LA SEMANA que pasó estuvo signada en nuestra política exterior por dos hechos importantes, ligados entre si. Por un lado el gobierno de EE.UU. anunció que “como excepción, una excepción más” autorizaba a filiales de empresas yanquis radicadas en la Argentina para concretar un negocio de venta de automotores a Cuba. Aceptación a regañadientes largamente demorada, con veladas amenazas a nuestro país, impulsadas por el círculo más cercano al decaído Nixon y su equipo de “gusanos” cubanos. Y si bien ellos quieren reservarse para más adelante con su fórmula de “excepción por esta vez”, queda en pie la firme posición argentina que sostiene que cualquier empresa del mundo que se radique en el país queda sujeta a nuestras-leyes, en un pie de igualdad con las empresas argentinas.
El otro hecho importante fue la moción presentada por el canciller Vignes en la reunión efectuada en Atlanta (EE.UU.), orientada a que se invite formalmente a Cuba a participar en la próxima reunión que se efectuará en Buenos Aires. La posición argentina fue inmediatamente apoyada por Perú y México, obteniendo una aprobación general, pese a las protestas airadas de los gorilas chilenos. Finalmente, aunque no hubo una invitación formal, se encomendó a la Argentina que realice gestiones bilaterales previas, tendientes a solucionar los problemas que se presenten. En concreto, todo parece indicar que Raúl Roa, el ministro de Relaciones Exteriores cubano, será nuestro visitante cuando concurra encabezando la delegación de su país a la Tlatelolco tercera, como ya je empezó a denominar al evento que se realizará en nuestra capital.
Ambos hechos muestran tanto la correcta posición adoptada por nuestro gobierno, como el fin del bloqueo a que fue
sometida Cuba por imposición de los yanquis, bloqueo que ya había comenzado a resquebrajarse mucho antes y que con lo que está sucediendo, recibe su partida de defunción.
Claro está que una política antiimperialista no empieza ni termina con actos como estos, máxime si tenemos en cuenta que la ruptura del bloqueo se produce cuando ya éste estaba debilitado y cuando la geopolítica de las grandes potencias también lo convertía en un anacronismo. Lo hecho bien hecho está. Pero habrá que avanzar. Porque una política antiimperialista con mayúsculas, pasará por la recuperación de la soberanía perdida en manos de los monopolios foráneos, por la oposición activa a los ímpetus expansionistas de los gorilas brasileños y por solidarizarse con los pueblos y gobiernos que están enfrentados al coloso del norte (como ya se lo está haciendo en relación a Panamá), y con aquellos pueblos con gobiernos títeres, como es el caso de Uruguay, Chile y Bolivia.

NO HAY ANTIIMPERIALISMO VERDADERO SIN PUEBLO
Lo hecho ya es suficiente para que el imperialismo yanqui complote contra el gobierno popular. Y cuando se den pasos más avanzados, como los que hemos señalado, ese complot comenzará a tomar cuerpo más peligrosamente. Será el momento en que para afirmar la política antiimperialista, se requerirá contar con el apoyo popular. Porque es cosa sabida que lo único que puede volcar la balanza de fuerzas en favor de un país dependiente, es la irrupción organizada de las masas, tras claras banderas liberadoras.
Se demuestra. así la incongruencia de adoptar medidas progresistas en lo externo, manteniendo a la vez en lo interior la política de los botonazos, el apresamiento de los que combatieron para que Perón pudiera volver, la clausura ilegal de periódicos populares y la presencia de connotados gorilones en la dirección de los organismos represivos.
Y si al pueblo se le pide pasividad para no entorpecer un Pacto Social gestado a sus espaldas e instrumentado por los burócratas, si al pueblo se le pide que olvide a los asesinos de Brandazza y perdone a los masacradores de Trelew, si al pueblo se le pide que no haga olas para no sobresaltar al gorilaje, mal se podrá después pedirle que se movilice para enfrentar al imperialismo.
Por eso, cuando se enfrenta decididamente a los de la patria vandorista, no sólo se cumple con los compromisos contraídos con los trabajadores, sino que se afirma también la posibilidad de una auténtica política latinoamericana y antiimperialista.

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