INTRODUCCIÓN
ES creencia arraigada entre la mayoría de los argentinos que a nuestra historia, como dice Martín Fierro, “le falta lo mejor”. Esto es, carece de la dimensión que habrá de convertirla un día en la herramienta adecuada para descubrirnos a nosotros mismos y mostrarnos en la realidad de que somos y queremos ser. Todo esto es un mundo intensamente desgarrado pero en marcha hacia otro tipo de relaciones humanas, que abarca en su expansión dialéctica regiones cada vez más amplias de lo real y las somete a sus leyes inflexibles. Ya no podemos considerar la historia a través del espejismo de los hombres representativos, que siempre son productos del medio social y político. Tenemos que aprender a percibir en los movimientos colectivos la fuerza oscura que mueve a la sociedad, y en los individuos que ocasionalmente ocupan el escenario de la representati-vidad pública, los simples instrumentos del devenir que, cumplida esa misión, caen “como cascaras vacías”.
Muchos son los esfuerzos que se han hecho para aclarar nuestro pasado y destruir ciertos relatos interesados, referentes a hechos ocurridos y a individuos que, desde los primeros tiempos de la independencia y más tarde, durante la época de la organización, les tocó, con suerte variada y aptitudes no siempre compatibles con las exigencias de la hora, dar forma efectiva al gobierno y orientar su funcionamiento. Sin embargo, una pesada costra de fraude y mentira sigue gravitando sobre la historia nacional, la que en ocasiones es simple crónica guerrera alrededor de batallas más o menos insignificantes; otra, panegírico ridículo sin relieve ai servicio de menguados fines, o, también, olvido voluntario de acontecimientos hondamente populares y de los hombres que intentaron captar su sentido prospectivo.
Parece un hecho establecido que entre los incas, a la muerte del soberano, se reunía un grupo de sabios y funcionarios para juzgar la vida del extinto. Si había sido meritorio su obra era enaltecida y cantada por los poetas; en caso contrario, sólo se mencionaba su nombre, sin comentario alguno, razón por la cual pronto caía en el olvido. “Si adoptáramos en nuestros días un sistema semejante —dice Louis Baurin— la historia contemporánea quedaría sorprendentemente compendiada”.
Los argentinos deberíamos aprender esta lección de autocrítica y de buen gusto de estos lejanos antecesores, y así eliminaríamos la molestia cronológica de contar los héroes por centenas y el perjuicio económico de mantenerlos en el presupuesto por millares. Sería, asimismo, un medio para otorgar jerarquía a una disciplina que entre los pueblos cultos merece más respeto, ya que ella sirve, en las comunidades con aspiraciones levantadas, de guía para ahondar el ser nacional, afirmar” su conciencia y orientarla en todas las encrucijadas de la vida social. En la historia —expresó profundamente Hegel— caminamos entre las ruinas de lo egregio. En la nuestra en cambio, deambulamos entre la sombra de lo grotesco y de una fingida grandeza, que ha convertido a la noble ciencia en relato novelado para satisfacción de la vanidad humana.
Pero, a veces, el telón del pasado se descorre tirado por algún espíritu curioso o indiscreto. La escena y los actores se animan entonces con nueva energía y llega hasta el espectador la certidumbre de que lo que observa, aún siendo ya conocido, adquiere, traspuesto en otra clave, formas inusitadas que echan por tierra ideas y preconceptos aceptados sin análisis.
Es lo que acontece con el libro de H. S. Ferns, Britain and Argentina in the Nineteenth Century, editado por Oxford Univertsity Press, en 1960. El profesor Ferns es especialista en economía, y enseñaba en la Universidad de Birmingham. En este trabajo, que ocupa 500 páginas, relata las vinculaciones diplomáticas y comerciales —los dos conceptos aparecen muy unidos— entre ambos países, desde antes de lograrse nuestra independencia política. Nos ofrece, quizá sin habérselo propuesto, una visión de la historia argentina y de los hombres que actuaron en ese período de la vida nacional, de corte netamente revisionista, valiosa por el aporte que representa para conocer entre-telones a los que no tenemos fácil acceso. Es, por otra parte, el testimonio de un caballero inglés —que ha obtenido sus informaciones en fuentes insospechables— el que se presenta al juicio general, y una atestación de tal procedencia ha sido siempre irrecusable para nuestras élites intelectuales.
El título del libro ha llamado justamente la atención en los escaparates de algunas librerías porteñas que venden obras inglesas, porque es prometedor en su seco y lacónico anuncio. Algunas personas lo han leído ya y tenemos la impresión que debe haber causado sorpresa, disgusto o satisfacción, según los casos, de acuerdo con la ubicación ideológica del lector. Anotamos, antes que nada, para salvar el celo nacionalista y geográfico de los argentinos dos errores que advertimos en el mapa de la página LV: a las Malvinas se las llama Falklands Islands y el territorio que corresponde a la provincia de Santa Cruz recibe el nombre de Patagonia.
Pero el libro, dejando a un lado erratas como las aludidas, que se explican por inferencias inconscientes tal vez, merece ser tratado con consideración; representa un esfuerzo intelectual de primera clase, realizado por un hombre serio y responsable, quien se ha documentado en fuentes de tanta importancia que si las tuviéramos en nuestro poder podríamos, en poco tiempo, dar vuelta toda la historia argentina, El Museo Británico, el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Ministerio de Guerra, el Almirantazgo figuran entre los principales proveedores de la información con la que ha contado el autor para desarrollar este variado y vivo comentario sobre las relaciones que Inglaterra mantuvo con el Río de la Plata desde fines del siglo XVIII hasta la guerra de los boers, que es donde termina el libro, pero no los efectos de la materia sobre la que trata,

LA GRAN ÉPOCA DE INVERSIONES
EL año 18 62 es la, fecha clave en que la marea de la historia política y económica de la Argentina se inclina definitivamente en favor del capital inglés. Falta poco para que seamos la granja de Gran Bretaña.
El capítulo que Ferns dedica a esta época de la vida nacional, titulado “Los comienzos de la inversión del capital británico”, es el más característico y resume el contenido de la obra. Los documentos que exhibe el autor permiten deducir la participación culpable del sector representativo nacional en la tarea de despojar al país. Apresurémonos a aclarar que Ferns no acusa; señala procedimientos, destaca actuaciones y puntualiza gestiones en las que los agentes extranjeros hallan siempre la fórmula adecuada para imponer sus decisiones. Es sintomática la alusión al período aludido, como si fuera la línea divisoria del proceso histórico argentino. A un lado, en el pasado, quedan los caudillos de poncho y chiripá, con sus arrestos de federalismo y autarquía económica. Dueños de la situación son ahora, al decir de Alberdi, los caudillos, de frac y levita, apoyados, dentro del país, por los ejércitos de línea, y desde fuera por la banca londinense que dicta la política financiera, la cual empobrece a las clases populares pero enriquece a sus dirigentes.
Hemos hablado ya del empirismo refinado del autor cuando enfoca las relaciones anglo-argentinas, según se ven desde la documentación del Foreing Office. Ferns es un historiador sagaz, preciso en los términos, elocuente en el uso del lenguaje a media rienda, que detiene a voluntad cuando quiere sugerir conclusiones que no tiene necesidad de expresar. Su libro posee así páginas de irreprochable objetividad que los argentinos encontrarán llenas de intenciones. Las fechas, los acontecimientos, los hombres y las reacciones que elige para ilustrar la cadena de sucesos que condujeron a situaciones que después pasaron a ser el fundamento de la vida argentina, de una falsa existencia, pero no menos real hasta el presente, han de caer sobre el ánimo del lector como el eco de una marcha fúnebre. Este efecto no ha sido buscado, indudablemente. Ferns sólo relata el triunfo de una concepción económica y política —una Weltanschauung, en suma — para la cual los principios éticos no pueden estar reñidos con el éxito. Pero esta victoria fue nuestra derrota, y hurgar los pormenores de este proceso es revivir nuestro pasado, cuyas consecuencias no han desaparecido, y exponerlo a la crítica de las nuevas generaciones. La conclusión más deprimente que se obtiene de esta lectura es la responsabilidad de los hombres que aceptaron el papel de intermediarios de la entrega y le reservaron al país el destino de factoría de Occidente.
La presidencia de Mitre precipitó, en opinión de Ferns, el auge de las inversiones inglesas, pues se consiguió en esa coyuntura lo que Urquiza fue incapaz de alcanzar: la tranquilidad relativa del país dentro del nuevo orden que daba a la banca extranjera la confianza suficiente para introducir capitales sin riesgo. “La transformación de las relaciones anglo-argentinas en este punto se ilustra muy bien por la atención que se daba en Londres a la guerra del Paraguay”. A pesar de que esta lucha provocó la muerte de cerca del setenta y cinco por ciento de la población masculina del país agredido y exigió de la Argentina la absorción de gran parte de sus rentas, el gobierno británico no parecía preocuparse por ello mayormente. “Durante cinco años —sostiene el autor— los ministros ingleses en Buenos Aires alimentaron la creencia de que la guerra terminaría muy pronto. Se limitaban a comentar amargamente las atrocidades del dictador paraguayo y la incompetencia de los comandantes argentino y brasileño. Las razones para esta indiferente impasibilidad, en presencia de una prolongada y feroz contienda, no son difíciles de descubrir. La guerra se libraba muy lejos del escenario del comercio y la inversión. Al revés de todas las guerras previas, civiles e internacionales, en las que el gobierno de Buenos Aires se había visto envuelto, la del Paraguay no llevó a la cesación del comercio o a la destrucción de la vida o de la propiedad en los centros argentinos de producción. Por el contrario, el comercio y la inversión se expandían y la Argentina se transformaba en algo más acorde con las ideas europeas de civilización. Los inmigrantes llegaban de Europa y se distribuían a través del as pampas, mientras en las grandes selvas paraguayas una máquina militar eliminaba y destruía a los turbulentos gauchos”.
Este texto no deja lugar a dudas sobre la finalidad de la contienda. No es que la guerra les fuese indiferente a los ingleses. Precisamente porque les interesaba debía continuar hasta tanto no quedase vivo ningún nativo díscolo y la amenaza de un Paraguay industrializado, fuera de la influencia europea, desapareciese para siempre. Otro historiador inglés, Pelham Horton Box, en su obra Los orígenes de la Triple Alianza, ha dicho casi lo mismo que Ferns, aunque con mayor vehemencia: “Los aliados fueron a libertar al Paraguay de su tirano, y a abrir de par en par las puertas a la “civilización moderna”, en forma de concesiones, financiación, inversiones extranjeras y otras emanaciones de la Bolsa de Berlín, Londres, Nuev York y Buenos Aires. Las bendiciones del laissez faire reemplazaron a los males del “paterna-lismo” y, como de costumbre, el campesino se convirtió en peón expoliado y sin tierra”. La sangrienta picada abierta en la selva señalaba otra etapa conquistadora. El liberalismo reñía de nuevo con la ética, si bien afianzaba su dominio en el Plata,
Los diplomáticos ingleses apenas disimulaban su satisfacción. Mathew, representante en Buenos Aires, Informaba a su superior, en 1867: “que el progreso material de Buenos Aires y el resto de la República ha aumentado mucho en “los últimos años, particularmente desde la llegada del general Mitre al poder”.
Durante el gobierno de Urquiza las concesiones ferroviarias —gran negocio de la época— se otorgaban sobre la base de la entrega de tierras, según el convenio celebrado con el promotor Buschental. La administración de Mitre aprobó nueva leyes, garantizó a los constructores del ramal de Rosario a Córdoba un dividendo del siete por ciento sobre un capital de 5.400 libras esterlinas por milla, aparte de proveer la tierra necesaria para todo uso y la exención de impuestos creados o por crearse. “La respuesta a la política de Mitre de alentar las inversiones extranjeras fue casi instantánea. En el término de tres años los hombres de negocios ingleses e ingenieros habían establecido bancos y compañías ferroviarias y de tranvías que operaban en la Argentina, seguidas muy pronto por servicios públicos, tales como gas, aguas corrientes, sistema de drenaje…”
Mientras la oligarquía, entregaba al extranjero toda la compleja organización financiera, económica y técnica de la sociedad en formación, sus integrantes dedicaban el ocio a la política de trenzas, a la especulación en tierra y a fomentar la construcción de líneas férreas que favorecieran sus predios, cada vez más extensos, en los que el ganado fino estaba llamado a completar la ecuación que, por su parte, buscaban desde los tiempos de las vaquerías y los saladeros.

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