• Julio Troxler
  • El largo camino de la resistencia peronista tuvo como doloroso antecedente, clave para la ininterrumpida política de terror por parte de las fuerzas antipatrióticas y antipopulares, el bombardeo indiscriminado a Plaza de Mayo el 16 de junio del 55. Ese hecho de barbarie no consiguió despertar una conciencia súbita y exacta de lo que debería enfrentar el Movimiento Peronista desde ese momento en adelante. Todo fue demasiado inicuo e inesperado. El objetivo de aplastar definitivamente la manifestación de la voluntad de las masas buscó alcanzarse a través de una represalia sangrienta.
    Debió pasar un año antes de que el pueblo, ya mínimamente organizado, tuviera otra prueba de la naturaleza de esas fuerzas. El bombardeo anterior formaba parte de una política; se trataba de escarmentar, y por ello los patriotas civiles y militares intervinientes en el frustrado intento encabezado por los generales Valle y Tanco sólo podían encontrar una reedición de los sucesos del 16 de junio de 1955. Quienes actuaban como militantes a un nivel de organizaciones de masas, aquellos encargados de asegurar nuevamente en Plaza de Mayo la presencia del pueblo peronista, sufrieron (al igual que los militares conjurados para la defensa del país) el más despiadado tratamiento. La supresión de todo estado de derecho se puso cruelmente de manifiesto en los asesinatos que siguieron al intento insurreccional.
    Esos asesinatos, 27 en total, se cumplieron por orden directa del Poder Ejecutivo, lo cual da más razón a lo que se afirmaba en la proclama revolucionaria del Movimiento de la Recuperación Nacional suscripta por los generales Valle y Tanco. Se trataba de una acción sólo propia de la “minoría despótica encaramada y sostenida por el terror y la violencia en el poder”.
    Uno de los grupos civiles actuantes en esa oportunidad fue el de la localidad de Florida.
    Contra él se ensañó la represión a través del brazo ejecutor del coronel Desiderio Fernández Suárez, jefe de Policía de la Provincia de Buenos Aires, y del jefe de la Unidad Regional de San Martín, Rodríguez Moreno, actualmente jefe de vigilancia de la empresa de la Banca Morgan, Standard Electric. Algunos de sus integrantes habrían de morir baleados en los basurales de José León Suárez.
    El Movimiento Nacional Peronista en su conjunto tardó en incorporar ese y otros hechos similares con todas sus implicancias. Aún hoy no tiene a mano su historia, elemento imprescindible para evaluar los errores, la efectividad de los métodos propios y de los del enemigo, las necesidades que plantea cada nueva etapa del desarrollo. En este sentido, debemos aún recuperar cabalmente todos aquellos testimonios de compañeros de lucha, testimonios que se han perdido o por lo menos no se han difundido suficientemente.
    Lo que sigue es precisamente uno de esos testimonios. Julio Troxler militaba en 1955 en el grupo de la localidad de Florida, y su relato permite captar cómo vivió y soportó esas primeras jornadas de la resistencia un activista de base.

    Comité de Redacción

    —Julio, ¿cómo comenzó a desarrollarse la resistencia?
    J. T. — La resistencia comenzó en forma espontánea, sin organización centralizada. Fue una acción tendiente a oponerse, por todos los medios, a quienes detentaban el poder como consecuencia del golpe militar de setiembre de 1955. En cada lugar se emprendía la realización de panfletos, de pintadas y también de acciones violentas, todo acorde con la característica de cada compañero, dispuesto a encarar una u otra tarea.

    Era la forma de resistir a los usurpadores. No hubo tampoco conducción centralizada en ese momento, porque si bien es cierto que llegaron algunas cintas grabadas de Perón, éstas fueron difundidas en un ámbito muy reducido y la resistencia fue mucho más allá de ese ámbito. Lo que la define es precisamente su espontaneidad. Fue algo instintivo, de defensa. La gente, en su impotencia, sentía que había perdido algo, que se lo habían quitado por la fuerza. Estaba vivo, brutal, el recuerdo del 16 de junio de 1955 y todos los hechos de barbarie entre los cuales el más inicuo fue el bombardeo indiscriminado del pueblo en Plaza de Mayo.

    —¿Quiere decir que la gente se encontró sin otra experiencia que el bombardeo y los ametrallamientos del 16 de junio y el derrocamiento de un gobierno legítimo que sentía como suyo y que era suyo, o sea se encontró frente a la violencia del régimen y tuvo que emprender una acción defensiva sin nada preparado para llevarla a cabo?
    J. T. — Así fue, porque a pesar de la experiencia vivida el 16 de junio de 1955 aquello no fue tomado en cuenta en ningún momento. No hubo ningún plan a nivel gremial o político para organizar la defensa. Nadie compartía la creencia de que iban a darse males mayores. La gravedad de los sucesos del 55 nos debía haber advertido —yo estuve presente en el bombardeo de Plaza de Mayo— que estos asesinos, uniformados y civiles, estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de tener el poder. Más aún, los hechos del 55 indicaban fundamentalmente la voluntad de castigar y aterrorizar al pueblo con un baño de sangre.

    —¿Conocía a alguien que previese las dificultades de recuperar el poder?
    J. T. — No, en aquella época no. El fervor era general. Se habían producido huelgas muy importantes, casi totales. Todo estaba paralizado, y los tanques y el ejército en la calle, de manera que no se pensó en eso. El peronismo había demostrado gran fuerza como movimiento social, como movimiento obrero. Las huelgas eran verdaderamente aguerridas. En general la mayoría ni se imaginaba lo que venía. Parece que uno de los pocos esclarecidos era Cooke.

    —¿El general Valle pensó que la revolución triunfaría fácilmente?
    J. T. — Sí, pensaba inclusive que había que evitar todo tipo de violencia, de desmanes, y sencillamente llevar la gente a Plaza de Mayo, para que, triunfante la revolución, se reclamara la presencia de Perón en el país. El general Valle dio instrucción de movilizar a los compañeros que en gran cantidad teníamos organizados para concurrir a Plaza de Mayo. La revolución iba a ser poderosa. Creíamos, por otra parte, que Aramburu y Rojas no resistirían. Fundamentalmente sabíamos que no eran ejemplos de valor: habían llegado al poder como consecuencia de una asonada vergonzosa. Los que pelearon fueron otros. Si recordamos, fue Lonardi el hombre que afrontó los riesgos y los demás jugaron desde afuera de la cancha.

    —¿Se intentaría un nuevo 17 de Octubre?
    J. T. — Exacto. Se buscaba producir un hecho de signo revolucionario peronista. La participación popular se iniciaba desde el vamos, ya con la concurrencia a Plaza de Mayo y con las distintas actividades enumeradas. El levantamiento fue mucho más grande y serio de lo que el propio régimen nos lo hizo creer. No fue, como se dijo, una cosa de locos, de tres tipos en desacuerdo . . .

    —También la interpretación tradicional del 45, la de los historiadores y cronistas contrarios a la causa popular, tiene la característica de presentar los hechos reduciéndolos a una serie de coincidencias donde la actuación del pueblo no habría sido protagónica.
    J. T. — Claro, y en esta oportunidad había miles y miles comprometidos en todo el país para participar activamente: por ejemplo, cortar la luz, interrumpir determinados servicios, entre ellos los ferrocarriles eléctricos, ocupar la zona del puerto, etc. O sea que estaba el pueblo. Lo que falló de inmediato fue la parte militar. Tan es así que se limitó a valientes levantamientos en La Plata y en La Pampa, levantamientos por demás precarios. De manera que lo demás no se pudo poner de manifiesto cabalmente, porque al no salir la parte más grande del ejército, menos podían hacerlo los civiles, que son una fuerza desarmada y por tanto secundaria en un movimiento de esta naturaleza.

    —Sin embargo el enemigo aplicó el terror sobre el pueblo desarmado.
    J. T. — Exacto, y eso lo pudimos comprobar en carne propia. Cuando nos detuvieron en el año 1956 nosotros pensamos que podíamos estar unos días detenidos y que nos largarían después, pues lo que habíamos hecho no revestía gravedad: organizar una marcha hacia Plaza de Mayo para pedir la vuelta de Perón no podía significar una pena de muerte. Sin embargo era necesario hacer correr sangre de nuevo —como en el 55—, demostrar cuál era el procedimiento que iban a adoptar ante todo tipo de reacción. La gravedad del papel desempeñado por la oligarquía y la antipatria sólo se iba a comprender con los asesinatos en los basurales de León Suárez, con las torturas y la cárcel, vinculándolos con el anterior bombardeo a Plaza de Mayo. Era el odio al pueblo manifestado abiertamente.

    —¿Cómo fue la detención?
    J. T. — La efectuó el coronel Desiderio Fernández Suárez, quien se llevó a toda la gente de la casa de Florida con un colectivo de la línea 19. Mientras tanto Benavídez y yo estábamos recorriendo los grupos que teníamos en la calle. De manera que nuestra detención fue posterior a la de los restantes compañeros. No vimos cuando Suárez golpeó a Gavino; eso nos lo contaron después los compañeros.

    —¿Dónde se encontraron con Gavino y los demás?
    J. T. — En la Unidad Regional San Martín, luego de pasar por la comisaría 2′ de Florida; a ellos en cambio los llevaron directamente a San Martín. Es decir, que a Fernández Suárez no lo conocí hasta el año 57, cuando me picanearon.

    —¿Cuándo supieron que iban a ser fusilados?
    J. T. — Creo que el calificativo de fusilamiento está mal aplicado, porque se trató de un vulgar asesinato. No hubo siquiera un juicio sumarísimo ni una notificación. Se nos transportó a un lugar —a los basurales de José León Suárez— y de pronto comenzaron a tirar sobre los compañeros. Nadie sabía nada de nada y de repente algunos encontraron que tenían un tiro encima. Eso es lo que después dieron a llamar fusilamientos. Yo creía que simplemente nos trasladaban de un lugar a otro. Pensé que nos llevaban a San Isidro, tal vez al Hipódromo porque habría gran cantidad de detenidos . . . Pero de ninguna manera que nos iban a matar. Ni remotamente.

    —No lo pensaban antes ni les dieron oportunidad de pensarlo después, porque se enteraron de que los policias tenían orden de matarlos cuando ya estaban tirando . . .
    J. T. — Así fue.

    —¿Qué tipo de interrogatorio les hicieron?
    J. T. — Un interrogatorio elemental, pacífico, como para llenar una formalidad y cubrir los requisitos legales. (Al principio parece que había dudas, luego, cuando confirmaron el fracaso del golpe, vino la orden de los asesinatos.) El código señala la obligación de notificarle a uno porqué se encuentra detenido y de qué se lo acusa, pero a nosotros ni siquiera se nos tomó la declaración como imputados.

    —¿Cuáles fueron los acontecimientos en la Unidad Regional San Martín? ¿Reconoció a alguien de la policía que hubiera trabajado con usted?
    J. T. — Sí, un compañero que había tenido un grado más que yo en la Policía fue quien me tomó declaración. Buen compañero ese, pero ahí estaba subordinado a los militares, que entraban y salían. Habían estado en cabildeos hasta que al fin llegó la orden que nosotros íbamos a conocer en la forma que conté. De allí nos sacaron en un camión de asalto de la Policía. Detrás venía una camioneta.

    —¿Por qué cree que no les tiraron en la propia regional?
    J. T. — Pienso que en la propia Regional tendría más gravedad para ellos. Se trataba de una zona poblada; se oirían los disparos y después tendrían que sacar los muertos. Posiblemente se nos pretendía matar allá en los basurales y dejarnos tirados para después negar toda detención. Porque cuando conseguí llegar hasta casa y le pedí a mi padre que fuera a la comisaría 2ª de Vicente López a preguntar por mí le dijeron que no sabían nada, que yo no había estado detenido en ese lugar. Y en la Unidad Regional San Martín también le dijeron lo mismo. Aparentemente se pretendía negar la autoría de esos hechos, tal como se hizo después: desaparece gente y nadie la llevó, aparecen muertos y nadie los mató.

    —Sin embargo, a los militares los mataron en la Penitenciaria o en el Regimiento.
    J. T. — Para entender todo esto hay que ponerse en el lugar de un tipo que estuvo en la Policía toda su vida, a quien le dan orden de fusilar a un grupo de detenidos. Qué sabe de esas cosas, qué complicación, qué compromiso. Matar así a sangre fría, sabiendo perfectamente que es una monstruosidad, una injusticia. Evidentemente hubo en lo que se hizo una torpeza brutal, ninguna especie de planificación. De ahí el resultado conocido: que la mayoría se escapó. Los condenados éramos once y resultaron cuatro muertos y un herido.

    —¿Con qué les tiraron?
    J. T. — Carabinas, pistolas cuarenta y cinco; no sé si había ametralladoras. Posiblemente trajeran alguna en la camioneta. Pero en un momento disparaban tantas armas que no sé si disparaban ametralladoras o no. Ni sé a quién le tiraban tanto.

    —¿Cuando los hicieron bajar se dieron cuenta de que los iban a matar?
    J. T. — No. Aunque yo no bajé. Dijeron “bajen seis” o algo así. Y bueno, obedecieron otros y yo me quedé arriba. Ya no me gustaba el asunto. Pensé que era mejor quedarse arriba; sobre todo porque tenía dos vigilantes al lado.

    —¿Esos vigilantes eran conocidos?
    J. T. — No, pero en determinado momento es mejor tenerlos al lado por la posibilidad de arrebatar un arma. Es una posición mejor que la de los de abajo, todos alineados en el campo, ubicados.

    —¿Los veía a los demás?
    J. T. — No. Veía en cambio a la camioneta que venía atrás y cuando bajaron tenía los faros prendidos alumbrando hacia ellos. Yo quería ver y agarré la loneta de ese lado para apartarla pero el vigilante dijo: “No, no”. “¿Qué pasa”, pregunté. “Nada, nada”, contestó. Medio temblaba el vigilante. Y se oyó una voz de abajo: “¡No, no! ¡cómo van a hacer eso!”. Y en seguida el primer disparo. Luego todo se sucedió muy rápidamente. Yo agarro los dos cañones de las carabinas que tienen los vigilantes a mi lado. Ahí empieza un forcejeo. Otro vigilante que está al frente hace un disparo que le pega a Mario Brion en el pecho. Mario Brion se agarra el pecho y no se mueve más. Murió en el acto. Estaba un asiento más adelante; en lugar de pegarme a mí el disparo lo alcanzó a él. Inmediatamente empujo con violencia a los dos vigilantes que caen contra la loneta. No les podía arrebatar una de las dos carabinas. Además no las podía soltar. Pero igual me largo del otro lado. Se había tirado Benavídez en ese momento, que estaba expectante viendo lo que hacía yo. Era una noche sin luna. En cuanto me largo del camión hago un cuerpo a tierra y se produjo una descarga, la primera descarga de los vigilantes hacia mí. Una bala me rozó la oreja derecha. No sabía si me había pegado o no. Un estampido bárbaro en la oreja y el zumbido de la bala. Así hice luego otro cuerpo a tierra y ya en la oscuridad me perdí. Evidentemente los policías que estaban abajo y tenían la tarea de matar a los demás compañeros se dieron vuelta al oír esos disparos detrás de ellos, circunstancia que aprovechó la mayoría para escaparse. Eso le salvó la vida a varios. Precisamente ese incidente en el carro de asalto fue el que brindó la posibilidad de que se salvaran tantos. Si no, nos hubieran matado como corderos.

    —¿La policía sabía a quiénes llevaba a matar?
    J. T. — No sé, porque los vigilantes no querían hablar. Seguramente tenían órdenes en ese sentido. Por otra parte nosotros íbamos sin sospechar nada. Hasta qué punto era así que pocos metros antes de llegar al lugar donde se produjeron los hechos se descompuso el chofer y dijo: “¿Hay alguien que sepa manejar?”. Y Benavídez le contestó: “Yo”. Y Díaz estaba roncando al lado mío. Por dónde bajó Díaz no sé, de pronto desapareció. Yo lo tenía al lado a él y de repente lo encuentro a Pedrito Lizaso. No sé en qué momento se tiró. Pero en el camión roncaba. Yo quería comunicarme con alguien y no podía.

    —¿A qué atribuye la detención del núcleo de Florida?
    J. T. — Al parecer alguno de los integrantes del grupo hizo lo que muchos: habló demasiado. No sé cómo se enteró que el general Tanco participaba del movimiento; tal vez comentó por ahí que el general Tanco iba a concurrir a nuestro grupo.

    —¿Le preguntaron por el general?
    J. T. — A mí no. Al que le preguntaron fue a Gavino. El coronel Fernández Suárez lo golpeó, le puso la pistola en la boca preguntándole por Tanco. Gavino sabía tanto de Tanco como yo…

    —¿Quiere decir que la detención derivó de una imprudencia y no de que hubiera infiltrados?
    J. T. — Bueno, el grupo cometió el error de llevar gente no completamente confiable. Benavídez y yo dejamos a los compañeros en la calle, en bares, distribuidos aquí y allá. Otros llevaron gente que nunca habíamos visto. De ahí pudo haber salido la infidencia, por supuesto.

    —¿Los gorilas eligieron ese grupo al azar para asesinarlo?
    J. T. — Exactamente. Desvirtuado lo del general Tanco, que allí no estaba y de quien nadie sabía nada, se ordenó lisa y llanamente el asesinato en masa. Era un grupo al que se le aplicaba el terror para que el resto de la población dijera: “Lo que les pasó a ellos nos puede pasar a nosotros si nos metemos”. En suma, un escarmiento criminal, cruel y sangriento amparado en la impunidad de la fuerza.

    —¿Lo hizo dudar de la fuerza de la causa el hecho de que no se produjese una reacción masiva inmediata?
    J. T. — Sólo algunas veces me sentí un poco decepcionado; no obstante en el 56 se realizó la Marcha del Silencio por los asesinados. Yo no estaba en el país, pero sé que la concurrencia fue de miles. El hecho posterior más saliente y que me provocó gran alegría fue el Cordobazo; ahí quedó demostrado bien palpablemente que el pueblo no se mantiene retraído. Cuando se le presenta una oportunidad de ganar la calle sale a pelear. Y eso no se limitó a Córdoba, sino que se repitió en Tucumán, en Salta, en Cipolletti, en Rosario, en Mendoza, lo cual nos demuestra que en el momento necesario la población va a participar activamente en el proceso revolucionario. La extensión del proceso, manteniendo la línea, facilita una profundización de la conciencia de la clase trabajadora peronista. Se recogen las experiencias derivadas de haber probado unas cuantas formas de lucha y se las aplica en el camino de la reconquista del poder.

    Tags: