Desde el momento que las elecciones de un gremio no pueden ser entendidas sino como el producto de una situación política dada, es necesario entonces analizar la situación general para entender el porqué de ciertos resultados. Por lo tanto estas elecciones pueden enfocarse desde dos planos diferentes: lº) una manifestación de la evolución histórica-social de la clase obrera argentina y 2º) los resultados propiamente dichos y sus implicancias políticas.
Pero antes de encarar estos planos fiaremos algunas reflexiones generales sobre el sindicalismo y la clase obrera.

  • EL SINDICALISMO
  • El sindicalismo es una fracción de la sociedad que tiene la característica de encerrar todos los valores políticos de la comunidad y aunque el problema no pueda ser resuelto como una mera cuestión numérica, en el orden de la política sindical se presentan las mismas contradicciones que en el plano nacional.
    Aunque los obreros son en principio solidarios con sus compañeros, como resultado de una conciencia de clase, ello no obsta para que en un plano individual cada uno posea matices diferentes y muchas veces, llevado por un egoísmo que también tiene raíz social, llegue a traicionar lo que en un principio ha defendido cuando recibe prebendas, reales unas, artificiosas otras.
    Esto no es una ley inexorable. Por el contrario. Aunque los ejemplos no abundan, un Guillan, un Ongaro, un Afilio López o un Aguirre, etcétera, teniendo posibilidades no traicionan, sino que encabezan dentro de las filas obreras una conducción sindical, opuesta a las aspiraciones burguesas de otros sectores dirigentes, que aunque también obreros han elegido un camino distinto.
    La existencia de dirigentes que se venden debe entenderse como producto y resultado social. Es falsa la explicación que se le ha dado a la cuestión, basándola en el carácter intrínseco y subjetivo del hombre, pues no es éste quien se corrompe por un elemento inmanente a su naturaleza, sino que es el sistema quien lo corrompe como ser social.
    Los compañeros, cuando votan, la mayoría de las veces eligen a aquel que plantea reivindicar las aspiraciones
    obreras, por lo menos en un plano general. Nadie será culpable, si luego del triunfo el compañero que se ha encumbrado en una posición de dirigente, traiciona. Lo grave es cuando se lo sigue apoyando a pesar de las deserciones en que éste puede caer, es decir, cuando se pierden de vista los grandes objetivos políticos que deben estar siempre presentes, pues de lo contrario, la visión queda limitada a la mejora gremial.
    Es así cómo, sin saberlo algunos, o a sabiendas otros, rompen con la solidaridad de clase, elemento fundamental que les permite subsistir en la sociedad capitalista y crear las bases del socialismo, primer destino histórico de la clase obrera.
    Pero así, como hay compañeros que sin saberlo votan su propio encadenamiento, también hay otros que ya han comprendido el papel del dirigente sindical que los vende como clase. Sin embargo, el dirigente sindical no se entrega de entrada, por el contrario, cuando lucha por las reivindicaciones obreras es, en principio, sincero consigo mismo y con las banderas que levanta, más, triunfante en las elecciones internas primero y en las elecciones generales después, se ha imbuido de espíritu utilitario —poder, prestigio, etcétera— y entonces abandonará la lucha colectiva, pensando sólo en sostenerse en la nueva posición alcanzada y para ello deberá defeccionar de la lucha, al mismo tiempo que detiene la de los campaneros. O sea, el oportunismo corrompe su conciencia de clase.
    Es por ello que las diferencias de clases, no estarán dadas sólo por el elemento económico, ya que todo contribuye a esa diferenciación. Un dirigente gremial podrá vestirse como un obrero y sin embargo pensar y actuar como un burgués.
    Por lo tanto, exteriormente veremos un obrero más, pero en la realidad tenemos un revolucionario menos.

  • LA CLASE OBRERA
  • Esto necesariamente nos lleva a definir el papel de la clase obrera dentro de un contexto socio-político en su proyección histórica.
    Un análisis de la evolución obrera, partiendo de la revolución industrial, no sólo sería largo sino que, además, se ha hecho en forma más exhaustiva de lo que podríamos hacerlo acá. Pero podemos establecer como premisa básica y fundamental que la clase obrera es revolucionaria, aun a pesar de ella. Cuando lucha para satisfacer sus necesidades, cuando un obrero se integra a sus compañeros, cuando todos juntos marchan contra un enemigo concreto y opresor, se ha producido una identificación colectiva y muda de voluntades, pues en todos ellos hay valores semejantes y esos valores son en el proletariado organizado, su miseria, su conciencia de explotado y su anhelo de rebelión contra un mundo canalla que lo oprime.
    No llegan, los obreros, fácilmente a estas conclusiones. No adquieren esa conciencia de un día para el otro, pero su resignación tiene un límite.
    Por otra parte el sistema se encarga de inculcar, por medio de una enajenante propaganda, que su situación es sólo pasajera, pues se le brindan miles de oportunidades de triunfar, de ganar dinero, porque, si el mundo capitalista se basa en la competencia todos tienen iguales posibilidades de competir. Y repiten hasta el cansancio el ejemplo de tantos hombres que de lustrabotas o de cualquier otro oficio que no merece el nombre de tal, han triunfado merced a su tesón y exclusiva capacidad individual. Mientras tanto, se justifica el fracaso sobre la base de su desidia, de su holgazanería o bien, del desperdicio lastimoso del tiempo útil que le quedaría para ahorrar. Así, se crea la conciencia de un destino limitado como una consecuencia puramente individual y no social, cuando en realidad no es el obrero quien fracasa, pues en este mundo del “interés desnudo, del impasible pago al contado”, no sólo no se le brinda ninguna oportunidad, sino que se sumerge al explotado cada vez más en el fango de la inquinidad de su miseria.
    Sólo cuando se sienta acorralado, vejado en su condición de ser humano hasta lo inimaginable, se rebelará y la fuerza de su conciencia colectiva, será el elemento determinante y creador que le permita transformar la realidad.
    Es ahí cuando comprende su papel en la sociedad; entonces nace la rebeldía obrera, con sus aciertos y errores, pero con un innegable objetivo social, la igualdad de todos en un mundo más justo.
    Pero no es fácil entrar en la senda revolucionaria. Son muchas las variantes que se presentan.
    El hombre no es de por sí revolucionario, por el contrario es conservador y un “mínimum” de conquistas sobre cualquier estadio anterior lo satisface. Es esto lo que produce un retardo en su concepción revolucionaria.
    Aunque aquí se hace necesario distinguir entre las conquistas obtenidas como consecuencia de las políticas de los gobiernos populares y aquellas obtenidas por las presiones ejercidas por la clase obrera en sus luchas relvindicativas.. Por lo tanto no siempre se plantea la lucha violenta, dentro de un proceso revolucionario, ya que ciertas etapas implican en principio, cambios sin violencia. Pero, del momento que ese gobierno desarrolla una política reivindicatoría justa, debe moverse dentro de una estructura capitalista, por su origen, y tarde o temprano se produce un conflicto de fuerzas. El capitalismo que se basa en una explotación inhumana que no admite una política por y para el pueblo, con la complicidad de las clases dominantes nativas, tratará por cualquier medio, en donde se confunde lo lícito con lo ilícito, de derrocar a ese gobierno, tal como ocurrió con el peronismo en 1955.
    Entonces recomenzará una lucha sorda y cruel, con bajezas y actos heroicos y que sólo puede tener un fin, una nueva revolución.
    Nadie abandona el poder por las buenas y la historia lo demuestra, pero éste es un proceso caracterizado por una larga serie de avances y retrocesos, aunque sea la clase obrera la destinataria histórica de la hegemonía futura.
    Entonces, la revolución es un largo y complejo proceso, producto de un desplazamiento de las fuerzas que componen una sociedad en direcciones opuestas. Es el Estado, su relación de clases, lo que pretende modificarse y con ello la ideología de dominio que lo sustente.
    Por tanto, si bien la economía es un elemento primordial de la primacía de las clases, también existen otros elementos que interaccionan, contribuyendo a un mismo fin, pero la ruptura de los valores económicos y consecuentemente la crisis de todos los demás factores que identifican a una sociedad como burguesa, es el objetivo que debe tener una revolución.
    En la lucha por el poder hay sectores que perderán su propia ideología de clase, para asumir la de otra clase. Así, veremos sectores obreros que piensan y actúan dentro del prisma político burgués, pero éste es un fenómeno que no sólo se da en la clase obrera. También surgen grupos minoritarios de la pequeña burguesía que comprendiendo sus roles de instrumentos, se aliarán en principio al proletariado, apoyando y contribuyendo con su accionar al desarrollo de la revolución obrera. Es decir, rompen con su conciencia original pequeño-burguesa, sustituyéndola por una conciencia antiburguesa, mientras que su clase de origen prefiere resignarse a su papel de explotada, de clase social contrarrevolucionaria o vacilante e inclusive admite y cree verdaderamente en su papel, alimentando sus ilusiones con las posibilidades de ascenso social dentro de un sistema que también la explota y al cual nunca accederá.
    Son muchas las críticas que podemos hacerle a estos grupos pero es indudable que a pesar de todos los errores que cometan, influyen en la realidad política con su accionar y contribuyen a un proceso general.
    Estos sectores, por su posición intermedia dentro de la sociedad, encuentran más rápidamente los elementos de la cultura que les permiten esclarecer su verdadero papel de fuerzas orquestadas. Y así como hay individuos que prefieren ser instrumentados por un poder que sólo comparten en las formas pero, poseyendo esos atributos, que como dijimos lo distinguen de los obreros, de las tareas de fábrica, de todo aquello que hace al mundo de un proletario, existe también una minoría esclarecida que reniega de los valores ficticios de sus iguales y es entonces cuando se pondrá al servicio del proletariado.
    Pero son los obreros el verdadero motor inspirador de la lucha revolucionaría y solamente ellos pueden darle el impulso necesario al proceso, cuyo fin es la toma del poder.
    Mientras ese choque no se produzca, siempre los desposeídos sufrirán el destino incierto del mañana, sólo cuando triunfen podrán tener la seguridad del irreversible paso histórico hacia adelante, que asegurará sus derechos como hombres, aunque sea necesario el sacrificio de dos o tres generaciones para consolidarse en ese poder.
    Pero, también es cierto que cada Nación posee una caracterología propia en su desarrollo como tal, por ello es que si bien existen constantes que están por encima de los hechos particulares, aunque surgiendo de ellos, que se repiten en todo acontecer revolucionario, también es cierto que hay una imposibilidad, aunque más no sea relativa, de trasplantar los fenómenos revolucionarios que se han producido en otros países sin entender previamente las diferencias existentes entre los mismos.

  • EL PROBLEMA EN LA ARGENTINA: EL EJEMPLO FOETRA
  • En estos momentos nos interesa fundamentalmente cuál es la senda que transita revolucionariamente la clase obrera argentina y para ello nada mejor que tomar el ejemplo de las elecciones de FOETRA.
    Estas elecciones ganadas por la Lista Marrón han demostrado que el compañero Guillan es un fiel y coherente reflejo de la evolución política de un sindicato, pero también que la política sindical es dificultosa en la medida que exista un régimen político que, a pesar de su gran contenido nacional, posee una estructura demoliberal, o mejor semicolonial.
    Mientras estas instituciones no sean reemplazadas —y muchos son los poderes internos y externos, que concurren a su subsistencia— todo hecho político que implique un avance real en la política nacional obrera, debe ser reconocido como tal, apartándose de los esquemas teóricos y apriorísticos, y apoyándose en esa realidad, aunque sin perder de vista los grandes objetivos finales.
    En primer lugar debemos preguntarnos si el triunfo de Guillan es positivo, y lo es pues cuando un sindicato presenta un programa peronista de lucha revolucionaria y triunfa, podemos estar seguros del movimiento permanente de la conciencia revolucionaria, a pesar de cualquier crítica solapada o manifiesta.
    Al mismo tiempo, este triunfo no es un producto puro y exclusivo de la personalidad de Guillan, pues como hemos dicho, un dirigente es representativo en la medida que hace propias las aspiraciones de los compañeros que lo votan. Por ello es que este triunfo demuestra a las claras cuál es el camino que los obreros recorren en su devenir, y aunque la mayoría no lo piense, se dirigen lenta pero seguramente hacia un destino de poder.
    Sin embargo, no debe creerse que la cosa es sencilla. Estas elecciones se caracterizaron por lo reñidas, pues, en un principio se presentaron cinco listas, aunque luego tres de ellas sumaron sus votos a la Marrón.
    Se atacó fundamentalmente a la lista ganadora, con el argumento falaz de que el gremialismo combativo fue una útil herramienta del movimiento obrero, pero que hoy en día, dadas las condiciones imperantes en el país, no tiene razón de ser su existencia. Esto no es así. Si el proletariado se caracteriza por obtener conquistas de tipo socioeconómico sólo a través de movimientos de fuerza y actitudes de crítica permanente en su laborar diario, es esa actitud lo que le permite evolucionar como clase política. Pero, su lucha no termina compartiendo el poder con las otras clases, esto sería una contradicción en sí misma, sino que debe propender a la toma definitiva de ese poder, que es el Estado, para terminar con una sociedad que se caracteriza por la división de clases, y por lo tanto con la existencia de explotadores y explotados.
    Perón ha dicho que “la única verdad es la realidad” y nada más exacto. Pero la realidad es una consecuencia de la actividad creadora de las fuerzas sociales y fundamentalmente de las masas trabajadoras. Por ello es inadmisible una situación de acomodo oportunista con las clases dominantes, un dejar hacer, confiando en un falso determinismo revolucionario y arriando aquellas banderas de lucha que han llevado a los compañeros, adonde hoy en día están.
    Perón es un revolucionario. Pero también un político inserto en un complejo de fuerzas a las que tiene que conducir y equilibrar. Es poderoso en la medida que representa el sentir colectivo del obrero y esa es su herramienta de trabajo y, por ende, de presión política. A su vez, esto es un producto de la combatividad de los trabajadores. Por lo tanto es fácil deducir que Perón podrá profundizar un proceso revolucionario —en este momento pacífico— sólo si cuenta con los medios apropiados; y la existencia del llamado “gremialismo combativo peronista” es uno de esos medios. La existencia de gremios que se oponen a conducciones que velan por su propio interés y no por el interés de la clase obrera, no sólo es necesario, como instrumento político en lo inmediato, sino fundamental como elemento ideológico en lo mediato.
    Un compañero de FOETRA, y no podía ser de otra manera, ha definido y sintetizado perfectamente bien esta cuestión cuando ha dicho: “La gran mayoría de los compañeros quiere una política de la clase obrera, dentro de la clase obrera y para la clase obrera”.
    Nada más justo.

  • IDEOLOGÍA – POLÍTICA – GOBIERNO
  • Pero el triunfo de Guillan no puede ser juzgado como un hecho aislado de un contexto general, sino que debe ser entendido dentro de ese contexto y esto nos lleva a hablar del gobierno peronista.
    La política no es una cuestión sencilla, sino que, por el contrario, es la manifestación de un complejo de fuerzas
    opuestas y la tarea de un político no es solamente la prosecución de un fin determinado, sino que esas múltiples fuerzas, puedan ser manejadas más allá de las implicancias ideológicas que cada una de ellas contiene, para forzar así, la concreción de los fines establecidos.
    En un país como la Argentina en donde conviven, una oligarquía de origen terrateniente, aunque venida a menos, una poderosa burguesía industrial y también ganadera, heredera tanto económica como políticamente de la oligarquía, y una clase media con enormes anhelos de emulación, es indudable que al Gobierno del General Perón y en especial a este último, le es muy difícil profundizar un proceso revolucionario sin previamente lesionar los intereses de esas clases.
    Si entendemos esto, comprenderemos el porqué de la política de Perón. Son los hechos quienes lo limitan, o sea la realidad, y lo subordinan a actuar tal cual lo hace. No olvidemos que un político piensa la ideología como una consecuencia de la política, creando una relación en la cual esa ideología se transforma, pero subordinada a los factores reales en estado de cambio.
    Sin embargo, una ideología es su esencia, no admite la flexibilidad, por eso su instrumento de concreción práctica es la política y ésta depende de los hechos y sus protagonistas. Así podemos decir, que la política es un juego de avances y retrocesos que tiene un fin, la conquista aunque sea mínima, de un escalón ideológico, a pesar de que aparentemente los resultados aparezcan sólo como políticos, pero no debemos olvidar que existe una interacción permanente entre ambos elementos, y aunque la teoría sin práctica es vacía, la práctica sin teoría es ciega. Es por ello que los fines políticos variarán acorde con las circunstancias, en cambio, los fines ideológicos no. Los primeros son medios, los segundos metas.
    Así, si bien no puede existir una política que no esté previamente caracterizada ideológicamente por un contenido de clases, la primera admite concesiones, que a la vez, permiten avanzar revolucionariamente, sin recurrir necesariamente a las armas aunque el resultado final dependerá de ellas.
    En síntesis, se produce una interacción entre ambos elementos y muchas veces una actitud política, parecería retrotraer lo ideológico, y aunque esto sucede, ese retroceso es momentáneo, pues se concede políticamente en lo inmediato, para obtener en lo mediato el fin histórico propuesto.
    Perón está obligado a hacer concesiones políticas y, por ende, ideológicas, en la medida que ello le permita avanzar un poco más en la toma de conciencia de las masas, a pesar de parecer esto contradictorio, y la prueba está dada por la existencia de un gremialismo combativo. Perón sabe, perfectamente bien, que el mundo marcha hacia el socialismo, pero también sabe la sangre que ello cuesta, de ahí que todos sus pasos estén dirigidos a coordinar, aunque más no sea transitoriamente, la mayor cantidad de fuerzas posibles a través del Pacto Social y la consolidación previa del Estado soberano.
    Este Facto no es otra cosa que una denominación de lo que podemos definir como alianza transitoria de clases y no será la primera vez que una clase deba apoyarse en otra para acceder al poder.
    Así, podemos negar o aprobar dicha alianza, considerarla necesaria o no, pero hoy se ha demostrado como el único camino viable para el desarrollo de una política nacional. Por eso debe aceptarse la existencia del Pacto como una manera de integrar fuerzas que de otra forma serían irreconciliables y que por el momento responden al objetivo de Perón, la Liberación Nacional, como paso previo a cualquier otro que necesariamente deberá profundizar esta concepción política.
    Sólo es posible la existencia de un estado revolucionario cuando se han dado las condiciones mínimas que aseguren su supervivencia. No es suficiente un sentir revolucionario, es necesario también que las circunstancias permitan su consolidación, pues una revolución que no tiene el apoyo total de las masas está destinada al fracaso.

  • POLÍTICA NACIONAL E INTERNACIONALISMO
  • La Argentina, por su importancia estratégica, al igual que los demás países hermanos, deberá soportar todo el peso de la ofensiva imperialista. Es Estados Unidos el país que se destaca dentro de este contexto, y prácticamente sólo le queda, como coto de caza, estas regiones, pues su poder mundial como metrópoli colonizadora día a día se debilita.
    Veamos por ejemplo lo que ocurre con los países árabes a los cuales presionan desenfadada y abiertamente con la ocupación armada. Los árabes, a su vez le han replicado con la amenaza de minar sus campos petrolíferos, esto es volarlos si la prepotencia norteamericana pretende concretarse.
    Es por eso que Estados Unidos volcará —y de hecho lo hace— todo su poderío en el sojuzgamiento de estos países. Y si no miremos a Chile o Brasil, como dos caras de una misma moneda que demuestran a las claras el grado de barbarie que caracteriza a estos amos del norte, estos “fenicios de la historia”, como se los ha definido.
    La cuestión revolucionaria no es un problema que sólo se debate dentro de las fronteras internas. Desde el momento que el imperialismo se caracterizó por ser un sistema de dominación y hegemonía mundial de unas naciones sobre otras, la revolución no se desarrolla sólo internamente, sino que por el contrario, todas las políticas nacionales están insertas en un contexto internacional y si bien, para comprender el problema deberíamos plantear las diferencias entre naciones colonizadoras y países colonizados, daremos por supuesto que son conocidas pero haremos hincapié en una cuestión; la lucha por el poder no se desarrolla sólo contra las clases colonizadas, sino también contra todo el aparato internacional que las sustenta.
    La existencia de clases colonizadas debe entenderse como una relación de causa y efecto. En la medida que un grupo social no puede sobrevivir en su papel hegemónico por sí mismo en un país colonial, al poseer una determinada caracterología económica y mental, queda obligado a subordinarse a la economía del país colonizador. Así, la Argentina que hasta 1945 es el país agro-exportador por excelencia, no puede prescindir —hoy mismo— de sustentos antinacionales, pues las clases ricas, dependen de Inglaterra, debiendo basarse en la economía inglesa, para subsistir no sólo económica, sino también políticamente.
    De ahí el apoyo que brinda el capitalismo del país colonizador al capitalismo dependiente de la colonia, ya que el primero dependerá del segundo para ser tal.
    También la sociedad de la metrópoli está dividida en clases, pero existe una diferencia fundamental: las clases productoras están menos enfrentadas con las clases dominantes porque reciben las migajas de la explotación colonial en la medida que su existencia se caracteriza por un alto nivel de vida y dependen del sistema explotador imperialista para subsistir en ese nivel.
    Una nación imperialista, entonces, también presenta explotadores y explotados, pero por su posición socioeconómica diferente serán cómplices de la dominación colonial, por más que internamente se produzcan crisis periódicas a través de grupos marginales, aunque minoritarios, que no ponen en peligro al régimen establecido, desde el momento que no hay una verdadera crisis englobando y cuestionando al sistema, etapa que sólo puede resultar de una pérdida de la hegemonía económica mundial, etapa cuyo paso previo y desencadenante es la liberación de aquellos países subordinados a la órbita económica del imperialismo y por ende dependientes.
    El hecho de que Estados Unidos haya reemplazado Inglaterra en el proceso imperialista, respecto a la Argentina, se explica por una contradicción del capitalismo. No sólo de la revolución industrial nace la clase que lo destruirá como sistema de vida, sino que al deber coexistir los países capitalistas, se produce una lucha interimperialista por la dominación de las colonias y de la cual sale triunfante el país económicamente más poderoso.
    En ese momento, el país perdidoso entra en crisis, pues ha sido privado de su sustento internacional, tanto para la adquisición de materia prima, obtenida con una barata mano de obra, como también por la pérdida del mercado para la colocación de capitales y productos elaborados. Este fenómeno, repetido en las diversas zonas del globo donde ese país tiene intereses, lo lleva a racionar su propia economía interna, con los consiguientes perjuicios para las clases productoras, que vuelven a vivir épocas de inestabilidad. Tal es la situación que, por ejemplo, está pasando Inglaterra.
    Por lo tanto, todo proceso revolucionario en un país dependiente se caracteriza entonces porque la oposición socioeconómica se desarrolla a través de tres planos diferentes aunque interaccionados:
    1º) Contra la clase dominante, nativa y colonizada; 2º) contra el sustento colonizador de esa clase o sea, el capitalismo como sistema económico internacional y 3º) contra los sectores de las clases medias menos poderosas económicamente, pero aliadas —a pesar de sus valores ficticios— con las anteriores.
    Esa lucha posee dos planos, uno interno y otro externo. Este último está dado por la existencia de países imperialistas, entre los cuales se destaca por su enorme peso histórico, aunque decadente, los Estados Unidos. El primero está representado por todos aquellos países que han sido satélites, pero que hoy luchan por su liberación y la Argentina es uno de ellos.
    En estos momentos el imperialismo permanece expectante —por lo menos en lo manifiesto— respecto al gobierno peronista, pero en la medida que se toquen los intereses de las empresas extranjeras monopólicas, paso que inevitablemente deberá dar Perón, será ese el momento en que Estados Unidos y sus aliados nativos lo volverán a enfrentar. Sería pecar de ingenuos creer que Perón satisface al imperialismo. Por el contrario, el objetivo es la desaparición del General Perón. Pero, no sólo Perón no se muere, sino que además las masas le responden y si bien es cierto que los grandes hombres también perecen, ya nada puede detener el avance revolucionario nacional y mundial de los pueblos del TERCER MUNDO.
    Ser libres y soberanos no implica desinteresarse de los demás pueblos. Al contrario, el mundo moderno impone la necesidad del intercambio de bienes. Por lo tanto, lo que negamos es la explotación inhumana que subsume a los más en objetos productores de riquezas y a los menos en torrentes de abundancia estéril, cuyo destino es producir y reproducirse para sus amos sobre la miseria de los pueblos, en una carrera de guerras despiadadas.
    Lucrar es el lema del capitalismo y ganar en función de los humildes y explotados, que nada pueden vender más que las fuerzas de sus brazos. Hoy el proceso final de la revolución contra el imperialismo entra en una marcha acelerada, pero también el tiempo humano cumple su ciclo inexorable. Esto nos desespera y angustia, más el destino del hombre está por encima de cada uno de nosotros y de las propias miserias, pero más tarde o más temprano el capitalismo perecerá en las propias contradicciones que ha engendrado. Entonces, habrá llegado la hora de un mundo sin explotadores ni explotados.

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