Parecería que no pudiera haber un tiempo más indicado para hablar de J. W. Cooke que nuestro presente. Y no se trata de un espejismo. Lo que ocurre es que el proceso revolucionario que alienta en el país es una constante ya de nuestra realidad y una figura como la de Cooke, que expresa tan cabalmente —y también a la manera de una constante— la génesis y el desarrollo del pensamiento y acción revolucionarios aparece, por ello, en una situación de presente; más vivo que nunca. Y eso es mucho decir en su caso, si se tiene en cuenta la energía y la capacidad de entrega que puso al servicio de la causa del pueblo antes que la muerte lo extinguiera físicamente. No diremos que nos queda su espíritu; hay un legado más completo: la formidable, centelleante obra ensayística donde campea el poderío de un pensamiento teórico político que, avalado por una práctica concreta junto a las masas, impresiona ante todo por su lozanía, por su actualidad.
Rastreando en esa obra, uno puede llegar a comprender que lo fundamental en Cooke es que él desde un principio acertó —lo que no es poco mérito en un intelectual—. Acertó en esto: que el peronismo es un Movimiento de Liberación; que es la columna vertebral de la Revolución Nacional que se orienta hacia la síntesis con el Socialismo. Cooke nunca tuvo la menor duda sobre el particular. Y a nadie que eche hoy una mirada retrospectiva escapará la trascendencia que esto significó no sólo para él mismo, sino para todo el Movimiento. Hoy los hechos corroboran suficientemente la caracterización que hizo Cooke del peronismo, desde el arranque, pero hay un aspecto que es igualmente trascendental y está ligado a aquélla: y es que su prédica y acción revolucionarias nacidas de dicha caracterización ya está como encarnada en el renuevo de las generaciones más recientes; esa juventud cuya decisiva misión es dar, a través del pensamiento y la praxis revolucionaria, su contenido específico a la nueva síntesis política en marcha de una Patria Socialista.
Sin duda, en el pensamiento y acción de J. W. Cooke esas nuevas promociones encontrarán una fuente inagotable de inspiración.
Por lo demás, Cooke articuló aquella su ubicación exacta frente al peronismo, con otra certeza de no menos peso: la de que su Conductor, el General Perón, ejercía el liderazgo dentro de una orientación revolucionaria; la de que Perón mismo es un revolucionario al servicio de la liberación de los pueblos de Iberoamérica.
Su mérito, en este sentido, resulta mayor si se considera que, quizás, por su misma condición de intelectual vio en algún momento de distinta manera las vías posibles de realización revolucionaria. Sin embargo, su identificación con el “Querido Jefe” tuvo una continuidad que duró desde el momento en que nacía a la política con el peronismo, como a él le gustaba decir, hasta el instante de su muerte. Para Cooke, y esto de un modo definitivo, el peronismo era el camino y Perón el líder que posibilita el avance de la revolución nacional y no el que la frena como parlotean todavía los teóricos de una izquierda desenganchada de la realidad. En uno de los pasajes más llamativos de sus escritos y refiriéndose a esta cuestión, Cooke expresa: “Desde la lucha armada, Perón no es ni será un obstáculo, por cuanto existe una clara y necesaria continuidad histórica entre el proceso iniciado bajo su liderazgo el 17 de octubre de 1945 con las banderas de la justicia social, independencia económica y soberanía política, y el proceso revolucionario que hoy comienza a desarrollarse bajo otras formas de lucha, pero manteniendo e integrando en un proceso superador las banderas iniciales. En el laberinto de la política a ras de suelo a que nos tienen acostumbrados nuestros burócratas, Perón parecería estar bloqueando vaya a saber qué caminos. Desde la altura de las formas superiores de la lucha revolucionaria, no obstruye nada”.
Cabría insistir, entonces: el pensamiento fundamental de Cooke, todo el desarrollo del mismo y la acción correspondiente se basa en estas dos certezas: el peronismo es el eje de la Revolución Nacional, y Perón su Conductor revolucionario. Estas dos formulaciones son los rasgos que más contribuyen a definirlo. Tanto que, en mi opinión, toda su prédica y su lucha contra la burocracia y los sectores burgueses que aún sobrenadan en el Movimiento, aparecen como derivaciones de esa su visión del peronismo y su Líder.
El caso de Cooke, a diferencia de otros hombres de pensamiento puestos a intérpretes del proceso revolucionario argentino, ejemplifica de un modo arquetípico la situación de un hombre que piensa la revolución pero a la vez es militante activo de ella y está ubicado donde debe estar. Para Cooke ser marxista en nuestro país es ser peronista.
Cooke comprendió perfectamente su papel de intelectual dentro del Movimiento Peronista, insertado siempre en éste, sin desengancharse, advertido del peligro de hacer el juego al divisionismo buscando en algún momento, se diría bastante dramáticamente, el punto de equilibrio a través del diálogo fluido con el Líder. Su lealtad toma la forma, entonces, de una discusión posible de caminos a seguir en la lucha revolucionaria pero sobre la base de una honestidad de fondo que rechaza la traición y de la convicción de que la Revolución Nacional tal cual él la concebía y la concebimos ahora se da a través del peronismo y de su Líder.
Volviendo a las ideas-guías: en el pensamiento de Cooke la primera contradicción a resolver es la de dependencia o liberación. Se diría que allí el primer motor es la conciencia de lo nacional. A partir de este punto Cooke propone una síntesis que aparece fuertemente diferenciada de las elaboraciones teóricas de la izquierda cipaya. Lo necesario es romper las ataduras que convierten al país en una colonia bajo la bota de un ejército de ocupación nativo. La lucidez de Cooke le permitió avizorar en la Tercera Posición proclamada por Perón el germen de un Tercer Mundo y tuvo la consecuencia de reivindicar a nuestro Líder como profeta de éste durante la Conferencia Tricontinental de La Habana. Esto también hacía a su exacta caracterización del peronismo al ubicarlo en dicho contexto.
Ahora ha corrido bastante agua bajo los puentes y éstas parecerían sonar como nociones elementales. Pero Cooke había visto mucho antes, lo que a mi juicio ha tenido una importancia fundamental para el Movimiento.
En la correspondencia Perón-Cooke se observa claramente, ya desde el comienzo de la misma, que Perón ha encontrado su interlocutor y que esto, que el interlocutor sea precisamente Cooke, va a tener una importancia vital para el desarrollo posterior de nuestra Revolución. No sólo en lo que hace a intercambio de ideas, sino en la tarea de planificación de la Resistencia. En ese contrapunto entre el Líder y el que éste veía como a su sucesor se jugó el destino ulterior del peronismo en su avance rápido, sin retrocesos hacia el Socialismo Nacional.

Leónidas Lamborghini

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