Desde mediados de 1967 en adelante, se produjo un distanciamiento entre el que fuera nuestro asesor espiritual, Carlos Mugica, y nosotros, los que habíamos sido sus discípulos: Fernando Abal Medina, Carlos Gustavo Ramus y yo.
Este distanciamiento, que llegó a ser mayor un tiempo más tarde, reconocía sus razones últimas en las diferencias políticas que teníamos acerca de la manera más eficaz de servir a los explotados, a los marginados, a los trabajadores.
Sin embargo, tales diferencias políticas de ningún modo podían borrar los cuatro años de trabajo permanentemente juntos y lo que en esos años Mugica nos había enseñado.
Estas diferencias comenzaron después de aquella misión que habíamos realizado en Tartagal, al norte de la provincia de
Santa Fe. En aquella oportunidad, Carlos Mugica fue el primero en proclamar que la única solución estaba en la metralleta (tales fueron sus palabras casi textuales). Luego de aquello, estuvimos casi un año realizando militancia política, a la par que habíamos formado un grupo integrado por varios compañeros, entre los que estábamos Carlos Mugica y nosotros tres, en el cual se debatía el problema de si la violencia política era moralmente lícita o ilícita. Para nosotros, el problema aparecía bastante claro: si la oligarquía y el imperialismo utilizaban la violencia para explotar al pueblo, ¿por qué razón el pueblo no tenía derecho a responder con la violencia para conquistar su liberación? Mugica, sin embargo, entró en la duda. Naturalmente, esto condujo rápidamente a la disolución de aquel grupo y ocasionó el distanciamiento. A medida que nosotros fuimos concretando en la práctica aquella necesidad que tenía el peronismo de profundizar la lucha armada contra la dictadura, el distanciamiento fue aumentando.
La verdadera causa de que Carlos Mugica no siguiera nuestro mismo camino está en dos contradicciones que él vivía y que, a mi juicio, mantuvo sin resolver hasta el final. Una de estas contradicciones era entre su compromiso a fondo con los explotados y los perseguidos y la no aceptación de la violencia; la otra, entre el ser un hombre de iglesia o ser un hombre político.
Como puede apreciarse fácilmente, estos dos problemas se relacionan entre sí y, en el fondo son un mismo problema. Su profunda fe cristiana y su profunda comprensión de esa fe lo llevaban inmediatamente al planteo de comprometer su vida en la liberación de los oprimidos. A partir de este planteo, su lucidez lo llevaba a la necesidad de que ese compromiso fuera político; pero nunca se decidió a convertirse en un hombre político, sino que prefirió ser un hombre de iglesia, un sacerdote, que como hombre tenía una definición política, pero no una práctica política. A menudo esta actitud lo llevaba a realizar actos de político, que le significaban roces con las autoridades eclesiásticas y le generaban el odio de los oligarcas y los reaccionarios. En tanto su decisión era ser hombre de iglesia, debía limitar sus actos de político, lo que también podía entenderse como una limitación de su propio compromiso.
Exactamente lo misino sucedía con la violencia. Recuerdo haberle oído decir en muchas oportunidades a Carlos Mugica: «Yo estoy dispuesto a que me maten, pero no estoy dispuesto a matar.» En su concepción, ésta era la actitud de Cristo, pero en momentos de duda también la concebía como una incapacidad para llevar hasta sus últimas consecuencias la lucha por la liberación de los oprimidos.
Era natural el distanciamiento, simplemente porque las prácticas cotidianas, la vida diaria, eran diferentes. Ya no existía la posibilidad de reflexionar todas las cosas en común.
Para nosotros aquellas contradicciones no existían, preferíamos ser plenamente hombres políticos y llevar hasta sus últimas consecuencias la lucha del pueblo por su liberación que, en términos políticos, se convierte en un objetivo sumamente claro, la toma del poder. La única duda que nos podía surgir era si, en realidad, íbamos a tener éxito o no, y en caso de que no tuviéramos éxito, pensar que nuestro sacrificio personal resultara inútil. Pero, ante esta duda, preferíamos correr el riesgo del error. Nuestra práctica a través de los siete años transcurridos y los reresultados obtenidos nos han demostrado que teníamos razón, pese a que hoy Fernando Abal Medina y Carlos Ramus no puedan verificar conmigo esta afirmación.
Así fue como a partir de mediados de 1967, el distanciamiento por diferencias políticas entre Carlos Mugica y nosotros se fue profundizando. No siguió junto a nosotros en el camino que él mismo, nos había indicado, pero eso no fue causa para que nosotros lo consideráramos un traidor o para que dijéramos todo lo que él hace está mal o es inútil». Simplemente comprendíamos estas contradicciones que él vivía y que frecuentemente lo atormentaban, v por otra parte comprendíamos que su trabajo de prédica constante, fogosa y valiente, era sin ninguna duda positivo: al fin y al cabo, nosotros mismos éramos la confirmación de esto.
Mugica se jugó defendiendo a los Montoneros después del aramburazo.
Este desencuentro político comenzó a desaparecer cuando se publicitó nuestra responsabilidad en el Aramburazo y Carlitos Mugica puso toda la vehemencia de su prédica en nuestra defensa, v el desarrollo de los acontecimientos políticos del país desde 1970 hasta 1973 nos vio en la misma posición política, aunque él con su práctica de sacerdote politizado, y nosotros, con nuestra práctica político-militar.
El proceso iniciado el 20 de junio de 1973 con la masacre de Ezeiza, con su complejidad y sus contradicciones, nos volvió a distanciar a causa de las diferentes valoraciones que teníamos sobre el mismo.
Nosotros, con el aprendizaje que hemos hecho en todos es» tos años, valoramos el proceso a través del análisis político y, por lo tanto, nuestro juicio no se restringe a una observación inmediatista, por el contrario, analizamos lo que está pasando y lo que va a pasar como consecuencia de lo que pasa hoy. Concretamente: nosotros pesamos que si la política económica del gobierno congela los salarios de los trabajadores y estrangula a los pequeños y medianos empresarios, tanto comerciantes como productores, y tanto productores rurales como industriales, es decir, que si la política económica sólo beneficia a los grandes empresarios ,por más que éstos sean nacionales, esa política no es de liberación y va a traer como consecuencia la disolución de la pretendida unidad nacional, porque con toda razón, los trabajadores lucharán por sus intereses y los demás sectores perjudicados, también. Si para colmo, esa política económica, es llevada al campo político y aún militar con la desmovilización, la desorganización y la represión del pueblo, es fácilmente pronosticable que el proceso tienda a encaminarse hacia un final triste como el del 55. Que la política exterior sea buena no le quita nada de lo malo que tiene la política interior; pero lo peor del asunto está en que la política que decide el proceso no es la exterior, sino la interior; cuando más antiimperialista sea la política exterior, más rápida será la reacción del imperialismo y la oligarquía, y cuanto más débil sea la política interior, más rápida y segura será nuestra derrota.
Esta es nuestra apreciación como políticos del actual proceso.
Carlos Mugica, en cambio, lo valoraba distinto; pero su valoración no es la de un político, sino la de un sacerdote que observa en mucha gente del pueblo la esperanza del triunfo final y lo positivo de algunas de las medidas de este gobierno. Nosotros también vemos esas mismas cosas, pero no hacemos de esa reacción lógica y correcta de algunos sectores de nuestro pueblo una conclusión final. El en cambio sí.
Así es como comienza a producirse un nuevo distanciamiento que, como el anterior, queda en el plano de las diferencias políticas.
La causa de este nuevo distanciamiento es la misma que la de hace varios años: nuestra práctica diaria es plenamente política, la de Carlitos Mugica es de hombre de iglesia con opinión política.
Igual que la vez anterior, él fundamenta sus diferencias con nosotros invocando el pensamiento del pueblo. Allá por el año 1967 nos decía, finalmente, que el pueblo no hacía la lucha armada: que cuando la hiciera, sería correcta, pero antes no. Lo que ocurre es que consideraba al pueblo como si fuera una sola persona que, además, está quieta, y no como lo que en realidad es: millones de personas que no piensan todas igual y que no viven todas igual; que el pensamiento del pueblo no es sólo pensamiento, y que dentro de ese pueblo hay sectores más dinámicos que otros y que generalmente son esos sectores del pueblo los que encabezan las luchas del conjunto. Esto es lo que hemos comprobado en los últimos veinte años en nuestro país, a través de las luchas del movimiento peronista.
Hoy ocurre exactamente lo mismo.
Nosotros vamos a tener la misma actitud de hace siete años: en lo que hace a nosotros, preferimos llevar hasta el final la lucha en el plano político por la defensa de los intereses de los trabajadores, corriendo el mismo riesgo que antes, que no es el de la muerte sino el riesgo del error. Con respecto a Carlos Mugica, comprendemos su situación, comprendemos la causa de sus diferencias con nosotros, y pretendemos demostrar a través de los hechos que una vez más, nuestra posición, nuestra interpretación de los sentimientos populares, es la correcta.
Lamentablemente, no nos dejaron. Lo mataron mucho antes de que este problema apareciera como resuelto. Lo mataron para que no se pudiera resolver.
De todos modos, una cosa nos queda perfectamente clara, igual que la vez anterior: nuestras diferencias con Carlos Mugica, que existieron en diversos momentos políticos, siempre fueron diferencias acerca de cuál era la forma más eficaz de destruir a un mismo y único enemigo: la oligarquía y el imperialismo.

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