En los actuales momentos la referencia a estos temas debe efectuarse —según entiendo— no con el objeto de señalar o revivir hechos y situaciones, sino con el propósito de extraer enseñanzas y conclusiones de los mismos.
Por ello, antes de entrar en tan importantes y trascendentes temas, se impone un obligado comentario que ubique a los lectores acerca de mi intención en esta nota.
No me referiré a los hechos porque sí, sino para dejar para el examen crítico las pautas que a mi juicio deben tenerse en cuenta.
Indudablemente los sucesos del año 1955 están íntimamente ligados con sus similares anteriores. No es necesario demostrar la línea común de todos, desde el año 51 hasta los últimos. El tiempo se ha encargado de demostrarlo con meridiana claridad. Por encima de nombres y hombres, están los motivos respondiendo a los intereses de la oligarquía, en connivencia con los intereses foráneos, grupos ambos a los cuales el General Perón desde el Gobierno trataba de liquidar, como paso fundamental para consolidar la política de Justicia Social, Libertad y Soberanía.
Son estos los mismos postulados de hoy, pero ahora con un panorama más claro en Iberoamérica. Panorama y movimiento casi general de liberación, que hoy toma dimensiones extraordinarias, pero que ayer, 30 años atrás, era difícil de echar a andar.
En el ámbito americano, sin lugar a dudas, hay que reconocerle a Perón, por encima de cualquier matiz, la paternidad de la Segunda Independencia de Iberoamérica, por la que aún hoy estamos luchando, como así también la creación de la “tercera Posición”, hoy “Tercer Mundo”.
Es comprensible, entonces, que los intereses de los grupos antipopulares y antinacionales trataran —en cuanta oportunidad tuvieron— de conspirar contra el General Perón y contra su gobierno.
Personalmente yo, enfrentado directamente a aquellos hechos y sus consecuencias inherentes, durante estos últimos 18 años, podría pensar que ahora, en estos momentos de victoria de nuestro Pueblo, diera rienda suelta a sentimientos de odio o de venganza. Nada más lejano. Sobre el odio y la venganza no construiremos. Pero aquellas enseñanzas que pretendo extraer deben servir de guía para que actuemos con prudencia, a la vez que con absoluta resolución y firmeza. El 16 de setiembre de 1955 no volverá a repetirse.
Es evidente que los levantamientos anteriores, citando especialmente el del 28 de setiembre de 1951, no tuvieron de parte del General Perón una drástica reprimenda, a pesar de que luego se pretendió tildarlo de “tirano” y “dictador”. El General Perón nunca quiso derramar sangre. Ello condice con su espíritu pacífico. Quizá en los largos años que van desde 1955, nuestro Pueblo haya pagado con sangre, persecuciones y sufrimientos un muy alto precio; pero si ello nos sirve para traer la paz definitiva, basada en la experiencia de aquellas irrepetibles circunstancias, el precio no habrá sido alto.
Los hechos del 16 de junio de 1955 llevan impreso el signo de aquellos días y más todavía el ambiente asfixiante que progresivamente había rodeado al General Perón.
Se habían infiltrado en el gobierno peronista elementos que respondían a los intereses reaccionarios, todo hecho con un plan coordinado, apoyado inclusive desde varios países.
Las “autodefensas” del peronismo no estaban creadas como ahora y eran muchos los oportunistas que, disfrazados de peronistas, ocupaban lugares claves. Estos no eran elementos para defender con todas sus fuerzas una revolución que no sentían.
El 16 de junio de 1955, cuando bombardearon al Pueblo en la Plaza de Mayo, estoy convencido hubiera sido el fin de aquel gobierno peronista, de no mediar una circunstancia y de la cual yo fui el protagonista, pero que seguramente pudieran haberla tomado a su cargo muchos otros militares muy leales y valientes que por supuesto existían y existen.
En esa época yo era jefe del Primer Batallón de Seguridad del Presidente de la Nación. Ese día —el 16 de junio— en cuanto tuve noticias de que la Marina de Guerra encabezaba un levantamiento contra el gobierno legalmente constituido del General Perón, marché urgentemente hacia la Plaza de Mayo, lugar principal donde se desarrollaban los acontecimientos, ya que dos batallones de Infantería de Marina atacaban la Casa de Gobierno y el Ministerio de Ejército, lugar éste adonde se había trasladado el Presidente de la Nación y se había reunido con el Ministro de Ejército, General Lucero.
Durante la marcha en camiones, fui organizando el plan de combate a desarrollar, frente a las fuerzas atacantes, en base a los escasos informes que poseía.
Cuando llegué a la zona de la Plaza Colón, detrás de la Casa de Gobierno, se me confirmó que el General Perón se encontraba en el edificio del Ministerio de Ejército, que en ese momento estaba prácticamente sin tropa que lo defendiera, pues la misma se encontraba realizando práctica de desfile ante la inminencia del 9 de julio. En consecuencia, la Infantería de Marina estaba en total superioridad de condiciones y próxima a pasar al asalto sobre el lugar donde se encontraba Perón.
Con apresto de combate y listo para iniciar el mismo, ingresé al edificio del Ministerio de Ejército, a fin de tomar contacto personal con el General Perón, que estaba prácticamente con la Plana Mayor del Ejército en el despacho del Ministro. Solicité ingresar al mismo para recibir órdenes y un cuadro de la situación. Algunos generales que estaban en el despacho anterior me lo impidieron. Para mí eso fue muy raro. Había que “jugarse”, incluso mi carrera. En aquel momento temí que el Presidente de la Nación estuviera ya bajo presión de determinado grupo.
Ante ese pensamiento, ametralladora en mano me abrí paso y llegué a la presencia del General Perón. Le pregunté si él estaba al frente del Gobierno y si tenía inconvenientes. Me contestó que no, no por lo menos de la índole que yo suponía, que “ahora con la presencia de su Batallón estaremos todos más tranquilos” y que tomara a mi cargo el rechazo del ataque de la Infantería de Marina, que estaba por pasar al asalto.
Recuerdo que allí, entre otros, estaba presente el General Francisco A. Imaz y quizás este General haya comprendido ahí que una ametralladora usada en el momento y lugar oportunos podía definir una situación. Tres meses después, el 19 de setiembre de 1955, el General Imaz definió a favor de la llamada “revolución libertadora” la situación, empleando también una pistola ametralladora.
En cumplimiento de la orden que me impartiera el General Perón, hice tomar posiciones de combate a mi batallón, el cual de inmediato abrió el fuego contra la Infantería de Marina, que estaba por pasar al asalto contra el Ministerio de Ejército.
Es conveniente destacar un hecho que considero importante y que en cierta forma nos demuestra como los enemigos de la patria se habían infiltrado dentro del Ejército. Efectivamente, a fines del año 1954 el Ministro de Ejército, General Franklin Lucero nos había notificado que el efectivo de mi batallón de ochocientos hombres sería reducido a ciento noventa y ocho hombres, por razones de economía. Con todo respeto se le hizo notar al señor Ministro si no habría un error en cuanto a los efectivos que tendría el citado batallón para el año 1955. Consultado nuevamente el Orden de Batalla de Paz me ratificó la cifra, agregándome que eso era como consecuencia de un estudio que había hecho el Estado Mayor General del Ejército. Debemos destacar que precisamente el General Francisco A. Imaz, en ese entonces ocupaba el cargo de subjefe del Estado Mayor General del Ejército.
Luego de una media hora de combate contra la Infantería de Marina, ésta inició su repliegue sobre el viejo edificio del Ministerio de Marina, ubicado a unos cuatrocientos metros del Ministerio de Ejército. De inmediato ordené “alto el fuego”. Simultáneamente recibí orden de abandonar el edificio del Ministerio de Ejército e iniciar el ataque contra el edificio donde se había refugiado la fuerza atacante.
En momentos en que me encontraba reunido en el exterior del Ministerio de Ejército, impartiendo a mis capitanes la orden de ataque, me avisaron que a unos cien metros a mi izquierda avanzaban varios civiles que acompañaban a dos generales. Me apersoné a éstos, uno de ellos era el General Juan José Valle, y les pregunté: “¿Adonde van?”, respondiéndome que hacia el Ministerio de Marina, donde se había levantado bandera de parlamento. Los acompañé y cuando nos encontrábamos a unos cien metros aproximadamente del edificio de la Marina se abrió un intenso fuego de armas pesadas y livianas sobre todos nosotros. Quedó el tendal de muertos y heridos, en su mayoría civiles que nos habían acompañado. El General Valle y yo salvamos la vida milagrosamente y solamente recibí en la pierna derecha, cerca del tobillo, una herida sin mayor importancia, que no me impidió en modo alguno seguir cumpliendo con la misión.
Ante lo intenso del fuego de la Infantería de Marina, resolví volver hacia atrás, donde se encontraba mi batallón, a fin de terminar de impartir las órdenes necesarias para iniciar el ataque, que era bastante difícil, dada nuestra marcada inferioridad numérica y al hecho de que los insurrectos se encontraban parapetados dentro del Ministerio de Marina, que si bien es cierto era un edificio prácticamente todo de vidrio, dominaba ampliamente nuestra zona de combate.
Iniciado el ataque por mi batallón, comenzó un intenso bombardeo aéreo, que debimos soportar a la intemperie, y que causó centenares de muertos, ya que el mismo fue verdaderamente sorpresivo. Esos muertos en su inmensa mayoría fueron civiles indefensos.
En medio de ese intenso bombardeo, continuamos el ataque librados únicamente a nuestras fuerzas y a la gran valentía que puso de manifiesto mi batallón, que no me abandonó un solo instante y que siguió en forma permanente detrás mío enfrentando la muerte sin titubear un solo momento. Algunos pocos compañeros civiles se me fueron plegando y me acompañaron desde distintas posiciones.
Después de varias horas de intenso combate, las acciones se fueron inclinando a nuestro favor. Cuando me encontraba con mi batallón prácticamente rodeando a los insurrectos guarecidos dentro del edificio del Ministerio de Marina, llegó un “jeep” a toda velocidad, en cuyo interior venía el General Arnaldo Sosa Molina. Le hice señas para que se detuviera. En medio del intenso fuego descendió a la carrera y vino hacia mí. Me indicó que traía órdenes del Presidente de la Nación, General Perón, para que se hiciera “alto el fuego”. Así lo hice, pero los insurrectos seguían tirando sobre nosotros sin piedad. Ello nos obligó a reiniciar el combate. El citado General insistió ante mí en la orden que traía. Fue entonces que se me ocurrió pegar un salto al medio de la calle, juntamente con el sargento corneta de mi Plana Mayor, de apellido Gareto, quien de inmediato comenzó a tocar “alto el fuego”. El General Sosa Molina, valientemente, se ubicó junto a nosotros dos. A los pocos minutos cesó el fuego en ambos bandos.
Inmediatamente lo invité al General Sosa Molina para que me acompañara hasta el Ministerio de Marina, a fin de exigir la rendición de los insurrectos. Sosa Molina no dudó y hacia allí marchamos. Nos encontrábamos a unos cien metros aproximadamente.
Ingresamos únicamente el General Sosa Molina y yo. De inmediato fuimos rodeados por jefes de alta graduación, que nos increparon sobre nuestra presencia ahí. Les dije que tenían un plazo máximo de treinta minutos para rendirse, por cuanto vencido el mismo la artillería iniciaría un fuego concentrado sobre ese edificio y se sumaría al ataque la Primera División de Ejército y que preferíamos evitar más derramamiento de sangre. En realidad fue esta una historia que se me ocurrió a mí y que no tenía base cierta. De alguna forma había que rematar esa situación.
Cuando estábamos en esa conversación y encontrándonos dentro del edificio, próximos a la puerta de entrada, desde afuera golpearon la misma. Los marinos abrieron y apareció un camarada al que cariñosamente le llamábamos el “loco” Sambianchi, Teniente Coronel de Caballería. En cuanto éste me vio entre los marinos, me preguntó: “¿Qué está haciendo acá adentro?”. Le guiñé un ojo disimuladamente y le pregunté más o menos: “¿Ustedes ya están listos para iniciar el ataque con la Primera División de Ejército?” Inmediatamente me contestó que sí.
Luego comprobé que efectivamente el Teniente Coronel Sambianchi había llegado hasta esa zona con unos cíen soldados, pertenecientes a los servicios de la citada división de ejército.
Este episodio en cierta forma vino a confirmar la historia que yo había relatado minutos antes. Fue entonces que les dije a los insurrectos que quería hablar con los cabecillas. Me llevaron a la presencia de éstos de inmediato, pues el tiempo estaba corriendo.
Existen infinidad de detalles que debo pasar por alto para no hacer demasiado extenso este relato y que también son importantes. Me llevaron a presencia de los almirantes Gargíulo, Toranzo Calderón y Olívieri. Los dos primeros eran los jefes insurrectos, según pude comprobar, y el almirante Olivieri, que era el Ministro de Marina del gobierno de Perón, se había plegado también. Este, en nombre de los demás, me dijo que le transmitiera al General Perón que se rendían y que sólo exigían que la rendición se haría únicamente ante fuerzas del Ejército.
De inmediato me trasladé al Ministerio de Ejército y le comuniqué personalmente al General Perón la rendición de los insurrectos. El presidente me felicitó y abrazó delante de todo su gabinete y sé que dispuso mi ascenso a Teniente Coronel “por acción de guerra”. Lamentablemente éste no se produjo, por cuanto el correspondiente decreto debía ser preparado por el Estado Mayor General del Ejército, el cual después en los hechos quedó demostrado que estaba infiltrado por elementos que luego hicieron la “revolución libertadora”.
Inmediatamente el General Perón me ordenó lo siguiente: “Ocupe el Ministerio de Marina, desarme a los marinos, tómelos prisioneros y hágase cargo del Ministerio. Usted, Mayor Vicente, a partir de este momento recibirá órdenes únicamente en forma directa de mí o del Ministro Lucero”.
Repetí la orden y cuando me disponía a retirarme, Perón me dijo: “Estamos recibiendo información de que el Pueblo quiere prender fuego al Ministerio de Marina, con todos los insurrectos en su interior. Responderá con su vida por la vida de los marinos”.
Salí del Ministerio de Ejército y preferí recorrer las cuadras que separaban ambos edificios a pie, a fin de serenar mi espíritu y trazarme un pequeño plan sobre la forma de encarar tan trascendente misión. Recuerdo que vinieron a mi mente algunos conceptos de un libro que había leído, de Mika Waltari, Sinuhé el egipcio: “La venganza engendra la venganza”, “el odio trae el odio” y “la sangre llama a la sangre”. Confieso •que serené al máximo mi espíritu y además consideré que de la forma de actuar mía dependería que se produjera o no una tremenda división entre el Ejército y la Marina, que yo debía evitar, especialmente en aquella época.
Llegado al Ministerio de Marina, reuní a la poca tropa que me quedaba y en voz alta, para que incluso me oyeran los marinos que se asomaban por las ventanas, impartí las órdenes correspondientes para cumplir la nueva misión recibida personalmente del Presidente de la Nación. Recomendé especialmente que se procediera con la mayor corrección y prudencia, tanto para contener al pueblo, como para el trato a dispensar a los marinos.
De inmediato ingresé nuevamente al Ministerio de Marina; fui rodeado por jefes de alta graduación y oficiales. Les solicité conversar con el Almirante que estuviera al frente. Al rato se me presentaron los almirantes Gastón Lestrade e Inzusarry. Les comuniqué la misión que traía y les propuse que fueran ellos mismos los que se encargaran de desarmar a los insurrectos. Me felicitaron por mi idea, pues así se evitarían situaciones desagradables.
Fue una tarea lenta y difícil, pues en el interior de dicho edificio había más de dos mil marinos, en su mayoría armados. Lamentablemente era imposible hacer un control a fondo, en lo que respecta a las armas, especialmente si tenemos en cuenta que era un edificio de unos diez pisos aproximadamente. Fue esta situación la que le permitió al Almirante Gargiulo esconder una pistola calibre 45 con la que se suicidó horas más tarde.
En todo momento se les dispensó a los marinos un trato correcto y caballeresco, de ahí que si hay algo injusto es la actitud de algún sector de la Marina con el General Perón y conmigo. Perón se preocupó de que a los marinos insurrectos que habían intentado derrocarlo no les pasara nada y yo que tenía muertos y heridos en las filas de mi batallón y que durante todo el tiempo estuve expuesto a la muerte, exigí en todo momento un trato cordial y caballeresco hacia los marinos. Qué ejemplo de hidalguía y grandeza el del General Perón, que pudo haber tenido sobrados motivos para un trato distinto y sin ninguna clase de consideraciones. Al General Perón y a mí, nos pagaron con odio. Está llegando la hora de la verdad. A mí, repito, no me guía ningún rencor. Considero a todos los argentinos como seres humanos. Seguro estoy que algunos profetas del odio no podrán ya seguir engañando a nadie.
La paz se edifica sobre la verdad.
Después del 16 de junio de 1955, el panorama seguía más tenso. Perón lo intuía. Quería zafar. Abrir nuevo cauce.
Una vez a un líder político en Europa un grupo de amigos leales le planteó la reestructuración casi total de su Movimiento, porque de lo contrario el fin se acercaba. Ese líder les respondió a aquellos amigos: “Tienen razón; pero yo no puedo hacerlo; háganlo ustedes, yo los apoyo”.
Al General Perón le pasaba algo similar, con la diferencia que el peronismo, sin las “autodefensas” que ahora tiene, no era capaz de ayudarle a superar aquel trance. Sin embargo, Perón intentó solo la salida.
Yo viví directamente aquellos difíciles días. Conviví años bajo el mismo techo con el General Perón al comienzo de su exilio. Permanentemente analizábamos la situación e intercambiábamos ideas. Fui muchas veces intérprete y portador de su estrategia. Es decir, conozco a Perón y conozco los hechos. A mí, a esta altura, nadie me cuenta nada.
Sin embargo, a pesar de todo esto, jamás pude saber de boca de Perón por qué dejó correr determinadas cosas. Quizá el motivo de su estrategia de aquel entonces sea un secreto que llevará a la tumba. Pero una cosa es cierta. El General Perón como político es un indiscutido estratega y siempre actúa en forma mentalmente coordinada.
Voy a dar mi interpretación de aquellos acontecimientos, interpretación ésta fruto de un conglomerado de factores que he manejado, actuación directa, conocimiento de la gente que rodeaba a Perón, largos años de verdadera amistad personal con el General y muchos años de exilio, para meditar y mirar con la debida retrospección.
Repito, el General Perón casi solo tenía que actuar dentro de la realidad.
La única solución para romper el esquema era dejar que afloraran todos los desleales y conspiradores y, aún exponiéndose a una derrota, tener la posibilidad de desenmascararlos a todos juntos para, en consecuencia, cambiar de un solo golpe la estructura de gobierno.
De ahí que quedaron en sus puestos muchos con dudosa actuación el 16 de junio. Mi jefe de regimiento, Teniente Coronel Marcos Ignacio Calmon, por ejemplo, que el 16 de junio de 1955 me dejó solo con mi batallón en el ataque al Ministerio de Marina, que mandó los cinco tanques de guerra que teníamos a la Plaza de Mayo, donde no se combatía, que no utilizó la poderosa batería de artillería que tenía a sus órdenes, etc., quedó en un puesto de absoluta confianza, al lado mismo del Ministro Lucero y del General Perón.
Me consta que los servicios de informaciones le sugirieron directamente al General Perón el relevamiento del General Imaz y de otros jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas, por saberlos conspiradores. Perón no quiso relevarlos.
Para mí, Perón sabía que una salida jugada sólo por él era capaz de dejar aflorar a todos y de liquidarlos de un solo golpe. Otra posible razón del proceder del General, no excluyente de la anterior y probablemente adoptada como variante, de fracasar la primera, puede haber consistido en la necesidad —en cierta forma— de “hibernar” al peronismo, que no había creado aún sus “autodefensas”, a la espera de que otra generación, ideológicamente más compenetrada, tomara a su cargo la defensa de la revolución.
Poco después del 16 de setiembre de 1955, Perón decía en Asunción del Paraguay a un periodista italiano: “Dentro de 17 años vendrá otra generación que juntamente con los auténticos revolucionarios peronistas, reimpondrá la Revolución Peronista”. Aquello para mí no fue una profecía, era simplemente una lógica apreciación de un genio político, conocedor a fondo de su Movimiento.
Los hechos posteriores al 16 de junio de 1955 deben situarse a través de esas condicionantes políticas, dentro de aquel cuadro de situación. Hubo evidentemente un dejar hacer a los contrarios. Hubo importantes enfrentamientos bélicos; pero la suerte la decidió el General Imaz que, con ametralladora en mano, impuso las condiciones en aquella famosa reunión que se hizo para “negociar” la situación, en setiembre de 1955.
Tengo el honor de haber sido el preso número uno de la llamada “revolución libertadora”. Esto tiene una explicación especial que casi nadie sabe.
Evidentemente yo les había arruinado el plan del 16 de junio y estaba preparado para enfrentar cualquier contingencia, en los hechos de setiembre del 55. Yo había preparado un golpe de mano propio, que muy pocos sabían. Consistía en copar a los cabecillas de la insurrección de setiembre en la reunión que inexorablemente tenían que hacer, como sucedió con la reunión que ametralladora en mano copó el General Imaz.
Alguien me delató. De lo contrario quizás otro hubiera sido el proceso. Pero la historia ya está escrita y está escrita así. De la misma, tenemos que tomar las enseñanzas. Tendremos que vigilar la Revolución desde adentro y desde afuera y para ello las nuevas generaciones y quienes, de las anteriores, sean auténticamente revolucionarios y hayan sido ejemplo de conducta, tienen que tomar posiciones importantes. Las autodefensas tendrán que fortificarse para que no exista posibilidad alguna de un nuevo 16 de junio ni un nuevo 16 de setiembre.

Pablo Vicente

Tags: