A medida que pasan los días desde el asesinato de Carlos Mugica, va pasando el impacto del primer momento, va quedando el dolor de la ausencia y va creciendo la reflexión: los asesinos lo mataron porque él era su enemigo, y al mismo tiempo sabían que, últimamente teníamos algunas diferencias acerca de cuál era la mejor forma de destruirlos a ellos. Seguramente hubo amenazas de algunos irresponsables, que lo consideraban un reformista, y sobre ellas se montaron los provocadores de la reac ción para echarnos la culpa. Otros irresponsables se tragaron el anzuelo o pretendieron aprovechar la bolada para favorecer mezquinos intereses de grupito. Un triunfo redondo de los provocadores. Un triunfo pasajero, y hasta una derrota de estos reaccionarios que lo mataron, siempre que nosotros tengamos la suficiente inteligencia como para comprender la maniobra divisionista de este crimen y sepamos responder en consecuencia.
La única respuesta frente a esta provocación, y a todas las demás que a diario ocurren, como el asesinato de Chejolán, como las torturas a Maestre, Camps y sus compañeras, y al compañero Bidegorry, como los permanentes atentados a las unidades básicas v a los militantes del pueblo en general, como cuando le pusieron una bomba criminal al senador Solari Yrigoyen, la única respuesta correcta es construir la unidad del pueblo.
¿Por qué es necesario construir la unidad del pueblo? ¿Acaso no existe?
En primer lugar, tenemos que recordar lo que es el pueblo: son millones de hombres de diferentes sectores sociales, con diferentes formas de vida, con pensamientos distintos. El pueblo está compuesto por obreros, por trabajadores que no son obreros, por desocupados, por los marginados, como las colectividades indígenas, por los pequeños comerciantes, por los pequeños productores rurales e industriales. En síntesis, el pueblo es un conjunto heterogéneo de millones de hombres que componen distintos sectores sociales y que, a menudo, tienen diferencias de pensamiento y de intereses, pero que tienen todos un interés común frente a la situación de dependencia que viene sojuzgando a la Nación.
Esta situación de heterogeneidad del pueblo es la que aprovechan el imperialismo y, en general, todos los que procuran su explotación, para agudizar las diferencias de distinto tipo que tienen los sectores populares entre sí. Un ejemplo típico es el del enfrentamiento de los comerciantes minoristas, (como el almacenero del barrio) con los sectores asalariados de más bajos recursos, que no pueden soportar el desabastecimiento o el mercado negro producido por los grandes productores y acaparadores.
Es decir, resulta fácil dividir a las fuerzas del pueblo haciéndolas enfrentarse entre sí, debido a la gran heterogeneidad que existe en el mismo. Naturalmente, los únicos beneficiarios de estas divisiones continuas son la oligarquía y el imperialismo. Es el tema de la vieja estrofa del Martín Fierro: «Los hermanos sean unidos/que ésa es la ley primera/porque si entre ellos se pelean/ los devoran los de afuera.» Y Jos de afuera son los capitales de las empresas monopólicas multinacionales. Por todo esto, es ne~ cesario construir permanentemente la unidad del pueblo.
Pero no sólo existe una heterogeneidad social en el pueblo, también existe una heterogeneidad política: hay peronistas, radicales, etc. Y aún dentro de estas fuerzas políticas del pueblo, que constituyen el ochenta por ciento de los votos, existen las más variadas fracciones y corrientes de pensamiento.
Frecuentemente, el sectarismo político, la irresponsabilidad, la falta de lucidez política, las actitudes infantilistas de izquierda o las actitudes conservadoras y reformistas, producen serios enfrentamientos en las fuerzas del pueblo que, inevitablemente, son aprovechadas por los verdaderos enemigos para permanecer usufructuando sus privilegios económicos. Tal es el caso del asesinato del compañero Carlos Mugica, con todas las circunstancias que lo rodean y que hemos mencionado anteriormente.
Por esta razón, no sólo hay que construir permanentemente la unidad del pueblo en cuanto a los diversos sectores sociales que lo componen, sino también hay que construirla en lo que son las variadas organizaciones políticas que lo expresan. Porque no debe caber ninguna duda sobre esto: difícilmente exista en el país alguna organización política que no exprese a algún sector social de los que componen el pueblo.
La unidad de las fuerzas políticas que lo expresan tiene que tener, ante todo, claramente fijado su objetivo, que no puede ser otro que la liberación nacional y social, para lo cual es preciso organizarse para combatir a los privilegiados del sistema social y económico de la dependencia.
Luego, en lo que hace a la organización de esa unidad del pueblo, es necesario que todas las fuerzas admitan reconocer la representatividad de las demás, tanto en el aspecto político como social; lo que significa la aceptación de la existencia y coexistencia de mayorías y minorías, e inclusive de hegemonías. No puede admitirse discusión, por ejemplo, que, en cuanto a sectores sociales, la clase trabajadora debe ser reconocida claramente como columna vertebral de las fuerzas del pueblo; y en cuanto a sectores políticos, debe ser el peronismo. El mismo criterio de reconocimiento de las representatividades, debe aplicarse dentro de cada una de las grandes fuerzas políticas, porque tampoco puede haber unidad del pueblo con Yessi al frente de la Juventud Peronista, por ejemplo.
Dado que esta unidad es de importancia estratégica para la liberación de la Patria, deben ser rechazadas explícitamente todas las actitudes divisionistas. No sólo las provenientes de las organizaciones políticas, sino inclusive las provenientes, en algunos casos, del propio gobierno.
Por otra parte, aquellos que incurren en tales actitudes, deben reconocer su error y autocriticarse públicamente, a menos que la actitud divisionista sea consciente y deliberada. En este caso concreto, aquellos nucleamientos que han tenido la irresponsabilidad de adjudicarnos el crimen contra Carlos Mugica, deben reconocer públicamente su error o de lo contrario, reconocer que obran conscientemente en la división de las fuerzas del pueblo, que es lo mismo que decir que se opera a favor de la oligarquía y el imperialismo.
Naturalmente, no caemos en la ingenuidad de pedirle una autocrítica a personajes como Jacobo Timerman, que desde el diario «La Opinión» ha realizado la más insidiosa campaña para adjudicarnos el crimen. No le pedimos ninguna autocrítica porque ya sabemos que siempre trabajó en contra de la unidad de las fuerzas populares y al servicio de los intereses dominantes de turno: anteriormente, al servicio de la dictadura de Lanusse, y en la actualidad, al servicio de los monopolios.
Sólidamente unidas las fuerzas populares, bajo la hegemonía de la clase trabajadora, deben conducir la alianza con los medianos empresarios nacionales, es decir, construir el Frente de Liberación Nacional. Pero si no existe esa unidad previa, tal alianza no será realmente posible y la liberación será sólo una expresión de deseos.
Es triste tener que aprender de los errores, en particular de aquellos que llevan incluidos la muerte de compañeros; pero es inútil llorar sin corregir las causas de esas muertes, como la de Carlos Mugica. A él lo mataron para explotar diferencias secundarias y, para colmo, el asesinato cubrió en parte el objetivo de agudizar esas diferencias, debido a que hubo quienes cayeron en la trampa y nos adjudicaron el crimen.
Ahora, en el momento de la reflexión, es preciso rectificar los errores y construir la unidad del pueblo.

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