RECORDAR HOY lo sucedido el 25 de mayo cuando subió el Tío es pensar en otro país, en otra gente. Rescatar ese hecho histórico que significó la válvula de escape para todo un pueblo que había estado soportando 18 años de explotación, harto de milicos y policías, con ganas de festejar algo propio, de bailar en la calle, de abrazarse y gritar Perón sin el temor a recibir un gasaso o ir en cana hoy da bronca y tristeza. Bronca porque lo que se perdió en el camino, por cómo se desvirtuó esa alegría y euforia popular, porque peleamos para tenerlo entre nosotros a esa gloría sobreviviente de Trelew que es Alberto Camps y hoy a un año vuelve a estar preso y torturado. Tristeza porque se defraudó a ese pueblo, se le hizo vivir una experiencia inolvidable, acrecentando sus expectativas, y hoy ese mismo pueblo se encuentra con un gobierno que siente ajeno, con un Líder que insulta a la juventud maravillosa y desprecia los reclamos populares. Bronca y tristeza porque esa alza de la conciencia popular sufrió un retroceso, no logrando revertir el triunfo electoral sobre los gorilas y el imperialismo, debiendo empezar a retroceder en sus exigencias.. Había tres grandes protagonistas y un enorme ausente.
Primer protagonista, principal y absoluto, el pueblo peronista sintiéndose dueño del país, después el Tío como símbolo de lo conquistado y por último los odiosos, aquellos que había que hechar a patadas si era necesario pero sacárselos rápido de encima, cualquier cosa que tuviera uniforme, hasta se odiaba a los bomberos y boy scouts ese día.
Y el gran ausente era Juan Domingo Perón. Esa era la gran
reivindicación del pueblo. Ese balcón histórico no lo iba a contar ese 25 de mayo. Ahí había un acicate para la lucha, no dejar hasta que el general nos volviera a hablar otra vez como en sus primeros gobiernos. Pero era una ausencia que sabíamos que si nos organizábamos y luchábamos se podía transformar en una presencia concreta y anhelada. Sin embargo había una ausencia que no podía modificarse: Evita y todos los caídos.
Una enorme ternura invadía al pueblo peronista, un profundo dolor que también era alegría. Saber que no podían estar con nosotros compartiendo ese día glorioso pero estábamos contentos porque su sacrificio, su ejemplo, habían sido los artífices reales y concretos de éste triunfo.
Así nos acercábamos al 25 de mayo con una idea fija sintetizada brillantemente en una frase del tío: “Hasta el 25 de mayo el régimen, después el pueblo”.
Desde la madrugada del 24 comenzaron a llegar compañeros de todos lados, una verdadera marea humana había invadido las calles céntricas, los coches desfilaban tocando bocina por Plaza de Mayo. Adentro estaba todo apagado, un silencio sepulcral era el preanuncio de la retirada. Se hacía añicos el proyecto de Mor Roig, Lanusse estaría refunfuñando en algún lado con un vaso de whisky en la mano, Ezequiel Martínez mostraba una sonrisa que parecía una mueca, Manrique más ojeroso que nunca destilaba odio por todos los poros, Balbín apelaba a una verborragia extraña para justificar lo eterno de su segundo puesto, mientras en Madrid alguien se sonreía y afirmaba: los muchachos cumplieron.
Los muchachos ya festejaban por anticipado. Cada Unidad Básica era una peña, guitarreada y vino, discursos y cánticos iban preanunciando lo que iba a ser el otro día. Nadie durmió. Había una enorme tensión en medio de la alegría: teníamos que adueñarnos de la Plaza, garantizar que hubiera un único protagonista: el pueblo y sus banderas. Los milicos junto con una Comisión de Festejos del Movimiento tuvieron algunas ocurrencias formidables: desfile militar, espectáculo artístico en un gran palco, tedeum, etc. En fin, en su última acción de gobierno volvían a demostrar que seguían sin entender nada acerca de las expectativas de las masas; eso en cuanto a los milicos. Y los otros, los traidores al Movimiento, demostraban lo mismo. El pueblo los sepultó. Invadió los palcos, corrió a los milicos por la calle (a los que querían desfilar) y llenó tanto la Plaza que para hacer el tedeum se hubieran tenido que ir a la Basílica de Lujan. No hubo carnaval, hubo asamblea popular. Ya por la noche había empezado la represión sobre los primeros contingentes que llegaron a la Plaza, se subieron a los palcos y empezaron a pintar todo lo que encontraban a su paso. Los quisieron correr a gases. Se les escabulleron y aparecían por otro lado. Era un síntoma del día siguiente. Un pueblo agrandado, ganador que se sentía triunfador sobre los uniformes y no los soportaba cerca, los cargaba y si cabía los corría a pedradas. Habían estado demasiado pesados en los últimos años. El repudio era total.
En las primeras horas de la mañana y mientras el Tío daba un discurso excepcional en el Congreso empezaron a llegar las
primeras columnas. De movida se tuvo una sensación común: la Plaza iba a ser sólo de aquellos que tuvieran representatividad. El pueblo Peronista había decidido con quién quería ir y a quién iba a repudiar.
El problema fue cuando entraron a llegar milicos y funcionarios. Los policías no podían intentar nada porque se le robaba todo, hasta la gorra. A la infantería de Marina se la corrió por Avenida de Mayo durante tres cuadras. En medio de las carcajadas y el repudio generalizado hubo alguien que recordó lo triste del papel jugado por esa fuerza en 1955 y en Trelew. Asesinos.
Cuando aparecía un tanque intentando desfilar los compañeros se le subían como hormigas y le colgaban banderines, le pintaban consignas, los besaban a los milicos. Pero toda esta conjunción de expresiones de una masa que se movía con libertad, contenta, eufórica por toda la zona de la Plaza, alcanzó un alto grado de irritación y agresividad cuando empezó a ver pasar a su lado a aquellos funcionarios que desde la televisión y los diarios le habían mentido en los últimos años. Así fue como se lo insultó y escupió a Lanusse cuando intentaba entrar a la Casa de Gobierno por una puerta pequeña que de un lado decía FAR, del otro Montoneros y en el medio PERÓN. Eso por los compañeros Maestre y Capuano Martínez, que sintiera de cerca el odio total de los explotados, de los hermanos de sangre de los caídos, del odio del Peronismo que Lanusse había intentado basurear y denigrar.
A Caggiano y Bordaberry se los silbó y abucheó. Con el primero no era un problema con la Iglesia sino con esa Iglesia gorila, que avaló con su presencia toda la entrega y la represión.
Salvador Allende y Dorticós fueron entrados en andas. Eran dos compañeros. Se mezclaron con la gente. Se cansaron de dar la mano y de abrazar a cientos de compañeros que intentaban explicarle rápidamente que eso era el Peronismo, el hecho maldito, la fuerza revolucionaria única en la Argentina, lo que había generado las formas más altas de lucha, que hoy se estaba festejando no una simple batalla electoral sino la culminación de largos años de lucha y sacrificio.
El punto más alto de todas esas demostraciones directas fue cuando llegó Coda, el almirante. Era la Marina, lo más odiado, lo más gorila. Los negros se le fueron al humo, lo insultaron, lo tenían cerca y no lo querían dejar ir sin decirle algunas cositas. Los compañeros estaban con las manos vacías. La custodia de Coda no. Tiraron con ametralladora. Cayeron un par de heridos. Los envolvieron en una bandera argentina y los llevaron al hospital. Empezó entonces la guerra con la policía, gases y palos, corridas y barricadas. Una vieja práctica del Peronismo se imponía para despedir como correspondía a los esbirros de la dictadura militar.
La situación dramática se produce en la entrada a la Casa de Gobierno de la calle Rivadavia. Las puertas se cerraron y la gente quedó encerrada entre esa puerta y los gases que tiraban desde el techo de la Casa Rosada. Empezaron a golpear para que abrieran la puerta. Adentro la tensión generó algunas actitudes irresponsables acompañadas de la práctica represiva de nuestro Ejército Argentino. Un alto oficial del Ejército ordenó a su gente que se apostara a 10 metros de la puerta del lado de adentro e impartió la siguiente orden: abrir la puerta y tirar.
Mientras tanto algunos altos funcionarios recién designados y las autoridades del Movimiento estaban escondidos en alguna pieza de la casa y no asumían la defensa de ese pueblo que corría el riesgo de ser masacrado a manos de la ceguera militar. Los compañeros de Juventud Peronista de Conducción Nacional que estaban dentro del edificio encararon al oficia] y lo obligaron mediante un aprieto concreto a deponer esa actitud y le exigieron al jefe de la Casa Militar que les permitieran hablar a la muchedumbre para garantizar el orden, dado la inoperancia y el salvajismo de las supuestas “fuerzas del orden”.
A regañadientes cumplieron. El asunto no les gustaba nada, pero debieron aceptar Ja realidad. Había dos fuerzas enfrentadas y sólo una conducción capaz de resolver el problema. Al principio nadie entendía nada en la Raza y a lo largo de Avenida de Mayo. Se escuchaba por esos parlantes hasta momentos antes solemnes y oficiales un lenguaje nuevo, propio, donde era fácil reconocerse. Primero intentó hablar un abogado presentándose con nombre y apellido. Se tuvo que ir enseguida. La gente no quería nombres, quería política y organización. Por eso lo trascendente de ese diálogo que comenzó a generarse. No era entre personas sino el vaso comunicante de una política que estaba ahí abafo, enfrentándose con la cana y el ejército y un mensaje político que intentaba sintetizar esas expectativas. Al principio hubo rechazo. Es que abajo se estaba cobrando tupido. Los gases y los palos seguían cayendo sobre los peronistas. Pero en la negociación se logró que se frenara la represión para poder garantizar un nuevo tipo de orden, el orden Peronista.
Lentamente se comenzó a lograr una coordinación entre los responsable de abajo y los compañeros a cargo del micrófono. Surgió una iniciativa que corrió como reguero de pólvora. Todo aquel que tenga un brazalete rojo y negro que se coloque en el límite de ta concentración para garantizar que no se produzcan más provocaciones”. Era un llamado a asumir el control total de la fiesta, a concretar —por fin— el hecho político del día, la transmisión del gobierno de manos de la dictadura militar a manos de un Peronista leal. El odio a la policía brava dejó paso a la necesidad política fundamental: el Tío tenía que llegar a la Casa de Gobierno, jurar y hablar a la gente. De ahí en más, ordenado los roles, comenzó un diálogo y un control político inédito y que todos lo vivíamos por primera vez. Cuatro pibes, ahí arriba, eran la síntesis de toda esa lucha, no importa los nombres, podían haber sido cualquiera. Era el Peronismo de Evita, de los caídos que decidía hacerse dueño de su propio destino. Hubo puteadas por los altoparlantes. Se leyó la lista de los caídos. Se saludó las delegaciones latinoamericanas, asiáticas y europeas afines con nuestra lucha, se repudió al embajador norteamericano y a los gobiernos títeres, se (a vivó en forma interminable a Evita, se planteó la ausencia de Perón en términos de que no había que bajar los brazos hasta tenerlo entre nosotros.
El juramento del Tío y su aparición en los balcones fueron dos explosiones. Los compañeros estaban agotados, dos días sin parar y sin embargo todavía tenían fuerzas para gritar, los bombos seguían tocando. Del balcón donde habló Cámpora colgaban las banderas argentinas ensangrentadas por los compañeros heridos. Terminó Cámpora y de ahí a Devoto. Pero esa es otra historia, otra epopeya, otro esfuerzo.
Dentro de la Casa Rosada se estaba viviendo una situación insólita, increíble. Compañeros desconocidos cuyo único distintivo era un simple brazalete rojo y negro daban órdenes a diestra y siniestra, con seguridad, prepeando cuando había que prepear, sugiriendo cuando había que sugerir. En esos mismos pasillos donde se había decidido la masacre de Trelew, donde se avaló y ordenó la tortura y el asesinato de compañeros, donde se maquinó toda la trampa electoral, donde había estado Aramburu ordenando el fusilamiento de Valle y el ultraje a Evita, ahí había decenas de compañeros de Juventud Peronista garantizando el normal desarrollo del acto mientras los figurones y algunas autoridades se escondían en salones alejados del balcón. Cómo iban a salir si los iban a silbar y repudiar; cómo se iban a preocupar por la masa si siempre la despreciaron. Los hombres de Lanusse se fueron en helicóptero en medio de una ensordecedora consigna:
“Se van, se van y nunca volverán”. Pensamos que se iban humillados y tristes. Humillados sí, tristes no, decimos ahora. Ahí pudieron palpar de cerca quienes iban a gobernar en nombres del Peronismo. Ahí se dieron cuenta que no les iba a costar mucho volver, porque iban a tener aliados cercanos. Donde estaba Otero, Llambí, Lorenzo Miguel, Villar, Margaride, Martiarena para parar la represión a peronistas. Escondidos. Asustados de la gente que no la entienden y ya tenían previsto traicionarlas. Y los gases, tiros y bastonazos los escucharon como siempre, desde los despachos. Ya faltaba poco para que ellos mismos ordenaran esa misma represión. El 25 de mayo de 1973 surgió de la clandestinidad, de la lucha un pueblo peronista ansioso de justicia social, gozando de una fiesta pero sabiendo que todavía faltaba liberar a los presos, que ahí en Devoto estaban los mejores hijos de la Patria, aquellos que junto con los caídos nos marcaron el mejor camino para el pueblo Peronista.
Evita flameó en el recuerdo y en las banderas.
Evita era esperanza de lealtad y cariño a los pobres.
Era el Peronismo reencontrándose a sí mismo. Eran los padres y sus hijos que en brazos vigorosos intentan alzar la bandera del triunfo final.
El país asistía expectante a una nueva etapa hacia la Liberación Nacional. Nunca nadie supuso ese día que de esa misma Plaza, nos íbamos a ir un día mordiéndonos los labios después de haber sido insultados por aquel que era nuestra bandera máxima.

EN ESE MOMENTO ME PARECIÓ VER UNA CARA…”

“Todo eso que significó el 25 de mayo empieza en realidad antes. Después de la muerte de Manolo sabemos qué significa la lucha y nos metemos en la lucha. Entonces, el acordarme de Manolo, aparte de la tristeza que vos tenes y que es natural que la tengas, también tenes lo otro: seguir adelante y un orgullo enorme porque Manolín dio la vida por todo un proyecto que teníamos todos en conjunto.
Esa era una de las cosas que más me sostenía…. no, no digo sostener, asi, en realidad a todos nos sostenía un proyecto político.
Manolo fue muerto el 8 de marzo del 71; yo salí en libertad el 8 de marzo del 73. Dos años de la muerte de Manolo y el día que se cerraba la campaña electoral de Cámpora. Pude llegar a la campaña y por supuesto, fue de las cosas que me llenaron de alegría… por supuesto también, así, lloré mucho. Fue cuando de golpe vi correr a un montón de compañeros en la cancha con un cartel donde decía “Manuel Belloni – Diego Frondizi”.
Es decir que los chicos estaban presentes.
Pero pienso que lo que me pasó el 25 de mayo empieza antes, empieza el 24. Primero porque sabemos que ese día los compañeros van a estar afuera. El triunfo lo logramos, la lucha dio sus resultados.
Yo quería estar en Plaza de Mayo, pero también en Devoto cuando salieran mis compañeros.
El 24 a la noche, egoístamente, ahí sí, era un acto egoísta. De golpe lo extraño enormemente a Manolín, porque se que no está conmigo el día del triunfo.
Está bien que yo se… lo he dicho siempre, lo vivo y lo siento: Manolo está vivo en todos los compañeros.
Pero ahí, no se, pienso que la parte egoísta fue la parte mía de madre, no? Realmente…
Bueno. A Plaza de Mayo me fui el 25 como a las 6 de la mañana. Lo que pasaba en Plaza de Mayo ese día creo que lo tenemos todos muy claro, ¿no? Pienso que si decimos que había alegría es poco. Eso no era sólo alegría; todos gritábamos, había como una necesidad de gritar, de encontrarse. Es que era el pueblo que se encontraba en realidad, y nos abrazábamos como locos. Todo era nuestro, la plaza, la casa de gobierno, tos árboles. El triunfo sobre la dictadura.
Todo, todo era nuestro y sabíamos además que a la noche iba a ser también de todos los compañeros que estaban adentro. Me encontré con compañeros, con amigos. Pero la congoja me seguía; una congoja muy linda además, ¿sabes?
Miraba la Plaza de Mayo y hablaba con Manolín. Me faltaban su presencia física, su alegría. Lo recordaba al frente en los actos, corridos por la policía, vital con su poncho. Un poncho verde que yo tengo, con el que alardeaba y se reía: “A Poncho verde no lo vence nadie”, y salía con un bombo enorme, a gritar… Me imaginaba lo
que podrían haber sido ese día, él y Diego, en el barrio, con sus compañeros. Y pensaba… no sé; toda esta bronca iba a ser vengada. Es una de las cosas que más claramente tenía en la mente y lo pensaba.
Pero va a ser vengada, por supuesto que si. La justicia popular llega y para esa gente tiene que llegar,…
Ya me iba para Devoto pero, ¿vos sabes?, sentía como una nostalgia. En ese momento veo entrar una columna inmensa y me pareció ver una cara y pienso, no, no puede ser. Y si, era. Los compañeros del barrio donde trabajaba Manolo traían un gran retrato de él. Entonces hice lo único que podía hacer: me metí en la columna y empecé a abrazar a todo el mundo. De golpe, lo que les pedí fue que bajaran el retrato para darle un beso, yo.
Preguntaron por qué. Porque soy la madre de Manolo, les dije. Te imaginas, querían por poco que me pusiera al frente de la columna. Pero les expliqué que no, que iba a Devoto, que nos teníamos que repartir y que yo tenía que llevar toda esa alegría que vivíamos a los compañeros que estaban adentro. A los compañeros que sabían que iban a salir, porque había ganado el pueblo peronista, y porque tenían la convicción que ese pueblo peronista los iba a sacar. Esa seguridad era total. Bueno, fui a la casa de unos familiares que nos iban a llevar a Devoto y me encontré con un abogado que defendió a muchos compañeros, con Gustavo Roca.
Roca me abrazó fuerte y se puso a llorar, y yo a llorar con él. Entonces el me dijo: ¿por qué lloramos?; y yo le dije: por los que no están. Pero te das cuenta, Gustavo que esto por lo cual ellos murieron, iba a llegar. Y eso es lo importante. Entonces lloremos un poco, que es una forma también de expresar la bronca y la alegría, todo junto.
Porque ya te digo, yo sabía que los que no estaban, estaban sin embargo en el grito de todos, en el triunfo. Pero también está la otra parte, que Manolín era mi hijo, y eso.
Después nos fuimos a Devoto.
Quiero decirte que, en este momento; realmente es tan grande ta bronca que ni siquiera puedo decirlo claramente.
Es decir, ahora fui a Devoto, vi a tos compañeros y por supuesto también lo vi a Alberto, a Alberto Camps. Te digo esto porque aquel 25, con el primero que me encontré cuando negué a Devoto, fue con Albertito. Me acuerdo que entre gritos y abrazos le decía “Bueno viejo, esta noche ya estás afuera”.
Y ahora lo vi. Y el que me animó fue el; me dijo “Bueno, fuerza compañera porque acá estamos como antes, en la misma tocha”.
Pero es muy jodido que en el gobierno popular estén los compañeros presos. Es inadmisible, es jodido que tengamos ahora un 25 de mayo que celebra la asunción de un gobierno popular, que debiera celebrar la primera ley del pueblo que fue la de rescatar a sus combatientes presos y suprimir la represión. Es jodido que tengamos que pasarlo con compañeros peronistas presos, torturados, con la ley de represión otra vez sobre el pueblo. Ahora vemos como también tenemos obreros peronistas presos, por defender sus derechos, gracias a las reformas del codigo penal.
Y no hay caso. Uno piensa en esto y recuerda cuando hace un año… Las puertas del penal abiertas, los gritos, corridas y abrazos, los familiares, los “recuerdos” que los compañeros liberados se intercambiaban: camisetas, libros, la alegría compartida. Todo el mundo había llevado comida, yo que sé.
Los compañeros habían trabajado como diez días antes, haciendo carteles, estaba todo adornado con guirnaldas, fotografías. Era una cosa increíble… Una de las cosas más lindas, la unión de los compañeros que estaban adentro, con sus compañeras que los esperaban afuera… Mira, no se puede, que querés…
Yo recuerdo eso y pienso ahora.
Recuerdo el pueblo afuera, cuando salíamos con los compañeros liberados. Es claro, los combatientes eran del pueblo, de ese pueblo que los había recuperado. Recuerdo a María Antonia, sobreviviente de Trelew, el pueblo ovacionándola en Avenida La Plata. Sin poder hablar por la emoción y el pueblo recuperándola, agradeciéndole ese homenaje de su silencio Heno de lágrimas. Fue el mejor discurso que le pudo dar al pueblo.
Eran las 7 de la mañana del 26 y todos seguíamos en la calle, la alegría, unidos y sintiendo que aquello que durante años había jodido a todo un pueblo peronista, no existía más. Vos te penses que podíamos pensar en lo que ocurre ahora?
Ahora no podemos decir lo mismo: compañeros asesinados, Unidades Básicas destrozadas y diariamente la represión. Compañeros presos y torturados. Torturados, una cosa que pensamos que se había borrado para siempre del país. Y ahora existe en un gobierno popular. No. No tiene más otro sentido para un peronista el 25 de mayo. Terminemos con la farolería del desfile. Después de ese 25 de mayo del que pasó un año, quedó claro cual era la esencia de un festejo popular: el desfile del pueblo, con sus cantos y consignas, con sus bombos. Con su alegría. Eso es la expresión real de un festejo patrio. No lo vamos a poder hacer ahora. Porque creo que nadie tiene la alegría que tuvo el año pasado. El pueblo peronista va a estar con una bronca adentro que no se la va a sacar nadie. Pero nosotros, el pueblo, somos dueños del destino del pueblo peronista. Y como sacamos a nuestros combatientes antes, también los vamos a sacar ahora. Esto tenemos que marcarlo: no puede haber presos peronistas, ni asesinados peronistas, ni torturados. El pueblo lo va a revertir, de alguna manera pero lo hará. Ya los arrancó de la dictadura cuando triunfó el gobierno popular. Ese pueblo que votó toda una política que bajó Perón durante 18 años de resistencia. Entonces tenemos que preguntarnos cómo está un Llambí en el gobierno popular, un señor que al caer Perón entregó
su espada a la “Fusiladora”, no puede ser un ministro del gobierno popular; un Otero que durante 18 años no representó a nadie ni nada, salvo su proyecto personal, no puede ser un ministro de Trabajo.
Ahora se les impide a los diputados ver a los presos. Ya es bastante que el pueblo no los pueda ver; tampoco los diputados. ¿Entonces dónde estamos? El pueblo no puede ni siquiera ir a ver a los compañeros que lucharon por el gobierno popular. Que están presos por ser peronistas. Quieren impedir que el pueblo se exprese. Pero tienen que saber que el pueblo se va a seguir expresando. Porque la conciencia que tiene el pueblo, que la fue fortaleciendo y clarificando durante 18 años de lucha, ya no se la saca nadie.
El pueblo no se calló en la peor época de la dictadura, no lo van a hacer callar por decreto. Aunque asesinen a una compañera por que está pintando “El 1° de mayo todos a la plaza”; aunque torturen compañeros. El pueblo no se va a callar, aunque —como gritaba una compañera en un acto de la Agrupación Evita, el otro día—, se esté matando a nuestros hijos.
Y otra cosa que también tiene que quedar clara: no podemos permitir que haya un 26 de julio más sin el cuerpo de Evita entre nosotros. El pueblo lo sabe y por eso se está movilizando.
No, te aseguro que recordábamos a nuestros muertos, que eran héroes del pueblo, y jamás pensamos que Íbamos a tener otra vez, héroes de esa manera. Compañeros asesinados.
Pero te aseguro, un decreto no va a hacer que el pueblo se calle y se aguante.

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