Señor… Amigo …:
Como imaginará, me interesan sus observaciones a la situación, máxime si como me expresa, ellas son compartidas por grupos de dirigentes peronistas que han conversado con usted (gremialistas o no) y de otros de intelectuales de los cuales usted forma parte, integrada por distintos profesionales de sólido prestigio que a su vez agrupan a muchos otros más jóvenes con la aspiración de formar un verdadero “frente de intelectuales” en favor de la liberación nacional.
No puede ser un secreto para nadie que, de todos los objetivos justícialistas, el primero y más importante ha sido y es la liberación. De manera que, si como usted afirma y yo comparto, no se ha producido en la Argentina un fenómeno semejante, la incorporación de fuertes grupos de intelectuales a la causa constituiría un hecho sin precedentes y altamente auspicioso, porque hasta ahora, en esa lucha, habían brillado por su ausencia.
Me complace su franqueza al expresar claramente una concreción tendencial: sobre los principios y la metodología marxista, con lo que interpreto la posición de ustedes. Pienso que existe una coincidencia con los que en París (de procedencia marxista) exclamaron después de la “Revolución de Mayo”: “hasta ahora creíamos que no podríamos hacer la revolución sin el comunismo, ahora estamos convencidos que no la podremos hacer con el comunismo”. Me agrada leer que ustedes no están de acuerdo política y orgánicamente con el Partido Comunista argentino ni el del resto de los países de Occidente. Eso mismo comprobé yo hace ya más de veinticinco años, cuando iniciamos nuestra Revolución.
En cuanto a los principios y la metodología marxistas, como formas de ejecución, si se los adapta a nuestras necesidades y características originales, nadie puede negar su utilidad, pero debemos pensar que una Revolución Argentina tiene también una posición existencial de la que no podemos apartarnos sin provocar graves riesgos. Piense que, por lo menos nosotros, los peronistas, tenemos ya una ideología que, si está más cerca del marxismo que del capitalismo, configura una posición diferente. Sin embargo, veinticinco años de acción son suficientes para probar que no se trata de un movimiento sectario, que se formó inicialmente con hombres de todas las procedencias tendenciales y que continúa con una amplitud de criterio tan grande como cuando se formó. No desconozco que en lo metodológico hemos asimilado lo que consideramos mejor del marxismo sin caer en el comunismo que conocemos porque, en este aspecto, creo que es mejor hacen lo que ellos dicen, no lo que ellos hacen.
Los intelectuales y artistas de que me habla y que le hacen decir que “todo revolucionario en nuestro país es actualmente marxista”, no lo pongo en duda porque, por sobre todo, existe una procedencia. Pero pienso que, dada la situación de nuestro país y lo que puede inferirse para el futuro inmediato y aun mediato, no puede ser esto un obstáculo para sentirse revolucionario. Por eso comparto totalmente su afirmación siguiente: “Nuestra opinión es que el marxismo no sólo no está en contradicción con el Movimiento Peronista, sino que lo complementa. Es decir, tenemos la convicción neta de que el Movimiento no debe rechazar al marxismo, sino por el contrario, integrarlo en su seno e instrumentarlo”. Comienzo por decirle que jamás hemos rechazado a los hombres que, provenientes del marxismo, han llegado y se han incorporado al peronismo. Podría citarle cientos de ellos, desde que los provenientes del socialismo argentino en 1945 eran en su mayoría marxistas. Tampoco hemos hecho cuestión porque algunos de ellos se titularan entonces comunistas. En todos estos casos, con muy pocas excepciones, los hechos posteriores hicieron de ellos buenos peronistas.
En cambio, lo que ha dado en llamarse marxismo del Comunismo argentino, en estos veinticinco años de lucha por la liberación, lo hemos visto al lado de la oligarquía o del brazo con Braden. Por eso, para nosotros, el marxismo comunista adherido a la famosa “Unión Democrática” no lo podemos explicar ni como sistema ni como metodología. Píense usted que el peronismo ha debido luchar durante más de veinticinco años contra esto y, en consecuencia, hasta ahora, no ha estado el horno para bollos. Muchos millones de peronistas, profundamente influenciados por k> que han vivido y conocido, no sólo abominan del capitalismo que han sufrido sino también del comunismo que han presenciado. Por eso, para estas masas, comunismo y aun marxismo (porque la masa no distingue) es una mala palabra.
Es indudable que el marxismo pensante no es el que nosotros venimos presenciando pero, desgraciadamente, ese no se ha mostrado en los hechos más allá de los trabajos de gabinete o discusiones en los cenáculos intelectuales, y como “el movimiento se demuestra andando”, sobre todo en la acción política, han vivido ignorados para la ciudadanía donde se deciden estas cuestiones. No se me escapa que hay un cambio absoluto en este panorama, porque el comunismo de partido ha perdido todo predicamento y porque la juventud actual, especialmente en los estamentos intelectuales, comienza a percibir la verdad y a retomar el hilo de Ariadna que jamás debió haber abandonado.
Nosotros, acostumbrados ya a percibir estas cosas en los escalones de conducción, no vamos a morir de espanto porque se nos diga que un ciudadano es comunista o marxista. Ya sabemos que los sistemas cuentan siempre menos en la acción que los hombres que los manejan, no rechazamos nada “a priori” y estamos siempre prontos a compartir nuestra lucha con todos los que, de buena intención, se aprestan a combatir por los objetivos que nosotros creemos justos y honestos. Las formas de ejecución, para nosotros, siempre han contado menos que el fin que nos guía, en este caso la liberación nacional, que es previa a todo otro objetivo.
Frente a cuanto le vengo diciendo, usted comprenderá que, cuando nosotros en los duros días de lucha que hemos debido sostener, decíamos “comunismo”, nos referíamos al comunismo que todos conocían en el país, que es el mismo que usted me dice que ahora resulta anacrónico para los partidarios del propio marxismo bien entendido. Si con eso repelíamos a alguno, era precisamente de ese comunismo, nunca de los que entienden la revolución en que está empeñado el mundo que bien puede tener muchos puntos de contacto con el marxismo ortodoxo pero no con las excrecencias de todo tipo que, en el andar, le han agregado los comunistas de diverso tipo.
Pasando al segundo punto: en lo referente a la estrategia, debemos comenzar por establecer que la resolución estratégica es la que contempla el conjunto y sus objetivos generales. Así entendida, debe complementarse con la acción táctica que presupone la lucha activa y sus formas de ejecución. Tanto la acción estratégica como la táctica deben contar con un “Plan de Acción” en el que se prevé hasta lo posible, contando con la apreciación de todos los hechos previsibles. Fuera de ello existen factores imprevisibles para la conducción tanto estratégica como táctica que, por tratarse de imponderables, deben ser resueltos sólo en su oportunidad y objetivamente.
El Comando Estratégico, desde quince mil kilómetros de distancia del teatro de operaciones, no debe entrar en la particularízación de las formas de ejecución, sin exponerse a cometer graves errores de resolución u oportunidad. Por eso no hay más remedio que establecer objetivos y misiones destinadas a la conducción táctica y, cuando mucho, impartir “directivas” (no órdenes) que por su amplitud permitan a la conducción táctica defender su responsabilidad con la rhayor libertad de acción e iniciativa. En estos casos la conducción táctica tiene toda la responsabilidad y es justo que disponga también de toda la autoridad que le permita defender esa responsabilidad.
Ni la resolución estratégica, ni las misiones, objetivos y directivas que el Comando Estratégico imparte al Comando Táctico, deben ser divulgadas entre los militantes que no pertenezcan a la conducción, porque ello presupondría el inmediato conocimiento por parte de nuestros enemigos de los designios propios y sus formas de ejecución, lo que acarrearía cuanto menos la creación de graves obstáculos, desde que la lucha cuenta siempre con dos voluntades actuantes contrapuestas. Por eso, contando con la necesidad que usted apunta sobre el conocimiento que la masa debe tener, es que sólo se dan a ella las ideas generales como objetivos generales, sin particularizar los detalles de ejecución, sólo confiados a los que deben realizar la conducción táctica que, en cada caso, deben enterar a sus hombres de los detalles que crean necesarios para la ejecución de tareas concretas en misiones de lucha.
En este sentido, creo que la conducción estratégica del peronismo, ha dicho lo suficiente como para que cada peronista esté en claro sobre lo que le interesa saber y cuando necesita más, recurre a los órganos de la conducción táctica en procura de esclarecimiento o ampliación. Lo propio hace la conducción táctica cuando la misión que ha recibido del Comando Estratégico no satisface todas sus inquietudes indispensables para el cumplimiento de su función. Nosotros venimos conduciendo así, sin descartar que en la lucha irregular que la política impone, estamos dispuestos a considerar las acciones que fuera de la conducción regular sirvan a los objetivos elegidos por la conducción y hasta, a veces, tomarlos como principales si coinciden con el “centro de gravedad” de las acciones, dejando los anteriores como secundarios, si la situación lo impone. Porque la conducción es, antes que nada, un juego dúctil de adaptación a las circunstancias frente a los hechos provocados por los imponderables.
Las cuestiones de principio, en la conducción, son harina de otro costal. Ello corresponde a la tarea orgánico-funcional que tan difícil resulta realizar en lo político y por lo cual el que se mete en ese quehacer ha de acostumbrarse a “manejar el desorden”. Quien en política pretenda manejar el orden, morirá de una sed desconocida, porque en la política rara vez impera el orden y eso sólo por momentos muy circunstanciales. Por eso es tan importante el “principio de la economía de fuerzas” en la conducción política y que forma el “núcleo” de la teoría del “Arte de la Conducción”. Este principio establece que en la acción estratégica no es indispensable ser más fuerte en todas partes o en el conjunto, sino que basta con que se sea más fuerte en el lugar y en el momento en que se produce la decisión. Si ello impone una articulación apropiada del todo y de las partes del dispositivo político, ofrece en cambio la posibilidad de emplear el arte sobre la fuerza con probabilidades de éxito. La conducción táctica en cambio, es el órgano de la ejecución precisamente en ese lugar y en ese momento decisivo. Por eso la conducción es un arte, por eso dispone de una teoría y posee una técnica.
Dentro de la amplitud que lo anterior presupone como fundamental para toda conducción, la unidad de doctrina (o el respeto a los principios) propende a la cohesión indispensable que todo organismo de lucha impone, lo que es función más bien orgánica. El Movimiento Peronista tiene ya una tradición doctrinaria y los peronistas cuando delinquen contra los principios lo hacen a sabiendas y no por equivocación ni malentendido. Cuando un peronista procede mal, sabe mejor que nadie que lo está haciendo, aunque se escude en el pretexto de no estar en claro sobre lo que se quiere en el Comando. Esto en política es más viejo “que mear en los portones”.
La función del Conductor Estratégico es precisamente llevar a todos hacia los objetivos, buenos y malos, porque si sólo quisiera llevar a los buenos, llegaría con tres o cuatro y, con tan pocos, no se puede hacer mucho en política. No implica ello que deje de reconocer la razón que tiene usted al enjuiciar los extremos “no principistas”, a unos, porque proceden mal por naturaleza y por costumbre y a otros, porque su misión parcial les hace aparecer en mala situación con respecto a los principios. El ideal sería que no hubiera deshonestos y que no fuera necesario simularlos por razones tácticas, pero desgraciadamente, la conducción debe contar con los primeros para neutralizar su acción y con los segundos para articular sus maniobras.
También sería un ideal poder contar con todos los dirigentes de la conducción capacitados y honestos, como disponer de dirigentes de encuadramiento disciplinados, honestos y capaces. Desgraciadamente la realidad no es esa: es preciso trabajar con lo que se tiene y vigilarlos estrechamente, lo que me ha persuadido a mí “que el hombre es bueno, pero si se lo vigila suele ser mejor”. En todo esto, poco tiene que ver el principio doctrinario, porque yo estoy persuadido de que todos los dirigentes peronistas de la conducción y del encuadramiento los conocen y, cuando dejan de cumplirlos, es porque median condiciones especiales, generalmente inconfesables.
No es que a los ojos de la conducción “todo es válido, nada es reprobable”, como usted dice, sino que, cuando estos hechos se producen, a fin de no ocasionar males mayores, debe tratarse “de desplumar la gallina sin que grite”. Las formas directas a veces no son las más aconsejables en el manejo de los hombres porque provocan males complementarios tantas veces peores que los que ocasionaron la medida. Cuando se dispone de una masa medianamente adoctrinada, los que proceden mal sucumben víctimas de su propio mal procedimiento; para eso, en el organismo institucional sucede lo que en el fisiológico: los propios gérmenes patógenos producen sus anticuerpos que al final resultan los elementos principales de las autodefensas. Cuando se ha dejado actuar a estos “microbios políticos” sin perderlos de vista, contaremos con autodefensas que se encargarán de destruirlos sin que debamos recurrir a ninguna clase de antibióticos. Es lo que comúnmente ha venido ocurriendo en el peronismo en estos casi quince años de lucha despiadada contra los permanentes enemigos de afuera y los circunstanciales enemigos de adentro. Pero, desgraciadamente, es usanza en la conducción el tener que contar permanentemente con ellos.
Con referencia al empeño de los “Gobiernos” que se sucedieron en el país desde 1955 por destruir al peronismo o “desperonizar el país”, los que hemos mantenido esa lucha sabemos bien de qué se ha tratado: Aramburu intentó hacerlo por la violencia intimidatoria, lo que nos costó muchos muertos entre fusilados y masacrados, pero como usted reconoce fue un método que se opuso por sí al objetivo que esa gente perseguía. Frondizi, en cambio, intentó lo que llamaron la “integración”, que consistía en la ingenua maniobra de quedarse con el Peronismo mediante procedimientos más o menos políticos. Illia, en cambio, optó por destruirnos mediante la disociación, que es cuando comenzó el procedimiento de captación de algunos dirigentes proclives a la traición. Esta dictadura militar no ha hecho sino intensificar el método de su antecesor. Así nace, en el horizonte directivo peronista, la amenaza de una descomposición que no ha sido tanto como dicen los que nos combaten, aunque tal vez no haya sido tan reducida como creemos nosotros.
Las campañas orquestadas por el monopolio de la publicidad que la dictadura maneja a su antojo, lo han sido de una permanente “provocación” e “intimidación”, destinadas a engañar a los tontos y asustar a los timoratos y, aunque sus efectos no han sido muy importantes, no podemos negar que muchos se influenciaron por ambas cosas. Aparece así una suerte de desconfianza generalizada y muchos dirigentes que hasta entonces fueron amigos comienzan a mirarse con prevención y hasta a enfrentarse. Se suma a ello la circunstancia de que algunas veces existían verdaderas causas reales y oíros intereses. Pero, en la mayoría de las veces, se trataba de dirigentes que cumplían una misión ordenada por la conducción con finalidad táctica.
Así se ha llegado a la situación actual. El tiempo se encargará de decir quién es quién. Hasta entonces, enjuiciar a cualquier peronista por las apariencias, puede encerrar una tremenda injusticia.
Tomemos, como usted dice, “el caso Vandor”. Comencemos por establecer que el Movimiento Peronista tiene una rama sindical en la que se alinean casi todos los sindicatos argentinos y es preocupación especial de la conducción la de mantener esta situación a costa de cualquier cosa. Esos sindicatos peronistas lo son por propia decisión y jamás, aun durante nuestro gobierno, se hizo la menor presión para que así fuera: si son peronistas, lo son por su propia decisión. El gremio metalúrgico ha elegido a Augusto Vandor como secretario general, y mientras esta situación dure, nosotros no tenemos por qué hacer cuestión para que se cambie, porque eso sería una intromisión inaceptable. Nosotros, que creamos un verdadero fuero sindical, haciendo inviolable la independencia sindical de toda acechanza gubernamental, hemos sido los primeros en cumplirlo. Así que, si la Unión Obrera Metalúrgica, como organización peronista, nombra su secretario general, no tenemos otra cosa que aceptarlo, máxime en el caso Vandor, que ha sido siempre peronista. Lo contrario implicaría la expulsión del gremio del Movimiento Peronista, lo que resultaría inconcebible porque los metalúrgicos son todos peronistas. Como usted puede ver, el problema mencionado, visto desde el punto de vista de la conducción, no es tan sencillo como parece.
Por otra parte, Augusto T. Vandor, como dirigente, era un hombre capaz, y como tal tenía ¡deas propias y tal vez también ambiciones y designios. En el Movimiento Peronista siempre hemos considerado bien a los hombres que tenían estas condiciones, aunque algunas veces resulten difíciles de manejar y conducir. Los hombres con ambiciones se necesitan en la política porque la ambición es una fuerza motriz nada despreciable. Y si Vandor, en la faz política ha cometido sus travesuras, en cambio en la defensa de su gremio ha cumplido. No entro a considerar los procedimientos internos en su acción gremial porque eso corresponde ser juzgado por sus propios compañeros gremiales. El error parte de considerar a Vandor como un dirigente del Peronismo, cuando en realidad era un simple dirigente sindical, aunque haya tenido influencia sobre otros dirigentes.
A Vandor se lo acusa de haber intentado, en unión con oíros dirigentes peronistas, copar el Peronismo, o sea reemplazar a Perón en la jefatura del Movimiento, lo que no tiene nada de particular y esto lo digo con toda franqueza y sin otro deseo que el de expresar la verdad. En efecto, cuando en 1955 el gorilismo aliado al imperialismo nos desplazó del gobierno, yo tenía sesenta años. Los movimientos revolucionarios, si bien son inicialmente gregarios detrás del hombre que encabeza, tienen necesariamente que encontrar otro hombre o institucionalizarse para pervivir. El hombre no ha conseguido aún vencer al tiempo y en consecuencia, si el tiempo vence al hombre, éste no debe ser tan egoísta como para pensar que su movimiento deba morir con él. De ahí nace la necesidad o del reemplazo por otro hombre o de la instítucionalízación de su movimiento, ya que la organización es otra forma de vencer al tiempo y perdurar.
También se acusó a Vandor de pretender encabezar el “Neo-Peronismo”, cuyos fines hubieran sido similares a lo anterior, para lo cual con el auspicio de otros dirigentes (conocidos por todos) se realizó la famosa reunión de Avellaneda, de la cual salió una tendencia política que pretendía unir a todos los partidos políticos creados por el propio peronismo en la época en que estaba proscripto el Justicialismo por imposición de los gorilas primero y de sus sucesores luego. Esto era más serio y menos aceptable porque se trataba de dividir al Movimiento, pero sus posibilidades na eran muchas y, además, nada tenía de particular ni era un pecado que algunos compañeros peronistas quisieran formar otro partido y encabezarlo, porque en nuestro Movimiento nadie milita a la fuerza y cualquiera puede abandonarlo cuando desee. Sin embargo, el Comando Superior Peronista tomó las medidas del caso para evitar un engaño a la masa y todo se solucionó por sí so/o. Es una de las ventajas de realizar una conducción política de amplitud y que permite la creación de autodefensas que residiendo en la masa, terminan con estos intentos; además de destruir los intentos, suele destruir también a los culpables.
Es natural que en todas estas maniobras que, como comencé diciendo, no tienen nada de extraordinario en el campo político, intervino la mano de nuestros enemigos que le dieron auspicio y publicidad cargada de provocación con finalidad fácilmente explicable. Pero como se ha podido presenciar, ni uno ni otro intento han tenido la menor eficacia, precisamente porque la masa peronista sabe siempre la verdad y defiende invariablemente la integridad del Movimiento. Eso le podrá explicar muchas cosas de las que usted, con mucha razón, comenta en su memorándum. Pero, como ve, no tienen la importancia que usted les atribuye.
Es también que, aprovechando todas estas circunstancias y muchas otras que en bien de la brevedad no menciono, el Comando Superior Peronista ha podido aprovechar la situación de Vandor para utilizarlo en propias maniobras de provocación, en verdaderos reconocimientos en la esfera de acción en que se movían los provocadores de la dictadura militar y otros congéneres de la misma especie. Este ha sido un gran servicio que Vandor ha prestado a la conducción y a lo que yo me refiero cuando le he dicho que, en los últimos tiempos, Vandor actuaba con una misión del Comando Superior y que la había cumplido bien e inteligentemente. A ello iba unido el deseo o el deber que la conducción tiene de defender a sus dirigentes y evitar su destrucción, aun cuando hayan cometido algunos errores. Lo que no ha podido evitar ha sido su asesinato que, si se atan bien los cabos de cuanto le acabo de referir, pueden inferirse las causas y los autores intelectuales del hecho. Porque nada le pasó cuando actuaba por sí, dentro de sus propias aspiraciones o deseos y, cuanto comenzó a actuar al servicio de la conducción del Movimiento Peronista con una misión de gran importancia, fue asesinado. Esto quiere decir además que sus asesinos no son peronistas aunque haya algunos que lo hayan odiado y sí quiere decir que el asesinato se ha gestado y organizado entre nuestros enemigos.
El que Rockefeller haya dicho que Vandor estaba invitado a concurrir a la reunión de las centrales reunidas e hiciera elogios de él, no tiene ninguna importancia porque es sabido que los dirigentes sindicales han sido siempre objeto “del amor” de los agentes imperialistas. Lo que usted no sabe es que Vandor me lo había informado y yo le había autorizado a asistir, porque, como dice Fierro, “para conocer a un cojo lo mejor es verlo andar”. Cuando se trabaja en estas cosas es preciso tener confianza en los dirigentes porque, si hemos de desconfiar de todos, nadie podrá conducir. La centralización del mando si bien da rapidez y seguridad, en cambio anula esfuerzos valiosos y termina por manejar sólo un pequeño sector de las actividades que comprende el conjunto.
El caso de Coria y otros que usted cita con toda razón en su memorándum, no es el mismo de Vandor. Por eso ha podido usted comprobar, como me lo dice, el repudio de las bases y podrá tal vez asistir a su destrucción, así que comiencen a actuar las autodefensas de que le vengo hablando. El Comando Superior no tiene necesidad de intervenir para expulsarlos como muchos aconsejan porque ya las bases lo harán sin que los culpables puedan decir una sola palabra y sin tener a quién recurrir. Pero, por sobre todo esto, para que cada uno tenga su merecido por el camino que la verdadera justicia impone, es preciso que la rama sindical del Movimiento Peronista esté unida y solidaria. Ese es el empeño primordial que la conducción debe cuidar, en eso estamos empeñados y lo hemos de lograr.
Lo que me cita sobre los acontecimientos de Córdoba es muy explicable y placentero para nosotros los peronistas, porque nos demuestra de manera terminante que cuanto venimos predicando desde hace tanto tiempo, ha penetrado en el pueblo argentino y lejos de despertar en nosotros una emulación sospechosa, nos afirma en la decisión de seguir con la idea sustentada en nuestras directivas para la acción táctica que establece: “Como se ha comprobado en todos los países cuyos pueblos se hayan decidido por la Revolución, en lugar de basarse y esperarlo todo de los militantes disciplinados que reciben órdenes de un aparato central, la Revolución debe confiarse a los animadores locales capaces de juicios y de iniciativas autónomas, tomadas en función de las condiciones locales capaces de suscitar la acción”. Las Centrales quedan para coordinar los esfuerzos, mantener las informaciones y estudiar las perspectivas de conjunto. Por sobre todo esto, que es asunto táctico, rige la conducción estratégica que es la que ha de ocuparse y encarrilar a su tiempo las acciones que conduzcan hacía los objetivos perseguidos. Sería muy bonito que todo esto se pudiera mantener al alcance de la mano, pero el panorama es demasiado grande para pretenderlo.
Es claro que sería todo más fácil y más agradable si se pudiera contar con dirigentes altamente capacitados y adoctrinados y que la conducción pudiera efectuarse como en un Ejército, pero, desgraciadamente, la conducción política poco tiene que ver con la conducción militar, aunque por experiencia le puedo asegurar que tampoco en el campo militar se llega a contar con jefes y oficiales altamente capacitados y es en la guerra misma donde se forman los verdaderos combatientes. De la misma manera, los dirigentes políticos y sindicales con que debemos conducir, son de una heterogeneidad manifiesta pero sin embargo, no por eso la conducción es impracticable. Pretender lo mejor puede ser enemigo de lo bueno: hay que conformarse y desenvolverse con lo que se tiene y tratar de mejorarlo: es lo que tratamos de hacer.
Totalmente de acuerdo con su apreciación sobre la función de una juventud formada y capacitada con una absoluta unidad doctrinaría. A ustedes, los intelectuales, les corresponde en gran parte la tarea de formarlos y adoctrinarlos. En el Movimiento Peronista se ha tratado de mantener la rama de la Juventud separada de las otras ramas, precisamente para que no sufran la influencia de los males que usted apunta en su memorándum y que yo comparto como opinión. La necesidad de un transvasamiento generacional en nuestro Movimiento hace más perentoria e importante la necesidad de preparar a la juventud en la forma que usted apunta en su memorándum. Existen ya directivas al respecto y según los informes que tengo se trabaja en ese sentido.
Sobre cuanto me dice con referencia a la C. G. T. de los Argentinos y de la C. G. T. de Azopardo, deseo hacerle notar que ambas centrales obreras, como tales, nada tienen que ver con el Movimiento Peronista que trata de conducir simplemente su Rama Sindical. Para nosotros ambas Centrales Obreras están formadas por peronistas, cualesquiera sean las diferencias que los califican. Ellos obran de acuerdo con sus decisiones que nosotros respetamos pero nos interesa por sobre todo la unidad de la Clase Trabajadora porque sin ello no se irá a ninguna solución apetecible. Pensamos que esa unidad sólo puede realizarse por acción de una Rama Sindical Peronista unida y solidaria, por lo cual nos empeñamos a fondo en lograrla. Nos interesa poco que unos anhelen hacerla antes de la acción y otros en la acción, aunque lo lógico es que se cumplan ambas cosas y circunstancias. Tanto el compañero Ongaro como los compañeros que militan en la C.G.T. de Azopardo son peronistas: cómo puede ser posible que no se pongan personalmente de acuerdo para solucionar las diferencias y aduar de consuno. Es lo que no nos explicamos y, en consecuencia, nos limitamos a realizar la unidad de la Rama Sindical del Movimiento pensando que a la larga será la que decida lo que ha de hacerse.
Conozco perfectamente el episodio de la huelga del 1º de julio y confirmo una vez más la opinión que, con referencia a estos asuntos, tengo formada desde hace muchos años. Lo único que Je puedo decir al respecto es que la consecuencia de estos “encontronazos” es precisamente una falta de unidad y solidaridad que jamás debe producirse entre los compañeros trabajadores y que, cuando suceden, es porque otros intereses, aspiraciones o pasiones, gravitan más fuertemente que el deber que todos los dirigentes tienen en la defensa de su clase. Sin hacer cargos infundados, ni abrir juicios apasionados y ligeros, puedo decirle que ambos tienen una culpa similar.
Partiendo de esta base, sólo podemos esperar que un día se pongan de acuerdo y puedan actuar solidariamente como corresponde y conviene a los intereses que tienen la obligación y la responsabilidad de defender. No crea por esto que no reconozco la gran parte de razón que usted tiene al enjuiciar a los que no hacen sino lo preciso para justificar una conducta que no puede satisfacer el deseo de los que anhelamos una acción decidida y enérgica. La organización que queremos alcanzar con la unidad de nuestra Rama Sindical, tiene ¡a grave responsabilidad ante la Clase Trabajadora y el Peronismo de ser el aval de seguridad de un futuro sindical que presuponga un verdadero factor de poder en la Comunidad Argentina como corresponde al derecho de los trabajadores. Debe tener en cuenta que tiene tras de sí una masa que constituye su base y su sostén y ante la cual todos debemos rendir cuenta de nuestros actos de dirigentes. Poco tendremos que discutir con nadie sobre los puntos de vista que cada uno tiene de todo este proceso, ignorando así el pensamiento uniforme de la masa que ha demostrado el 29 y 30 de mayo suficiente conciencia y madurez como para superar, llegado el caso, la falta de acción de sus dirigentes.
Cuando usted dice: “Lo que nos importa esencialmente es lo que hoy se hace y lo que se proyecta hacer mañana”, está significando el propio pensamiento del Comando Superior, mil veces repetido por mí al Comando Táctico porque, como usted dice con evidente buen juicio, todo el pasado justicialista depende un poco de lo que ahora hagamos. Por otra parte, las condiciones del mundo y de nuestro país han cambiado desde 1945 de una manera tan radical que, si en el fondo no han variado los objetivos, en cambio las formas de ejecución a elegir en el futuro tendrán poco que ver con cuanto hicimos en los veinticinco años anteriores. Usted no puede tener idea de la lucha que tengo que sostener para alcanzar medianamente la meta de conseguir más dirigentes en una linea estrictamente popular, honestos y capacitados.
No imagina tampoco usted el placer con que acojo sus palabras que me prometen su disposición de militar a fondo con objetivos claros, una conducta acorde con los mismos, definiciones precisas, toma de posición que sin ser sectaria, no permita incluir todo tipo de actitudes, etc. Actuando ustedes cerca del Peronismo, no tendrán dificultades para ser un poco artífices de nuestro destino. El Peronismo es de todos los que actuamos en él, por eso no es de nadie en particular. En ese concepto, todos tenemos el derecho de actuar y controlar la actuación de los demás en defensa del propio Movimiento. El predicamento que cada uno pueda alcanzar es patrimonio propio
y su uso está en razón directa al dinamismo, la honestidad y la capacidad, que la propia conducta ponga en evidencia. Así será bienvenida toda acción que presuponga depuración y esclarecimiento que, como es lógico, debe provenir especialmente del horizonte más intelectualizado. En esto, usted no debe tener la menor duda. En lo que a mí respecta, me tendrán a sus órdenes, no sólo para escucharlos, sino también para hacer lo que corresponda. Siempre he escuchado, realizado y agradecido los buenos consejos, vengan de donde vengan, porque jamás me he sentido propietario de la verdad.
Comparto su ejemplo, cuando dice: “No pensamos que la dictadura sea ni haya sido nunca bienintencionada o que no haya sido mal intencionada”. Tiene usted razón: las actitudes honestas en una casa deshonesta pierden su honestidad.
Sobre el empleo de la violencia en la obtención Je los fines revolucionarios estamos de acuerdo. Cuando yo me he declarado enemigo de la violencia no ha sido para descartarla de todos los cases, sino en circunstancias determinadas. Las acciones cruentas o incruentas de la lucha son simples “formas de ejecución”, pero lo que realmente interesa es la ejecución. A la violencia no se le puede responder sino con una violencia mayor y en este concepto sería inaceptable sólo una actitud defensiva que difícilmente puede llevarnos a una decisión favorable: un día es preciso dejar de ser yunque, para pasar a ser martillo y, como dice Fierro: “el que en tal huella se planta, ha de cantar cuanto canta, con toda la voz que tiene”. ¡Aquí está el problema! Porque la violencia también tiene sus exigencias originales: cuando se dispone de la fuerza cuenta menos la habilidad pero cuando no se dispone de ella, la habilidad pasa a primer plano. Algo de ello representa el arte de la conducción.
Sus atinadas tribulaciones sobre el concurso de un sector de las F.A. en la conquista del poder por el pueblo es en las circunstancias que estamos viviendo el problema que considero diariamente ante propuestas tentadoras. En esto tengo ya sobrada experiencia, porque por lo menos he aprendido a dudar porque, como dicen nuestros criollos, nada es mejor que perderse para hacerse baqueano. Sin embargo, aparte de que entre los jefes y oficiales, por lo menos del Ejército, existen muchos hombres proclives a encarar este problema de acuerdo a nuestros puntos de vista, frente a una dictadura militar que cuenta con el poder y el mando, debemos persuadirnos de la necesidad de contar con algo de fuerza militar. Con ello todo se facilitaría y sin ese apoyo, por lo menos por ahora, no creo en la posibilidad de un pueblo desarmado, aunque tenga la firme decisión de realizar un acto heroico. Por eso es que antes le digo que los que creen tener la fuerza suelen renunciar a la habilidad y los que no la tenemos es preciso que hagamos de la habilidad, nuestra fuerza.
Los hechos que vienen sucediéndose en el mundo y, en especial en nuestra patria, demuestran que la revolución que anhelamos está en marcha, de modo que marchamos con el tiempo a nuestro favor. Yo que soy el más viejo, debería tal vez ser el más apurado, sin embargo no tengo apuro porque espero mucho de cuanto está pasando. Pero creo, como usted, en la necesidad de ir “ajustando” nuestros dispositivos y nuestra acción hacia las necesidades de la lucha que tarde o temprano tendremos que realizar. Por eso también encuentro muy atinadas todas sus inquietudes y veo con interés y encomio la actitud de los intelectuales que no quieren estar ausentes en la “patriada” que bien puede ser decisiva para el destino futuro de nuestra Patria.
Creo haber contestado, por lo menos lo más importante de su memorándum, y le pido disculpas si mi franqueza puede haber traspasado los límites, pero siempre he creído que la verdad debe hablar sin artificios.
Un gran abrazo,
Juan Perón.
Madrid, 10 de diciembre de 1969.

  • Señor Dr. Don Juan José Hernández Arregui, Buenos Aires.
  • Mi querido amigo:
    Con un poco de retardo, por haber estado ausente de Madrid, acuso recibo y agradezco el envío de su último libro, como la generosa dedicatoria que usted ha tenido la amabilidad de asentar en él.
    De acuerdo con una costumbre, que he estimulado de viejo, considero que hay dos clases de libros: los que sólo se deben leer y los que nos sirven para estudiar. El suyo, Nacionalismo y liberación, es de los segundos, y como tal me he tomado el tiempo necesario para utilizarlo en mi provecho antes de agradecérselo como corresponde al libro y al amigo. Mi juicio es que ningún argentino debía dejar de leerlo y que toda la juventud de nuestro país debía tenerlo en la cabecera y estudiarlo profundamente. A la claridad meridiana de sus ideas, le agrega usted el atractivo de su literatura y su acabada erudición. La elocuencia de su exposición es un ejemplo y un honor para las letras argentinas, donde es tan difícil encontrar la verdad que hable sin artificios.
    Tanto La Formación de la Conciencia Nacional como Nacionalismo y Liberación son dos fuentes de inspiración doctrinaria para la juventud de América latina, tan necesitada en las circunstancias actuales de una palabra rectora como la suya. Como ya he dicho, los pueblos del Continente Latinoamericano están de pie; luchan por su liberación y su independencia aunque algunos países, en manos de gobiernos cipayos, traicionen la causa más sagrada para los pueblos: su soberanía. En nuestro país, la juventud argentina ha sabido
    salvar el honor de su bandera, demostrando que “no todo está podrido en Dinamarca”. A los que hace un cuarto de siglo que venimos luchando por la liberación de la Patria, esto nos llena de orgullo y de fe por nuestro destino, porque cuando una juventud sabe morir por sus ideales es que ha aprendido todo lo que debe saber una juventud.
    Como usted lo dice, el ideal argentino de esta hora comienza con la liberación del neocolonialismo imperialista que tan seriamente nos amenaza y de la tiranía que en el país parece servir los mismos intereses. Los que reciben instrucciones y tratan con los agentes foráneos, en contra de la voluntad popular y de los verdaderos intereses de la Nación, no pueden ser considerados como argentinos y menos aún como gobernantes. Al decir de San Martín, “un crimen semejante no se puede borrar ni aun con el sepulcro”.
    Frente a esto, es que nace la grave responsabilidad de la nueva generación argentina que, como tal, debe responder del futuro destino de la Patria. Para ello sólo le quedan dos caminos: un conformismo suicida que ni ofrece siquiera una aleatoria tranquilidad presente ni asegura una realidad futura. El segundo camino es el de la lucha que, si bien impone sacrificios, puede alcanzar soluciones y honra.
    La Revolución está en marcha. Como en 1789 ha comenzado en la Bastilla. “Por primera vez parecen ser contemporáneos todos los hombres.” Hemos presenciado el 29 y 30 de mayo de 1969 en las ciudades argentinas el mismo espectáculo que un año antes impulsaba a “las barricadas” en el Barrio Latino de París. Podemos exclamar como André Malraux (un miembro del gobierno francés que supo admitir toda la profundidad del movimiento revolucionario de mayo y junio en Francia): “El ensayo general de este drama suspendido, anuncia la gran crisis de la civilización occidental. El encuentro de la juventud con el proletariado es un fenómeno sin precedentes”.
    Cuando se leen los comentarios que nuestro pronunciamiento de mayo de 1969 sugiere a los hombres de la dictadura, no podemos menos que reconocer la tremenda orfandad que la sensibilidad y la imaginación sufren allí. El único que comprende lo que en el mundo pasa parece ser el Pueblo, cuya intuición va mucho más allá que la información y el racionalismo de los consabidos “Consejos” e “Instituciones Oficiales”.
    En Córdoba, Rosario, Tucumán, etc., con un año de diferencia, ha ocurrido lo mismo que en las grandes ciudades francesas. Para los tontos y para los hipócritas se trata en ambos casos de “agitadores profesionales” manejados desde el extranjero. Para los que saben la verdad, es el comienzo de la verdadera revolución que hoy, sostenida por la juventud y los trabajadores, comienza a demostrar que si la revolución es ya un instinto en los países subdesarrollados del Tercer Mundo, lo es también en los pueblos de las naciones superdesarrolladas. No se hace contra un gobierno determinado sino contra el futuro incierto que en la práctica arroja la sociedad industrial contemporánea. Estamos asistiendo a una profunda y acelerada evolución en las raíces espirituales, iniciada en una nación desarrollada, por entenderse que se pretende compensar con la variedad y cantidad de bienes de consumo el contenido real de la vida.
    “Son ustedes las guerrillas contra la muerte climatizada que ellos quieren vendernos con el nombre de porvenir”, decía un famoso cartel colocado en París el día de las barricadas. Otro, no menos expresivo, afirmaba: “La Revolución que se inicia pondrá en duda no sólo a la sociedad capitalista sino también a la sociedad industrial. La sociedad de consumo debe morir de muerte violenta. La sociedad enajenada debe desaparecer de la Historia. Estamos intentando un mundo nuevo y original: la imaginación ha tomado el poder”.
    En resumen, querido doctor Hernández Arregui, pienso que estamos asistiendo a la “Segunda Revolución Mundial”, hacía la primera civilización universal en cuyos umbrales nos encontramos, según la feliz expresión de Larroque. Es hasta natural que esto no lo puedan comprender todos y menos aún los tiranuelos militares que se esfuerzan por implantar un neocolonialísmo que salve a la reacción de la hecatombe que se le avecina. Pero yo tengo fe en la juventud argentina y en los trabajadores que saben lo que quieren y parecen estar dispuestos a luchar por imponerlo.
    Todos estos problemas de lo que más necesitan es del tiempo y creo que, en nuestra Patria, el tiempo no transcurre en vano. Desde hace un cuarto de siglo, la Revolución Justicialista ponía en marcha una transformación de fondo que muchos han presenciado y vivido, a veces hasta sin comprenderla. Alcanzada la liberación de la influencia de los poderes foráneos, se organizó la economía que dio prosperidad suficiente a la Nación, se estructuró lo social asegurando diez años de felicidad al Pueblo argentino y se afirmó una soberanía nacional que descartó el nefasto colonialismo imperialista que antes había imperado. En 1955 se produce el golpe artero de la reacción externa y vernácula que, con el pretexto de cambiar lo justicialista, volvió a entregar el país al imperialismo que impulsó y financió el golpe de Estado. Así su economía sucumbió en poco tiempo abordada por los poderes foráneos y sometida a la acción destructora del Fondo Monetario Internacional. Con ese motivo, tan vilmente provocado, se fueron suprimiendo una a una las conquistas sociales impulsadas por el Justicialismo, a través de los distintos gobiernos gorilas que se sucedieron hasta la llegada de la dictadura actual que no difiere de ninguno de ellos sino en el nombre.
    Este “Nuevo Gobierno” prometió una “Revolución Argentina” y consumió su tiempo en peregrinas promesas incumplidas y vanas ilusiones y, cuando el Pueblo cansado e indignado quiso hacer oír su verdad, le contestó con la más violenta represión que tantas vidas argentinas viene costando a lo largo de estos quince años de fatalidad
    provocada. No sé si nuestra juventud necesitará más que esta dura experiencia para persuadirse de la necesidad de actuar en defensa de su propio porvenir y del de la Patria.
    Por lo menos, en el resto de los países del Continente Latinoamericano, en unos más y en otros menos, parece perfilarse la revolución con caracteres más o menos marcados. Cuba, Perú y Bolivia son tres ejemplos de un despertar de la lucha por liberarse y ello es promisorio para la causa que servimos. Pero, por sobre todo, es el mundo el que marcha por la misma senda: lo que pasa en Francia, Italia, Alemania, etc., fuera de la lucha empeñada en los oíros continentes, es un índice revelador de lo que ha de ser el futuro en la evolución de una humanidad suficientemente madura para los cambios fundamentales.
    Por todo lo que ustedes hacen allí con la difusión de la verdad tantos años oculta, yo deseo como argentino hacerles llegar, junto con mi encomio más entusiasta, mi felicitación más sincera. La causa de la revolución necesita de algunos realizadores, pero no menos de muchos miles de predicadores que, empeñados en la tarea de persuadir, no cejen en el empeño de incendiarlo todo si es preciso. Yo no veo para nuestra pobre Argentina otra salida que la lucha, por los medios que sean, realizada por el Pueblo y para el Pueblo. Dentro del Peronismo yo hago lo posible para que así sea pero, desde quince mil kilómetros de distancia, no tengo confianza en que mi sola prédica pueda despertar la decisión absoluta que se necesita para lograrlo.
    He visto que el Peronismo está despertando entre los “intelectuales” el deseo de escribir sobre él, unas veces con fines leales a la Nación y otras buscando lo contrario. El profesor Gonzalo Cárdenas sé que lo ha hecho bien y de buena fe, que es lo que interesa. Otros como Félix Luna lo han hecho a su manera, a lo que ya estamos acostumbrados. Ángel Cairo, Pedro Geltman, Ernesto Goldar, Alejandro Peyrou, Ernesto Villanueva, etc., son todos aportes no despreciables para el conocimiento de nuestra acción que escribas a sueldo han tratado de encanallar con toda clase de falsificaciones y mentiras. De todas maneras el Justicialismo necesita que se hable de él, aunque sea bien . ..
    Si algún día la situación se tornara decisivamente favorable como para poder ser de alguna utilidad a nuestros fines, yo me las “rebuscaría” en forma de poder estar por allí oportunamente. Por ahora no veo posibilidad cercana para ello y estoy vigilante y a la expectativa. Dios dirá.. .
    Le ruego que salude a los amigos y acepte, junto con mi saludo más afectuoso, mis mejores deseos.
    Un gran abrazo,
    Juan Perón.

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