La semana pasada el matutino “Noticias” publicó cuatro notas del compañero montonero Mario Eduardo Firmenich. En ellas se habla del camino recorrido junto al compañero Carlos Mugica; de quiénes fueron los instigadores y los ejecutores de su asesinato; de qué objetivo perseguía el enemigo al matarlo; y de qué debemos hacer ante estos hechos.
A continuación publicamos las cuatro notas acompañándolas con algunos textos que ilustran lo planteado por Firmenich.

MI AFECTO Y AGRADECIMIENTO AL PADRE CARLOS MUGICA
Tuve hace muchos años, siendo un adolescente, la ocasión de conocer al sacerdote Carlos Mugica. Yo cursaba en aquel entonces el 4 año de bachillerato en el Colegio Nacional de Buenos Aires; tenía 16 años, e ingresé al Centro que la Juventud Estudiantil Católica tenía en dicho colegio. Quien me invitó a participar fue un querido compañero con el cual habríamos de continuar luchando juntos durante varios años más hasta que lo mataran en la guerra contra la dictadura militar: Carlos Gustavo Ra mus. El asesor espiritual de la JEC de nuestro colegio era precisamente Carlos Mugica.
Corría entonces el año 1964 y la iglesia sufría la conmoción del “aggiornamento” producido por Juan XXIII y el concilio ecuménico Vaticano II. Mugica era uno de los más fervientes representantes de esta nueva corriente de pensamiento dentro de ta Iglesia argentina, y dentro de ese espíritu nos enseñó que no había cristianismo posible fuera del amor a los pobres, a los perseguidos por defender la justicia y luchar contra la injusticia. Que Cristo había dicho que “no he venido al mundo a traer la paz sino la espada”, y que esa espada era destinada a los explotadores del hombre, a los violadores de la dignidad humana.
Naturalmente, la práctica del cristianismo no podía limitarse a ir a misa una vez por semana, sino que debía manifestarse en llevar a la práctica ese amor a los pobres en formas de acción concretas. Así es como también el compañero Mugica nos llevó a la villa de Retiro, en donde tenía una capilla, para que trabajáramos junto a los marginados por la explotación injusta de los oligarcas. Otro tanto hicimos en Tartagal, en la cuña boscosa
santafecina; en el mes de febrero del año 1966, un grupo de personas, entre las que estábamos Carlos Mugica, Carlos Gustavo Ramus y yo. Fuimos a una misión de un mes en aquella zona. Los objetivos eran trabajar junto con la gente del lugar en la solución de sus necesidades más apremiantes y predicar el pensamiento del concilio ecuménico: educar a los hacheros en las causas de la explotación infame a que son sometidos en los obrajes, donde se les paga todavía hoy con vales, y ayudarlos a organizarse para la lucha en defensa de sus más elementales derechos humanos.
Fue justamente en febrero de 1966, mientras nos encontrábamos en el pueblo de Tartagal que nos enteramos a través de los diarios que había muerto en la guerrilla colombiana el sacerdote Camilo Torres.
La experiencia de vivir junto a los explotados, la impotencia de no poder solucionar su situación de explotación con acciones que sólo eran parches ante una realidad dramática, que por otra parte constatábamos que no la padecían sólo aquellos hacheros a quienes nosotros conocíamos personalmente, sino que la sufría todo el pueblo argentino desde el derrocamiento del General Perón en 1955, y la enseñanza de Camilo Torres muriendo por su pueblo, nos indicaron claramente que la solución al problema de la explotación y la injusticia social era una sola: el problema de fondo era político y su solución era una revolución política.
Todo este aprendizaje, que es mucho más complejo de lo que he descripto a modo de síntesis, lo hicimos de la mano del compañero Carlos Mugica; en particular Carlos Gustavo Ramus y yo, que teníamos con él una relación de amistad muy estrecha, pero también otros compañeros como Fernando Abal Medina.
Otro elemento nos incluiría para encontrar el rumbo de nuestra vocación de servicio a los explotados del pueblo argentino: nuestra formación nacionalista adquirida en la primera adolescencia, a los 14 y 15 años. Una concepción nacionalista basada en la justicia social y en la reivindicación de los explotados, o sea los trabajadores, nos llevó a la rápida adhesión al peronismo, al que nos incorporamos decididamente en 1966, cuando teníamos tan sólo 18 años.
Una revolución política como única forma de solución a los problemas del pueblo argentino, basada en el peronismo, la impotencia a que nos reducía una dictadura vendepatria, junto al ejemplo del sacerdote Camilo Torres, nos llevó rápidamente a nuestra definición total: peronismo y lucha armada, a la que nos volcamos un año más tarde.
Cuando Fernando Abal Medina, Carlos Ramus y yo, junto a varios compañeros más iniciamos nuestra práctica política en las agrupaciones que el peronismo poseía en aquel momento (fundamentalmente fueron Movimiento de la Juventud Peronista, Acción Revolucionaria Peronista, y más tarde el Comando Camilo Torres formado por nosotros mismos), abandonamos definitivamente nuestro accionar en las organizaciones pertenecientes o ligadas a la Iglesia; a partir de ese momento comenzó a producirse un distanciamiento entre Carlos Mugica y nosotros. Poco tiempo después, cuando nuestro accionar nos imponía la clandestinidad total, ese distanciamiento fue total.
Esta situación, hacia mediados de 1970 llevaba ya tres años, la causa de un distanciamiento total durante tres años, luego de haber estado cuatro años permanentemente juntos, la veremos adelante.
Un mes después del Aramburazo luego del copamiento de la localidad de La Calera sufrimos el durísimo golpe de la dictadura, que comenzó con la muerte de nuestro compañero Emilio Maza en junio de 1970 y culminó el 7 de septiembre del mismo año con la muerte de los compañeros Fernando Abal Medina y Carlos Ramus.
Aquel período fue para nosotros sumamente difícil en todos los aspectos, incluido el afectivo, ya que veíamos caer permanentemente a los compañeros frente a las balas policiales. En medio de esa situación el régimen volcó todo su aparato propagandístico para distorsionar los hechos y para calumniarnos de todas las formas posibles. Fue en esas circunstancias, que el compañero Carlos Mugica, pese a que hacía tres años que no nos veíamos, asumió públicamente nuestra defensa. Ofició la misa de cuerpo presente para Abal Medina y Ramus y realizó una larga serie de declaraciones públicas, reportajes y conferencias en las que rechazó categóricamente la distorsión de los hechos y las calumnias que el régimen nos dedicaba. Esta actitud fue para todos nosotros una causa de profunda alegría y reconocimiento hacia él: es que cuando uno se encuentra en las peores circunstancias que hubiera podido imaginarse, una voz que se levante valientemente para defender los propios objetivos de justicia y liberación no puede menos que provocar un profundo agradecimiento.

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