• Un testimonio: Alemo
  • P. y L. — ¿Qué relación existió entre la Resistencia Peronista, los sindicatos como organizaciones y, en general, los trabajadores como clase?
    A. — En la Resistencia hubo dos aspectos fundamentales: uno el de la acción del pueblo en su conjunto, incluida la clase trabajadora, para defender las conquistas amenazadas, organizarse y retomar la conducción de los sindicatos. Otra, la de los grupos de activistas, que realizaban acciones directas fortaleciendo la tendencia de organizar los sindicatos y al mismo tiempo apoyando en forma más contundente la protesta del pueblo.
    Esos aspectos se observan en lo que relatan los compañeros Roberto y Julio Troxler. Las diferencias se deben seguramente a la forma en que ellos actuaron en la Resistencia, porque en realidad se trató casi de una suma de individualidades. En el caso de Roberto se apunta a un objetivo más obrero, más en defensa de intereses de clase; Julio en cambio señala características más funcionales, más técnicas, casi tirando a militares.

    P. y L. — ¿Los casos de UTA y de Grata son ejemplos de la participación de activistas en la lucha de la clase obrera y de las organizaciones sindicales?
    A. — Un ejemplo concreto está, es cierto, relacionado con una elección que iba a hacerse en UTA. Ya comenzaban a perfilarse los burócratas con las mismas trampas de hoy para asegurarse la dirección del sindicato. Los elementos combativos del sindicato, por su parte, buscaban apoyo en los activistas de la Resistencia para reforzar su posición ante todo ese manejo que ya contaba con cierto aval de los gorilas. Estos, inteligente y tácticamente habían comenzado a aflojar la mano y a apoyarse en los elementos más blandos y tolerantes del peronismo, a fin de enfrentar a los más combativos.

    P. y L. — ¿Era la acción del integracionismo frigerista?
    A. — Después se conoce esto como integracionismo; en esa época no se le daba todavía ese nombre. Otra experiencia fue la de un sindicato textil de la zona oeste, que había sido tomado por grupos gorilas. En la zona se había consolidado cierta organización de bases, con los delegados, pero se chocaba con la oposición que se les hacía desde arriba, desde el gobierno. Entonces pensamos en aplicar el método de los hechos consumados; íbamos a reconquistar el local del sindicato y luego pedir el apoyo de los obreros. No se llegó a hacer porque, por falta de suficiente experiencia y organización iba a faltar un apoyo masivo, una vez que nos juntáramos.
    Otro ejemplo fue el de una huelga en Grafa. Los que la iban a hacer pidieron apoyo de afuera. Necesitaban cobertura y apoyo logístico. Una de las cosas de las que nos teníamos que encargar era de pintar las paredes. Eso entonces se perseguía mucho (cabían penas muy grandes, estaba en vigencia el decreto 4161) y por lo tanto lo tenía que hacer gente hábil y con capacidad defensiva, para evitar caer detenidos y poder enfrentar además posibles carneros armados y grupos de gorilas que también apoyaban a los cameros en contra de la huelga.

    P. y L. — ¿En qué año fue eso?
    A. — Entre el 57 y el 58, cuando comenzaban a perfilarse las luchas y las organizaciones, porque hasta ese entonces la Resistencia había sido un poco a nivel personal, o sea cada trabajador en su lugar de trabajo hacía lo que podía. Ese hacer lo que se podía abarcaba desde ir a las tres de la mañana a la casa de un gorila a tocarle el timbre para que se asustara y no pudiera dormir, hasta ir a las tres de la mañana a ponerle un caño para volarle la casa. Cada uno actuaba de acuerdo con su mentalidad, de acuerdo con su capacidad. Esa suma de individualidades formaba así un gran conjunto.
    Se llegaron a manejar algunas cifras aproximadas después del 58. Se calculaba que había 200 hombres de fierro, que se jugaban y estaban dispuestos a todo. En la segunda carnada habría unos 2.000 hombres; era lo que podríamos denominar el activismo. O sea 200 militantes, 2.000 activistas. Después habría 20.000 que hacían 20.000 pequeñas cosas y después 200 mil que podían hacer circular rumores, repartir volantes, etcétera.
    En cuanto a la segunda parte de la pregunta, es decir a los sindicatos como organizaciones, podemos afirmar que la Resistencia se apoyó en los más combativos, que eran los textiles y los metalúrgicos, principalmente. Hubo también algunos con características especiales, como el de la carne. Ese sector fue uno de los primeros que empezó a flaquear, pero surgió gente del Frigorífico Nacional con una posición muy firme y que, en el momento a que me refiero, llegó a ser como la vanguardia. Era donde se manejaban bastantes conceptos teóricos, organizativos. Una de las cosas más serias. Hubo también otro intento, otra punta de lanza, que no fue exactamente una huelga sino más bien un alzamiento en el transporte, donde campeaba la mentalidad golpista, militarista, predominante en el peronismo de aquel entonces. O sea se buscaba a partir del paro sembrar el caos y lograr que los demás apoyaran.
    Esto fue un poco lo que pasó también en el paro del Lisandro de la Torre. Fue algo impresionante. Si no recuerdo mal empezó un viernes y el sábado por la mañana todos los trabajadores habían empezado a parar solos. Esa espontaneidad demostró que existía un gran instinto de clase en el apoyo. Cada uno tomaba conciencia por sus propios medios, por su propia mentalidad se adhería al paro, haciendo algo que consideraba justo. Mientras los delegados corrían de un lado a otro para ver qué había que hacer y dar un poco de organicidad, la gente ya estaba actuando por su cuenta. Los del transporte se largaron solos. Pero lógicamente esta acción de UTA a la que me refiero no tuvo las consecuencias y la importancia de lo que pasó en el Lisandro de la Torre. El paro quedó ahí. . . En primer lugar se cometió un error que perjudicó a todos los trabajadores que ya se habían ido para sus casas. Se hizo a las siete de la tarde, una hora en la cual la mayoría de los obreros ya no está en su lugar de trabajo. Hubo una cantidad de errores, pese a la buena voluntad y a la intención de hacer bien algo. Pero vos sabes que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. No alcanzan las buenas intenciones.

    P. y L. — ¿Quién estaba como delegado de Perón en ese momento?
    A. — No recuerdo, a nivel de conducción yo desconocía mucho en ese tiempo. Recuerdo los hechos pero no las fechas. Habría que buscar en los archivos para ubicarse mejor. Además no sabíamos mucho de la conducción. Eramos cientos y miles que esperábamos la orden de lo que hubiera que hacer y cuando no venía ninguna actuábamos solos. Como ya dije, fue algo de mucha espontaneidad, de mucho criterio propio, de individualidades. Por eso tuvo una característica tan especial: un pueblo que resiste —sin preparación efectiva— una represión que quizás haya sido la más sangrienta de la historia argentina.

    P. y L. — ¿En el caso de la UTA cómo fue exactamente?
    A. — Había una especie de conspiración peronista. Se quería organizar el paro, provocar el caos y la movilización popular. Siempre se buscaba eso, para impulsar una acción de los militares.

    P. y L. — ¿La palabra caos estaba siempre presente?
    A. — Sí, porque no se quería dejar gobernar a los usurpadores del poder y se creía que el caos testimoniaba el repudio masivo y podía provocar un cambio. O sea se seguía jugando con la espontaneidad. Eso fue lo que siguió privando por mucho tiempo, aunque había gente que decía: “si Perón hubiera dado armas”, “si Perón hubiera enfrentado”, “si los trabajadores se lanzaban a la calle”, etc. En resumen, actitudes un poco idealistas; las cosas pasaron de otra manera y los hechos siempre tienen su lógica. Donde no hay organizado ni experiencia, donde no hay cierto desarrollo ideológico, todo un trabajo previo político y organizativo definido y también conducido por lo grupos más fogueados y capaces, no hay forma de llegar a una insurrección triunfante. Esa ve la iniciativa partía de la gente del sindicato junto con oíros grupos, que no sabíamos identifica bien, pues nada estaba muy claro. Sólo habí una mentalidad de hacer, hacer y hacer. Se pensaba muy poco y se hacía muy rápido. Mucho carácter, mucha decisión, pero poco o ningún análisis; técnicamente también teníamos un gran atraso.
    En principio yo era de los grupos de acción directa. En el caso de que las cosas se profundizaran, debíamos llevar un poco la vanguardia de un proceso de insurrección. Claro, hoy todo esto parece cosa de chicos, de gran infantilismo Pero era propio de la mentalidad que predominaba … y además éramos casi chicos. Un gran deseo de hacer las cosas, pero una gran inocencia, idealismo.

    P. y L. — ¿El acuerdo con la organización sindical y con los trabajadores para llevar adelantar la medida existía desde el vamos?
    A. — Sí, en principio la iniciativa surgió de los que estaban tratando de recuperar el sindicato y que estaban en los lugares de trabajo; casi todos apoyaron. La mentalidad predominante en la resistencia era esa: apoyar todas las demandas de los trabajadores y la recuperación de organizaciones sindicales, su consolidación. Y solamente en los momentos en que habla un bajón de parte de los que estaban en las agrupaciones obreras los núcleos de activistas té largaban a hacer acciones por su cuenta. Siempre estábamos buscando un motivo para pelear pero en general se trataba de dar apoyo.

    P. y L. — Nunca se imponían cosas a la clase trabajadora, sino que todo se hacía desde apoyándola. No se le iba a imponer un paro en contra de su voluntad y por la fuerza. ¿Es asi?

    A. — Claro, en los únicos momentos en que se actuaba de manera diferente era cuando se producían esos enfriamientos. Esa fue una constante durante muchos años. Sabemos de muchachos que hoy aparecen en las Formaciones Especiales y que pasaron toda una etapa tratando de luchar desde adentro de las organizaciones sindicales y desde los lugares de trabajo. Pero tropezaron con grandes obstáculos y al sentir la impotencia pasan a otro tipo de lucha más adelantada.
    Ya se iban perfilando dos tipos de actitud con respecto a la Resistencia. A nosotros nos llamaba la atención que de pronto venían cartas de Perón donde hacía hincapié en formas más organizativas y en buscar ciertos contactos y relaciones con los que estaban en el poder, para conseguir algunas mejoras y posiciones. Y por otro lado venían cartas con directivas terminantes: mantenerse firmes, intransigentes, en posición de lucha. En ese momento es cuando empiezan a aparecer algunos principios, algunas consignas que podríamos llamar teóricas, los cuales muestran lo que pasaba por la mente de los compañeros de la Resistencia. Esos principios eran los siguientes: intransigencia absoluta, resistencia civil, insurrección popular. Fue lo primero que vi con algunos visos de línea y que marcaba algún objetivo en sí. O sea que la línea, la política de uno en ese momento era mantenerse firmes, no transar, no aflojar, no ceder. Resistencia civil quería decir resistencia del pueblo, de los trabajadores; se la empezaba a distinguir de una cosa que era muy común, la vinculación militar-civil, donde los militares tenían la prioridad y venían a buscar el apoyo de los civiles, de los trabajadores, de los activistas. Ya en ese entonces, ante varios intentos golpistas y después de muchas traiciones comenzó la acción a afirmarse más en sectores obreros. Insurrección popular era el objetivo; levantar al pueblo, en parte armado y en parte no. Mediante su presencia, ocupando una cantidad de lugares importantes, se presionaría y lograría un poder. Era un poco ambiguo. Se contaba con que el ejército, si nosotros presionábamos y tomábamos la vanguardia, se iba a plegar a nosotros, porque en el ejército seguía habiendo oficiales peronistas. La experiencia posterior demostró otra cosa y sabemos que hay muy pocos casos de ejércitos con una posición popular y dispuestos a defender las conquistas de los trabajadores. Con respecto al ejército no puedo evitar un sentimiento adverso, aunque no diría antimilitarista porque nunca lo fui. Por esa vieja concepción traída de la escuela primaria, del glorioso ejército argentino que defendió la patria, uno siempre tiene simpatía por el ejército. Sin embargo, a medida que se va viendo y sintiendo cómo el ejército oprime, lo persigue y lo reprime, aparece otro sentimiento; se lo llega a ver como un sector de la sociedad argentina que se opone al avance. Es innegable que durante dieciocho años fue responsable directa o indirectamente de no haber permitido el avance del pueblo argentino a través del peronismo. Por otra parte, yo tengo un principio: no se debe decir “jamás habrá tal cosa”, porque en la vida no hay nada definitivo. La dialéctica enseña que todo es posible en la medida en que se encare la lucha con capacidad, con inteligencia. Decir que hay imposibles o que “jamás habrá tal cosa” es negar el proceso que ha tenido la humanidad a través de toda la historia.
    Por la liberación nacional posiblemente hay un porcentaje muy grande de suboficiales que estén dispuestos a luchar; es respecto a la liberación social que yo creo que todavía a esta altura no la ven muy clara, basándome en una cantidad de cosas que manejan ellos. Porque hay que comprender que son elementos de una clase social que lo pasa más o menos bien. Entran de chicos y les dan una orientación política determinada, entonces son muy pocos los que se salvan. Pero las grandes crisis son las que van dando el nivel de conciencia. Por ejemplo, hemos visto en los últimos años que el peligro del enfrentamiento total ejército-pueblo llevó a muchos suboficiales a ver la cosa, a ver lo que implicaba enfrentar a un pueblo que venía surgiendo de luchas masivas o de sectores, enfrentar a muchachos del propio ejército que asumían la vanguardia de la lucha con las armas en la mano; ese momento crítico hizo pensar a más de uno, porque así como una de las cosas que más ayuda a pensar y a analizar es el dolor, también el miedo enseña a pensar, mejor dicho obliga a ello.
    Por ejemplo había coroneles dominicanos, de la fracción nacionalista y progresista, que creían que el ejército norteamericano era amigo. Tuvieron que sufrir la intervención yanqui, después de haber vencido a la reacción interna, para darse cuenta —como ellos mismos dijeron— de lo ingenuos que habían sido. Uno de los factores que los modificó fue la madurez con que se jugaba el pueblo defendiendo un ideal. Contaba un coronel dominicano de los que condujeron la famosa lucha cuando ocuparon las veinte manzanas, el problema de no poder parar los tanques en un puente muy conocido, no me acuerdo ahora el nombre. Había ahí un hombre de pueblo que le dijo: “Mire coronel como yo le voy a parar ese tanque”, y agarró una carga de dinamita, esperó que pasara el tanque, salió corriendo y le tiró la carga por la torreta. Ese coronel decía después que él tenía el concepto de que acciones como aquella la hacían sólo los militares, los profesionales . . . Recordaba a los muchachos que se quedaban horas y horas solos, como francotiradores, llenos de decisión y empuje.

    P. y L. — O sea ahí en Santo Domingo hubo un grupo del ejército que estuvo del lado del pueblo.
    A. — Y se jugó hasta las últimas consecuencias. Pecó por falta de concepto político, si no se hubiera dado la gran batalla y sería otra cosa.

    P. y L. — ¿Podemos retomar las directivas de la Resistencia? Entiendo que había una doble orientación por parte de Perón: una la de la Resistencia, o sea mantenerse firmes, intransigentes, y otra, de mayor flexibilidad táctica, para las organizaciones que debían actuar en la legalidad del régimen, como los sindicatos.
    A. — Perón, como siempre, se manejaba con la realidad. De acuerdo con los Informes y de acuerdo con lo que él percibía, se iban plasmando dos cosas distintas. Una línea que después se define como negociadora, blanda, vacilante; y una línea intransigente, luchadora. Todo esto en el período de la Resistencia comienza a perfilarse como una CGT auténtica, que es la más combativa y está en una línea de resistencia, y una CGT mayoritaria u oficial. Y estas líneas se concretan después en las 62 de Pie y en las 62 de sentado, y más adelante a través de la CGT de los Argentinos y la CGT de Azopardo; últimamente, aunque no sabemos cómo seguirán dándose las cosas, tenemos a la JTP y los gremios combativos, por un lado, y por otro el sector usurpador de la cúpula de la CGT definidamente burocrático.

    P. y L. — En lo que hace al papel de Perón, en concreto, ¿todo el equipo de la Resistencia hizo lo que hizo a nombre de Perón y pensando en Perón, para que volviera y tuviera el gobierno?
    A. — Sí, con esta diferencia: a los sectores de la Resistencia más duros, más temperamentales, lo que más les dolía era ver a los gorilas destruyendo por la violencia lo que nosotros habíamos puesto ahí. La tendencia natural a la bronca, al desquite, era muy fuerte, mientras que en la otra ala, la tendencia era conseguir que se siguiera manteniendo una estructura gubernativa votada por el pueblo. En esas actitudes se da el embrión de las dos líneas de las que hablamos; hay dos temperamentos, pero ya en la idiosincracia de cada una de las líneas se ve cuál era una y cuál la otra. La línea blanda tenía expresión principalmente en las conducciones de las organizaciones sindicales. Porque de por sí la característica de las organizaciones sindicales es lograr la negociación, es defensista.
    Sin embargo, en todos era, sí, una reivindicación absoluta, el retorno de Perón; no se discutió nunca la necesidad del retorno de Perón. La línea dura lo quería a través de una insurrección, una violencia del pueblo que derrotara al gorilaje y trajera a Perón, con amplias facultades. Y del otro lado estaban los que querían lograr un retorno en paz, primero conquistando el Congreso y, desde esa base, la Casa Rosada.

    P. y L. — ¿Eso sería el vandorismo y el neo-peronismo?
    A. — Exactamente. Aunque nosotros en ese momento —porque todavía había un ánimo de unidad muy grande— entendíamos que se trataba de dos interpretaciones, de discrepancias, sin advertir que en la práctica existía una contradicción irreconciliable y que las dos líneas se tendrían que enfrentar y definir en un futuro.

    P. y L. — ¿Contaban con alguna directiva precisa de Perón los grupos de la Resistencia, por ejemplo con cartas de él?
    A. — Sí, venían cartas que nos levantaban mucho el ánimo, expresando la necesidad del sabotaje, de la violencia, romper todo, meter caños. O sea el Perón que siempre nosotros habíamos querido. También de alguna manera fue un llamado de atención el ascenso de Fidel Castro al gobierno de Cuba en 1959. Entonces dentro de la Resistencia dura se decía: “Bueno, si Perón hubiera hecho como Castro”. Creo que la Revolución Cubana hace ahí un aporte muy interesante, dando un poco de orientación sobre cómo debía haber sido la cosa, más bien sobre cómo

    podía ser en el futuro asimilando la experiencia.
    Y de la misma manera hace que después algunos compañeritos se lo tomen muy a pecho y se equivoquen un poco, pretendiendo trasladar la experiencia cubana —inédita y también irrepetible— a nuestra propia realidad.

    P. y L. — ¿Hubo a su juicio alguna preparación para resistir el golpe contra Perón en el 55?
    A. — Se esbozaron algunas prevenciones, pero muy pocos veían su necesidad en toda la dimensión. El alerta que daba Evita, por ejemplo, cuando decía “cuiden al general”… Para Evita “cuiden al general” era “cuiden la revolución”, “cuiden todo lo que hemos conquistado” y “cuiden de acrecentarlo”. Ella, con ese instinto formidable que tenía, ya veía gestándose la posibilidad de traición, y conocía de adentro el proceso. De ahí la idea de la formación de milicias populares, de armar a los sindicatos. Esa es una.
    Y otra prevención partió de Cooke, quien se acerca a Perón y le pide que lo deje organizar el movimiento para pasar a otro tipo de lucha, a otra etapa superior para enfrentar los acontecimientos. Indudablemente, de haberse seguido esas indicaciones algo hubiera sido distinto. En los sindicatos posiblemente los dirigentes incapaces de haber frente a la responsabilidad hubieran desaparecido y hubieran tomado las armas los elementos más combativos. Pero todo esto creo que igual hubiera fracasado; no podía construirse desde arriba, al calor oficial, con todos los arribistas y alcahuetes que desertaron en 1955.

    P. y L. — Las previsiones fueron entonces más bien alertas de carácter político general. No se tradujeron en medidas prácticas para enfrentar el golpe gorila.
    A. — Claro, no había una estructura arriba sobre la cual implementar medidas. Las disposiciones prácticas necesarias no podían apoyarse en gente que tenía una mentalidad determinada, determinados hábitos. El intento de Evita era muy bueno, pero con él iba a pasar lo que pasó: que la mayoría de las armas, los tipos que las tenían las vendieron. Y en cuanto a lo de Cooke, si reestructuraba iba a sacar a algunos elementos nocivos, pero los que quedasen atrás serían de aquella misma calaña y no serviría demasiado. O sea tenía que pasar lo que pasó para que se hiciera lo que se hizo y se aprendiera lo que hoy sabemos.

    P. y L. — Desde arriba no se podía hacer ya lo necesario; la experiencia del pueblo es irremplazable.
    A. — Así es, hasta que no se crearon las condiciones de la caída de Perón . . . Ante el hecho consumado, ante la acción del gorilaje vino la reacción popular.

    P. y L. — O sea que Evita y Cooke fueron visionarios, pero la realidad no se podía cambiar ni evitar el derrocamiento.
    T. — Exactamente, y menos desde arriba.

    P. y L. — ¿Cuál era el tipo de acción predominante de la Resistencia?
    A. — Como toda resistencia de característica popular, cada uno aportaba lo suyo. Casualmente en estos días acabamos de hacer un festival con el fin de hacer una colecta para una nena que está muy enferma y necesita un tratamiento costoso. A mí me hizo recordar la Resistencia. Hubo desde la donación de un juego de cubiertos desarmables para asado, pasando por un juego de manteles, servilletas, siguiendo por una botella de whisky, para terminar en una botella de vino y una latita de tomates. Producía cierto impacto ver todo eso sobre una mesa, para la venta. Y me hacía recordar la Resistencia, donde cada cual hacía algo con desprendimiento, anónimamente, de acuerdo con sus posibilidades económicas, su capacidad de jugarse, su decisión …
    Las cosas en la Resistencia se hicieron con elementos muy rudimentarios; por ejemplo la acción propagandística se llevaba a cabo, primero, con máquina de escribir. Había caso de muchachos que trabajaban horas y horas en eso, luego otros aprendieron a usar esas imprentitas que se arman, para poner un par de frases, o lo hacían compañeras con copiadores que había en aquel entonces. Desoués se ubicaron compañeros que trabajaban en imprentas y que por su cuenta hacían planchas; también compañeros que tenían una imprenta y en ratos libres, a la noche, iban reacondicionando los tipos en desuso que conseguían, para no quemar Jos que tenían para ganarse la vida. Porque además intervenían cuestiones de seguridad; el trabajo era clandestino. La máquina se ponía en un zótano o en un gallinero a veces. Los volantes, me acuerdo, venían manchados por las gallinas. Después se pasó a etapas superiores, con otros medios.
    Al principio fue como dije, el trabajo de la familia alrededor de una mesa: uno cortaba el papel en cuadrados, otro ponía la frase con las letrillas y otro completaba abajo. En el caso particular mío una vez tuve la experiencia de trabajar con dos nenas de ocho y diez años; yo ponía el texto y una de ellas en una punta marcaba el perfil de Evita y la otra nena el perfil de Perón. A todo nivel se aportaba. Tengo presente a un compañero jubilado, que se pasaba dando vueltas por la zona cuando estábamos en reunión, también a una vecina que se quedaba a tejer en la puerta para avisarnos si veía soldados.
    Entonces lo que buscamos fue unir todo eso de una manera organizada, que sirviera al peronismo. En realidad no se puede decir que hubiera un tipo de acción predominante. Quizás lo más general —como objetivo inmediato— era apoyar la lucha de los trabajadores para no dar un paso atrás en cuanto a conquistas logradas y recuperar los sindicatos. En otro orden, lo predominante era organizar todo tipo de violencia para frenar la violencia gorila.

    P. y L. — ¿En el terreno de lo táctico operativo era entonces fundamental el terrorismo, no las acciones militares, bajo la forma que adoptaron con las Formaciones Especiales, a partir de Taco Ralo en 1969?
    A. — Terrorismo no sería correcto decirle, porque no había el ánimo de provocar terror, sino más bien se hacía con un sentido de protesta. Porque en ningún momento se buscó que las acciones causaran la pérdida de vidas. O sea hacer sentir nuestro repudio a los usurpadores del gobierno, se buscaba eso.
    Cuando se sufrió una cantidad de fusilados, de torturados, entonces sí comenzaron a tener más virulencia.
    Más o menos en el 58, cuando la resistencia dura llega a su grado máximo porque ya se prevé la caída de los gorilas, la fusiladora se decide a llamar a elecciones y el ala negociadora ante, esa posibilidad, toma más auge. Entonces se produce algo interesante. Al lograr que se llame a elecciones, el grueso de la Resistencia da por terminada su etapa; había actuado con el ánimo de derrocar a los gorilas y considera que había logrado su propósito. Otro sector minoritario sigue, porque entiende que el fin es él retorno de Perón, crear las condiciones insurreccionales para imponer la vuelta de Perón, ante la otra posición, la de los negociadores, que piensan qué ese ya era un paso previo al retorno de Perón, o sea, que viniera un gobierno al cual se iba a apoyar y que iba a facilitar las cosas.
    Los que soportaron el peso mayor de la lucha —tres años de lucha intensa, casas allanadas, pérdida de trabajos, prisión y torturas—, lo mejor del Movimiento, lo más sacrificado, se iba. Cedía un terreno tremendo al ala blanda, capituladora, en última instancia traidora y entreguista. Pero ese sector minoritario de la Resistencia, más exigente, se seguía organizando, mientras esperaba que se cumplieran los plazos, con la seguridad de que Frondizi no iba a cumplir nada. En el 59 comienza a actuar y sigue haciéndolo en el 60. Y cuando los gorilas, que siguen detentando el poder, igual entienden que Frondizi no realiza lo que ellos quieren, hacen imponer el plan Conintes.

    P. y L. — ¿Que ese sector de la Resistencia crea cumplido su objetivo en el 58, con la llegada de Frondizi al gobierno, revela un grado importante de confusión?
    A. — Sí, no tenía nada claró. Pero no sé si llamarlo confusión, porque de pronto el pueblo argentino se encuentra con una realidad nueva, desconocida: un gobierno que ha pactado un acuerdo con el peronismo aceptando nuestras exigencias mínimas, la aparente inutilidad de mantener la Resistencia, y entonces ahí viene, el problema, la improvisación, el preguntarse qué hacemos . ..

    P. y L. — ¿Hubo una estructura militar-civil durante la Resistencia? Me refiero ahora a la participación de elementos del Ejército.
    A. — Siempre hubo una relación militar-civil. El sector militar traía un concepto golpista. La parte civil serviría de apoyatura.

    P. y L. — El ejemplo es el intento de Valle…
    A. — Exacto. Y yo no lo considero un fracaso, sino una experiencia dura. Porque las experiencias tienen su parte positiva y su parte negativa. Y lo negativo es lo que permite después que haya experiencias positivas. Yo tengo como principio que un triunfo se edifica sobre una serie de errores. Fue una experiencia dura porque hubo muertos …

    P. y L. — … pero había que pasarla…
    A. — Sí. Eso llevó también a que en los siguientes intentos, cuando nos acercábamos a militares, tomásemos más medidas de seguridad y hablásemos de compartir totalmente la responsabilidad de la conducción.
    De todas maneras la posibilidad de trabajar con sectores del Ejército va perdiéndose; por otro lado aparece el COR, con una posición e iniciativa de alguna forma más seria, más profunda. En primer lugar la formación fue por comandos. Inicialmente con los compañeros de trabajo o amigos, familiares y vecinos; había que partir de una cosa fundamental, la confianza. Los compañeros se comenzaban a nuclear a través de una confianza de años. Además se agrupaban los que tenían determinada mentalidad para encarar la lucha, o sea una tendencia resistiva o fuerte. Así, inicialmente, en cada zona o lugar.. . Una característica especial de los comandos era que muy pocos tenían una composición homogénea; había uno que sí, con base en un sindicato, pero no era lo usual. Se puede hablar de dos aspectos: el operativo, que era celular, y el otro, el aspecto más político, de carácter masivo. Por ejemplo se hacía un festival para reunir fondos para un colegio y toda la zona sabía que era guita para los muchachos que estaban en otra cosa y la necesitaban. Se hacía todo sin mencionarlo, en forma tácita.
    Sin embargo no se trataba de una organización celular en el sentido técnico que tiene en los últimos años la palabra. Se tiene que comprender que los que se largaban a ese tipo de lucha eran principalmente laburantes que habían estado siempre en cosas legales, entonces había que aprender a actuar al margen de la ley. Los conocimientos organizativos había que aprenderlos de los delincuentes, y así hay problemas al principio, porque algunos delincuentes ven el negocio de la política; algunos descaradamente dicen: “yo les ayudo en alguna cosa, pero después hay que hacer un trabajo, y vamos y vamos”. La forma organizativa más seria se logró con la coordinación de comandos. Venían uno o dos representantes de cada comando, y cómo estaban integrados lo sabía cada uno de ellos. Eramos seis los que estábamos en lo que podía ser la dirección o conducción, que no nos considerábamos tal, pero en la práctica lo éramos; después venía una gama de lo que hoy se llama apoyo logístico. Todo muy elemental, muy primitivo, pocas formas metódicas, privaba el espontaneísmo.

    P. y L. — ¿Los comandos constituían en todos los casos grupos combatientes operativos?
    A. — No. Por ejemplo el comando nuestro por sus características era mucho más de agitación, de difusión, de propaganda; habíamos llegado a formar cuatro o cinco grupos en nuestra zona que hacían trabajos de difusión, de formación, el porfiando tenía una misión política y ese aspecto corría a cargo mío.

    P. y L. — ¿Quiere decir que no fue una organización militar estable, como podemos suponer, por ejemplo, que son los Tupamaros?
    A. — En absoluto, la Resistencia fue en primer lugar un trabajo de difusión. Una de las tareas principales era difundir las directivas de Perón, tratar de distribuir los periódicos clandestinos, los volantes que hacíamos o que hacían otros. Todo aquel material que nos parecía conveniente lo hacíamos circular; otra de las tareas eran las pintadas, para tener presencia pública. Otra apoyar las luchas obreras; siempre en los conflictos había un par de elementos del comando con sus relaciones de tipo petardista.

    P. y L. — ¿Había grupos efectivamente operativos?
    A. — Por lo menos hasta el 58 no recuerdo que hubiera, lo que sí sé es que del 58 al 60 comienzan a tenerse mejores conocimientos técnicos, se empieza a intercambiar experiencia .. . A la vez llegaban conocimientos organizativos de algunos elementos que habían estado o estaban en la izquierda, acostumbrados a trabajar en la clandestinidad. Lo decisivo es que aparecen formas nuevas, creativas, y esos conocimientos que venían de un grupo como de otro, unos por intereses económicos, otros por intereses políticos, con el tiempo son superados. Porque algo que tenía la Resistencia es que no había forma de desvirtuar su esencia, la idiosíncracia propia del hombre de pueblo, del peronismo. La mayoría siguió por eso un camino correcto; después la historia demostró que en lo medular, lo embrionario, era correcto, y todos esos avances que se consiguen, años después, cuando los elementos de la izquierda comprenden por donde pasa el proceso revolucionario y también lo comprenden los sectores estudiantiles, de alguna manera se deben a aquellos hombres que intuitivamente dieron lo que conocemos como línea, o como definiciones ideológicas.

    P. y L. — ¿En aquel momento cuál era la posibilidad de que la propia gente de la Resistencia, la gente trabajadora, llegara por su propio esfuerzo a tener una organización militar?
    A. — Una posibilidad fue la de los Uturuncos. Un grupo de gente del norte que quedó muy impresionado por lo que había pasado en Cuba, y basándose en la realidad que tenía ellos, o sea zonas casi inaccesibles, pero además con algo muy importante, el sentido nacional, más que nacional el sentido autóctono, empiezan a actuar con el nombre de Uturuncos. Creo que Uturunco quiere decir en quechua, jefe. Lo importante de esto es que la dirección fuera colegiada; eran todos jefes. Ese fue el intento más grande. Con bastantes perspectivas y bastante bien organizado, porque se buscaba el apoyo logístico de todo el interior y también de la Capital.
    Otro intento organizativo político —casi desconocido pero que hay que destacar— se dio cerca del año 60. Algunos ven, después de la experiencia eleccionaria del 58, que la Resistencia tiene que darse una organización política que lleve adelante sus principios, sus ideas, ante la realidad del aparato político que estaba montando el ala negociadora, que tenía la conducción de los sindicatos. O sea los sindicatos ya estaban haciendo política con el integracionismo. Como reacción ante eso se logra agrupar a compañeros de la linea combativa. Pero ahí también, a partir del nombre que se le va a dar a la organización, se manifiestan incipientemente las dos líneas que después siguen dándose dentro del peronismo. Unos querían ponerle Movimiento Peronista Insurreccional y otros querían ponerle Movimiento Peronista Intransigente. En estos nombres estaban implícitas dos tendencias: la tendencia a la acción directa (los insurreccionales) y la de una organización de masas (los intransigentes). Para llegar a un acuerdo al final se le pusieron los dos nombres: Movimiento Peronista Insurreccional Intransigente.
    Estas características, como dije, después se siguen dando en el peronismo. Políticamente pueden verse representadas en el MRP, donde se sigue la línea insurreccional, pero donde después también surge una tendencia a la lucha de masas. Más adelante aparece la JRP, que retoma la línea insurreccional, de acción directa. Después aparece la CGT de los Argentinos y la Tendencia Revolucionaria Peronista.
    Otra línea, también combativa pero con otras características (hace más hincapié en los objetivos políticos masivos, en lo gremial) es la línea de las 62 de Pie, la de los Gremios Combativos.

    P. y L. — Ha habido una polémica permanente en el peronismo revolucionario desde los comienzos, polémica que a veces se ha planteado como una oposición a la acción de masas o a la acción directa.
    A. — Esas dos posiciones siempre se respetaron entre sí. Eran interpretaciones distintas, dentro de un común objetivo revolucionario.