La clase obrera se encuentra en un callejón sin salida. La falta de un partido obrero revolucionario la ha llevado de derrota en derrota, y la obligación principal de todos los militantes revolucionarios, es sin lugar a dudas, la tarea de la construcción de dicho partido.
El objetivo del presente trabajo (que publicaremos por entregas) es el de establecer las bases y puntos de partida, a la luz de la experiencia anterior, analizando el comportamiento de las corrientes de izquierda y del peronismo y de aquellas en relación a éste, estableciendo sus aciertos y errores, y cuáles son nuestras coincidencias y divergencias, para determinar las tareas para la construcción del partido, y el carácter de la revolución en el país y en América Latina.
Tomaremos como punto de partida los últimos veinte años de vida argentina para no remontarnos mucho en el pasado, lo que excedería los alcances del presente trabajo, y porque consideramos que el año clave, que da las determinantes actuales es 1945, año en que surge el peronismo, que es el movimiento que agrupa a la mayoría de los trabajadores y el que gravitó y gravita decisivamente en los acontecimientos actuales. El análisis del peronismo, su carácter, es el punto de referencia obligado para comprender las necesidades actuales de la revolución en la Argentina.

1. LA ARGENTINA ANTES EL 4 DE JUNIO DE 1943
Con el pacto Roca-Ruciman la Argentina se con solidó como semi-colonia del Imperio Británico. La oligarquía dominante había renunciado, gustosamente, con la complacencia de la oposición radical alvearista y socialista, a los atributos de la soberanía nacional, sometiéndose dócilmente a los dictados de la City.
El período de la “década infame” se caracterizó por la corrupción del estado burgués y sus políticos, por el sometimiento al imperialismo, la represión violenta del movimiento obrero, el fraude, el latrocinio, etc., etc., es decir, todas las virtudes de la “democracia occidental y cristiana” que podemos gozar hoy; pero también forzados por las circunstancias la burguesía argentina comenzó a sentir la necesidad de implantar el proteccionismo a la industria y el control de cambios por el dislocamiento del mercado mundial como consecuencia de la crisis de 1929-33. Se compra a quien nos compra, y los terratenientes mismos apoyan el desarrollo industrial del país.
El presidente de la Sociedad Rural Argentina y Ministro de Agricultura manifiesta en 1933 que estamos obligados a fabricar en el país lo que no podemos adquirir en el exterior y que “se requiere aumentar el poder de absorción del mercado interno y fomentar la organización industrial del país”. Este proceso que adquiere gran volumen a partir de 1935, aumenta considerablemente el número de los trabajadores ocupados en la industria creando un proletariado numeroso, distinto del anterior, dado que la principal fuente de mano de obra barata proviene del campo, en que se desalienta a la agricultura y se fomenta la ganadería.
El crecimiento del proletariado y su bajo nivel de vida provoca luchas obreras de gran combatividad, que se irradia a otras clases explotadas —movimientos agrarios, estudiantiles antiimperialistas, denuncia por parte de intelectuales nacionalistas de la entrega del país—. Dicho ascenso obrero no se concreta políticamente en un partido revolucionario. El partido socialista y el comunista, si bien se oponen al gobierno de Justo, no lo hacen revolucionariamente oponiéndose al imperialismo y al capitalismo nativo, sino con una política de colaboración de clases, apoyando a la burguesía “progresista”, o sea a la UCR alvearista, que se sustentaba, como lo demostró el informe Rodríguez Conde (sobre concesiones eléctricas ordenado por el gobierno del 4 de
junio), por los aportes de la CADE, fundamentalmente, y de otras empresas imperialistas.
El PC que en 1933 denunciaba a Roosevelt como sucesor de la política del garrote del presidente Hoover y mantenía una política antiimperialista, en 1934, asustado por el triunfo de Hitler da una voltereta hacia el imperialismo “democrático”. Manifiesta, por boca de Paulino González Albérdi: “La Conferencia de Lima ha definido, sin reticencias, la posición de América frente a los acontecimientos mundiales. La colaboración de las 21 naciones a la paz del mundo debe ser mayor aún y más activa. En lo que atañe a las relaciones con los Estados Unidos, Roosevelt y Cordel Hull, los esfuerzos ítalo-nazis para levantar el antiimperialismo yanqui, se han quebrado. Las naciones del continente han comprendido que una colaboración estrecha con Roosevelt -que no puede ser considerado como expresión de las fuerzas imperialistas que existen en el Norte— no disminuye ni un adarme la autonomía de cada país ni afecta su decoro personal.” (Orientación, diciembre 15, 1938).
Levantó la política del Frente Popular, combinación política para maniatar al proletariado al carro del imperialismo yanqui, aliado entonces de la URSS. La política del Frente Popular desorientó a la clase obrera argentina, y afianzó sobre ella el control de la dictadura justista, llevándola a un callejón sin salida, con la complicidad de los dirigentes cegetistas con su política de negociación y capitulación ante el gobierno y la patronal.
Al gobierno de Ortiz, elegido por la Cámara de Comercio Británica sucede el de Castillo, firme en su determinación de continuar sometidos al yugo inglés. En setiembre de 1939, como consecuencia del estallido de la guerra mundial llega al país la misión británica presidida por Lord Weilington, que viene a arreglar los términos en que la semicolonia argentina participará en la guerra de su metrópoli. El ministro de RREE Julio A. Roca dice, al recibirla: “Somos y queremos ser neutrales. Mientras tanto, compláceme ofreceros toda nuestra colaboración en la vasta empresa en que vuestra misión hállase enfrentada”, y manifiesta la plena disposición de la Argentina para renovar el tratado Roca-Ruciman, con lo cual “un eslabón más se habrá agregado a los muchos que ya ligan a la industria y al comercio de las dos naciones.”
El transcurso del tiempo aclaró cuáles fueron los acuerdos con Inglaterra: la Argentina permanecerá neutral —se trataba (la Cámara de Comercio Británica lo señaló inmediatamente) de una neutralidad “teñida con abierta simpatía por la causa de Gran Bretaña”—, sin alianzas con los Estados Unidos que desplacen a Gran Bretaña de su posición predominante; se exportará a Inglaterra todo lo que ésta necesite, a precios fijos, a crédito, sin interés; en compensación Inglaterra pagará con los títulos de la deuda argentina radicada en Londres, y con acciones de empresas ferroviarias y otras igualmente deficitarias que los inversores ingleses querían abandonar. Por eso en 1940 el Banco Central informaba que “el gobierno británico ha expresado el deseo de que se considere un plan general de adquisición de los ferrocarriles ingleses en la Argentina”.
Se acentúa el intervencionismo estatal en comercio exterior. El estado monopoliza el 66 % de las exportaciones de granos, fijaba los precios de las cosechas y fijaba, sin intervención privada, las cantidades de carnes enviadas a Inglaterra. Pinedo, ministro de Hacienda, formula un plan de industrialización del país, que incluye, junto con las exigencias inglesas —como la nacionalización de los ferrocarriles— medidas tendientes a dar al Estado una mayor y más directa participación en la economía nacional, mediante la nacionalización de los depósitos bancarios y la creación de crédito industrial.
El Plan Pinedo rechazaba la colaboración del capital yanqui, y contemplaba la radicación en el país de capitales extranjeros, que fueron el factor principal de la expansión de la industria manufacturera en 1939-43. El plan llevado hasta sus últimas consecuencias, hasta prohibió las importaciones norteamericanas, lo que tuvo consecuencias perjudiciales para la industria por la falta de equipos.

EL VIRAJE PROYANQUI
En 1940 la carencia de dólares obligó al gobierno a solicitar un empréstito en los EE.UU., que no llegó porque dichos fondos iban a ser dedicados a YPF, a partir de 1941, las exportaciones argentinas a EE.UU. aumentaron de tal manera que el empréstito no se hizo necesario, por lo que se pudo prescindir de él, manteniéndose fieles a la metrópoli inglesa. Pinedo comprende entonces que la vieja metrópoli estaba agotada y que no podía continuarse el desarrollo de la industria sin la colaboración del capital yanqui, en esa política lo apoyan los industriales. En un sector importante de la burguesa argentina se hace carne la necesidad de cambiar de amo imperialista. Federico Pinedo, declaraba en 1941, ante el Bankers Club de Nueva York: “Nosotros, argentinos, figuramos entre aquellos que con más frecuencia han incurrido en el grave error de mirar a Europa como el modelo principal y casi exclusivo sin reparar con la debida atención que el mundo cambiaba de centro. Estamos obligados a reparar tan pronto como se pueda y tan completamente como seamos capaces de hacerlo, las consecuencias del relativo aislamiento en que hemos vivido con respecto a este país. Cuando la característica del comercio mundial estaba en el cambio de materias primas americanas por productos industriales europeos, acompañado de la intensa emigración a los diversos países americanos de ¡hombres y capitales de Europa, toda tentativa de unificación o de simple aproximación entre las naciones de este hemisferio que pudiera determinar directa o indirectamente un alejamiento de un país americano con respecto a Europa, pudo lógicamente parecer un proyecto injustificado, si no irrealizable.” Pero, agregaba, ahora “cuando la producción fabril de América sobrepasa en importantísimas ramas a las de todos los demás continentes reunidos; cuando sólo puede pensarse en América como proveedora de los capitales necesarios para la utilización de las grandes fuentes de riquezas que duermen inexplotadas en todos nuestros países, puede decirse que muy poco subsiste de las condiciones económicas, patentes hasta el comienzo de este siglo que explicaban nuestro pertinaz empeño en mirar con más interés a los países de Europa.” Y poco después declaraba: “No soy de los que tienen desconfianza por el gigante del Norte. No creo que los Estados Unidos necesiten ni busquen expansión territorial, ni sojuzgamiento de los demás pueblos del continente. Los Estados Unidos aspiran, como es lógico y como aspiramos todos, a la expansión económica; pero a despecho de repetidas afirmaciones en contrario no creo que al expansión económica en general ni la exportación de capitales en particular, esclavice o debilite a los pueblos que los reciben.
La política de acercamiento al imperialismo yanqui cuenta con el apoyo de los políticos conservadores ligados a la industria, como Patrón Costas, y de la burguesía industrial, que son partidarios de la activa colaboración con los Estados Unidos y del ingreso argentino en la guerra. Pinedo pedía a Castillo en 1942, en una carta, la entrada de la Argentina en la guerra porque “si la Argentina quiere conservar sus características, si quiere mantener su vida civilizada, si aspira a defender su organización social y preservarse de sacudimientos violentísimos, necesita imperiosamente conservar sus relaciones con los Estados Unidos. El que le diga a Ud. lo contrario no sabe lo que es la economía argentina, ni la producción, ni la industria, ni cuales son las fuentes de aprovisionamiento, ni cuales son los mercados posibles.”
El imperialismo yanqui inició una ofensiva redoblada tendiente a desplazar a Gran Bretaña, pero el gobierno de Castillo se mantuvo fiel a la metrópoli, y a la tradición histórica de los estancieros de Buenos Aires, enemigos de los EE.UU. y amigos de Inglaterra. Apoyaban la neutralidad, ya que los ingleses comprendían que la ruptura con el Eje y una eventual entrada en la guerra incorporaba a la Argentina al bloque panamericano bajo el dominio económico y político de los EE.UU.
La ofensiva del imperialismo yanqui encontró en el país sus instrumentos políticos, aparte de Pinedo y Patrón Costas, la UCR y el Partido Socialista claman por la entrada de la Argentina en la guerra y por la alineación de la Argentina en la guerra. El partido comunista que en 1940 como consecuencia del pacto germano-soviético caracterizaba justamente a la guerra imperialista, gira 180 grados y se suma al coro belicista. Veamos, decía La Hora; “Estados Unidos busca poner todos los recursos económicos y militares de los países latinoamericanos al servicio de su política de guerra. Se trata del afianzamiento de los intereses imperialistas de Wall Street en Centro y Sudamérica. En nombre de la lucha contra el nazismo, el imperialismo yanqui conspira con las libertades públicas de los países americanos. En la Conferencia de la Habana en nombre de la defensa de la democracia, se tratará de dar visos legales a la intervención de la marinería del Tío Sam. Y poco costará cargar el sambenito de nazi o comunistas a cualquier gobernante que interponga a los intereses de su patria a las ganancias de los plutócratas de Wall Street”. En julio de 1941, el mismo diario decía: “Debemos luchar en común y organizar la acción obrera y popular con el fin de conseguir que el gobierno cambie su política exterior actual y coordine la acción con la que los pueblos y gobiernos de la América Latina y de los Estados Unidos con el objeto de asegurar la defensa del continente contra la agresión interior y exterior”. La principal consigna del PC en ese período fue: “Por la ayuda inmediata, incondicional, a la URSS, a Inglaterra, con el fin de proporcionarles todo lo que les haga falta para acelerar la destrucción de la maquinaria de guerra nazifascista”. Demás está decir que los obreros no hicieron el menor caso de dicha consigna que fue cumplida de pie juntillas por la burguesía, abasteciendo en forma incondicional e ilimitada a la metrópoli inglesa, tal como ésta lo había dispuesto.
Como consecuencia de la falta de competencia extranjera crece la industria nacional, prospera la economía, se crea la Flota Mercante del Estado para suplir la ausencia de barcos extranjeros, y hay un aumento de los ingresos de todas las clases. Sin embargo la organización obrera es débil, no existe casi ninguna legislación del trabajo, no se respetaba la legislación existente no se reconocía personería a los sindicatos, ni existían convenios colectivos. Sin experiencia sindical: la nueva clase obrera venida del interior permanecía al margen de los sindicatos y de los partidos obreros, quienes con su política de colaboración de clases y de conciliación, no sólo no los atraían sino que los repelían. Los dirigentes comunistas del gremio metalúrgico no vacilaron en nombrar arbitros de la huelga a Monseñor de Andrea —creador de sindicatos patronales— y al ministro del interior Culaciati —sanguinario perseguidor de obreros— en aras del apoyo a los imperialismos “democráticos” para no perturbar la marcha de la guerra “contra el fascismo”. Los dirigentes gremiales negocian, y entregan movimiento tras movimiento, para conservar sus privilegios. Sumado a esto la represión gubernamental con estado de sitio, dan el cuadro del movimiento obrero en los prolegómenos del golpe del 4 de junio. Se divide la CGT, se desmorona el espíritu de lucha, se desmoraliza la clase.
Desciende el movimiento obrero y aumenta la corrupción en la vida política del país, lo que provoca la indiferencia general hacia la política con sus trapisondas electorales. Para las elecciones presidenciales de
1944, se preparaba un nuevo fraude que llevaría al poder a don Robustiano Patrón Costas, oligarca azucarero, ligado a la Standard Oil, y que compartía la política de Pinedo de aproximación a los yanquis.
El nuevo presidente conservador se preparaba para romper con la tradicional política proinglesa para pasarse a la órbita yanqui (ej, triunfo radical —descartado por el fraude— hubiera tenido idéntico resultado). Los más destacados capitalistas nacionales y representantes del capital extranjero publican el 3 de junio en los diarios de la capital apoyando la candidatura de Patrón Costas. Se preparaba el cambio de amo, quebrándose la tradición secular.
El país se encontraba en manos del capital imperialista que poseía los ferrocarriles (ingleses) los teléfonos (EE.UU.), la electricidad (CADE-ITALO) en Buenos Aires, Electric Bond an Share, yanqui, interior, exportación de las carnes en manos de Swift, Anglo; los transportes de la ciudad de Buenos Aires, en manos inglesas, las compañías de gas, etc. Las grandes empresas, que según Weil, se encuentran en su mayor parte en manos extranjeras, obtienen fabulosas ganancias, aumenta la concentración de propiedad en el campo. Frente a este panorama, la clase obrera dividida, desmoralizada, con bajos salarios, sin dirección, poco podía hacer. Es así que interviene el ejército, enfrentando a la camarilla oligárquica y sin apoyo popular y corrompida que osaba romper una de las más caras tradiciones argentinas: el sometimiento a la corona británica, y ante la mayor indiferencia popular terminó con el gobierno conservador y con su oposición “democrática” sostenida económicamente por las contribuciones de las compañías extranjeras, terminando así también, con uno de los períodos más bochornosos de la vida del país.

Jose Speroni

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