«Mataron a Mugica.» Con esta lacónica y aplastante frase me despertaron el domingo a la mañana. Creí que era una broma, pero los diarios me derrumbaron toda ilusión. El compañero Carlos Mugica estaba muerto.
¿Quién podía tener interés en matarlo? ¿Para qué? Continué leyendo los diarios y, sorpresivamente, me encontré con que la mayoría señalaba sugestivamente que Carlos Mugica tenía diferencias con nosotros. En los días sucesivos esta campaña continuó, perdiendo poco a poco el aire de rara sugerencia para hacerse claramente explícita: NOS QUIEREN ADJUDICAR EL CRIMEN.
En los últimos tiempos Carlos había recibido amenazas telefónicas; eran amenazas de muerte y se habían hecho en nombre de nuestra organización.
¡Qué disparate! ¿Cómo nosotros íbamos a amenazar de muerte a Carlos Mugica? ¿En qué política revolucionaria cabe matar a los hombres del pueblo por diferencias acerca de cuál es la mejor manera de destruir al mismo enemigo?
Sin embargo, las llamadas telefónicas existían. ¿Quién las habría realizado? No es la primera vez que se hacen amenazas anónimas en nombre de nuestra organización; cuando los diputados nacionales tenían que votar por las reformas al Código Penal, alguien les mandó amenazas por correspondencia diciéndoles que si votaban por las reformas, serían asesinados. Las amenazas llevaban la firma de Montoneros.
Nosotros nunca tuvimos por política el andar desmintiendo a todos los caraduras y oportunistas que, inescrupulosamente, usan nuestro nombre pretendiendo fortalecer sus propias posiciones políticas a costillas de nuestra fuerza y nuestra representatividad.
Es conocida la existencia de varias «columnas», que, supuestamente, forman parte de nuestra organización y que opinan «autónomamente». Sabino Navarro, Artigas, Cooke-Pujadas, Primero de Mayo. No es el caso de explicar por qué ninguna de estas cosas son columnas (habría que explicar lo que es una columna), además de las diferencias que tienen entre sí. Pero está claro que no son Montoneros, y que sí, en cambio, utilizan el nombre de la organización en una clara actitud de oportunismo político, para ser leve en la calificación.
Esta actitud es la que seguramente origina esas llamadas telefónicas contra Carlos Mugica, igual que las cartas a los diputados. Sectas ultraizquierdistas que pretenden llevarnos a esa misma política realizan estas amenazas, pretendiendo que le hacen un favor a la revolución que, en la práctica, no es sino su «imaginación al poder».
Pero, de todos modos, seguramente no son estos irresponsables de la política los autores del asesinato, porque su irresponsabilidad no llega al extremo de tener que correr riesgos.
Las diferencias entre Carlos Mugica y nosotros eran públicas, los oportunistas le agregaron su irresponsabilidad con las amenazas. Estaba creada la situación para que el verdadero enemigo diera un golpe audaz destinado a que las fuerzas del pueblo que no coinciden en cómo destruirlos a ellos, se dediquen a
Carlos Gustavo Ramus: el comienzo de su camino lo hizo ¡unto con Mugica.
destruirse entre sí. De este modo, estas diferencias nunca podrán ser superadas, porque se oscurecen con los odios personales y con el erróneo deseo de la venganza. Así, el verdadero enemigo pasa desapercibido, mientras los hombres del pueblo pelean entre sí.
En esto consiste la provocación del asesinato. Esto nos responde las dos preguntas iniciales .(¡Quién podía tener interés de matarlo? ¿Para qué?
Sólo los enemigos que Carlos tuvo siempre podían tener interés en matarlo. Aquellos para los que él era el «cura comunista», el cura que «queriendo cristianizar a los bolches, se hizo bol-che», parafraseando a «El Caudillo».
¿Para qué? Para responsabilizarnos a nosotros, con lo cual mataban dos pájaros de un tiro.
Para los ultraizquierdistas, en cambio, Carlos era el «cura reformista», valía la pena asustarlo, y para ello qué mejor que hacerlo en nombre de los Montoneros, porque si lo amenazan en nombre de alguna revista, seguramente Carlos se les reiría.
No tengo todas las pruebas para demostrar jurídicamente esta afirmación, pero tanto en la actitud de la irresponsabilidad de izquierda como en la de provocación violenta de derecha, les diré, si me disculpan la expresión, que reconozco al pájaro por su caca.
Falta todavía puntualizar una última irresponsabilidad, la de aquellos sectores políticos que mantienen con nosotros diferencias parecidas a las que tenía Carlos Mugica, quienes no vacilaron en adjudicarnos el crimen. De este modo, favorecen los verdaderos objetivos de los asesinos: dividir irreconciliablemente a las fuerzas del pueblo y destruirnos a nosotros. Como revolucionarios, las críticas las hacemos sin tapujos: ante un hecho que significa una clara provocación de derecha, si no se tiene la suficiente frialdad de cabeza como para no dejarse confundir por la pasión de los sentimientos, debe por lo menos tenerse la prudencia suficiente como para esperar que la situación se clarifique. De lo contrario, como en este caso, se opera en favor de los enemigos de la revolución popular: la oligarquía y el imperialismo.

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