Este texto inédito corresponde a las palabras dichas por Juan José Hernández Arregui en oportunidad de recordarse a Raúl Scalabrini Ortiz, en el año 1972, en la Recoleta, durante la dictadura militar de A. Lanusse.

Raúl Scalabrini Ortiz es un símbolo vivo de la inteligencia nacional. Dotado de talento literario, no fue ni un poeta, ni un historiador, ni un filósofo, ni un economista, pero supo congeniar, en la unidad ensimismada de la pasión, la poesía, la historia y la economía en una visión trascendente de la patria. Su obra tiene la potencia de un vislumbramiento. Y la imagen del país bajo la dominación extranjera, se aunó, en Scalabrini Ortiz, a la profecía de una Argentina rescatable por y para los argentinos. Raúl Scalabrini Ortiz es, por encima de todo, un ejemplo de la dignidad de la inteligencia nacional. Deshizo idolatrías, embaucamientos, espejismos, descarnó la verdad espectral de una Argentina subyugada y presagió la proeza más grande de un pueblo: su liberación nacional. Fue un escritor pero desdeñó a los escritores sin apego a la tierra. Con conciencia histórica entrañable amó a las masas más allá de las vanidades y conveniencias personales de la mayoría de los intelectuales, adheridos al sistema, esto es, indiferentes o al servicio de las fuerzas extranjeras destructoras que hicieron de la Argentina una factoría y no una nación afirmada en sí misma. En esta atmósfera bastarda de 1930 se elevó su voz de patriota. Silenciado, fue un anticipo y una iluminación. No tuvo prensa. Pero sus ideas prendieron en millares de argentinos y se amasaron con el pueblo. No cosechó aplausos. Pero hoy, ese pueblo —gigante colectivo como él lo llamó— lo sabe suyo y lo consagra con el nombre glorioso de patriota. Raúl Scalabrini Ortiz fue una pasión reconcentrada. Y nada grande se ha hecho sin pasión, sin esa fe en la tierra que es sacrificio y resistencia frente a las invisibles sujeciones externas que nos vedan construir el destino nacional. Fue una inteligencia clara en una época oscura, invalidada por fuerzas oscuras, acatada por personeros oscuros, mediatizada por intelectuales oscuros, por lacayos con fama. Raúl Scalabrini Ortiz, es por eso, la encarnación de la inteligencia nacional digna en medio de la indignidad del coloniaje. De un colonialismo que todo lo corrompe y desfigura. A ese poder de los centros de dominio mundial, Raúl Scalabrini Ortiz lo enfrentó canjeando con la certeza casi alucinada de su destino individual, la muerte en vida por la inmortalidad después de muerto. Eso fue y es Raúl Scalabrini Ortiz.
Raúl Scalabrini Ortiz luchó y pensó en una Argentina en la que la causa de sus males, tan grande era el poderío extranjero, yacía ignorada por los propios argentinos. Scalabrini Ortiz penetró en esa esfera de claudicaciones secretas y silencios culposos, en ese mundo de la enajenación del país al dominador ultramarino. Intuyó las raíces del drama nacional, verificó sospechas, anudó datos, y reveló al fin, con veracidad ilevantable, la trama de los hechos e infidelidades que hicieron del país una colonia británica sin luz propia. En todos sus escritos late un sentimiento de melancolía y, a un tiempo, de esperanza en el pueblo argentino. Jamás de de impotencia. Fe que Scalabrini Ortiz vio personificada en las masas nacionales sin nombre, que con Perón, habrían de ejecutar la hazaña colectiva de una Argentina manumitida de la opresión imperialista. En aquella atmósfera de agobio material y mental de la década infame, mostró los nudos de nuestra dependencia disimulados tras la fachada de una historia falsificada donde los vendidos eran proceres y los patriotas desterrados en su tierra argentina. Vio por eso, en el genio multitudinario del pueblo, la historia real, la historia viviente hecha por las masas depositarías y autoras de la grandeza nacional, pues son ellas, las masas, el instrumento de que se vale la Historia para alcanzar sus fines. De ahí la fuerza de ese proletariado que Scalabrini Ortiz describió en sus páginas famosas sobre el 17 de Octubre de 1945, que lo contó como a su testigo más ilustre. Y, también, por eso, Raúl Scalabrini Ortiz, hombre altivo y sin compromisos fáciles, vio en Perón la historia de las masas argentinas encarnadas en un grande hombre. Esto explica por qué la clase obrera designa en Raúl Scalabrini Ortiz a uno de los suyos. El pensamiento de los patriotas no muere. Vive y perdura en las masas nacionales. Los trabajadores por eso ven en Scalabrini Ortiz a un insigne intérprete de la conciencia nacional de los argentinos.
Raúl Scalabrini Ortiz estuvo sólo. Sin embargo, un verdadero escritor nacional nunca está solo. Su obra, inspirada en el pueblo, al pueblo vuelve. Y, tarde o temprano, la colectividad entera lo convierte en parte dolorosa y triunfante de la patria. De la patria a construir. Pues no hay patria sin soberanía nacional. Bajo el dominio extranjero la patria no es una categoría histórica inmóvil, sino lucha viva, desgarrada, permanente, por la liberación nacional. Hay dos patrias. La de los que la gozan, la prostituyen y la explotan. Y la de los que la padecen. La de Raúl Scalabrini Ortiz fue una patria padecida. Una patria oprimida. En esa patria negada por una minoría que la inmola a sus intereses de clase y, en contraposición, afirmada por el pueblo, Raúl Scalabrini Ortiz fue —lo repetimos— la dignidad de la inteligencia nacional. Y eso plantea el problema de los intelectuales en los países coloniales. En general, los intelectuales forman una capa social admitida y palmoteada mientras cortejen con su palabra o su silencio a la clase dirigente. En el caso argentino, y en la época de Scalabrini Ortiz, a la oligarquía terrateniente satélite de Gran Bretaña. Este es un fenómeno típico de todos los países dependientes, en los que la subordinación del país crea, a su vez, intelectuales subordinados a esa oligarquía, y en nuestros días, a los grupos económicos ligados, en particular en la Argentina, al imperialismo yanqui. O mejor, anglosajón. En tal orden, la “libertad” de la inteligencia es una ficción escandalosa, o sea, “libertad” para consentir en forma abierta o encubierta, la dependencia del exterior. Y en esto reside la traición de los intelectuales al país que sufre la opresión extranjera. No pueden hablar de libertad aquellos que dependen de diarios, revistas, cátedras pagadas directa o indirectamente por el colonialismo, y por ende, controlados por la censura oficial.
En los países coloniales —y la Argentina lo cual lucha como pueblo sin pedir un mendrugo de gloria. La mayoría de los intelectuales, esos que han logrado un nombre, se refugian en la abstención política, que es una forma del sometimiento. Tales intelectuales son parte del espectáculo colonial. Dígase cuanto se quiera, la realidad que circunda al intelectual es política y su silencio es político. El silencio de los intelectuales se llama traición al país. Para ellos, ser escritor es conseguir publicidad a costa de cualquier prevaricato. Por eso, en tanto masajistas del éxito social son no más que fugaces pasajeros de la fama. Y el pueblo los ignora. Hablan de libertad pero medran a la sombra del sistema que deroga la libertad del pueblo. Si los intelectuales se apartan de la política no es por superioridad sino por cobardía y adhesión tácita o expresa al colonialismo. Por eso tales intelectuales en los programas de radio o televisión, se expresan con palabras a medias, triviales, conformistas, alejadas de los problemas ardientes del país. La dependencia colonial no sólo es económica, es en su mediatización más innoble, colonización intelectual. Un intelectual que calla el horror y la vergüenza del colonialismo, es un mercenario que sirve a las potestades aciagas que paralizan al país. El intelectual que no usa sus conocimientos como militancia, de hecho acepta al régimen colonial que exige y paga la existencia de una inteligencia adicta. El valor de una obra se mide por su posición crítica frente a la época en que nace, por la postulación de los problemas que agitan a la comunidad, y esta misión de los intelectuales sólo es posible cuando se desafían sin renuncias a los poderes que velan, a través de las desfiguraciones del imperialismo y sus aliados nativos, los problemas nacionales irresueltos. En un país colonizado la labor del escritor es militancia política. De lo contrario es pura miseria de la inteligencia pura. ¿Cuándo la Universidad ha alzado su voz contra el colonialismo? ¿No prueba esto que la Universidad, antes que templo del saber, es el asilo de la cultura colonial? O sea, de la invasión mental desfuerzas extrañas a lo propio. ¿Cuándo los escritores argentinos agremiados en la SADE han denunciado la entrega del país, los fusilamientos de 1956, las torturas, las proscripciones políticas de millones de argentinos? ¿Cuándo? Los trabajadores hacen bien en desconfiar de esa “inteligencia” argentina que no osa decir su nombre mientras el país se debate en la violencia, en la lucha por la liberación nacional.
Mas, junto a estos escritores hay otros. Una minoría que, en rigor, representa a las mayorías nacionales sin libros pero con conciencia de la patria avasallada. Son intelectuales que no se resignan ante el estado de cosas establecido, y muestran tanto los mecanismos y las lacras pestíferas de la servidumbre colonial como el papel subalterno del la inteligencia culpable. De esos intelectuales que mientras el pueblo lucha en las fábricas, en las calles, aparecen en las pantallas de televisión, y del este modo, lo sepan o no, son parle de los avisos comerciales, el lado culto de la servidumbre cultural al imperialismo.
Los escritores auténticos saben soportar el silencio y prefieren darle formas de ideas a las intuiciones y heroísmos colectivos convirtiéndose así en testigos y actores de la época que les toca vivir. A esta raza de escritores nacionales perteneció Raúl Scalabrini Ortiz, prototipo del intelectual que hizo del pensamiento argentino militancia política y no de la política algo negable por una inteligencia amordazada. Así se realizó Raúl Scalabrini Ortiz
El 10 de junio de 1944, el coronel Perón pronunció en la Universidad de La Plata la conferencia inaugural en la Cátedra de Defensa Nacional de aquella casa de estudios. Finalizada la disertación se trasladó al balneario del Jockey Club, en Punta Lara, donde se le ofrecería un banquete; lo hizo en compañía del mayor Fernando Estrada (subsecretario de Trabajo y Previsión) de Raúl Scalabrini Ortiz y de los jóvenes dirigentes de FORJA, doctores Rene Saúl Orsi y Miguel, López Francés. La presencia de Scalabrini y demás militantes forjistas se explica, ya que FORJA fue la primera agrupación política de jerarquía nacional que se solidarizó con la orientación económico-social impresa por el coronel Perón al gobierno constituido en junio de 1943.
Durante la reunión —de la cual participaron alrededor de cincuenta personas, entre ellas, los generales Reynolds y Perlinger, el brigadier Zuloaga y los doctores Baldrich y Labougle— el coronel Perón habló extensamente con Orsi y López Francés, exponiendo con la precisión y brillo conocidos la tesitura de su política. En esas circunstancias, Scalabrini le hizo llegar por intermedio de Orsi un breve mensaje escrito en la tarjeta de invitación al banquete. “Coronel: le vamos a pedir los trencitos”, decía, ratificando así una de las demandas esenciales del pueblo argentino toda vez que la recuperación de los medios de comunicación por el estado constituía uno de los principales objetivos de la lucha por la emancipación nacional
Leyó Perón el mensaje y, en seguida, apartándose del grupo, se acercó a Scalabrini para manifestarle personalmente que si se superaban con éxito las dificultades de todo orden que obstruían el desarrollo del movimiento político-social en gestación, una de las primeras medidas a adoptarse sería la compra de los ferrocarriles.
Perón cumplió, y el 1º de marzo de 1948 cuando el gobierno justicialista tomó posesión de todos los ferrocarriles nacionales, Scalabrini Ortiz fue invitado por el presidente de la república a concurrir a la ceremonia oficial. Honraba Perón así al hombre que había servido al país, con su clara inteligencia, al desvirtuar una de las mentiras más finamente urdidas por la extranjería. como escritor y como hombre, es decir, como argentino total. No aceptó la neutralidad de la inteligencia. Luchó sin lamentaciones contra la montaña de falseamientos y cancelaciones canallas de la antipatria. Y aquí debo tocar, aunque más no sea de paso, un hecho en la vida de Raúl Scalabrini Ortiz. Como todo gran patriota fue calumniado y odiado por los personeros de la entrega, por el liberalismo colonial aliado a Gran Bretaña, y por la izquierda extranjerizante que lo acusó de “nazi”, justamente a este defensor de las masas proletarias postergadas y de la soberanía nacional profanada por la oligarquía y el imperialismo. Pero una infamia aún más inicua rozó a Raúl Scalabrini Ortiz. Al caer Perón, bajo la instigación directa de Rogelio Frigerio y Arturo Frondizi se intentó apañar con su nombre la entrega del petróleo. No podemos hacer aquí la historia de esta operación fría, imperdonable y cruel. Pero ayer, en un diario de esta capital, se insiste en esta infamia. Sólo diremos en este acto, que por solemne exige la verdad, que para usufructuar el nombre de Raúl Scalabrini Ortiz, se adulteraron los contratos con las compañías norteamericanas presentándolos como favorables al interés nacional. Raúl Scalabrini Ortiz retrocedió a tiempo y permaneció incorruptible ante su pueblo. Pero la amargura de esta operación perversa fraguada por quienes se dijeron sus amigos, lo acompañó hasta la tumba, y quedará como un estigma irredimible en la conciencia de los culpables. Y finalmente, condenado a vivir en la sombra, Raúl Scalabrini Ortiz alumbró toda una época.
Raúl Scalabrini Ortiz pronosticó sobre las piltrafas áureas de la Argentina colonial, el porvenir de la Argentina liberada y su efectuación histórica en la actividad de las grandes masas nacionales. Eso fue Raúl Scalabrini Ortiz. Por eso, repetimos, es un símbolo vivo de la inteligencia nacional.

Tags: ,