En una de las críticas que desde supuestas posiciones marxistas se le hicieron a “LA HORA DE LOS HORNOS” se sostenía, entre otras muchas cosas, lo siguiente: “La Argentina comienza a existir apenas en 1880. A partir de allí van a llegar por oleadas sucesivas 5 millones de inmigrantes. Son estos inmigrantes venidos de Europa quienes harán la Argentina” (Arnault; de una mesa redonda aparecida en la revista Nouvelle Critique). La oligarquía argentina por su parte daba a esta misma idea algo más de precisión; describía simplemente al país como fruto de tres factores: “oro inglés, brazo italiano, libro francés”.
Definir a la Argentina por la amplia corriente inmigratoria que se inauguró a fines del siglo pasado —y que llegó a constituir en 1914 un 30 % del total de la población— es algo más que un error sociológico. La definición está dirigida a destacar la hegemonía de una sociedad, de una cultura, de un estilo de vida, en suma: de un hombre sobre otro hombre. Es el triunfo del “progreso” sobre el “atraso”, de la “civilización” sobre la “barbarie”, del “desarrollo” sobre el “subdesarrollo”. Un historiador francés del siglo XIX, Charles Richard, suscribía a su modo esta concepción: “Es necesario primeramente poner este pueblo —se refería a una de las colonias africanas— bajo nuestros pies, disminuir en seguida la presión y permitir finalmente, después de siglos, que se levante a nuestra altura para marchar con nosotros en la gran vía del progreso humano …” En otro continente, Hermán Melville lo secundaba: “Y nosotros norteamericanos, somos un pueblo particular, un pueblo elegido, el Israel de nuestro tiempo; llevamos el arca de las libertades del mundo . . . “. Para completar el círculo de hierro colonial y racista, se alzaba desde el país neocolonizado que era y es la Argentina, la voz de uno de los más ilustres cipayos, Bartolomé Mitre: “¿Cuál es el factor que impulsa este progreso? . . . Señores, ¡el capital inglés!” Puede sustituirse “inglés” por “francés” o por “norteamericano”, lo que no cambia es la situación. “La carga del hombre blanco” para los ingleses, la “misión civilizadora” para los franceses, el “destino manifiesto” para los norteamericanos, es decir la expansión brutal imperialista disfrazada de “progreso universal”, trajo siempre consigo formas brutales —o solapadas— de racismo. Ho Chi Minh diría: “Cuando se tiene la piel blanca, se es de oficio civilizador. Y cuando se es un civilizador sé pueden cometer actos salvajes y seguir siendo el más civilizado. . . ” (Ho Chi Minh, Páginas escogidas). Sostener que la Argentina nace con la inmigración europea es propio de un pensamiento colonizador eurocén-trico, del mismo modo que lo es respecto del liberalismo conservador afirmar que nuestro país nació en 1810 con la independencia. “Desligar a estos pueblos de su largo pasado, ha sido una de las más graves desfiguraciones históricas de la oligarquía mitrista que se aquilató en el poder en 1853”, dice acertadamente Hernández Arregui (J. J. H. A., ¿Qué es el ser nacional?). No alcanzaría a comprenderse en profundidad la situación de nuestro país o de América Latina si esta situación no fuera entendida como un todo en el que el período hispánico jugó un papel sustancial cuyas consecuencias aún perduran.
Lo que nos ha definido como el país dependiente que somos, no es la inmigración, sino el proceso de integración del mercado nacional como nación capitalista subsidiaria de Inglaterra, proceso que culmina en 1880 cuando la Argentina, tras la derrota de la resistencia Montonera y la conquista del desierto al indio, se convierte en un so/o mercado. La inmigración es una de las consecuencias de esa integración. Surge tras la consolidación del poder oligárquico porteño como élite interna al servicio del poder imperial. Un poder que es al mismo tiempo la única base de respaldo y sustentación de esa élite a la cual Perón se refirió numerosas veces: “en las colonizaciones modernas, el peligro mayor está en la quinta columna de los cipayos que consciente o inconscientemente sirven a los colonizadores, en muchos casos por intereses inconfesables y en otros por ignorancia, pero en todos por falta de verdadero patriotismo”.
La Argentina fue incorporada brutalmente al sistema de complementación económica de Gran Bretaña y sobre las ruinas de las artesanías provincianas se introdujo una economía de mercancías fabriles importadas. Inglaterra no vino a desplazar la industria artesanal por una nueva industria (o lo que es lo mismo, el “subdesarrollo” por el “desarrollo”) vino sencillamente a destruir lo existente y a ofrecer sus productos manufacturados (es decir, a remachar el tornillo del “subdesarrollo”).
Este proceso no se caracteriza por una deformación hipotética del desarrollo nacional, sino por la incorporación violenta del país al sistema de relaciones de dominio que regla el mundo. Bajo el manto del imperio inglés, comenzaba a organizarse el país como el complemento agropecuario de la Inglaterra victoriana, como su área colonial más barata.
En la Argentina del siglo XIX, a excepción de la tentativa del gobierno de Rosas, no hubo de parte de las clases dominantes locales ningún proyecto de desarrollo autónomo capitalista; de ningún modo se dio aquí un modelo de desarrollo similar al de las sociedades centrales. El mercado local desconoció todo lo que hiciera a la “libre competencia” porque la competencia venía resuelta ya desde los mercados europeos como hoy viene definida por el mercado mundial. Los que arribaban al país eran los que habían vencido previamente en Europa a su inmediata competencia. Es decir, no era el capitalista inglés que venía a competir con el mercado local, sino el inglés vencedor de su competencia en Europa que llegaba a imponer sus condiciones. La Argentina pasa desde entonces a ser manejada por la estructura vertical de la política monopolio-estado imperial. Esto es lo que define a la Argentina de nuestro tiempo, y no la inmigración —al margen de lo que la inmigración incidiría luego, en sentido negativo y positivo, en una serie de aspectos de la vida nacional.
Por otra parte la emigración europea no era tanto un producto del plan “civilizador” de Mitre y Sarmiento, como una necesidad de las metrópolis de exportar parte de sus contradicciones, hacia las zonas periféricas. No sólo exportaban sus capitales, sino que se desprendían simultáneamente de aquellos excedentes de mano de obra que les creaban de algún modo problemas sociales y políticos.
Darcy Ribeiro se equívoca cuando define a la Argentina como “pueblo trasplantado”. Si bien es cierto que la penetración imperialista fue total —a nivel económico, cultural, humano— ésta se dio esencialmente en las áreas “desarrolladas”, especialmente en la ciudad puerto y en la llamada pampa húmeda (“pampa gringa”), quedando el interior del país inmodificado en su secular ligazón a la etnia indohispanocéntrica como tan acertadamente lo ha señalado Hernández Arregui. Esta coexistencia de dos regiones de algún modo desiguales —el litoral bonaerense y el interior— en un mismo país es uno de los rasgos típicos argentinos, extensible a otros países latinoamericanos.
Pero la consolidación del neocolonialismo en la Argentina debe ser vista también como parte integral del mismo proceso que envuelve al mundo. La incorporación total del país al mercado europeo es simultánea a la expansión imperialista en la mayor parte del mundo, hacia 1880. Es la época de la crisis del algodón ocasionada por la guerra de secesión en Estados Unidos y las corrientes invasiones a México por parte de Francia, a Paraguay a través de las oligarquías bonaerenses y brasileñas estimuladas por Inglaterra, o a la región del Pacífico en lo que se llamó la “guerra del guano”. Es el tiempo del saqueo y el exterminio de las tierras de África, Asia y América Latina: en Argelia, los franceses enterrando árabes hasta la cintura al sol del mediodía —”para que no muriesen demasiado pronto los regaban de vez en cuando como si fueran coles .. . “—; en el África Central, los alemanes exterminando a “no menos de 25.000 hereros”; los ingleses matando “a 3.000 matabeles sublevados que se habían rendido”; los italianos transformando “las afueras de Machiya en matadero. Allí fueron ultimados 4.000 indígenas”; en el Congo Belga los soldados de Leopoldo II reduciendo la población de 20 millones a 8 millones y medio en apenas tres años (Ho Chi Minh, La correspondance internationale, núm. 69). Y en la Patagonia argentina, la oligarquía pagando “una libra esterlina por cada par de orejas indias que entregaban los llamados ‘cazadores'” (José María Borrero, La Patagonia trágica.)
“¿Y qué es la historia de América latina sino la historia de Asia, África y Oceanía? ¿Y qué es la historia de todos estos pueblos, sino la historia de la explotación más despiadada y cruel del imperialismo en el mundo entero? (…) ¿Qué móviles impulsaron esa expansión de las potencias industrializadas? ¿Fueron razones de tipo moral, “civilizadoras”, como ellos alegaban? No: fueron razones de tipo económico” (Declaración de La Habana, Cuba, 4 de febrero de 1962).
Detrás del pregonado “humanismo de la civilización occidental” se masacraba decenas de millones de africanos, asiáticos y latinoamericanos. La barbarie colonizadora iba haciendo mundial el horror de su propia voluntad de conquista. “En nombre de la ‘civilización europea’ —dice J. J. Hernández Arregui— se inició en América la era del despotismo bárbaro sobre las masas a las que se sometió o exterminó con las armas de los ejércitos modernos. Las constituciones liberales legalizaron jurídicamente el traspaso del poder económico a las clases herederas del sistema virreinal, metamorfoseado ahora en un apéndice colonial opíparo de Europa” (Juan José Hernández Arregui, obra cit.). En la Argentina, la agresión también se da —como en casi todas las empresas de conquistas— bajo la convocatoria oligárquica de “Civilización o Barbarie”. La intelectualidad neocolonial amamantada en el pensamiento liberal europeo se hizo intérprete de esa agresión y la convalidó. Frente a la resistencia natural de las masas, se alzó contra ellas el grito acusador de “¡Bárbaros!”. Sarmiento proclamaba: “¿No queréis, en fin, que vayamos a invocar la ciencia y la industria en nuestro auxilio, a llamarlas con todas nuestras fuerzas para que vengan a sentarse en medio de nosotros? ¡Oh! ¡Este porvenir no se renuncia así nomás! No se renuncia aunque los pueblos en masa nos den la espalda … La Europa nos proveerá por largos siglos de sus artefactos en cambio de nuestras materias primas, y ella y nosotros ganaremos en el cambio. La Europa nos pondrá el remo en las manos y nos remolcará río arriba . . . ¿Traidores a la causa americana? ¡Cierto! dicen todos. Traidores es la palabra. ¡Cierto! decimos nosotros. ¡Traidores a la causa americana española, absolutista, bárbara! .. . (Domingo F. Sarmiento, Facundo).
A lo que Alberdi acertadamente respondería: “El instinto de las masas ‘bárbaras’ veía más claro que la razón ilustrada de los ‘hombres civilizados’ que pretendían dirigir la revolución”.
Aquel vasallaje a la sociedad central imponía al mismo tiempo una sumisión al hombre de las metrópolis, a sus formas de comportamiento, a su cultura. Si el imperialismo es también racismo, éste se explícita primeramente en la situación neocolonial a través de las élites locales. La subestimación y el desprecio hacia toda afirmación de una personalidad nacional autónoma, es consecuencia de la aceptación del patrón cultural que la sociedad imperial le impone. Y si el colono europeo puede pensar del árabe —a quien trata directamente— que “es un perezoso, sin conciencia profesional, sin dignidad, que no teme sino al látigo” (Carlos Aguirre, Argelia año 8), el cipayo local traducirá a su vez en la situación neo-colonial el pensamiento del colono lejano: “Las razas americanas viven en la ociosidad y se muestran incapaces, aun por medio de la compulsión para dedicarse a un trabajo duro y seguido. Da compasión y vergüenza comparar la colonia alemana del sur de Buenos Aires y la villa que se formó en el interior. En la primera, las casitas son pintadas, el amueblado completo… La villa nacional es el reverso indigno de esa medalla: niños sucios y cubiertos de harapos viven con una jauría de perros; el desaseo por todas partes, ranchos miserables por habitación y un aspecto general de barbarie. Esto fue lo que motivó las palabras de ese buen gringo que dijo: ‘Las vastas llanuras de Buenos Aires no están pobladas sino por cristianos salvajes cuyo alimento es carne cruda y agua. Desgraciadamente prefirieron su independencia nacional a nuestros algodones y muselinas’ ” (Domingo F. Sarmiento, obra cit.). Como consecuencia natural de la colonización nace este razonamiento, o sea, el mito de la “civilización” para arrasar físicamente con el proyecto autónomo e independientista de la población. Recordemos aquel reclamo urgente sarmientino de “abonar el suelo con sangre de gauchos” (“¡Civilización de bayonetas y cadenas! Civilización liberticida y corruptora, amasada con injusticias impunes, encomiada por periódicos versátiles y cínicos, vendidos al oro manchado del mercenario inconsciente o sin pudor; civilización fatal, trampa artificiosa cuyas piezas maestras son gobernantes arbitrarios con los débiles, cobardes con los fuertes, sin noble carácter, sin elevada política . . . “. (Solané en la escena 2 del acto I de la obra Solané, de Francisco Fernández, 1873).
Señala al respecto Darcy Ribeiro: “Fue siempre tan grande la alienación oligárquica y patriarcal con respecto a la etnia nacional naciente, que las capas dominantes de los pueblos nuevos llegaron incluso a proponerse la sustitución de la propia población mediante programas sistemáticos de “blanquización” racial como se intentó hacer en Brasil y Venezuela, y como efectivamente se hizo en Argentina y Uruguay … La delirante alienación de Sarmiento, intoxicado por la literatura racista de su tiempo, se manifiesta de modo más candente aún en una carta en ia que comenta el establecimiento de una colonia de emigrados de California en el Chaco. Sarmiento dice: “Puede ser el origen de un territorio y un día, de un estado yanqui, con su idioma y todo, con este concurso genético mejorará nuestra raza decaída” (Darcy Ribeiro, Los pueblos trasplantados).
Decíamos en La Hora de los Hornos, en una secuencia que resultó indigerible para colonizadores y colonizados: “Desde que aprende a leer, el niño de un país dependiente es asaltado por todos los modelos de una civilización que le es impuesta como único valor universal. Al unlversalizarse como clase y como sistema, la burguesía y el imperialismo universalizaron la cultura que facilita su dominio. Tras el mito de la cultura universal escondieron en América Latina sus intereses de clase coloniales. Hegel decía: ‘Lo mejor que puede hacer un niño con sus juguetes, es romperlos’. Pero romper aquellos valores en los que uno ha vivido alienado desde la infancia no es tarea fácil. Para imponerse, el neocolonialismo necesita convencer al pueblo neocolonizado de su inferioridad. Tarde o temprano el hombre inferior reconoce al Hombre con mayúscula. Ese reconocimiento significa la destrucción de sus defensas. Si quieres ser Hombre realmente, dice el opresor, tienes que ser como yo, hablar mi mismo lenguaje, negarte en lo que eres, enajenarte en mí. El neocolonizado, el intelectual, el artista, vale sólo a partir del reconocimiento de las metrópolis. El paternalismo de la cultura europea escondía el profundo racismo de las potencias coloniales. Ya en el siglo XVII los misioneros jesuítas proclamaban la aptitud del nativo para copiar las obras de arte europeas. Copista, traductor, intérprete, cuando más espectador, el intelectual neocolonizado será siempre empujado a no asumir su posibilidad creadora. Lejos de asimilar y transformar los mejores valores de otras culturas para construir la propia, renuncia a su capacidad de búsqueda y de invención. Crece entonces la inhibición, el desarraigo, la evasión, el cosmopolitismo cultural, la imitación artística, los agobios metafísicos, la traición al país. Se impondrá el modelo de Hombre Universal, Valor Universal, Cultura Universal, es decir, la desintegración de los valores, de la cultura y del hombre. La cultura será un hecho universal, al servicio de todos los hombres, cuando hayamos destruido a nivel universal al imperialismo y a la sociedad de clases. Cuando hayamos unlversalizado la liberación total del hombre” (de La Hora de los Hornos).
¿Qué son la cultura y el hombre para las sociedades imperiales? Desde la perspectiva euro-céntrica la cultura universal es su cultura, el Hombro en abstracto, es el hombre de la sociedad imperial. Con esa métrica y estos modelos se juzga al resto de la humanidad. Nosotros somos los “unlversalizados” por prepotencia y uso de la fuerza. El hombre del Tercer Mundo no cuenta sino como objeto de expoliación o de consumo.
Mueren cinco monjas belgas en el Congo, un embajador alemán en Guatemala, un torturador yanqui en Montevideo y la “conciencia universal” —euroamericana e imperialista— se conmueve y obliga a conmoverse consigo al resto de la humanidad. La muerte de un judío es el punto límite. Allí se toca la llaga de los que se sienten culpables de “lo que pasó” para decirse inocentes de lo “que está pasando”.
El europeo, el yanqui o el judío —especialmente cuando de burgueses se trata— están protegidos por sutiles y organizados mecanismos de defensa y agresión, disfrazados hipócritamente de dignificación de la persona humana. La sociedad imperial se arroga para sí el monopolio de la violencia y la viste de “legítimo derecho”. ¿Qué es, en tanto, para ella, el hombre del Tercer Mundo? ¿Qué es un biafrano, un pakistano, un boliviano, un laosiano, un palestino o un guatemalteco? Apenas objetos de un bestiario. “No es lo mismo abrir de un balazo la frente de un ‘ratón’ que la muerte de Pierre, Claude o cualquier “persona”. No es igual matar de hambre a un “indolente” que a la caída del sol se arrodilla en “rito absurdo”, que quitar las ventajas sociales al obrero francés. Dos mil muertos en Indochina, Bizerta o Argelia, no es ni siquiera noticia junto al reportaje de actualidad por un accidente de ruta en Francia” (Carlos Aguirre, obra cit.). Miles de árabes pueden morir arrasados por el napalm yanqui que los sionistas arrojan desde aviones franceses con la aprobación del mundo imperial, y la “conciencia universal” no se conmueve: ella es precisamente la que silencia el hecho o le otorga aprobación. Y finalmente ¿hasta dónde, incluso, puede considerarse como un hecho de violencia excepcional al bombardeo de Hiroshima cuando en Vietnam, “en 1969 se llegaron a producir dos Hiroshimas por semana con explosivos comunes y se sabe que los Estados Unidos emplearon 6 millones de toneladas de bombas desde 1965 en la zona” (Noan Chomsky, Panorama, 22 de diciembre de 1970) y nadie puede negar que son atentados que sigue ejecutando impunemente la nación que lidera la llamada “civilización occidental”?
El europeo o el yanqui podrán, subjetivamente, sentirse exentos de racismo pero éste los contamina hasta los tuétanos. La preocupación por el nazismo y el horror por las matanzas de judíos no salvan de la contaminación, es más, son su evidencia. Detrás de esta pregonada solidaridad con el judío se omite algo que es a su vez una de las mayores manifestaciones racistas de nuestro tiempo: el despojo y la agresión contra los palestinos y el conjunto de los pueblos árabes. Dice Mostefá Lacheraf: “Es indudable que la agresión a Vietnam emprendida hace años con la ayuda de medios gigantescos de terror y con la aprobación tácita o activa de algunas potencias occidentales se explica con su propia lógica de hegemonía capitalista y por su afán estratégico de asegurar su retaguardia por medio de un gran engaño: el de Israel y sus provocaciones. Europa occidental fue, en un momento de su historia contemporánea, víctima de la ocupación nazi y se encuentra más o menos traumatizada por el recuerdo de esta bárbara ocupación. Además, ciertos gobiernos títeres de Europa occidental durante el período hitleriano ayudaron al nazismo a perseguir y masacrar a los judíos. Puede afirmarse, en la seguridad de no ser desmentido, que cada país europeo dio a los campos de concentración y a los hornos crematorios nazis su contingente de judíos, y esto con la cobarde complicidad de ciudadanos seducidos por los slogans criminales de superioridad racial y de “civilización occidental”. Hoy, Europa occidental, que fue sojuzgada por el nazismo, agita los mismos slogans criminales contra los árabes para aliviar su cargo de conciencia. Pero su paradójico sentimiento de culpa que la empuja a reemplazar un racismo por otro, le hace olvidar que fue el imperialismo, su gran aliado, el primer responsable del crecimiento, en la misma Europa, del peligro revanchista surgido de la vieja hegemonía totalitaria” (Colonialismo y descolonización, ed. Tres Continentes, Buenos Aires).
Desde hace siglos, los pueblos del Tercer Mundo vienen padeciendo agresiones militares y atrocidades semejantes o mayores a las producidas por los hornos de Ausschwitz o las armas químicas. Una destrucción y genocidio cotidianos que las sociedades imperiales siguen ejerciendo sobre las dos terceras partes de la humanidad con sus despojos, saqueos y todas las formas de violencia económica y social.
“Para dominar al hombre no son necesarios aun el napalm ni los gases tóxicos. Existen infinidad de recursos económicos, políticos, culturales, tan eficaces como las armas bélicas. La violencia que se ejerce sobre los pueblos latinoamericanos es una violencia constante, minuciosa, sistemática. Una violencia cotidiana” (de La Hora de los Hornos) “. . . en este continente de semicolonias, mueren de hambre, de enfermedades curables o de vejez prematura, alrededor de cuatro personas por minuto, cinco mil quinientas al día, dos millones por año, diez millones cada cinco años. Estas muertes podrían ser evitadas fácilmente, pero sin embargo, se producen. Las dos terceras partes de la población latinoamericana vive poco y vive bajo la permanente amenaza de muerte. Holocausto de vidas que en quince años han ocasionado dos veces más muertos que la guerra de 1914 y continúa (. . .) Por cada mil dólares que se nos van nos queda un muerto. ¡Mil dólares por muerto, ese es el precio de lo que se llama imperialismo! ¡Mil dólares por muerto cuatro veces por minuto!” (II Declaración de La Habana).
Sobre esta explotación ininterrumpida se alza el poder de las metrópolis, su bienestar material, su adelanto científico y tecnológico. La sociedad imperial puede gozar del status producido por la opresión de hoy, entre tanto se lamenta de la opresión de ayer. Porque bueno es decir que no solo es el gran burgués el beneficiario de la explotación mundial, sino que también usufructúan de ella el conjunto de las clases sociales metropolitanas. El obrero yanqui, por ejemplo, sea republicano o demócrata, que legaliza con su voto o su pasividad la política del sistema, es para nosotros no solo beneficiario de nuestra opresión, sino también cómplice y responsable del saqueo colonial como lo es de las matanzas de Vietnam o lo fueron los nazis de los campos de concentración.
Dentro de las metrópolis inclusive existen sectores sociales no integrados y por lo tanto condenados al subdesarrollo y a la explotación. Así, los negros, mexicanos, portorriqueños, etc. en EE. UU.; los trabajadores españoles, portugueses, italianos o griegos que emigran hacia los polos de desarrollo europeo, permanecen al margen de los beneficios imperiales, siendo también sus víctimas. “Nosotros instintivamente nos aliamos con los pueblos del Tercer Mundo porque nos consideramos y en realidad somos, una colonia dentro de los propios Estados Unidos, de la misma forma que los pueblos del Tercer Mundo son colonias fuera de los Estados Unidos. La misma estructura de poder que les explota y oprime a ustedes, nos explota y oprime a nosotros (…) Por lo tanto, aunque nuestras metas fuesen diferentes, aunque nuestros objetivos fuesen distintos y nuestras ideologías diferentes, nuestro enemigo es el mismo y en realidad la única forma en que todos nosotros podremos ser liberados será cuando todos nos unamos y derrotemos a nuestro enemigo común, porque no estamos luchando contra un capitalismo aislado, estamos luchando contra el capitalismo internacional, y como las potencias imperiales del mundo han internacionalizado su sistema, nosotros también debemos internacionalizar el nuestro, a fin de que nuestra lucha sea una lucha internacional” (Stokely Carmichael, El poder Negro).
La realidad es que el internacionalismo sigue siendo en los hechos una formulación abstracta. Muchas ficciones “internacionalistas” se han construido sobre una presunta identidad de objetivos entre las luchas del proletariado de las metrópolis y los pueblos colonizados. Objetivamente la mayor parte de aquel proletariado de las áreas desarrolladas está integrada al sistema imperialista siendo cómplice y beneficiaría de la explotación del verdadero proletariado, del “proletariado total” de nuestro tiempo: los pueblos del Tercer Mundo que conforman hoy el sujeto activo de la historia. Djilani Embarek, dirigente de la central obrera argelina (UGTA), decía: “Nosotros comprendemos que los obreros franceses fabriquen armas; es una manera de evitar el desempleo. Pero comprendemos menos que además de fabricarlas las encaminen hacia Argelia, como encaminen también por trenes y todo tipo de transporte las armas de la NATO. Lo que ya no podemos comprender es que además de fabricarlas, encaminarlas y acondicionarlas, los trabajadores franceses también las empuñen contra el pueblo argelino. ¿Internacionalismo proletario? … Los intereses de los explotados en Francia no son los mismos que los nuestros, el de los explotados de las colonias. Si los trabajadores franceses son diferentes es porque también son privilegiados en relación a nosotros” (Carlos Aguirre, obra cit.).
Fanón, por su parte, lo había dicho con anterioridad y de manera parecida: “Se puede decir de los demócratas europeos de Argelia lo mismo que de los partidos franceses de izquierda: desde hace mucho tiempo la historia se hace sin ellos”. Y habría que agregar algo más: que en muchos momentos la historia se hizo también a pesar de ellos.
Para los pueblos del Tercer Mundo el universalismo o el internacionalismo son apenas una posibilidad a acceder desde la realidad histórica y política que los define. Se alcanzará la universalidad a partir del desarrollo de la guerra contra los enemigos de la humanidad y tras su definitiva aniquilación. El universalismo y el internacionalismo se están construyendo a través de cada una de las luchas nacionales de liberación, emparentadas entre sí por una política común antiimperialista. Aunque el internacionalismo es para nuestros pueblos un punto al que tendemos a arribar, ha sido simultáneamente nuestro real punto de partida. Los únicos que a través de su accionar constante han demostrado ser realmente universalistas, han sido los pueblos periféricos enfrentados al opresor universal. La diferencia es que nosotros éramos internacionalistas sin pregonarlo y nuestro internacionalismo se daba desde las respectivas especificidades nacionales, con el alto precio de sangre que nos impuso el dominador internacional. Ya en el siglo pasado, desde San Martín hasta Rosas, Felipe Várela y otros jefes del pueblo, la unidad de los pueblos americanos fue uno de los objetivos principales de sus luchas emancipadoras. Dice Fidel Castro: “La solidaridad militante y combativa de los pueblos de América Latina se manifestó de una manera muy activa en la epopeya libertadora de Bolívar, San Martín y Sucre”.
Incesantemente se nos habló de “internacionalismo” desde Europa, pero sólo para que los ayudáramos a ellos. Cuando el europeo justifica su política reformista sosteniendo que su situación es diferente a la nuestra, poco importa que invoque el internacionalismo en sus declaraciones solidarias que no van más allá de formalidades verbales. En tanto no arriesgue con su lucha la plusvalía universal de la cual se beneficia, en tanto no arriesgue la placidez neocapitalista en que deambula, es también cómplice de quienes conciben el universalismo como sinónimo de opresión universal. Como decía el Comandante Guevara: “La solidaridad del mundo progresista para con el pueblo de Vietnam semeja a la amarga ironía que significaba para los gladiadores del circo romano el estímulo de la plebe. No se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o la victoria” (Ernesto Guevara, Mensaje a la Tricontinental). Internacionalismo y universalismo, no abstractos ni declamados, han sido siempre para nosotros —a través de luchas aparentemente regionales— tanto una base de partida como un objetivo a acceder con la destrucción mundial del imperialismo.
Dice Pablo Franco: “Sólo la superación práctica de la dominación imperialista, que es el modo de vida concreto de la sociedad capitalista contemporánea (ya sea en su forma autónoma o dependiente), posibilitará la totalización de los intereses, contradicciones, formas de ser, de los países del Tercer Mundo. Sólo en ese momento podremos conocer a fondo elementos que en la práctica se fueron edificando y que nos permitirán establecer las nuevas leyes de funcionamiento de una ‘mundialídad’ sobre bases solidarías y no bases de explotación”.
La situación de nuestro tiempo es totalmente inversa a la del siglo pasado. Si entonces eran las sociedades imperiales las que tras el mito del “progreso universal” unlversalizaban su expansión sobre la humanidad, hoy son los pueblos colonizados y neocolonizados quienes al combatir ese superpoder mundial, están universalizando la liberación no sólo de nuestros pueblos, sino también la de los propios cómplices y beneficiarios de la opresión. Las relaciones de explotación deshumanizan tanto a quien las padece como a quien aparentemente las disfruta. La liberación del explotado permitirá al explotador de ayer su pleno desarrollo como ser humano: será también su liberación.
El imperialismo se pone hoy a la defensiva. Ya pasaron las épocas en que los cerebros del Pentágono y de la “Rand Corporation” deliraban con la posibilidad de invadir y derrotar China. La derrota de los yanquis en Vietnam es determinante. Hoy luchan por salvar “el honor” y por mantener la unidad de su frente interno, resquebrajado entre otras cosas por la política belicista. Los movimientos masivos de protesta contra la “guerra sucia”, las deserciones del ejército, las negativas al reclutamiento, el creciente desarrollo del movimiento revolucionario negro y de otras organizaciones de vanguardia, son algunas de las manifestaciones de la lucha de la juventud y el pueblo americano, contra la política imperialista. Al mismo tiempo estas luchas—como las mantenidas por los estudiantes y los trabajadores en Europa en los últimos años— expresan también la incidencia de la revolución tercermundista en el seno de las sociedades imperiales. Hablando del “mayo francés” Perón manifestaba que ese movimiento “no se hace contra un gobierno determinado sino contra el futuro incierto que en la práctica arroja la sociedad industrial contemporanea. Estamos asistiendo a una profunda y acebrada evolución en las raíces espirituales, iniciada en una nación desarrollada, por entenderse que se pretende compensar con la variedad y cantidad de bienes de consumo el contenido real de la vida. ‘Ustedes son las guerrillas contra la muerte climatizada que ellos quieren vendernos con el nombre de porvenir’, decía un famoso cartel colocado en París el día de las barricadas. Otro, no menos expresivo, afirmaba: ‘La Revolución que se inicia pondrá en duda no sólo a la sociedad industrial. La sociedad de consumo debe morir de muerte violenta. La sociedad enajenada debe desaparecer de la Historia. Estamos intentando un mundo nuevo y original: la imaginación ha tomado el poder’. La juventud de nuestros días ha tomado su puesto en la Historia y si la imaginación ha tomado el poder, está en sus manos el uso de la sensibilidad que permita gobernar a esa imaginación” (Juan Domingo Perón, Las Bases, agosto de 1969).
Los pueblos relegados y sometidos, el proletariado del sistema mundial imperialista han dejado de ser, como bien dice Alberto Filippi, los agentes pasivos de la historia. Comienzan a comprender que ha sido precisamente su inclusión en la historia del imperialismo, la que le dio a ésta una categoría de universalidad. Saben que Europa sólo fue Europa cuando comenzó a colonizar África, Asia y América Latina. Nosotros hemos sido los sujetos activos económicos en la construcción del imperialismo y nosotros somos hoy los sujetos activos que desmitificamos al imperialismo. Desmitificándolo podemos destruir también las interpretaciones equívocas que se han hecho en las metrópolis de nuestras luchas de liberación, interpretaciones que se han proyectado también en lo interno de los países periféricos a través de simiescos traductores. Nuestro punto de vista es hoy decisivo para desmitíficar toda la historia, incluso para dar a los compañeros de las metrópolis un punto de vista revolucionario mundial (de una charla con Alberto Filippi, 1970).
Somos el eje de este desarrollo, y en tanto constituimos el sujeto activo que combate la irracionalidad de la opresión mundial, somos también la única posibilidad de universalidad. Nuestra historia y la historia de ellos está siendo reinterpretada a partir de esta perspectiva. Contamos con todo aquello de la “cultura universal” que entendemos útil para la liberación del hombre, y al mismo tiempo construimos la síntesis entre lo más válido de aquella cultura y la nueva cultura que, a través de la guerra de liberación, estamos creando. A nosotros nos corresponde escribir no ya la verdadera historia de las sociedades periféricas, sino la historia real del nazismo, de la Comuna de París, es decir, de todo lo que haga a una interpretación —ahora sí, científica y objetiva— de la historia del hombre. Y ello es así porque somos de algún modo la conciencia global del sistema mundial imperialista; los únicos que sabemos cómo opera el imperialismo porque sintetizamos todas sus maneras de actuar. Vivimos como satélites o como metrópolis dentro de una área satélite; tenemos Buenos Aires y el interior colonizado; tenemos Caracas y el interior “subdesarrollado”; o tenemos Buenos Aires y La Paz, Buenos Aires y Asunción del Paraguay. Es decir, somos la síntesis de la manera de subdesarrollar y de la manera de “desarrollar”; la manera de aumentar la dependencia produciendo un desarrollo retardado, o la de aumentar también la dependencia pero acentuando el subdesarrollo. Y por encima de todo esto, somos también la conciencia y la voluntad política de liquidar definitivamente este viejo estado de cosas, porque como dice el General Perón, “es la Hora de los Pueblos, de la Internacional de los pueblos”.

Fernando Solanas y Octavio Cetino

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