de un subdito británico, que era socio de la firma bancaria y mercantil londinense Hullett Brothers and Company; Esto molestó a Canning.
«Yo no puedo admitir congruentemente con mi deber público —escribe el ministro— o con el sentido del decoro a un caballero inglés de la profesión mercantil dentro de las relaciones diplomáticas como agente de un estado extranjero. No tengo ningún motivo para dudar de la probidad de Mr. Hullett; pero por su propio bien así como por el crédito del gobierno en general yo debo cuidar que en las fluctuaciones de los valores sudamericanos, que se producen cada vez que llega información del Río de la Plata, no se provoque ninguna sospecha de que una casa comercial tiene ventajas sobre el resto a través del carácter oficial de sus socios».
«Canning insistió en que fuera designado un nativo de Buenos Aires. Su acierto puede ser juzgado por los hechos subsiguientemente revelador, según los cuales Huflett Brothers and Company fueron los promotores de diversas compañías mineras, cuyas acciones se ofrecieron al público, y resultaron también los rivales de Baring Brothers en un incidente de vastas proporciones aunque de carácter obscuro, sobre el cual existen algunas alusiones en los archivos del Foreing Office.
«Rivadavia se empeñó muy pronto, asimismo, en un esfuerzo por atraer al gobierno inglés dentro de las rencillas de la política argentina. La figura más importante en el movimiento revolucionario de la época era, desde luego, el general José de San Martín. Esté se hallaba fuera de sus funciones y sin ocupación. Rivadavia se hizo pasar ante Parish como el amigo íntimo de San Martín, a quien el corazón y el pensamiento del Libertador le habían sido revelados. Su «llegada a Inglaterra» dijo Rivadavia a Parish, «y su supuesta intención de «ponerse en comunicación, si es posible, con el gobierno de su majestad podría, en este momento, ser causa de algunas dificultades». Rivadavia advirtió luego a Parish que San Martín era un monárquico, cuya ambición consistía en implantar una dinastía europea en América. El general no iba a Europa a dirigir la educación de su hija, según él públicamente afirmaba, sino a activar la causa de algún príncipe del viejo mundo. Rivadavia, sin embargo, había salvado la situación para Inglaterra».
Parish resultó un diplomático hábil, que supo comprometer los servicios de mucha gente del mundo oficial, aunque según observa Ferns, «no prestó mayor cuidado a los habitantes obscuros y modestos, pues ellos también representaban un factor en la situación.»
Las tratativas del convenio fueron laboriosas, pero evidenciaron claramente los sentimientos anglofilos de la clase dirigente. Parish recompensó la intervención del gobernador, de Rivadavia y del ministro de Guerra con artísticas cajitas de rapé, entregadas en nombre de su majestad británica. Tan grande se consideró el horror de este obsequio que el representante inglés debió pedir a Londres tres más, iguales a las anteriores, con destino a quienes habían quedado molestos por el olvido; entre ellos resultó favorecido Manuel García, subsecretario de Relaciones Exteriores que intervino en la fase final del tratado. «Para las figuras menores Parish ordenó algunas buenas imágenes de su majestad con hermoso marco…, entregadas a «aquellas personas que me proveen información y están siempre dispuestas a prestarme servicios».
Una de las cuestiones que más preocuparon a García durante la sustanciación del tratado fue la de 3a reciprocidad de derechos. «Desde el punto de vista argentino —subraya con intención Ferns— la reciprocidad era de importancia política y emocional; en la práctica significaba bien poco, dado el carácter de la sociedad, la opinión y la ley en Gran Bretaña. Cuando García puso sobre el tapete este problema Parish instantáneamente estuvo de acuerdo en que todas las seguridades serían recíprocas». Este reconocimiento era la mejor forma desnegar en la práctica lo que se acordaba en la teoría. Entre un país que había llegado a tan alto desarrollo industrial y financiero y otro que iniciaba su vida en medio de las mayores penurias las concesiones estipuladas, tales como las que otorgaban a los argentinos en Gran Bretaña iguales derechos que los que se brindaban a los ingleses «en la Argentina, parecían bromas de mal gusto.
Según los datos que contiene la obra que estudiamos, en el año 1824 las exportaciones de origen inglés que entraban en el Río de la Plata excedían del millón de libras esterlinas, las que por supuesto venían en barcos de la misma nacionalidad. Inversores londinenses poseían bonos de Buenos Aires por un millón de libras y diversas compañías mineras y de inmigración se organizaban para entrar en funciones. No hay datos precisos sobre la manera en que pagaban los productos manufacturados y los servicios de esas deudas, pero todo indica que inmensas cantidades de materia prima y metálico debieron también salir del Río de la Plata con rumbo al Támesis. Este período de euforia económica, creado por el tratado de 1825, según Ferns, no mantuvo su nivel y a partir de entonces los negocios británicos sufrieron algunos tropiezos que los mantuvieron estacionarios hasta la caída de Rosas. Uno de estos fracasos está vinculado con la explotación de las minas de Famatina. También Rivadavia resultó actor principal de este episodio. Hullett and Company- agentes comerciales de Rivadavia— organizaron en Londres la Río de la Plata Mining Company para explotar aquellos yacimientos. Pero, al mismo tiempo, un grupo de políticos y terratenientes consiguió la concesión del gobierno de La Rioja con igual propósito, la que vendieron a una empresa inglesa formada por los hermanos Robertson, titulada Famatina Maning Company. Rivadavia había urgido a Hullett and Company la formación de la compañía asegurando enfáticamente que las Provincias Unidas poseían ricos depósitos de oro y plata. «Rivadavia—asegura Ferns— parece haber sido mejor político que geólogo, pues las celebradas minas de Famatina no respondieron a la descripción que él había enviado a sus agentes. Aún como político no salió muy bien parado de este incidente, ya que, en segundo lugar, las propiedades que ambas compañías se proponían trabajar eran idénticas. Rivadavia y el gobierno de Buenos Aires habían otorgado a la Río de la Plata Company la propiedad que el gobierno y la Junta de la provincia de La Rioja habian concedido simultáneamente a la Famatina Company».
De esta época data también el préstamo de Baring Brothers, contratado por Rivadavia, en condiciones tan gravosas para el país y con las consecuencias conocidas y estudiadas por especialistas argentinos, entre los que debemos recordar a Raúl Scalabrini Ortiz.
Ferns da, asimismo, su versión sobre este asunto y examina lo que llama «el fracaso del préstamo de 1824», puesto que los acreedores ingleses tuvieron que esperar muchos años para resarcirse con creces del capital invertido. De cualquier manera tan complicado problema le sirve al autor para introducir una serie de observaciones adecuadas para orientarse en los entresijos de las finanzas oficiales y las relaciones pecaminosas que ellas han mantenido con los intereses privados
La guerra del Brasil, las disensiones civiles y el entronizamiento de la dictadura de Rosas son, por otra parte. hechos de los cuales el libro se ocupa largamente. El bloqueo anglo-francés es tema de estudio detenido y la figura del gobernador de Buenos Aires alcanza especial relieve en un drama provocado por razones económicas e intrigas políticas de todo tipo. «Durante la dictadura del general Rosas —sostiene Ferns— cierta clase de progreso fue alcanzado sobre el cual pudieron construir las generaciones posteriores. La paz se preservó por un largo periodo dentro de la extensa provincia de Buenos Aires. La frontera fue empujada hacia el sur y el norte. Los disturbios sociales quedaron eliminados. La independencia nacional se vio afianzada. Se aseguró la propiedad para todos aquellos que obedecían a las autoridades públicas. El convenio sobre los derechos de los extranjeros fue respetado rigurosamente. El desarrollo de la crianza comercial de vinos añadió variedad y fortaleza a la economía. Hay pruebas de acumulación de riqueza en manos privadas de nativos y extranjeros.»
Un largo capítulo es dedicado a lo que el autor llama «El comienzo de la inversión de capital inglés». El año en que el general Mitre asume el cargo de presidente de la República significa el punto equidistante en la historia de las relaciones angloargentinas. «Por coincidencia es tambien el punto decisivo de la historia. Su carácter cambia en esta etapa. Los diplomáticos, generales, almirantes y enviados extraordinarios cesan de figurar tan prominentemente en el curso de los hechos. Las personalidades se tornan menos importantes y los procesos sociales ocupan nuestra atención en medida creciente». Es la época de la guerra del Paraguay y de la inversión ferroviaria con su secuela de negociados en tierras, concesiones fraudulentas, garantía de dividendos a las compañías que simulaban capitales inexistientes y otras estratagemas parecidas.
(Particular interés tiene, además, el capítulo sobre la crisis de la Casa Baring, que provocó el colapso financiero de 1890, como consecuencia de la falta de control en los gastos público y en las inversiones, la especulación desenfrenada y la indiferencia del gobierno por el patrimonio nacional. «En todo intento para encender la crisis de Baring —dice Ferns— debe tenerse siempre presente que el esfuerzo extremadamente duro, con una recompensa real muy baja para quienes: trabajan en el agro, en los, corrales, mataderos y playas ferroviarias, fue el fundamento de su resolución. Este trabajo produjo los bienes comerciables que finalmente habilitaron al gobierno argentino y a las compañías ferroviaria? para satisfacer a las clases inversoras, o a una buena parte de ellas».
Manifesta el autor en el capitulo fina!, anticipándosela ciertas críticas cada vez más agudas a medida que las categorías financieras de la sociedad occidental son sometidas a rigurosa prueba, que «el término imperialismo es ampliamente usado en la Argentina y en otras partes al discutir la vinculación entre ambos países. La Argentina no ha pertenecido nunca, por supuesto, al imperio británico, pero es, o fue, parte del Imperio informal de Gran. Bretaña. La Argentina se halla dentro de la esfera de influencia inglesa. Inglaterra explota a la Argentina. Así se presenta la argumentación, y ésta es creída en gran medida; las actitudes que determinan la acción surgen, pues de esta forma de pensar
«Hay entonces una, instancia a favor por la amplia inversión inglesa en la Argentina, y existe otra en contra. La evidencia sugiere, sin embargo, que ninguno de estos casos ha sido suficientemente relacionado con los hechos.
«¿Puede, el término imperialismo ser aplicado a las relaciones anglo-argentinas? Si aceptamos la proposición según la cual imperialismo significa el hecho del control a través del poder político, entonces el veredicto para Gran Bretaña es indiscutiblemente «¡Not Guilty» (no culpable). El único intento completa realizado por Inglaterra a fin de establecer el dominio político en el Río de la Plata fracasó y a partir de ese fracaso desarrolló una tendencia que reconoció específicamente «que el poder político ejercido en y sobre Argentina o cualquier otra país de Sudamérica resultaba un medio ineficaz para alcanzar el objetivo inglés de una vinculación financiera y comercial beneficiosa. La ecuación política anglo-argentina que reconoció a Gran Bretaña y a la Argentina como variables independientes, no se derivó del idealismo liberal de Canning, sino de los hechos materiales aprendidos sobre el campo de batalla y discernibles para quienquiera que estuviese familiarizado con la característica del ambiente y del pueblo de la Argentina».
Esta es la parte más débil del libro del profesor Ferns. No vamos a polemizar con él porque los argumentos que expone, según acabamos de ver, carecen de fuerza en nuestra opinión, y aparte de que prueban lo contraria de lo que quieren demostrar, nacen, sin duda, de su propia formación intelectual. Es imposibe pretender que un hombre que no escribió para los argentinos trate este tema colocándose en la perspectiva histórica que a nosotros nos resulta más adecuada a la realidad. Todos sabemos que no se necesita la ocupación material de un país para dominarlo y explotarlo. Por el contrario, el sutil sistema financiero inglés ha logrado mas éxitos en este sentido que cuantos ejércitos intentaron, aventuras militares de conquista en la historia del mundo. Y en la Argentina particularmente fue la tercera invasión, surgida de la enseñanza dejada por la lucha armada, la que Ocupó el país sometiéndolo al influjo invisible de la economía imperial.
Ante los ojos ingleses, y de algunos argentinos que aman a Inglaterra «con amor personal», debemos estar agradecidos por el vasallaje impuesto, pues de esa manera obtuvimos progresos y civilización y se abrió la pampa a los beneficios de la cultura europea. La verdad de este aserto sería completa si en retorno de las ventajas recibidas no se nos hubiera enajenado económica y espíritualmente. El profesor Ferns echa mano, con ligeras variantes, al mismo razonamiento que, según Alfred E. Taylor, resaltaba grato a los protestantes evangelizadores, quienes solían «defender la esclavitud de los negros en nuestras colonias con el pretexto de que el esclavo obtenía asi las oportunidades para la salvación, de la que no podía haber gozado como pagano libre en su Africa nativa».
Sin embargo, insistimos, con las salvedades formuladas, y otras que que, dan a cargo del atento lector, que Great Britain and Argentina in the Nineteenth Century es una contribución de primera clase para el conocimiento de nuestro pasado, sobre todo por la claridad con que se detiene a considerar la gravitación del aspecto económico en 3a vida de ambas naciones. Se ha dicho que gran parte de nuestra historia está sepultada en los archivos del Foreign Office, lugar desde donde se manejaban todas las intrigas diplomáticas y financieras del mundo en el instante en que nacía nuestra república Ferns ha utilizado esos documentos con largueza y honradez. Por eso su libro, bien escrito y mejor documentado, resulta de inapreciable valor para rever muchos juicios de la historia oficial, interesada siempre en lustrar las estatuas de héroes civiles y militares que han sido promovidos a la inmortalidad demasiado apresuradamente.

Alfredo Llanos

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