La fuerza política que utilizó en nuestro país el nombre Socialista para definirse, fue el socialismo amarillo, la tradicional ala izquierda de la oligarquía terrateniente que después de Caseros hizo de un país soberano una colonia. Esa oligarquía vendepatria que tuvo originalmente por lema “no ahorrar sangre de gauchos”, luego con el surgimiento del proletariado tampoco economizó sangre del peón de campo ni de obreros de la industria.
El socialismo cipayo del “maestro” Juan B. Justo, para quien el imperialismo era un invento, contribuyó inicialmente a hacer de esa palabra “socialismo” sinónimo del desprecio a las masas nativas y a toda lucha nacional. Socialista y amarillo fueron durante años sinónimos para nuestro pueblo. Aún hoy, en gremios como los de ferroviarios, socialista equivale a antiperonista.
Las masas sólo pueden valorar una política o ideología por su traducción concreta en la práctica y el socialismo fue no sólo expresión del derrotismo, como lo ha calificado Perón recientemente, sino que más allá constituyó la expresión de una concepción antinacional enmascarada tras un ropaje reformador. Social-imperialismo es su justo nombre.
Las excepciones, que las hubo, fueron sólo eso, y desde que el Movimiento Nacional Peronista existe, encontraron en él su encauzamiento natural, como el precursor Ugarte y los dirigentes sindicales que se sumaron al coronel Perón en 1945.
El “socialismo” de quienes estuvieron durante estos 25 años de lucha por la liberación al lado de la oligarquía o del brazo con Braden es repudiado por el pueblo, en razón de que apoyaron a la Unión Democrática en 1945/6, estuvieron con el “Cristo sí, Perón no” en la acción golpista de 1955, elogiaron la fracción “democrática y liberal” de Isaac Rojas, levantaron como consigna ante la proscripción peronista de 1957 “No vote en blanco, vote en rojo”, …hasta presentar su fórmula propia en las elecciones de marzo de 1973 restándole votos al peronismo, con lo que favorecieron objetivamente los planes de la camarilla militar, al darles la posibilidad de una segunda vuelta, que el pueblo hizo imposible, y hoy pretenden denunciar al plan Trienal como proimperialista.
Sólo cuando para los intereses políticos internacionales es conveniente apoyar las fuerzas de liberación en Iberoamérica, ellos, mitristas, liberales y antiperonistas desde la médula, varían su posición de 30 años. Los pocos meses de forzado giro hacia el peronismo no alcanzan a redimirlos de una trayectoria que se definió a sí misma al calificar el 17 de Octubre de 1945 como una acción provocada por lumpen proletariado y bandas fascistas.
Pero las malandanzas de estas expresiones del colonialismo mental, no pueden alterar el curso de la historia, aunque sí complicarlo y atrasar su avance. Todas las Revoluciones Nacionales de los pueblos de nuestro Tercer Mundo, como la que en la patria encabeza el peronismo, son parte del campo socialista mundial, porque enfrentan al imperialismo, al capitalismo de las burguesías monopolistas de las naciones explotadoras. El peronismo no pudo llamar socialista a su doctrina política en 1945, por el equívoco que provocaría en el pueblo, dado su uso por fuerzas que servían objetivamente al colonialismo. Ello llevó a Perón cuando hubo de darle nombre a escoger el de Justicialismo. A partir de entonces el Movimiento ha sido el canal concreto por donde avanzan políticamente las masas de nuestro proletariado nacional y con ellas marcha toda la historia de nuestra liberación.
El desarrollo de las luchas de nuestra clase obrera peronista en estos últimos 18 años hizo avanzar más aún al Movimiento. El cierre de toda perspectiva de legalidad política luego del golpe militar de 1966 para mejor servir a la orientación económica promonopolista de Krieger Vasena se combinaron con la mayor ofensiva destinada a quebrar la ciase obrera peronista y liquidar la jefatura de Perón. En este intento, no por inconfesable menos real, estuvieron comprometidos el participacionismo y vandorismo. Esta acción del enemigo tanto externa como interna, obligaron a la clase trabajadora peronista, a sus organizaciones y a Perón a la adopción de programas, métodos de acción y definiciones de carácter estratégico que nos encuadran expresamente en un contenido socialista. Para diferenciarnos del socialismo cipayo en plena descomposición, se le dio por parte de Perón el nombre de Socialismo Nacional, bandera con la cual se llevó adelante la última etapa de lucha contra la dictadura militar.
Lo que se consolidó en esa definición era la continuidad de un desarrollo que ya se perfilaba en el peronismo resistente. Los programas de Huerta Grande, La Falda, Movimiento Revolucionario Peronista, 62 de Pie Junto a Perón, CGT de los Argentinos, Agrupaciones, Sindicatos y Regionales del peronismo combativo y la Juventud Peronista hasta el 25 de mayo de 1973, todos tienen un desarrollo que apunta definidamente hacia un socialismo de características nacionales, fruto del avance en conciencia de las masas peronistas.
Pero este largo último año nos ensenó, una vez más, que el curso histórico no discurre siempre en permanente avance revolucionario, apresuradamente, ni en línea recta. El Movimiento ha recuperado el gobierno y con él la posibilidad de conducir la Nación, en un punto muy atrasado en la lucha de liberación. “La reacción interna y su apoyo exterior son muy poderosas”, como ha dicho Perón. La definición de los objetivos inmediatos de la etapa como de Reconstrucción Nacional evidencia cuán lejos estamos aún de una política peronista que pueda definirse como socialista. El Pacto Social y la nueva cuota de sacrificio que se le pide a los trabajadores son una evidencia de lo anterior. Pero hoy es Perón quien pide el sacrificio y dentro de una política nacional que tiende a mejorar gradualmente las condiciones sociales de la clase obrera.
La incomprensión de esta realidad, aunque nos disguste, por encima de las buenas intenciones que se puedan tener, coloca a quienes se equivocan con “los pies fuera del plato”. Y el enemigo de la Liberación es quien puede instrumentar todas las oposiciones a Perón. La clase obrera peronista, y peronista de la única clase de peronismo que conoció y reconoció, el peronismo de Perón, ve entonces en definiciones y consignas políticas “socialistas” una concepción ajena a la suya, que se expresó masiva y fervorosamente en el histórico 12 de junio de 1974, cuando “los obreros de Perón” se concentraron en Plaza de Mayo para ratificar la mutua lealtad soldada el 17 de octubre de 1945.
Hoy nos encontramos con que las fuerzas del antiperonismo de la ultraizquierda tienen todas, como en el pasado, una definición que de nombre es “socialista”. Estas banderas “socialistas” las levanta una pequeña burguesía revolucionaria, aún colonizada tras el velo del marxismo dogmático. También es preciso señalar que fuerzas definidas como peronistas pero que alzan un proyecto y una conducción alternativa de la de Perón, cuestionan el Movimiento y el gobierno popular desde definiciones que de palabra también son “socialistas”.
No habrá alternativas pretendidamente socialistas frente a la política peronista. El peronismo tiene en su seno todo el socialismo posible, al poseer un programa liberador, único eje de la unidad nacional contra el imperialismo, y por sostenerse fundamentalmente en el apoyo que le da nuestra clase obrera. Al margen de la política de la clase obrera peronista y de la Unidad Nacional construida en torno de su eje social, con la conducción de Perón, ¿qué desarrollo político hacia el socialismo es posible?
Con el gobierno popular la clase trabajadora ha conquistado un ancho margen de libertad política, aumentó su gravitación social y en el aparato estatal, aunque sea en muchos casos por intermedio de la burocracia sindical vandorista. Luego del 12 de junio comienza a participar orgánicamente en el control económico. Se va avanzando en ese largo camino histórico que deberá colocar al proletariado nacional como conductor de todo el pueblo. Esa hegemonía, sin la cual no puede hablarse de socialismo, se va construyendo lenta y dificultosamente, pero siempre dentro del cauce histórico en que desarrolla sus luchas la clase obrera peronista.
En estas condiciones, las definiciones socialistas se prestan a interpretaciones equivocas. Si bien durante un lapso comenzó a no haber en el Movimiento Nacional Peronista contraposición entre las dos definiciones, otra vez —como dijimos— se hace antiperonismo en nombre del socialismo.
Este hecho determina que políticamente sean de nuevo divergentes, aunque el peronismo llena realmente en nuestra patria de contenido definido y propio la marcha del mundo hacia el socialismo. Por otra parte, nuestra política peronista de hoy es de Liberación Nacional y no tiene objetivos inmediatos que sean socialistas.
Decir Peronismo es decir Liberación Nacional. Pero el peronismo no se agota en la Liberación Nacional tanto por ser nuestra Revolución Nacional parte del campo de las fuerzas que luchan por el socialismo —el futuro de la humanidad— como por el peso de la clase trabajadora, su base fundamental, en la que ya existe un desarrollo socialista, incipiente y fraccionado, pero no por ello menos real. Ya el peronismo no se agota en los objetivos de Liberación de la Patria, sino que se orienta hacia el Socialismo Nacional.
C. de R.