La Guardia Nacional es en este momento uno de los factores de poder fundamentales en el proceso político panameño. No es un fenómeno simple ni reciente. Mientras cumplía el papel de instrumento de la oligarquía para reprimir el pueblo y mantener sus privilegios, se fue gestando en sus cuadros jóvenes y progresistas, con Torrijos a la cabeza, una conciencia antiimperialista, nacionalista y popular. Es decir, antes de desatarse el movimiento liderado por Torrijos, la Guardia Nacional estaba atravesada por esa contradicción que oponía a quienes pretendían que siguiese siendo el brazo armado del imperialismo y la oligarquía, con los que luchaban por hacer de ella un instrumento liberador. El 11 de octubre de 1968 triunfaron estos últimos y el general Torrijos pasó a comandar el gobierno panameño. Pero éste no fue el fin de la disputa dentro de la Guardia Nacional: los cuadros gorilas y reaccionarios permanecieron en su seno. Y, como era de esperar, se habrían de sentir las consecuencias. En 1970 producen un intento contrarrevolucionario que es derrotado por las fuerzas nacionalistas. Y si bien este triunfo de los intereses populares en la Guardia Nacional produjo un cambio fundamental en su orientación política, subsisten aún contradicciones, difíciles de visualizar en la superficie, pero no por ello menos reales. Tan reales como la existencia aún de una oligarquía agropecuaria y financiera ligada al imperialismo que tiene su proyecto y que trata de desviar el rumbo emprendido por la Guardia Nacional. Porque hoy la tarea histórica que se ha fijado es la de garantizar, junto al pueblo, la liberación nacional de Panamá, la expulsión de los gringos y la recuperación del Canal, constituyendo la “yunta” Pueblo-Guardia Nacional. Y estos objetivos serán una realidad indestructible en la medida que se desarrolle y consolide la organización popular que se está gestando en el campo, la universidad, los pueblos y en las fábricas.

El ómnibus de la Universidad avanza lentamente por calles desparejas de la ciudad de Panamá. Cruzamos barrios de edificación muy vieja. Caserones de principios de siglo que el gobierno está erradicando. Calles de suburbios, de construcción irregular. Desde las paredes de madera de algunas casas los afiches nos dicen que se suceden mes a mes los congresos campesinos, estudiantiles o de obreros. Que este pueblo quiere a Omar Torrijos. Es la capital del pequeño Panamá que estamos recorriendo, alejándonos del centro. La edificación comienza a ralear.
De pronto, tras una curva, esa ruta hacia el sudeste que nos aleja del centro, desemboca en el puente de las Américas. A la derecha podemos leer, de improviso, todos los nombres propios del enemigo: los enormes tanques de la Esso, la Texaco y
la Gulf. También están los lujosos bungalows de los gringos, protegidos por una interminable alambrada de tres metros de altura. Y a la izquierda, en la bahía tranquila, descansan los yates de los yanquis.
La cabecera del puente tiene dos banderas. La bandera panameña y la bandera gringa. Es como un cachetazo. Esa bandera es como un golpe a un hermano. A partir de esa bandera comienza la bronca sorda e impotente.
Es media hora de viaje sufriendo las bases yanquis, los soldaditos montando guardia armados hasta los dientes en un territorio que no les pertenece, en un territorio que robaron. Esa alambrada interminable. Algunos compañeros se asoman por las ventanillas. Es una necesidad irresistible. Somos quince peronistas. Pero gritamos como si estuviéramos
con todos los compañeros en las tribunas de Atlanta, en la Plaza de Mayo o camino a Ezeiza bajo la lluvia.
“¡Torrijos! ¡Seguro! ¡Al yanqui dale duro!”
Los panameños, que ya han aprendido nuestras consignas también, completan: “¡Torrijos y Perón: Liberación!”
El grito surge incontenible. Los gringos no comprenden. Nosotros nos acordamos de los 30.000 compañeros saludando al conductor del pueblo panameño en la Plaza San Martín.
Alguien aconseja serenidad. Los policías que nos acompañan también. Nos lo ha dicho el propio Torrijos. Si algo sucediera en esta franja que es el corazón de un pueblo hermano, nos detendría la policía gringa, nos juzgaría una ley desconocida y terminaríamos en el Tribunal de Apelaciones del estado de Lousianna. Y así es. Pero cada tanto rebota incontenible el “Yo tengo fe, Torrijos va a ganar…”
Este Canal y su Zona adyacente son motor de la historia panameña. La política de esta nación, su economía, su cultura y su pueblo, son inseparables de esta obra que acorta el cruce entre el Atlántico y el Pacífico en tres semanas, por lo menos.
A los americanos nos duelen las Malvinas. Y Guantánamo.
Y Santo Domingo. Y Uruguay.
Y Chile. Pero el Canal es la presencia de tropas extranjeras dividiendo en dos al pueblo panameño. El Canal es cada una de las tres invasiones de marines yanquis que sufrió este pueblo sacrificado. El Canal y su Zona son la distorsión monstruosa de una economía. Es el dominio económico y militar de un pueblo latinoamericano por parte de una potencia imperial. El Canal es la historia de una estafa contra una nación indefensa. Es la historia de mártires y de traidores, de héroes y de lacayos del imperialismo.
De ese imperialismo que vio con muy buenos ojos la secesión de Panamá de la República de Colombia. Un hecho que, más allá de su necesidad histórica y de las causas políticas, culturales y económicas que lo determinaron, favoreció objetivamente a la política yanqui. Tanto que en 1903 ya estaba firmado el tratado para la construcción de un canal en un punto del istmo de Panamá que tiene apenas 80 kms. de ancho.
El 11 de.agosto de 1904 el embajador panameño en Washington elevó la primera de las innumerables protestas que los yanquis siempre tomaron a risa. Hay hechos premonitorios. En este canal en construcción
estuvo el luego presidente yanqui Theodore Rooselvet, ese pirata miope y obtuso que legalizó el colonialismo y convirtió al imperialismo económico y político en la “forma de vida americana”.
Hubo quejas oficiales. Tibias. Formales. Las que correspondían a los sucesivos gobiernos liberales panameños. Esos que eran capaces de abrazarse con los enviados de sus amos.
Pero hubo otras protestas, las del pueblo panameño. Esas que marcaron la temperatura más alta en la política centroamericana. Hubo incidentes en 1947. Hubo incidentes en 1949. Y en 1958. Y el último, el más monstruoso e infame, ese que los panameños tampoco olvidan ni perdonan, fue el 9 de enero de 1964. Estudiantes secundarios panameños fueron masacrados por los soldados gringos por querer plantar la bandera patria en territorio patrio.
La Zona del Canal es la cara desnuda del imperialismo yanqui. Porque este atropello que ya lleva setenta años no es el capricho de una potencia ni un
resabio del colonialismo. Esta Zona es clave para la subsistencia de los Estados Unidos como metrópoli colonial.
Estados Unidos tiene en este Canal y su Zona adyacente dos tipos de intereses no totalmente diferenciados. Los hay económicos, con datos que pueden resultar aclaratorios. El 70 % de los buques que lo atraviesan o van a Estados Unidos a transportan mercadería norteamericana. Esto explica que la administración yanqui mantenga tarifas de 1 dólar por tonelada cargada, un derecho de peaje que representa apenas el tercio de lo que correspondería pagar de acuerdo a cálculos racionales. Pero las empresas multinacionales nunca pierden. Lo que se va por gastos en el Canal entra con creces en el abaratamiento del flete en tres semanas de viaje.
Pero lo fundamental de este Canal y de su Zona es su importancia estratégica. A nivel mundial el Canal permite dominar el tráfico interoceánico. Las bases de la Zona, por otra parte, forman parte de la vasta red militar tejida por el imcanal en sociedad con los yanquis. El pueblo panameño y su gobierno revolucionario saben quién es Kissinger, saben que Kissinger no es un superdotado que obra milagros sino un representante de los intereses yanquis, el más inteligente defensor de los intereses yanquis. Pero Torrijos y su pueblo han elegido la cautela. “Hasta que no me demuestren que mienten yo les creo. Así les digo a mis compañeros y colaboradores”. “Sepan los Estados Unidos”, dijo una vez Torrijos, “que se nos está acabando la paciencia”. Parecía ridículo entonces. Un país de un millón y medio de habitantes, un país pequeño y pobre, un país que recién comenzaba a consolidar una organización política representativa del pueblo amenazaba al gigante.
Ese pequeño país ha logrado arrancarle ocho puntos de justicia al gigante. Puede que los grigos no cumplan ni uno, puede que la coyuntura internacional les permita disponer a su antojo de Latinoamérica. Torrijos ha elegido la paciencia. Pero ha dicho que antes de veinte años Panamá logrará la absoluta soberanía de todo su territorio.
Los compañeros panameños, los hermanos de los mártires del 64, algunos sobrevivientes de aquellos héroes que fueron a clavarle su bandera al corazón del imperialismo en nuestra América, cantan mientras organizan y producen con su pueblo:
“La guardia en alto, adelante. Veinte muertos, no lo olvides,
que si en fracción te divides te fusilará el gigante. Que toda la patria cante la jornada magistral de la lucha desigual de aquella noche de enero, y que grite el pueblo entero: ¡que se vayan del Canal!”
Y también estos versos de su poeta Carlos Changmarín, autor de “Encuentro con Martín Fierro”:
Como agua de manantial fue su verso discurriendo sobre lo que iba viendo y que parecía fatal.. . Miró el puente del Canal, preguntó por mi bandera, por la historia verdadera, y le dije con confianza: tenga, Martín, esperanza que la Patria es una entera.

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