FIDEL CASTRO Y LOS COMUNISTAS

No puede pasarse por alto el hecho de que el grupo político que planeó y ejecutó magístralmente la Revolución Cubana (confiando inmensamente más en la capacidad revolucionaria de las masas que en cualquier esquema doctrinario u aparato dirigente) fue un grupo de intelectuales “pequeñoburgueses y no el Partido Comunista de Cuba.
El hecho no es puramente casual, sin duda. No son pocos los que han buscado averiguar sus causas, y entre los últimos y de mayor autoridad está el autor de Escuchen, yanquis, uno de los tantos hijos de la patria de Lincoln que simpatizaron desde el primer momento con la Revolución Cubana. Wright Mills fue algo más que un meritorio profesor de la Universidad de Columbio. Vino a Cuba, vio lo que allí pasaba, buscó el cómo y el por qué y dio su testimonio sin importarle en absoluto el ser tenido en su patria por traidor o comunista. Señaló las barrabasadas bufotrágícas de Wall Street contra los pueblos y contra la historia. A la vez su limpia conciencia revolucionaria y su visión dialéctico-materialista de la historio le llevaron a señalar la rigidez añosa de los partidos comunistas del mundo y la disminución o pérdida de su idiosincracia revolucionaria. Y que su táctica preferida —la de los frentes populares— no significó casi nunca o nunca un frente de lucha de clases, constituido bajo la hegemonía de la clase obrera, sino un frente electoralista timoneado por la burguesía liberal.
Nosotros creemos que los partidos comunistas (formados en conjunto por millones de partidarios en su inmensa mayoría hombres y mujeres magníficos de fe y denuedo, dispuestos a cualquier tarea o sacrificio) deben obligarse a un cambio de actitud interior y exterior aviniéndose por lo pronto a escuchar cualquier crítica desfavorable, siempre que venga en nombre de la revolución.
A propósito, no debe dejarse en el tintero el caso Escalante, de Cuba.
Se trata, en dos palabras, de que Escalante, veterano militante comunista cubano, puesto en el cargo de Secretario General de las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas) estuvo desempeñándose, no como un espejo de esfuerzo y fervor revolucionarios, sino como un modelo de fervor burocrático. Escalante, como tantos otros, no sólo llegó a creer que el partido era más importante que el pueblo, sino que él y los codirigentes eran más importantes que el partido. Su extravío llegó al extremo de intentar —en nombre de la secretaría del partido-gobernar al gobierno.
Fidel Castro se portó como el puro revolucionario moderno que es. No puso a Escalante en el Index político, sindicándolo como traidor y vendido al oro de Washington y al mormonismo político de Kennedy, no; al contrario, que ese hombre había militado veinte años en un partido víctima de todas las persecuciones y vejámenes, pero cumplió con lo suyo poniéndole en la picota aquel pecado irredimible contra la lucha redentora de un pueblo.
La verdad revolucionaria no es un acertijo de una esfinge con senos de nodriza y garras de león, y basta eludir las telarañas para descubrirla en su profunda transparencia, según lo señala Fidel Castro: “La clase obrera es la que produce cuanta riqueza material existe en un país y mientras permita que el poder esté en manos de los patrones que la explotan… de los especuladores… de los terratenientes… de los monopolios… mientras las armas estén en manos y al servicio de esos intereses y no en sus propias manos, la clase obrera estará ligada a una existencia miserable por muchas que sean las migajas que les lancen esos desde la mesa del festín”.
Cuando los jefes miran así desnudamente las cosas sin lagañas idealistas o conformistas, los legionarios de la labor y el sudor también las ven de inmediato. Esto, en nuestra América, se dio por primera vez en tierra de Martí. Por eso la cubana es la revolución de más calado de nuestro continente, hasta hoy. Por eso Fidel y el Che —sin olvidar a las demás barbas apostólicas de Sierra Maestra— están en la línea de los que usaron de almenas las cuestas de los Andes para tirar contra España. ¿Que la sierra es menos alta que la cordillera? Sí, pero el ogro que hoy pisotea nuestra América es bastante más colmilludo y barrigudo que el de antaño.

DE MONROE A KENNEDY
Pocos espectáculos más bellos y aleccionadores a la vez que el de la conducta del Gobierno de los Estados Unidos con Latino América desde los tiempos de la doctrina Monroe hasta la doctrina Pentágono de hoy. Lo mejor del espectáculo es que ha variado constantemente de forma conservándose siempre el mismo, como un río cada vez más caudaloso y desbordante.
El presidente Monroe concretó en una fórmula redonda y concisa como una medalla o una moneda, la doctrina que lleva su nombre: América para los americanos. Todo eso frente a los ensueños retrospectivos de los buitres y buhos de la Santa Alianza.
¿Pero cuál fué su verdadero sentido y alcance? Empezó a sospechárselo cuando en su guerra contra su vecino del Sur se quedó casi con la mitad de! territorio mejicano. Recordemos que los autores del atraco filibustero contra Méjico, fueron los Estados esclavistas del Sur para mantener, contra los Estados abolicionistas del Norte, la hegemonía en la conducción del gobierno de la República, ampliando en nombre de la Biblia, la cristianísima institución.
No faltaron en la ocasión —no faltarán nunca— quiénes denunciaron la infamia a la faz del mundo presente o para que constare en el futuro. Fue el primero el diputado Lincoln en un discurso del que Sarmiento decía que su texto debía ser dado a todos los estudiantes como materia de premio de lectura. La denuncia del diputado Mann, el apóstol de la educación plebeya, el Pestalozzi yanqui, fue más dura todavía. Esa protesta fue, pues, consignada por dos de las conciencias más lúcidas que tuvo Norteamérica entonces y en cualquier tiempo. Y el más alto vigía latinoamericano de la época confirmó la ultrajante denuncia: “La esclavitud —escribió Sarmiento en 1865— buscó espacio para extenderse hacia el Sur…”.
Lincoln y Mann y Sarmiento creyeron —y así lo consignaron— que aquel espíritu de conquista y pillaje era una recidiva de las edades bárbaras, un último espasmo de la arcaica brutalidad esclavizadora. He aquí una de las tantas ruedas de molino con que comulgó la ingenuidad liberal. En efecto, pasarían apenas décadas y los Estados industriales modernos del Norte, la libérrima democracia abolicionista extendería su zarpa acogotadora, no ya sobre parte de Méjico, sino sobre toda la América latina.
Cosa incredébile é vera. Sí, porque en América, como en Europa, estaba sucediendo lo que contra el pensamiento oficial de la burguesía, el pensamiento revolucionario había presentido ya a mediados del siglo pasado: que debido a la ley de la mecánica social moderna llamada concentración del capital, la burguesía (cada vez más rica y en posesión de todos los resortes del proceso técnico) debía ensayar un tipo de dictadura extractiva junto al cual todo lo conocido en el género hasta entonces resultaría agua de borraja.
En eso estamos, y en crescendo, desde hace más de un siglo.
Veamos a vuelo de pájaro, algunas de las modalidades expansivas del capital yanqui: Para las colonias inglesas de la América del Norte, que conocían desde el primer día la práctica del autogobierno su emancipación de la metrópoli significó un fenómeno de crecimiento normal. Era el aguilucho que renunciaba a la tutela de los padres porque habiendo entrado en el pleno dominio de sus fuerzas aquella tutela le resultaba no sólo innecesaria sino estorbante.
Para la América hispana, gobernada desde mil quinientas leguas de distancia como un reformatorio de menores, la emancipación súbita significó un fenómeno semejante al que acarrea la llegada de la primavera a las cumbres heladas: la avalancha y el torrente…
Con ello (es decir, la convulsión incesante en que se expresa la incapacidad de gobernarse a sí mismo) estaba incubándose el huevo reaccionario, o sea, el regreso a los gobiernos providenciales. Los dirigentes revolucionarios —hacendados, comerciantes, militares y curas— con rarísima excepción, eran políticamente tan analfabetos como los pueblos.
Eso era España. ¿Qué podíamos ser nosotros? Los proyectos y planes de los pocos empresarios del avance progresivo, no hallando asidero en la realidad, cayeron en el vacío. Hasta el día de hoy los pueblos latinoamericanos estaban destinados a ser sometidos rebañegamente a pequeñas minorías oligárquicas o a concesionarios unipersonales de la suma del poder.
La causa realmente popular encuentra siempre la más apostólica oposición en la minoría poseyente y dirigente. ¿Qué mucho? En la defensa de sus intereses, esas oligarquías, colocan en segundo plano la independencia de su propia patria.
El Papa Pió VII había condenado expresamente en su tiempo la insurgencia emancipadora de los pueblos hispanoamericanos como un crimen de lesa majestad contra su amo legítimo el rey de España. Pese a ello, al otro día del triunfo, los gobiernos de esos pueblos se apresuraron a entenderse con el papado excomulgante.
No nos extrañe que en Méjico (después de haber dejado mutilar por los Estados Unidos la mejor parte de su territorio en un despojo sin cotejo en Europa) su clase privilegiada, con tal de asegurar sus intereses, inténtase vender la propia independencia de su patria a otro amo extranjero.
El país estaba empobrecido y la usura de los prestamistas lo empobrecía más. El único rico de verdad era el clero y si no se lo expropiaba, la república se perdía. Ante la amenaza de los curas y de todos los reaccionarios que se unieron en sagrada alianza, prefirieron negociar la independencia de su país a un príncipe extranjero. Sin ellos ni las tropas de Napoleón III ni Maximiliano hubieran venido a Méjico. Por eso, después de la victoria, para satisfacer la vindicta pública, Juárez, junto con Maximiliano, debió fusilar a los generales mejicanos Miramon y Mejía.
La sed de oro yanqui no se aplacó con el oro de California. Además necesitábase transportar hacia el centro nordoriental de la independencia naciente el oro y el cobre y los frutos del lejano sudoeste. El istmo de Panamá estorbaba como una paja en el ojo. Se buscó eliminar ese estorbo. Primero se probó a través de la pequeña Nicaragua. Financiado por el banquero Vanderbilt, y bien visto por otros magnates del dólar, un aventurero yanqui penetró en Nicaragua en 1855 y mediante las dos armas coincidentes e infalibles que se usarían después (el soborno con los invertebrados y la violencia con los vertebrados) Walker, yanqui del tipo de Al Capone no paró hasta llegar a la presidencia de la república de Nicaragua en 1856. Sólo que las otras republiquetas del centro, en vez de poner las barbas en remojo, estrecharon codos con la hermana atropellada y Walker salió como había entrado: a empujones. Y el gobierno de Washington tuvo que tragarse la insolencia, esperando mejores ocasiones.
Ya vendrían y a porrillo.
La historia de la conducta del gobierno de Washington —por cuenta de sus mandantes, los amos del gran capital— con los distintos países de Latinoamérica es tan nutrida, truculenta y emocionante como la de Alí Baba y los cuarenta ladrones, con la diferencia de que aquí los cuarenta siempre salen triunfantes.
Cuando en 1902 se tiene seguridad de la no ingerencia de Inglaterra en las quisicosas centroamericanas, la banca yanqui vuelve a las andadas, usando como siempre de agente al presidente de turno, esta vez el coronel Roosevelt.
En 1881 el presidente Hayes, en un momento de iluminación interior, había anunciado al mundo con esa certidumbre de las grandes inspiraciones proféticas: “El Canal será el gran camino del océano entre nuestras riberas del Atlántico y el Pacífico y virtualmente constituirá una parte de la línea del litoral de los Estados Unidos”. (Es decir, que lo que quede dentro de esa línea —Méjico, Centroamérica, Cuba, Haití, Puerto Rico— se bañarán con las aguas territoriales yanquis). ¿No había anunciado Monroe, el Elias de los profetas yanquis que América sería para los americanos?
En 1902 la realización del anuncio misiánico está en vísperas. Es algo que hasta los más profanos comienzan a sentirlo. Al fin se escucha la voz ungida del coronel Teodoro Roosevelt: “El Congreso ha resuelto cuerdamente que construyamos de inmediato el canal, si es posible por vía Panamá”.
Es un lenguaje luminosamente comprensible. El gobierno de los Estados Unidos ha resuelto cuerdamente —es decir, sin prisa, ni violencia, ni utopía— abrir un canal a través del territorio de Colombia, una nación soberana e independiente. ¿Con consentimiento de la misma, claro está? En absoluto. Colombia se niega rotundamente. Pero este detalle menor tiene solución viable e inmediata y por ello es cuerdo: Panamá, parte integrante del territorio colombiano será estimulada con dólares y armas a declararse patrióticamente independiente; después será persuadida con amistosas razones de la alta conveniencia de ceder a los Estados Unidos una franja de suelo panameño tan angosta como el filo de un sable. Y así se hizo, con derramamiento de dólares, es verdad, pero sin derramiento de una sola gota de sangre.
Por cierto que algunos detalles circunstanciales no alteraron el fondo de las cosas. Recordemos que el gobierno de Washington dispuso que sus barcos impidieran el acceso de las tropas que el gobierno de Colombia mandaba contra los rebeldes de la provincia de Panamá (No se asombre el lector: es una aplicación norteamericana de su concepto de neutralidad operante…).
¿Qué el presidente Roosevelt, después de mutilar a Colombia llamó a los colombianos “necios y sanguinarios sobornadores” (porque no se dejaron sobornar), y de “liebres de monte”. Años más tarde, hablando a la juventud universitaria, tuvo este honroso recuerdo para el Parlamento de Washington: “Afortunadamente, la crisis vino en un momento en que yo podía actuar sin estorbos. En consecuencia cogí el istmo, inicié el canal y dejé al Congreso que discutiera, no sobre el tratado, sino sobre mí”.
Qué el lenguaje no es muy conmedido? Sí, el hombre era una mezcla de agente comercial, predicador y guapo del Far West. A causa del atraco contra Colombia en 1906 recibió merecidamente el premio Nobel de la Paz y en su gira por Latinoamérica, más tarde, fue recibido con gratitud y fervor.
Y no se piense que Panamá perdió su independencia, al contrario, la duplicó al quedar dividido en dos mitades y bajo la custodia insomne de los cañones norteamericanos. Ya veremos que esta custodia se extenderá hasta el polo antartico (Louis Guilaine: L’Amérique Latine et L’lmperialisme Americain; Germán Arciniegas: Biografía del Caribe).
La obra cumplida, perfecta como un mármol griego, tenía una sola peca: Nicaragua, con sus lagos interiores, podría despertar mañana el sueño de otro canal interoceánico en algún mala cabeza. Había que eliminar ese peligro, es decir, invadir a Nicaragua.
Se pensó y se hizo. Por cierto no con directo y pedestre desembarco de infantes y fusiles. ¿Acaso no debe respetarse el Derecho Internacional? El método democrático fue, mutatis mutandi, el que se usaría más tarde con la Cuba de Castro.
Se ofreció galantemente un empréstito, es decir, una alianza para el progreso, al presidente de Nicaragua. Zelaya se negó dar las gracias, pues adivinó que era la lombriz en la punta del anzuelo: empréstito, convenio, derechos reservados en pro de los intereses del prestamista y al fin, el desembarco de marineros para hacer efectiva esa protección.
Entonces se sacaron los trapitos al sol: la prensa norteamericana, tan avizora, descubrió que Zalaya, no conforme con aceptar un empréstito inglés (¡violación flagrante del evangelio de Monroe!) tenía pensado facilitar el canal a los japoneses. Se descubrió también que Zalaya era un tirano que representaba su voluntad, no la del oprimido pueblo nicaragüense. Además no faltaban patriotas auténticos que mediante el estímulo guerrero de unos cuantos dólares —no llegaban al millón —se ofrecían para libertar a su pueblo y devolverle -el uso de la democracia. Hasta se dio con un pundonoso militar —el general Estrada— dispuesto a sacrificarse reemplazando a Zelaya en la presidencia. Así, pues, la cosa se resolvería entre puros nicaragüenses. El patriota más activo de la cruzada libertadora era Adolfo Díaz, colega —oh casualidad— del Secretario de Estado Mr. Knox, pues uno era tenedor de libros y el otro asesor legal de la misma compañía yanqui, la Luz and Los Angeles Mining Company. Con desinterés ejemplar los barcos de la United Fruit Company, ofrecieron transportar los hombres y armas para los abanderados de la libertad a cambio de cargar bananas de regreso.
Zelaya renunció, pero su opositor y reemplazante Madraz, continuó su resistencia. Entonces fue necesario un desembarco de marineros yanquis. Después de meses de lucha, el general Estrada se vio obligado a aceptar la presidencia, aunque al cabo de dos años asumió al fin la jefatura del Estado al tenedor de libros de la Mining Company.
La primera medida del presidente Díaz fue gestionar un empréstito de quince millones de dólares, rechazado por el propio Senado Norteamericano en razón de no guardar las formas. Se buscaron otras: el proyecto de empréstito fué rebajado a un millón y medio de dólares y su texto, presentado en inglés, fué aprobado por los senadores nicaragüenses que ignoraban el idioma de Longfellow (Carlos Quijano: Nicaragua. Ensayo sobre el Imperialismo de los Estados Unidos; Manuel Ugarte Destino de un Continente; Máximo Soto Hall: Nicaragua y el Imperialismo Norteamericano).
Huelga agregar que este Presidente Adolfo Díaz Iscariote anticipa con incorruptible perfección el modelo de lo que serían hasta hoy casi todos los jefes de Estado hispanoamericanos imantados por el dólar. Como advirtieran que los nicaragüenses no dieron muestras de una gratitud muy ferviente, se dirigió al Departamento de Estado proponiendo modificar la Constitución nacional en favor de Wall Street: “los graves peligros que nos afectan pueden ser destruidos solamente por medio de una muy diestra y eficiente asistencia de los Estados Unidos, como lo que tan buen resultado ha dado en Cuba”. El compatriota de Rubén Darío aspiraba a que Nicaragua disfrutase también de las delicias de la Enmienda Platt (Carlos Quijano: Nicaragua. Ensayo sobre el Imperialismo de Estados Unidos).
Todo esto precisaba una correcta presentación legal para acallar maledicencias. En efecto, se celebró el tratado Briand-Chamorro, aprobado por el Senado norteamericano el 18 de febrero de 1916 y del que dijo el senador Borah dirigiéndose a sus colegas yanquis: “El tratado Bryand— Chamorro es un quebrantamiento incalificable de las más elementales normas de la decencia internacional. El llamado gobierno no tenía poder ni autoridad para celebrarlo” (Vicente Sáenz: Rompiendo cadenas).
El remate de toda esta historia es conocido. Nicaragua se volvió una colonia yanqui más sumisa que las Filipinas. Y cuando Sandino, conciencia y mano ejecutora de su pueblo se alzó en armas, el elegido para eliminarlo fue Anastasio Somoza, ex-empleado de una empresa yanqui y a la sazón Jefe de la Guardia Nacional, bien visto y quisto por la Embajada Norteamericana y mejor visto por el Departamento de Estado cuando fue puesto en la presidencia de la República. Años más tarde al enfermarse a causa de un empacho de balas vengadoras, Eisenhower le envió su médico particular, que nada pudo hacer en pro de la democracia cristiana del Caribe porque Tacho ya estaba desfondado del todo.
Se dirá que todo esto es obra de vulgares rufianes. No, es obra de rufianes insignes.
ANOTEMOS este antecedente sancionado en las relaciones del gobierno de los Estados Unidos con las repúblicas de Centroamérica “Conforme a las condiciones de Washington, los Estados Unidos tienen mandato moral para ejercer su influencia en la preservación de la paz general de Centroamérica”. ¿Suena bien, eh? Esto, apeado de la moral a los hechos, significa que cada vez que un gobierno centroamericano no responde a los intereses del capital yanqui es declarado antidemocrático y se le niega reconocimiento, reservado sólo para los gobiernos que respeten la intangibilidad de esos intereses. Un solo ejemplo: cuando un jefe rebelde derrocó a Díaz, plenipotenciario de la traición en Nicaragua, Washington lo repugnó públicamente (Huelga advertir que cuando el mundo entró en la civilización, fué inventado el Derecho Internacional para vestir de oveja a la zorra pero sin taparle los dientes).
No es indispensable intentar aquí la biografía de todas las intervenciones pacifistas y democráticas a mano armada de los Estados Unidos en Latinoamérica. El yanqui Guytnman y el mejicano Vicente Sáenz (“Auscultación Hispanoamérica”) recuerdan que el número de esas intervenciones entre 1900 y 1903 llegó apenas a cuarenta. Después se sobrepasó esa cifra, cambiando un poco el método, pero con iguales resultados. En vez del fusil se usó la soga de seda.
Esa es pues, a la luz de la verdad y de los hechos, la doctrina Monroe: América para los dueños del dólar.
Pero hay otro detalle no menos significativo. Es que la aplicación de esa doctrina no ha impedido en absoluto la ingerencia colonizadora y rapaz de las potencias europeas en América. Cuando en 1831 Inglaterra se apoderó de las islas Malvinas y Francia en 1864 invadió Méjico, la doctrina Monroe se volvió ciega y muda como un pez de los bajos fondos.
Cuando un día Inglaterra, Italia y Alemania bloquean las costas de Venezuela, bombardeando sus puertos, Rooseevlt, con vigoroso olvido de Monroe, exclama: “Que les den duro en las nalgas para que esos sinvergüenzas aprendan a cumplir sus compromisos” (Germán Arciniegas: Biografía del Caribe).
Ahora bien —y diga el lector si faltamos en un pelo a la santa verdad— todos los distintos avatares de la doctrina Monroe, han perseguido la misma invariable meta, llamada panamericanismo, o buen vecindad, o defensa hemisférica o alianza para el progreso: esto es el contralor político militar y espiritual de la América latina para la máxima explotación económica. O dicho desde otro punto de vista: bajo las “aladas palabras”, como dice Homero, la comezón mandibular y las intenciones gástricas.
Si el lobo pudiera convencer a las ovejas de la mutua ventaja de convivir pacíficamente bajo la custodia de los colmillos lobunos ello significaría el colmo de la pillería de una parte y el colmo de la ingenuidad de la otra. Y bien ese es el sistema que ha imperado hasta hoy en América.
El sistema de conferencias panamericanas fue inventado por Estados Unidos precisamente para evitar toda posible unión de las otras naciones continentales entre sí.
En 1826, cuando por cuenta del gobierno de Colombia Estados Unidos fue invitado al Congreso Panamericano de Panamá, se rehusó a concurrir. No le interesaba un pacto colectivo sino todo lo contrario que cada país aislado se dejase ajustar la covunda imperialista en pactos bilaterales hasta que llegase la hora —la de la OEA— en que pudiese juntarlos a todos bajo un yugo común.
El país que había dado la espalda al Congreso de Panamá en 1826, promovió en 1889, cuando ya podía tutearse con los grandes de! mundo, una conferencia panamericana en Washington. ¿Qué se escondía (apenas, porque el neorrico le estorbaban un poco los guantes diplomáticos) bajo el palio de la hermandad continental? Una pretensión sumamente modesta: una unión aduanera que recargara de derechos a las mercaderías de Europa, por extranjeras… Los delegados hispanoamericanos desvecijaron la fórmula de Monroe oponiéndole otra más gaseosa: América para la humanidad (Sus voceros fueron los delegados argentinos que naturalmente tenían más obligaciones de cortesía con Londres que con Washington. Fracasado este disfrazarse con la túnica del derecho y la fraternidad, tío Sam volvió a las andadas. Desató sobre Centro-américa la ofensiva de los empréstitos —de aceptación más o menos indeclinable— fortaleciéndola con la doctrina que toda inversión yanqui lleva por garantía la marinería de desembarco.
Es la doctrina del inefable presidente Coolidge formulable así: “Cada ciudadano yanqui y cada dólar invertido está bajo el pabellón norteamericano doquier se encuentren”. Lo cual, traducido al romance significaba que, como siempre, la Casa Blanca respaldaba la piratería internacional de los argonautas del dólar. Coolidge envió a Mr. Morrow (representante de la casa Morgan) de embajador a Méjico… Pero era, oh mirlo blanco, el Méjico del despertar anticlerical y antiimperialista y no aceptó el soborno ni tampoco las amenazas. El Departamento de Estado advirtió que había que cambiar de método suasorio.
Pero después de la primera panguerra y sobre todo después de la Revolución Rusa muchas cosas comenzaron a cambiar a ojos vistas. Los pueblos obedecen cada vez con menos entusiasmo a sus patrióticos gobiernos, las clases trabajadoras no guardan siempre el debido respeto a sus filantrópicos patrones, y el patrón de todos, Tío Sam se ha llevado el gran susto ante ese fantasma de medianoche a mediodía que fue la crisis de 1929. Desde entonces el panamericanismo made in USA va asumiendo cada vez más modales esmerados y generosos. Segregados por los trusts y los monopolios aparecen institutos abocados a defender los beneficios culturales en Latinoamérica. Naturalmente se trata de una cultura depurada de toda idea descoincidente, de todo amago de crítica y de cambio. Y por encima de todo, nada que huela a credos herejes en el cielo o la tierra: ateísmo o bolchevismo.
La Sociedad Panamericana, fundada en 1912, comenzó integrándose solo con ciudadanos yanquis de alto fuste —banqueros, fabricantes y comerciantes—: Minor Keith (de la U. Fruit Co.) C. M. Schawb (de la Bethelem Steel Co.) Peabody, Vandeslip y nada menos que J. P. Morgan en persona, aparecen al frente del Comité Ejecutivo. Después se agregó un puñado de directores de revistas y profesores reaccionarios, y, para sacrementar la mixtura, el ingrediente imprescindible de predicadores y misioneros protestantes, y más tarde, J. L. Merril (presidente de la cablegráfica All America, y J. Carson (de la Electric Bond y capitán de trece compañías yanquis establecidas en tierras mestizas).
La sociedad nombra presidentes honorarios al Secretario de Estado y al decano de los diplomáticos de la Unión en Latinoamérica, para evidenciar sus altas vinculaciones. Como organización subsidiaria está la Liga Panamericana de Estudiantes.
La Sociedad Panamericana segregó a su tiempo una especie de anexo llamado Concejo de Relaciones Interamericanas, “que trabaja en armonía con la Asociación de Comercio Exterior y con el Concejo interamericano de Arbitraje Comercial organizado en el club de los banqueros el 8 de diciembre de 1931”.
Ya se ve los dividendos, la política y la cultura parecen trillizos.
El resultado de esta modernísima cruzada no sólo perjudica el
bolsillo de los consumidores de la América morena sino a sus intelectuales y estudiantes y también a los del Norte. “Esta propaganda y los liberales pagos anticipados, han corrompido la mayor parte de nuestras escuelas secundarias, colegios y universidades. Un gran número de los mal llamados educadores e instructores, guiados por un espíritu de avaricia increíble han descendido hasta trocarse en serviles agentes del monopolio de la energía eléctrica. (“Carleton Beals: Próxima Lucha por la Conquista de Latinoamérica). Es la función que hoy desempeña la UNESCO.
Pero esto no es suficiente Se lanza una nueva ofensiva de fraternidad panamericana más evangélica que todas las anteriores bajo el nombre que huele a familia y a barrio: la buena vecindad (La Good Neighborhood yanqui) se siente ahora vecino bonachón no sólo de mejicanos y centroamericanos sino hasta de los argentinos y los fueginos. Su predicador mesiánico es el segundo Roosevelt, el gran Delano.
La república del dólar segrega de cuando en cuando estos majestuosos apóstoles de la democracia, de la paz y del amor. El primero en nuestro siglo fue Woodrow Wilson, el que salvó a Europa y a Occidente de la dictadura militar y teutónica del kaiser Guillermo.
(Es cierto que Wilson fue el principal autor del poderío mundial de los monopolios yanquis, y del Tratado de Versalles, la más descalcificante dieta que un vencedor haya impuesto nunca a un vencido, pero esto importa poco).
Delano Roosevelt ha hecho renacer la confianza en la justicia y el derecho y la fe en la bondad humana hasta en los más escépticos, ha arrancado lágrimas de gratitud a todos los demócratas del mundo y aún a los comunistas. Su cruzada redentora fue la que decisivamente salvó al mundo del triunfo de los nazis, es decir, de la noche siberiana de la servidumbre y el horror.
Se dirá que el gran sociólogo francés Daniel Guerin denunció (Ou va le peuple americain) que Roosevelt consiguió hacerse elegir presidente en 1932 gracias al apoyo de los plantadores del Sudeste y que su gente electoral, J. A. Farley “fue expresamente al Sur y consiguió el apoyo del Ku-Klux-Klan”.
Y que en el curso de la segunda gran guerra el presidente Roosevelt exigió la colaboración libertaria del proletariado yanqui convenciéndolo de la patriótica necesidad de renunciar a huelgas y a pretensiones de mejores jornales, mientras el dólar perdía valor y mientras los fabricantes y traficantes de armas se enriquecían espantosamente. Y que también es sabido de todos que un hijo de Roosevelt era abogado de Trujillo, el más ladrón de todos los pistoleros presidenciales. Sí, todo eso es cierto, pero aún faltan los rasgos más proceres en la figura del magno apóstol.
Por intermedio de su procónsul Summer Wells, Roosevet tuvo en Cuba una intervención maestra: no pudiendo continuar respaldando la dictadura de Machado, contra una oposición ya unánime e inatajable, se puso de pronto al frente de la revolución para coparla y dirigirla según las conveniencias del dólar.
Es decir, para sacar al tirano sin tocar la tiranía, sino, al contrario confirmándola con sus ¡limitadas concesiones al imperialismo. Desde luego el agente Wells procedió como el más correcto proxeneta: “Wells procedió a reformar la Constitución de Cuba para los cubanos —dice Beals—. Se enviaron de prisa al Sur 30 barcos de guerra norteamericanos… Roosevelt reconoció a los terroristas del A.B.C. como los legítimos representantes del pueblo cubano”.
El resultado final habla más claro aún. Batista ascendido de sargento a mariscal e impuesto como el gobernante ideal para Cuba, es decir, para el dólar.
Y lo mejor para postre Roosevelt se acreditó como el más democrático de los campeones antinazis de ambos mundos. Mérito tan cuspideante (para usar el idioma de Hipólito Irigoyen) no le estorbó a él ni a su ministro Cardel Hull ser los ingredientes más activos del Comité de NO Intervención en que las democracias de Occidente, en sumisa colaboración con Hitler y Mussolini, dieron a Franco una ocasión que no tenía ni remotamente la de crucificar a España. Más aún: derrotados los padrinos de Franco y condenados a muerte como insoportables criminales de lesa humanidad, su agente en España, el calipigio enano gallego, fue declarado persona a las democracias cristianas.
Bien bajo tan idílicos auspicios Roosevelt predica al mundo latinoamericano por cuenta de los monopolios yanquis el Evangelio llamado Good Neighborhood.
Quien se fije un poco, advertirá que el más profundo artista del tablado político de nuestro tiempo no es Mussolini, ni Hitler, ni Stalin, ni Churchill sino el que supo esconder mejor su juego. Campeón de peso pesado del cinismo, Roosevelt podía servir las pasiones más letales en porcelana idealista. Así cuando promovió la reunión, del Congreso de la Paz, en Buenos Aires, en 1936, con el solo objeto de propiciar el sometimiento de las repúblicas del Sur a los intereses yanquis en su esperado y ya inevitable conflicto de guerra imperialista, y habló de las democráticas repúblicas de América y de la libre voluntad dé los pueblos… en momentos en que esas democracias estaban regidas por Vargas, Trujillo, Justo, Batista, Somoza y otros héroes del grillete y la picana eléctrica. (Qué hombres como J. J. Arévalo sigan llamando a Rooseevlt gran demócrata es una prueba más de que nuestros liberales están más en la derecha que en el centro).
En la Conferencia Panamericana de Lima de 1938 Cordell Hull, agente de Roosevelt, invocando el apocalíptico peligro nazi demostró hasta lo exhaustivo la urgencia de evitar las amenazas de los lobos de continentes remotos poniéndose bajo la protección del león continental casero… No convenció del todo, en ese terreno, pero sin el de eliminar tarifas aduaneras por parte de los republicanos del Sur en su libre comercio con los Estados Unidos que se reservan el derecho de vendernos casi todo y no comprarnos casi nada, vendernos a precios de palacio y comprarnos a precios de tugurio.

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