Bancarrota y alternativa del país
NUESTRO país está enfrentado a una difícil problemática política, económica y social que requiere un enfoque global y la proposición de soluciones que tengan en cuenta esos tres aspectos que se hallan íntimamente ligados Desde hace algunos años se venía penetrando en un proceso de crisis aunque aparentemente controlado; de pronto todo entró en un tirabuzón infernal que no ha tocado fondo todavía y que, por otra parte, se ignora exactamente a qué profundidad se halla. Tal ignorancia, de la que participan los estrategos de café, es compartida por quienes tienen la dirección del país en sus manos y por todos los sectores de la clase dirigente.
En tal emergencia cada uno propone su propia solución y lo máximo que han logrado algunos sectores es unificar un planteo que responda a sus intereses de círculo. Este hecho puede ser constatado por cualquiera que haya seguido de cerca las declaraciones y posturas de las diferentes cámaras y federaciones patronales y de los partidos políticos. La Convención Económica convocada por el ministerio de Economía fue una buena demostración de ello: las representaciones empresarios en un principio no lograron ponerse de acuerdo más que en un punto, que es la necesidad de modificar total o parcialmente la política económica del gobierno, en tanto perjudica sus intereses específicos de sector. Ello no quiere decir que la burguesía allí representada a través de sus organismos gremiales, sea capaz de establecer un plan coherente que contemple sus intereses totales de clase. Sin que esto signifique, por supuesto, que cada representación atente, por defender sus privilegios particulares, contra los intereses de su clase.
Pocos meses han sido suficientes para que la situación llegara a los márgenes actuales. Hasta el 18 de marzo no se preveía que los hechos ocurrieran a tal velocidad. Los datos de la crisis, sin embargo, estaban dados de antemano y fue suficiente el triunfo del peronismo en algunas provincias para que el gobierno de Frondizi se convirtiera en blanco del fuego graneado proveniente de múltiples lugares; en esa ocasión no pudo salvar el escollo ni siquiera a costa de invalidar las elecciones, recurso ensayado simultáneamente con el cambio de ministros, sin resultado alguno. La capacidad de maniobra del gobierno de Frondizi estaba liquidada; no podía salvar obstáculos como hasta entonces, en otros ejemplos de crisis militares. Estaba muy cercana la vergonzante retractación de lo actuado en la Conferencia de Punta del Este.
El grado de servilismo que significó la ruptura de relaciones con Cuba era demasiado pronunciado como para que el pobre señor Arturo Frondizi pudiera resistir con éxito.
Desde el 19 de marzo hasta ahora se han producido cambios ministeriales, varios movimientos militares (entre golpes y contragolpes), barcos de la armada nacional patrullan el Caribe en sociedad con barcos dominicanos por cuenta y orden de EE.UU., hay más medio millón de desocupados efectivos y nadie sabe a ciencia cierta cuántos son los afectados por la disminución de la jornada de trabajo y las suspensiones. Además, nadie paga a nadie, las deudas comerciales se han vuelto una interminable cadena de pagarés y cheques sin fondo, en poco más de seis meses el peso argentino ha registrado una caída que oscila entre el 78 % y el 85 % sin que se haya producido paralelamente un incremento de los sueldos y salarios, de manera tal que todo el peso de la crisis es soportado por los estratos más pauperizados de Ja población.
En pocas palabras; en el transcurso de breves meses nos encontramos sumergidos en un proceso de crisis que tiene diversas explicaciones e interpretaciones, según la fuente de la que provienen.

ARGENTINA TAMBIÉN ES LATINOAMÉRICA
NUESTRA crisis no es financiera, como pretenden algunos, ni tampoco es de confianza como intentan sostener otros. En el mejor de los casos, ambos términos son manifestaciones exteriores de un proceso más profundo. Nuestra crisis es económica. Es la crisis del sistema capitalista en un país semicolonial. Es la crisis resultante de la estructura económica del país que ya no puede desarrollarse más sin romperse. Y, además, sometida a la intromisión imperialista que ha ganado terreno hasta condicionar prácticamente toda la economía nacional y buena parte de la política.
No podemos hacer un análisis de la situación económica del país y sus consecuencias sin tener siempre presente el carácter dependiente de nuestra Nación. Tampoco podemos abstraemos de la realidad de vivir en un país que forma parte de América Latina, es decir, de un conglomerado de países que, con la sola excepción de Cuba, participan del dispositivo militar y económico de los EE.UU. Los países latinoamericanos, de cuyo carácter semicolonial forma parte la Argentina, sufren las consecuencias de la explotación imperialista y de la propia burguesía nativa.
La Argentina ha mantenido durante muchos años una identidad geográfica con los países hermanos pero importantes diferencias en cuanto a una serie de características. Nuestro país estaba incluido entre los llamados atrasados, aun cuando este grado de atraso no era igual al de Bolivia, Paraguay o Chile, por ejemplo, sino en relación con países adelantados de Europa.
A partir de la guerra 1939-45, la habitual dominación inglesa ejercida en nuestro país, es suplantada paulatinamente por EE.UU. a través de una lucha permanente que es coronada por el éxito para esta última potencia a raíz del debilitamiento de la posición inglesa en el mundo. Desde entonces la Argentina entró en el dispositivo de defensa norteamericano y la penetración económica se hizo más visible. El empobrecimiento de nuestra economía motivada por la desacertada política del gobierno peronista primero y la entrega lisa y llana de los gobiernos que se sucedieron después del 16 de setiembre de 1955 ha entrado en una espiral desenfrenada. La relación adversa para nuestras exportaciones por la permanente caída de los precios de las materias primas y el aumento de los que corresponden a los productos de importación provoca un desequilibrio constante en la balanza comercial que es cargado sobre las espaldas de los más.
En la actualidad, nuestro país tiene semejanzas más profundas con el resto de los países latinoamericanos. Las diferencias que otrora existieron se van borrando y todos entramos en la categoría colonial que nos impone EE.UU. Esta es una de las razones por la que el problema de la liberación nacional se hace más accesible al común de las gentes y ya no aparece como una postulación incomprensible formulada por una minoría teorizante al margen de la realidad diaria. La revolución cubana, que fuera recibida con grandes demostraciones de alborozo por los burgueses y pequeños burgueses liberales no contó, por lo menos en nuestro país, con las simpatías de los trabajadores. Precisamente por la adhesión de quienes habían celebrado el advenimiento de la «revolución libertadora». La evolución rápida del régimen castrista con su enfrentamiento al imperialismo y la realización de la reforma agraria se convirtió en un alerta para los elementos más esclarecidos del proletariado. Paulatinamente, la revolución cubana se convierte en un fenómeno comprensible para todos. Es una experiencia americana que despierta la admiración de los explotados. El deterioro de las condiciones de vida de las clases pobres de nuestro país y la circunstancia que ni los políticos ni los militares den solución al problema sino, por el contrario, lo compliquen, facilita la comprensión del problema cubano en nuestro país.
En este sentido, la revolución cubana ha sido más afortunada que la boliviana que, no obstante la pujanza de quienes la llevaron a cabo, no encontró el eco necesario en los más importantes países de América Latina.
La penetración yanqui en la Argentina, los compromisos a que se ha sujetado nuestro país en el plano militar participando del dispositivo guerrero del Pentágono, las terribles dificultades económicas que afronta el pueblo, ponen nuestro destino ligado al de las otras naciones latinoamericanas, porque la identidad de intereses se ha hecho ahora visible y tangible para cualquiera.
La Argentina pertenece a este sector del continente americano que está viviendo el proceso de la revolución cubana y la convulsión creciente en materia social está a la orden del día como lo constatamos con la simple lectura de los periódicos.

CAMINO DE COLONIA YANQUI
HEMOS sido durante mucho tiempo un país latinoamericano sólo en un sentido geográfico. La naturaleza semicolonial de las naciones del sur del río Grande era un factor de nivelación. Pero las diferencias eran apreciables con respecto, por lo menos, a la Argentina. Por otra parte, la producción de nuestro país es más diversificada que la de la mayoría de los otros cuya monocultura constituye una traba permanente a su desarrollo.
En la actualidad, por las razones apuntadas más arriba, estas diferencias se han ido esfumando. El rápido empobrecimiento de la economía y los innumerables problemas que todo ello trae aparejados contribuyen en alto grado a determinar la similitud. Por otra parte, nuestro país, tradicionalmente ligado al imperialismo inglés ha cambiado de mano. No obstante su participación en conferencias americanas, la burguesía argentina se resistió a adoptar compromisos con el imperialismo yanqui durante mucho tiempo. La firma del Acta de Chapultepec por parte del gobierno de Perón dio el primer paso, aunque incipiente y luego motivo de contra-marchas. Porque, a pesar de ello, los posteriores actos del gobierno peronista estuvieron dirigidos en el mismo sentido de resistencia que señalamos y ni siquiera la firma de la Carta de la O.E.A. tuvo la ratificación del Congreso, que era un paso necesario para que tuvieran vigencia para nuestro país los compromisos emanados de dicha Carta.
La «libertadora» procedió a la ratificación de la Carta de la O.E.A. y a la firma del pacto del Atlántico Sur, actitudes que definen mucho mejor que toda declaración la verdadera filiación del movimiento que derrocó al gobierno de Perón. A partir de entonces, la penetración yanqui, que ya tuvo comienzos lentos en los últimos años de la década del 30 y cuyo avance fuera frustrado por el golpe del 4 de junio y su continuación peronista, encontró el apoyo necesario en el frente interno: el trampolín político y el terreno abonado.
Los vergonzosos pactos militares, los escandalosos convenios económicos (petróleo, automotriz, inversiones) en condiciones totalmente desventajosas para nuestra economía, se sucedieron de la «libertadora» a Frondizi y su continuación actual. Se ha llegado ya a la pérdida prácticamente total de la independencia y la soberanía: el F.M.I. controla el presupuesto nacional y decide si se aprueba o se rechaza, se envían tropas nacionales al Caribe en un acto de servilismo pocas veces visto, se someten las bases militares a la inspección de los jefes norteamericanos como si la Argentina fuera de hecho y de derecho una posesión estadounidense, etc. La presencia de la embajada norteamericana es constante en la política nacional como se desprende de los contactos oficiales y oficiosos de esa representación diplomática con dirigentes políticos y, además, no ha habido en los últimos años movimiento militar o político que no haya tenido en cuenta la opinión del embajador de Washington.
En este estado de sujección de nuestra política y economía a los mandatos del imperialismo se produce la crisis que actualmente está atravesando el país.
La introducción del imperialismo norteamericano en la vida nacional ha trastocado las relaciones existentes entre las clases y las de los diferentes sectores de cada clase. Ello explica la atomización de los partidos políticos y, al mismo tiempo, la profunda división que, a cada paso, se produce en las fuerzas armadas, económicas, etc. La penetración imperialista adquiere cada vez más un carácter rígido y su influencia se proyecta sobre las más variadas expresiones de la vida nacional: educación, ciencia, arte, política, fuerzas armadas.
Todo ello hace que esta simultaneidad de crisis del sistema y penetración de una potencia dominadora convierta los problemas que actualmente afronta el país en poco menos que insolubles, como se deduce de los continuos cambios que se producen en el gobierno.

BURGUESÍA INDUSTRIAL Y OLIGARQUÍA
Es frecuente escuchar de boca de muchos dirigentes políticos y sindicales afirmaciones referidas a la necesidad de modificar las estructuras del país. Al mismo tiempo se oye protestar por el atentado que determinada política económica perpetra contra la industria, lo que haría suponer que la industrialización puede, por sí misma, significar algún grado de independencia económica para la Nación. Vayamos por partes.
Nuestro país es, tradicionalmente, exportador de materias primas, fundamentalmente de productos y subproductos del agro. Todavía, más del 95 % de nuestras exportaciones son de aquel origen. Es decir, que la mayor fuente de ingresos de divisas la proporciona el campo. El proceso de industrialización argentino comienza precisamente con la manufactura de productos del agro y continúa, a partir de la primera guerra mundial, con la fabricación de una cantidad de artículos que no se pueden importar en razón de la conflagración y que se destinan a sustituirlos. A partir de la década del 30 este proceso se acelera y el estallido de la segunda guerra mundial lleva el proceso industrial a niveles no alcanzados con anterioridad. La demanda de mano de obra crea un proletariado industrial numeroso y concentrado tanto en lo que se refiere a la multiplicación de grandes establecimientos como a la concentración en zonas, muy especialmente, el Gran Buenos Aires.
Pero, el crecimiento industrial se produce sólo en la industria liviana y, además, a costos elevados; por otra parte, como ya lo señalara Dorfman y otros investigadores del proceso industrial en la Argentina, nuestra industria está ligada por múltiples lazos al imperialismo, llámense ellos inversiones, empresas subsidiarias, patentes, licencias, etc., así como por la dependencia a través de la importación de maquinaria y productos semielaborados. Por lo tanto, la famosa independencia de nuestra industria —o su potencial liberador— queda reducida a poca cosa, prácticamente a nada. En este sentido es bien ejemplificador el apoyo otorgado por la Unión Industrial Argentina a la candidatura proyanqui de Patrón Costas inmediatamente antes del 4 de junió de 1943 o el famoso cheque donado a la Unión Democrática.
En cuanto a la estructura de nuestro campo, será suficiente señalar que las mejores tierras se hallan en manos de conspicuos exponentes de la oligarquía y que la tendencia al minifundio desarrollada en los últimos años, especialmente en los alrededores de las más importantes ciudades, no va en desmedro de los latifundios. En este sentido será suficiente echar un vistazo a la página 155, Parte II, del estudio de la CEPAL publicado por las Naciones Unidas con el título de «El Desarrollo Económico de la Argentina». Allí encontramos lo siguiente:
«Considerando el país en conjunto, se advierte que en 1947 cerca de 72 millones de hectáreas, o sea más del 40 por ciento de la superficie, agrícola, correspondía a 5.542 fincas de superficies superiores a 5.000 hectáreas, número que apenas representaba poco más de la centésima parte del total de predios existentes».
En la región pampeana, es decir, la del cereal y la carne, el grado de concentración de la tierra es elevado. El estudio antes mencionado revela que «18 millones de hectáreas, es decir, poco menos de un tercio de las tierras disponibles, correspondían en 1947 a 1.642 explotaciones de más de 5.000 hectáreas cada una, número «que equivalía al 0,5 por ciento del total de las explotaciones de esa región». No se trata solamente de señalar la cantidad de explotaciones de gran extensión sino que, como explica dicho estudio, existen propietarios que son dueños de varios grandes predios y que
«… investigaciones realizadas en 1940-42 hayan comprobado que en la provincia de Buenos Aires existen 272 grandes propietarios de 746 fincas con una superficie total de 5.045.000 hectáreas, lo que equivale aproximadamente a la sexta parte de las tierras agrícolas de la provincia». La importancia de esta minoría de latifundistas que poseen las mejores tierras del país y concentran en sus manos un gran poder económico; su influencia en la política nacional, está de más señalarla aquí. Se ha escrito bastante acerca de ello y, por otra parte, el término «oligarquía», con el que se la calificaba, se ha popularizado por obra del peronismo haciéndolo extensivo a toda la burguesía. Corresponde recordar, no obstante, que esta oligarquía no está en condiciones de gobernar por medios legales y que cada vez que lo ha hecho fue mediante la fuerza o el fraude. Su poderío económico, sin embargo, sigue siendo inmenso y pesa fuertemente en la vida política del país.
Los distintos sectores de la burguesía no pueden ser divididos en compartimentos estancos ya que los mismos se hallan interrelacionados a través de un proceso de crecimiento y, seguramente, en estos momentos de crisis esos lazos se estarán estrechando cada vez más por la vía de los bancos y empresas financieras. Pero los acuerdos que se establecen entre ellos no están exentos de luchas previas, muchas veces de carácter áspero. Ni se eliminan definitivamente las luchas continuas ni las contradicciones que pueden terminar con la desaparición de los más débiles.
La referencia a los cambios de estructura en nuestro país no puede estar remitida sino a la liquidación de esta forma de la propiedad latifundista que ahoga nuestra economía; el incremento del número de tractores ha pasado de 45.286 en 1955, a 89.814 en 1959, al mismo tiempo que la superficie cultivada por tractor se ha reducido de 419 hectáreas a 229 en el mismo período, es decir, que mayor cantidad de tractores trabajan en la misma superficie. La mecanización del agro no ha servido para ganar nuevas tierras cultivables a las existentes. La caída de los precios de las materias primas en el mercado internacional debieran ser compensadas por una mayor exportación que nuestro país no está en condiciones de llevar a cabo dentro del régimen actual de propiedad y, por lo tanto, el quebranto que significa el deterioro de los términos del intercambio es pagado por el pueblo, que consume la carne y el pan a precios cada vez más elevados. De esta manera compensa las probables pérdidas de la oligarquía terrateniente y ganadera y las de los truts cerealeros y los frigoríficos.
La destrucción del régimen existente de propiedad en el campo es indispensable para quebrar las vallas que la oligarquía impone al desarrollo del país. Sin embargo, no termina en eso la tarea de cambiar nuestra estructura económica. La nacionalización del comercio exterior e interior es una medida consecuente con la anterior para evitar que los truts manejen a su antojo nuestra economía. En el mismo sentido habrá que operar con la industria y todo el sistema bancario por razones similares a las anteriores.
Lejos de todo ello, la situación actual puede sintetizarse en un breve panorama: la industria produce para el mercado interno, mientras el campo lo hace para la exportación. El continuo drenaje que significa el pago de los servicios y deudas de todo tipo que se han contraído en los últimos años con el exterior, así como la exportación de las ganancias de las empresas imperialistas, ha provocado la desvalorización de nuestra moneda y, la pesada carga sobre los sectores más pobres de la población, hasta, un punto en que el mercado interno se ha reducido sustancialmente. La industria es afectada profundamente por esta situación como lo demuestran los cierres de establecimientos o la reducción de la jornada de trabajo y, por su parte, el comercio, en idéntica medida sufre las mismas consecuencias: las cifras de los quebrantos comerciales han alcanzado niveles impresionantes. Los exportadores hacen suculentas ganancias con la baja del peso argentino pero, los industriales que necesitan importar materia prima o maquinaria se ven perjudicados por la misma situación. La oligarquía terrateniente y ganadera insiste en mantener su. provecho pero, a su vez, se provoca por la vía de la desocupación, la disminución de la jornada de trabajo, las suspensiones y el alza constante del costo de la vida una concatenación de situaciones que amenazan con el caos social y el consiguiente peligro para la propiedad burguesa. Los industriales reclaman su derecho a participar de las ganancias que la oligarquía entiende suyas; este reclamo se produce en nombre de la ocupación que dan sus fábricas a casi dos millones de obreros industriales y que garantiza, por la vía del empleo total, la paz social que está en peligro. A su vez, el imperialismo necesita de esta paz social pero se resiste a abandonar una parte de sus ganancias. En pocas palabras, la contradicción del sistema salta a la vista y es vivido ya día a día en carne propia por millones de habitantes de nuestro país.
Son precisamente los caminos cerrados a las soluciones capitalistas para resolver esa contradicción los que provocan las luchas y los roces continuos entre los sectores burgueses y los que desatan las constantes conmociones en las fuerzas armadas pero, al mismo tiempo, son las que promueven una tendencia obligada al acuerdo entre ellos como forma de autodefensa.

ESTADÍSTICA DE LA MISERIA
QUIEN tenga oportunidad de observar la distribución del ingreso neto interno podrá comprobar que desde 1948 hasta 1958 inclusive correspondió al sector llamado «remuneración del trabajo» una participación superior al 50 % mientras la columna correspondiente a ingresos netos de empresarios, propietarios, profesionales, intereses, etc., arroja porcentajes inferiores. La mayor distancia entre ambos se registró en 1952, cuando el primer sector se adjudicó el 61 % y el segundo el 39%. Pero a partir de 1959 los términos se invierten violentamente., En dicho año la remuneración del trabajo participa con el 48,7 % y los ingresos netos de empresarios, etc. con el 51,3 % (en 1958: 57 % y 43% respectivamente).
Las estadísticas señalan que en los años más recientes dicha tendencia se ha mantenido de manera cada vez más desfavorable para los sectores del trabajo.
Por otra parte, el salario real (relación entre el salario nominal y el costo de la vida) desciende sustancialmente en los últimos años. Excepción hecha de 1958, en que el decreto por el cual se otorgó un aumento masivo del 60 % eleva una curva que era descendente, a partir de 1959, luego de los acuerdos petroleros,
F.M.I., etc., el salario real se desliza como por un tobogán. En 1961 (primeros meses) se encontraba más de un 15% por debajo del correspondiente al año 1943 y, si bien se han firmado convenios colectivos de trabajo con posterioridad, los aumentos de salarios logrados en los mismos no son tan sustanciales como para determinar un cambio de esta tendencia; por lo demás, el fuerte incremento registrado en curso de los últimos doce meses por el costo de la vida, permite deducir que el salario real está bastante más abajo que en 1943.
Si el panorama salarial le yuxtaponemos el correspondiente a la ocupación tendremos el cuadro completo de la incidencia del proceso económico en el proletariado. Los cálculos más optimistas hacen ascender a más de medio millón el número de desocupados. Esta cifra aumenta notablemente si se le agregan las personas que están sufriendo reducciones de las jornadas de trabajo. La privatización de empresas nacionales, provinciales y municipales, que se ha lanzado por imperativo del F.M.I. con el objeto de reducir el déficit presupuestario, agrava aún más la situación ya que el crecimiento del personal afectado al rubro servicios públicos ha contribuido sobremanera a mantener la plena ocupación que ha distinguido a nuestro país en los últimos dos decenios. La inexistencia durante ese período de un ejército de reserva ha servido para mantener mejores niveles salariales pero el actual índice de desocupación presiona sobre los salarios en un sentido negativo por la abundancia de mano de obra.
Pero no sólo el proletariado es la víctima propicia de la política nefasta del imperialismo y la burguesía nacional. Las capas más bajas de la pequeña burguesía sufren efectos similares. A este respecto es oportuno señalar como síntoma que la enseñanza media y superior se va alejando nuevamente de las posibilidades de los trabajadores y los sectores bajos de la clase media en la misma medida que se deteriora la situación económica. Las posibilidades vuelven a ser ficticias, no adecuadas a la realidad; los centros de instrucción están vedados a los hijos de los trabajadores por imperio de una angustiosa situación económica que les obliga a contribuir con el aporte su trabajo a la economía del hogar. Los postulantes para el ingreso a la enseñanza secundaria del curso 1962 no alcanzaron a cubrir las vacantes. Todo indica que los inscriptos para el curso del año 63 serán menos aún.
La clase media no da ninguna solución a este tipo de problemas que en cierto modo le afectan muy directamente. No obstante ello conviene subrayar que existe un pronunciado grado de polarización en esta clase y que corresponde a los trabajadores la orientación de los sectores que le son más afines para impedir que la pequeña burguesía que es una clase siempre fluctuante, derive en masa hacia planteos antiobreros y antinacionales.

CRISIS DE DIRECCIÓN
NUESTRO país está sufriendo la crisis propia del sistema capitalista, con el agravante de encontrarnos en una semicolonia, bajo la férula del imperialismo yanqui que intenta la colonización de todo América Latina, impulsado por las necesidades de sus propias contradicciones, con un carácter cada vez más agresivo. No existen perspectivas ciertas de salir de esta crisis si no es mediante el cambio de las actuales estructuras. Y no será la burguesía nativa, ligada por múltiples lazos al imperialismo, la encargada de llevar a cabo esa tarea, toda vez que la misma implica su propia liquidación. La inestabilidad política y social que se viene arrastrando prácticamente desde la «revolución libertadora» hasta la fecha —bien que con altibajos— no podrá ser superada en forma definitiva sino mediante el aplastamiento de la clase trabajadora que es la única consecuentemente antiimperialista y la única capaz de llevar a cabo las tareas antes referidas porque no tiene compromisos con nadie.
Estos enunciados, a manera de síntesis, pretenden exponer los problemas cruciales que, en cuanto a disyuntivas y soluciones, tiene la Argentina ante sí. Significa que la pretendida política de mantenimiento de la legalidad que desarrolla el actual gobierno está altamente condicionada por múltiples factores internos y externos y, además, con márgenes muy reducidos. A tal punto que en realidad todo es una ficción de legalidad, una mala imitación. Por. su parte, la clase trabajadora ha logrado mantener su homogeneidad a pesar de la desastrosa conducción de sus dirigentes que no han estado en. ningún momento a la altura de las necesidades sino, por el contrario, ni orientaron ni dirigieron y en reiteradas ocasiones han adoptado posiciones que significan un freno a la actividad de sus representados.
A pesar de todo, repetimos, los trabajadores mantienen su unidad y cohesión ante la lucha interburguesa que en más de una ocasión ha tomado la forma de enfrentamiento armado. Esta circunstancia permite presumir que el imperialismo y la burguesía chocarán constantemente con la resistencia del proletariado que. ha llegado ya al límite de lo aceptable en su retroceso y que está demostrado en muchos frentes aislados que está dispuesto, a luchar y a enfrentar a la reacción. El drama de esta hora reside en la ausencia de una dirección capaz de conducirlo en las tareas de liberar al país del imperialismo y de transformar las actuales estructuras de propiedad.
La caducidad de la actual dirección está comprobada a través de sus fracasos. Por otra parte, tampoco hay a la vista nuevas direcciones. Las alternativas no son tantas como para seguir perdiendo el tiempo en pruebas dilatorias. Es lamentable la repetición de discursos y la formulación de ampulosos planes que no se practican con total olvido de que la lucha implica acción y sólo a través de ella se impulsan las formulaciones y toman cuerpo las teorías. La disyuntiva es clara: o permitimos la colonización completa de nuestro país y el aplastamiento de los sectores más pobres de la población o se resuelve la alternativa a favor de la independencia y la soberanía nacionales con el triunfo de la clase trabajadora. Repitiendo una frase conocida digamos que este último es el único camino para pasar del reino de la necesidad al de la libertad.

DOMINGO ARRANZ

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