• Grupo de Cine 17 de Octubre
  • “LA MEMORIA DE NUESTRO PUEBLO”. Documental blanco y negro, 16 mm, 30 minutos, 1972, sonoro. Producido por el Grupo de Cine 17 de Octubre y el Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral (Santa Fe). Crónica de nuestros 18 años de Resistencia Peronista, sintetizada por un compañero militante de base peronista en 1972.

    Habíamos vivido un setiembre de 1955, en el cual —al son de himnos “patrióticos” y marchas de la “libertad”— la oligarquía vacuna y las clases dominantes exhibían su “civilización” y su cultura, oponiéndola a la “chusma”, a los negros como llamaban al pueblo y a los trabajadores. Oponían su cultura burguesa decadente a la cultura de la clase obrera y del pueblo peronista, que era cultura política, que era conciencia antiimperialista colectiva.
    Estancieros y doctores, religiosas y sacerdotes, militares gorilas y burgueses explotadores, arribistas y trepadores, intelectuales desnacionalizados e intermediarios de colonos, dieron rienda suelta a su odio de clase, enarbolando banderas uruguayas y papales para arrastrar bustos de Evita, asaltar casas peronistas, incendiar unidades básicas y locales sindicales, humillar al pueblo, afrentar a los trabajadores.
    De ahí hasta hoy fuimos conociendo el rostro de la reacción gorila, la esencia del régimen oligárquico-proimperialista en el cual el orden es opresión, paz es explotación, democracia y libertad son proscripción e injusticia.
    Así llegamos, creciendo, a pisar una universidad; sabiendo que la educación superior es un privilegio en un país capitalista dependiente como el nuestro desde 1955.
    Y llegábamos a esa universidad a estudiar cinematografía documental. Nuestra búsqueda individual nos llevaba hasta ahí, nuestra conciencia nacional devendría conciencia social, y nos haría transformar nuestra búsqueda individual en una lucha colectiva, cuyo principal protagonista es la clase obrera y el pueblo de nuestro continente, la Gran Nación Latinoamericana, y la liberación de los pueblos del Tercer Mundo.
    La lucha social y política que vivíamos desde 1955 comenzamos a confrontarla en ese ámbito aún desconocido para nosotros: la intelectualidad, la cultura con mayúsculas.
    Eso que las clases dominantes y los partidos liberales llaman antinomias o falsas divisiones entre los argentinos era caracterizado como falsas opciones por la intelectualidad seudoizquierdista, que nosotros políticamente descubrimos desnacionalizada, cipaya y burguesa.
    Para nosotros peronismo-antiperonismo era la forma política en que se manifestaban las contradicciones de la sociedad argentina, entre los intereses de la clase trabajadora y los de la oligarquía, entre los intereses nacionales de nuestro pueblo y los intereses del neocolonialismo imperialista.
    Así asistimos a la expresión de dos preocupaciones entre los cineastas, o lo que —para hacer una caracterización más aproximada— podríamos llamar intelectualidad cinematográfica:
    — una el compromiso con el pueblo y el país, asumido a través de la realización y búsqueda de un cine crítico-social que documentara el subdesarrollo, la miseria, la injusticia;
    — otra que caracterizando a esa actitud de compromiso como populista y con un gran despliegue teórico abstracto, hacía —hizo— lo que ha hecho la izquierda cipaya durante toda su vida en nuestro país: vivir a contrapelo de la historia afrentando a la clase trabajadora nacional y oponiendo una teoría científica que ellos consumían a la experiencia política de todo un pueblo.
    La primera preocupación la rescatamos porque (si bien es cierto que con distintos matices políticos e ideológicos) fue desarrollando un trabajo documental de testimonio social y humano, que conforma lo que se denomina la escuela documental de cine de Santa Fe: Tire Dié, Los Cuarenta Cuartos, Las Cosas Ciertas, Pescadores y otros filmes de menor significación política y creativa.
    La segunda preocupación afirmamos que ha sido una típica expresión de la intelectualidad pequeñoburguesa desnacionalizada, autodenominados revolucionarios, socialistas, etc., al margen de la práctica histórica de la clase trabajadora de nuestra patria: teóricos de café, poetas tristes, filósofos atormentados, cienastas fracasados aun como artistas de la burguesía.
    En el transcurso de 1970 se genera un conflicto en el ICULN a raíz de la censura, y emerge la flor y nata de la tilinguería oportunista declamando que estaba enfrentando “al sistema” porque defendían “la libertad de expresión”.
    Nosotros, en su momento, fijamos nuestra posición en un documento y en las asambleas.
    Entendimos que no debíamos defender la “libertad de expresión” en abstracto, y que si bien es cierto no compartíamos ni avalábamos el criterio maccartista y policíaco del entonces director del Instituto y de la política universitaria gorila, tampoco íbamos a avalar el criterio liberal de la defensa de la libertad de expresión en abstracto, por cuanto la intelectualidad seudo-izquierdizada del Instituto y el bloque de filmes propuestos (incluidos los tres censurados u observados) negaban la práctica histórica y la experiencia política de la clase revolucionaria en nuestra patria: la clase obrera peronista.
    Y esas luchas sin ojos políticos, esa lucha por los “derechos” con solicitadas y declaraciones, se la dejamos al reformismo de la clase media y al intelectualísmo delirante a espaldas de la realidad.
    Y esas luchas internas entre intelectuales progresistas, seudoízquierdistas, etc., no son los ejes por donde pase la lucha social y política antiimperialista y anticapitalista en nuestra patria; ni siquiera pasa por ahí la lucha ideológica contra la penetración cultural foránea (de la cual ellos sí son medidores), y menos aún la cual ellos sí son mediadores), y menos aún burguesía.
    Sostuvimos —y sostenemos— que la política antiimperialista pasa en nuestro país por el enfrentamiento real entre explotadores y explotados, y ese antagonismo entre las clases dominantes aliadas a los monopolios y a los planes imperialistas y las fuerzas sociales que transforman la realidad tiene una identidad concreta que le da expresión política a la clase trabajadora: peronismo, y un Líder antiimperialista insobornable que expresa los intereses del conjunto de nuestro pueblo: el general Perón.
    Entendiendo como peronismo a la forma política que desde el 17 de octubre de 1945 tienen las luchas de los trabajadores contra la oligarquía, la burguesía proimperialista, la intelectualidad cipaya y los monopolios internacionales neo-colonialistas.
    Tomamos conciencia de que el Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional es sostenido con el trabajo de la clase trabajadora, del pueblo, pueblo oprimido y explotado, proscripto, que no tiene acceso a la educación y cuyos derechos esenciales son negados.
    Y ese Instituto y esos fondos que pertenecen al pueblo han servido para que sectores privilegiados de la intelectualidad ensayen ejercicios formales y búsquedas estéticas alienantes, por parte de quienes todavía no le encontraron sentido a sus vidas y creen que lo encontrarán haciendo un filme o exponiendo un pedazo de celuloide.
    Nosotros ensayamos documentar, testimoniar políticamente la memoria colectiva de nuestro pueblo: la cultura política de los trabajadores de nuestra patria que hicieron del peronismo “el hecho maldito del país burgués”.
    Y ese testimoniar no es realizar un “film de compromiso”, ni “de denuncia”, sino asumir la reflexión crítica de la experiencia histórica de nuestro pueblo, del cual somos parte, documentar nuestros días, reflejar el devenir histórico de nuestras masas trabajadoras nacionales, verdaderas protagonistas de nuestra liberación nacional y social, recoger la vida cotidiana de nuestros compañeros militantes, anónimos; y lo hicimos en un Instituto de la Universidad colonizada no porque creíamos en la “isla democrática”, sino porque es parte de nuestra lucha contra la dependencia cultural, contra la dependencia política; es nuestra búsqueda por ir construyendo desde el combate formas expresivas propias que contengan la cultura nacional que como pueblo vamos creando en este largo y duro tránsito liberador: nuestra cultura política.
    Y dentro de esta perspectiva sostenemos que con un filme no se justifica ninguna militancia política, ni el filme debe servir para paternalizar a ningún sector social, ni para ejercer el oportunismo con temas de moda, y menos aún para idealizar que es un fusil, como han afirmado algunos cineastas.
    La memoria de nuestro pueblo es simplemente un documento político a través del lenguaje cinematográfico, un instrumento sujeto a críticas como todo acto, como todo hecho, como toda acción; pero sobre todo un documento que como aporte militante nos aproxima a la discusión política sobre la problemática que afronta la clase obrera peronista, el pueblo peronista y el general Perón, en este largo camino emancipador. Un documento que intenta recoger la identidad política, social y humana de nuestro pueblo.
    Y es en ese sentido que nuestro filme debe ser entendido: dentro de un proceso de elaboración, de construcción, de discusión (cuando se lo intente analizar en los distintos planos: ideológicos, políticos, formales, etc.), en la perspectiva de rescatar una forma expresiva y un lenguaje de manos del opresor, que nos signifique manifestar nuestra cultura real: la cultura política de la clase obrera y el pueblo peronista en nuestra patria.
    A una técnica y un perfeccionismo sin sentido oponemos nuestra voluntad de búsqueda de un lenguaje propio que nos independice de ataduras culturales foráneas y burguesas; no como autores cinematográficos, sino como militantes de esta tarea histórica colectiva por hacer el hombre en nuestra patria.
    Por eso hemos creído conveniente enunciar este testimonio escrito como documento, para que tanto en el plano de la intelectualidad universitaria, de la intelectualidad cinematográfica, quede fijada —una vez más— nuestra visión política sobre la creación cinematográfica, el papel de la intelectualidad en el proceso histórico liberador.
    Como peronistas, afirmamos que sólo reflexionando en el plano de la práctica política podremos ir obteniendo las conclusiones que nos permitan orientar permanentemente nuestro trabajo y nuestras luchas, aportando así a forjar el poder popular que haga realidad la patria justa, libre y soberana, sin explotadores ni explotados, y el hombre nuevo, donde el hombre dejará de ser lobo del hombre.