En términos socioeconómicos, la Argentina mantiene diferencias importantes con el resto de América Latina. En “La hora de los hornos” dijimos: “Argentina es a su vez el país más diferenciado de América Latina; proporcionalmente el más industrializado; el de menor población rural; el de mayor clase media; el de mejor nivel de vida”. ¿Pero qué significan estas diferencias? ¿Acaso que la Argentina “no tiene nada que ver” con el resto del continente o del Tercer Mundo? ¿Son sólo datos sociológicos o económicos, o incluso culturales, los que determinan los niveles de integración entre diversos países?
“La hora de los hornos” fue cuestionada en algún sector del pensamiento eurocéntrico —y en sus portavoces locales— por haber proporcionado una visión que integra a la Argentina con el conjunto de América Latina y del Tercer Mundo. Nuevamente se quiso colocar el dato socioeconómico y “cientificista” como el determinante de de nuestra situación. Las cifras sobre el desarrollo industrial y cultural, sobre los índices de población rural o sobre el ritmo de crecimiento y desarrollo globales nos emparentarían más a las sociedades “desarrolladas” —según esa crítica— que a los restantes países de Latinoamérica. En esta vieja tesis coincide indudablemente la burguesía nacional argentina asociada al imperialismo, con su inalcanzable sueño de convertirse en “La Australia” o “el Canadá” de América Latina. ¿Pero qué papel juega hoy lo socioeconómico en nuestra situación? ¿Es acaso lo que sustancialmente nos define?
Mantener como pauta de caracterización nacional una métrica basada en los índices de “desarrollo” o “subdesarrollo”, forma parte de una mentalidad neocolonizada que intenta escindir el mundo —al menos el mundo occidental— en dos grandes áreas: la de los países “desarrollados” y la de las regiones “subdesarrolladas”. Los problemas que diferencian a unos de otros estarían determinados por la capacidad o incapacidad de cada área para resolver su crecimiento, como si esto dependiera nada más que de su propia
“voluntad” o de su potencia de “despegue”. El problema de los países “pobres” estaría así dado por las características que le son intrínsecas, congénitas, fatalizadas, y su desarrollo podría efectuarse únicamente adoptando el tipo de desarrollo de los países “ricos”, con el asesoramiento y la “ayuda” de éstos. La indolencia, el infraconsumo, las plagas, la multiplicación poblacional, etc., serían “problemas específicos del subdesarrollo”, a ser resueltos en consecuencia por los propios “subdesarroliados”. Un país dejaría de ser “subdesarrollado” y empezaría a “integrarse” a las áreas de “desarrollo” cuando determinados índices económicos, sociológicos y culturales equiparasen al país con esas áreas.
El “subdesarrollo” o el “desarrollo” estarían únicamente definidos por el grado de “desarrollo industrial”. Para esta concepción economicista de la historia, la salida del “subdesarrollo” consistiría en arribar a la “revolución industrial”. Pero si éste fue el dilema de los países periféricos en épocas en las que el imperialismo sólo hacía de las regiones coloniales fuente de materia prima y mano de obra barata, hoy la situación es distinta. El imperialismo exporta también algunos renglones de su industria desplazando ciertos polos de su propia expansión a determinadas áreas dependientes. El relativamente importante nivel de desarrollo industrial y tecnológico alcanzado en la Argentina (país que fabrica barcos de hasta 15.000 toneladas, aviones a turbohélices, automóviles, trenes, maquinaria de diverso tipo, etc.) no significa que el país haya logrado su principal objetivo: la liberación nacional. Porque si antes el imperialismo inglés nos vendía productos manufacturados, o luego el imperialismo yanqui nos ofrecía el Ford armado en EE.UU., ahora la manufactura y el Ford se fabrican en el país, pero no en función de las necesidades de desarrollo armónico y autónomo nacionales, sino para satisfacer la estrategia de dominación mundial imperialista, en la cual la burguesía local enmarcada por ésta, juega el papel de intermediaria. El caso del Brasil es otro ejemplo característico.
Silva Michelena sostiene: “la condición de existencia de un centro imperialista es su zona de explotación. Son las zonas explotadas las que hacen al gran centro imperial y no a la inversa. Sin éstas no hay imperialismo. La expansión del capital hacia las zonas periféricas fue configurando un sistema único de explotación imperialista integrado por polos de desarrollo y subdesarrollo, zonas metropolitanas y zonas periféricas. Una historia única y planetaria. Una historia mundial del capital. El centro se desarrolla y la periferia se subdesarrolla. Por eso aquí no hay posibilidad de ‘despegue’. Cada día seremos más pobres en tanto ellos más ricos. Esta historia mundial y única no es sino la de un sistema, la del sistema capitalista y su periferia; no es más que una consecuencia de la reproducción ampliada de las relaciones mundiales de producción”.
Una región tribal deja de ser lo que fue y se incorpora violentamente al sistema mundial imperialista como su área periférica, apenas el primer colono irrumpe en su nueva área de explotación. África, Asia y América Latina quedan integradas al sistema mundial de explotación imperialista simultáneamente con la llegada de los primeros colonizadores.
Sobre las áreas periféricas la sociedad central descarga sus problemas e intenta resolver sus contradicciones, ya sea apropiándose de sus riquezas naturales o remitiendo a ellas sus excedentes de población. Los 100 millones de africanos y los 60 millones de europeos enviados a América desde la conquista, son una de las caras de la moneda que se complementa con los proyectos de hacer de estas tierras “sociedades de consumo”.
Los primeros países que realizaron la revolución industrial fueron Inglaterra, Francia, Estados Unidos y los Países Bajos a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. Décadas más tarde Alemania y Japón se incorporan a esta élite de naciones industrializadas y continúa en una faz más avanzada la disputa de las áreas periféricas.
El mundo ya estaba dividido en dos áreas, constitutivas ambas de una misma sociedad: el área de las sociedades centrales (que antes exportaban ejércitos y ahora, además de ejércitos, capitales, cultura, ideología) y el área de las sociedades periféricas, que son las que posibilitaron la existencia de aquellas otras.
Las áreas más ricas consolidadas como nacionalidades autónomas alcanzaron justamente esa dimensión no tanto por sus “cualidades intrínsecas”, como por contar con la cualidad de saber hacer más pobres a las restantes áreas.
Fuimos colonias en la civilización agraria mercantil —dice Salvador Allende—. Somos apenas naciones neocoloniales en la civilización urbano-industrial. Y en la nueva civilización que emerge, amenaza continuar nuestra dependencia. Hemos sido los pueblos explotados. Aquellos que no existen para sí, sino para contribuir a la prosperidad ajena. ¿Y cuál es la causa de nuestro atraso? ¿Quién es el responsable del subdesarrollo en que estamos sumergidos? Tras muchas deformaciones y engaños el pueblo ha comprendido. Sabemos bien, por experiencia propia, que las causas reales de nuestro atraso están en el sistema. En este sistema capitalista dependiente que, en el plano interno opone las mayorías necesitadas a minorías ricas y en el plano internacional opone los pueblos poderosos a los pobres y los más costean la prosperidad de los menos. El subdesarrollo no es otra cosa, en consecuencia, que parte indivisa del desarrollo capitalista y viceversa. Es la explotación de las sociedades periféricas —los territorios colonizados o neocolonizados— lo que hace al desarrollo del imperialismo y no a la inversa. Darcy Ribeiro diría: “El centro eurocéntrico se desarrolló por aceleración evolutiva, en tanto que la periferia se subdesarrollo y desaceleró por su incorporación histórica y dependiente a los polos de desarrollo”.
Esta historia planetaria y única, con todas sus diferenciaciones internas es la historia de la expansión del sistema mundial capitalista a la periferia y atraviesa etapas diferentes. A partir de la Segunda Guerra Mundial se inicia una nueva: la del predominio imperialista de los EE.UU., y también, como nunca, la de la guerra de los pueblos colonizados y neocolonizados por liquidar ese gigantesco congelador de la historia.
La estructura vertical de la decisión monopólica es lo que define hoy al imperialismo contemporáneo. Y la política del estado en los países dependientes no es tanto el resultado de situaciones específicamente internas, sino, también el resultado del poder de incidencia o de decisión de las fuerzas monopólicas metropolitanas. En este contexto debiera ubicarse el tema de “desarrollo” y “subdesarrollo” y la relación de la situación argentina con la de otros países latinoamericanos o del Tercer Mundo.
Lo que caracteriza la situación argentina no es el “desarrollo” o el “subdesarrollo”, sino la dependencia.
El subdesarrollo es apenas una de las consecuencias de la dependencia, su aspecto, podríamos decir, cuantitativo. Pero lo que hace a la definición cualitativa, no es otra cosa que la vinculación de un área externa de la metrópoli, a la política de la metrópoli en una relación de dedependencia tiene que ser concebida como una chelena, “debe ser entendida como una variable que no es en absoluto externa ni algo que está yuxtapuesto a un imperialismo que viene de afuera. La dependencia tiene que ser concebida como una variable interna, como algo interior a la estructura de un solo sistema mundial que forma parte integral de su propia estructura competitiva”.
Son precisamente este sistema mundial, este poder concentrado de decisión y este estado de guerra los que van otorgando a la política una categoría preeminente por sobre todas las demás. Vale decir que el problema nacional no es un problema económico, ni cultural, ni social, ni de “desarrollo’ o de “subdesarollo”, sino, como tantas veces lo ha dicho Perón, un problema político. “Nuestros países no son ‘subdesarrollados’ como se llama ahora a las naciones sindicadas como incivilizadas, sino que, como consecuencia de confiar en esas ‘ayudas’ hemos sido descapitalizados primero y endeudados luego, por que los americanos del norte hicieron primero los países pobres y luego inventaron la ayuda para el “progreso”, que no es tal ayuda, sino una especulación más para seguir sumiéndonos en la pobreza, como muy bien lo había afirmado Bolívar hace un siglo y medio”. Es decir, dependencia o independencia, país neocolonizado o iiberación nacional y social. Desde esta perspectiva cabe indagar los vínculos existentes entre la Argentina, América Latina y el Tercer Mundo, y no desde la perspectiva estrecha y falsa de los índices socioeconómicos. Indudablemente, importa tener en cuenta todo aquello que hace a una caracterización económica, cultural o sociológica, pero esto importa para una correcta apreciación del problema al servicio de la resolución política sustancial, vale decir, para elaborar una correcta estrategia que permita destruir al adversario y alcanzar la liberación de la patria y del continente.
“Por encima de la singularidad que, respondiendo a nuestra historia y la naturaleza de nuestra problemática de hoy, marca un rumbo distintivo y autónomo al Perú —dice el Gral. Juan Velasco Alvarado— somos conscientes de compartir con otros hombres y otros pueblos un destino básicamente común en términos de una común oposición a todas las formas de dominio imperialista en los inseparables campos de la economía y la política. En suma, esta Revolución tiene conciencia de la imposibilidad de ser un fenómeno en total aislamiento y comprende muy bien el significado de lo que ella puede implicar en la experiencia de otros pueblos hermanos. Esto, obvio es decirlo, es consecuencia directa del propósito nacionalista que persigue superar todas las formas de dominio extranjero en salvaguardia de una soberanía por nosotros ya conquistada e irrenunciable (…) Una óptica estrechamente nacional resulta insuficiente para entender los fenómenos más significativos de cada una de nuestras repúblicas. Su comprensión cabal, en consecuencia, depende en gran medida del reconocimiento de la profunda similitud que hace del conjunto de las problemáticas nacionales una grande y básicamente común problemática continental (…) cometeríamos un error muy grande si, lejos de procurar el rápido acercamiento de nuestros pueblos, tendiéramos en los hechos a incrementar las distancias que hoy existen dentro de nuestro continente. Tal error equivaldría a estimular en nosotros la desunión, vale decir, a negarnos históricamente como nación latinoamericana”.
Argentina, en tanto país dependiente cuyo problema esencial es el de resolver su definitiva emancipación, se identifica naturalmente con aquellas regiones que viven una situación política similar, al margen de las diferencias estructurales. Enfrentamos a las sociedades centrales no sólo como áreas económicas o geográficas opresoras, sino también como áreas políticas contrapuestas al proletariado que somos respecto de ellas;8 nos identificamos con los pueblos latinoamericanos y del Tercer Mundo, en tanto nos une a todos un común problema político y un mismo destino histórico —liberarnos del colonialismo y del imperialismo— es decir, en tanto conformamos una misma unidad de proyecto, una similar política de liberación —construcción de sociedades socialistas—; política que no sólo sostiene la posibilidad de liberación de las áreas periféricas que somos, sino la liberación simultánea de las propias sociedades centrales.
En el marco de esta unidad política e histórica que hermana al pueblo argentino —a la Argentina— con los otros pueblos latinoamericanos, encontramos obviamente diferentes áreas socioeconómicas; sería absurdo ignorar la existencia de regiones con un desarrollo superior a otras, tal el caso de Brasil, México y la Argentina. Sin embargo, aún reconociendo esto, lo único que se está sosteniendo es que el capitalismo mundial produce en nuestro continente un desarrollo y un subdesarrollo desiguales; produce polos de desarrollo a nivel continental que vuelven a reproducirse en lo interno de cada país, ya que en ellos también se presentan las típicas áreas del “capitalismo” “colonial” o “colonias internas”, es decir, áreas doblemente colonizadas: por la metrópoli nacional y por el imperialismo en general. Todo ello no responde a otra cosa que a una determinada política. Incluso las concesiones económicas, la radicación de capitales, las inversiones, etc., hacen a una política económica proimperialista: aquélla que sirve a la expansión, al mantenimiento de la dominación del imperialismo.
“Para que el neocolonialismo se impusiese había que dividir el continente. La unidad de América fue destruida. La diplomacia de Canning promovió la balcanización en el sur. El naciente imperio yanqui lo haría en el centro y en el norte. Las ambiciones coloniales de los dos grandes imperios haría correr la sangre latinoamericana desde México hasta el Río de la Plata. Se volcó a un pueblo contra otro pueblo, a una provincia contra otra provincia. En menos de un siglo nacerían 20 países de 4 virreinatos”.
¿Quién puede desconocer que la conciencia de la unidad latinoamericana, la idea de “Patria Grande” de Artigas y otros patriotas estaba presente en las raíces mismas de la emancipación? “Nuestra causa es la causa de América —diría San Martín—. Nuestra causa es la auténtica causa del género humano”. Las formas políticas que se buscan, como la del régimen monárquico —presentes en la Argentina a través, entre tantos, de San Martín y Belgrano— no estaban destinadas a otra cosa que a afirmar la unidad política americana frente al enemigo principal. Todos los grandes caudillos de la liberación continental, fueran caraqueños, neogranadinos, argentinos, altoperuanos, orientales o chilenos, proclamaron en todo momento su condición previa de “americanos”. La Junta de Chile se dirigía en 1810 al gobierno de Buenos Aires planteando la necesidad de establecer un Plan o Congreso para “la defensa general”. En Caracas, en abril de 1810, la Primera Junta bajo la “máscara de Fernando” reclamaba la “obra magna de la confederación de todos los pueblos españoles en América”. El chileno Juan Egaña componía en la primer década revolucionaria un plan cuyo capítulo lº establecía la formación de “el Gran Estado de la América Meridional de los Reinos de Buenos Aires, Chile y Perú y su nombre será el de Dieta Soberana de Sud América”. Desde Perú, Monteagudo escribirá su “Ensayo sobre la necesidad de una Federación General entre los Estados Hispanoamericanos y plan de su organización”. En el Alto Perú, Castelli lanza un manifiesto: “Toda América del Sur no formará en adelante sino una numerosa familia que por medio de la fraternidad pueda igualar a las respetadas naciones del mundo antiguo”. La Primera Junta encabezada en 1811 por Fulgencio Yegros proponía la Confederación del Paraguay con las demás provincias de América de un mismo origen “y principalmente con las que comprendía la demarcación del antiguo virreynato”. En una arenga a la División de Urdaneta, Bolívar dice en 1814: “Para nosotros la Patria es América”. Casi cincuenta años más tarde, Felipe Várela, uno de los últimos caudillos montoneros argentinos del siglo pasado, convoca a la rebelión popular tras las banderas de la “Unión Americana” y no hace otra cosa que expresar los anhelos de aquel movimiento de protesta continental regido por la consigna de la “Unión Americana de las Repúblicas del Sur del Nuevo Continente”. Esas mismas banderas son recuperadas nuevamente por el pueblo en el corriente siglo a través de los movimientos nacionales y los procesos revolucionarios continentales. Vale decir que los polos de desarrollo desigual dentro del continente, no determinan diferencias en la esencia de este proceso: Argentina está unida al resto de Latinoamérica y a los países del Tercer mundo, porque tiene el mismo pasado y el mismo enemigo y porque su pueblo se identifica con esos otros pueblos en una misma vocación política de emancipación nacional y social.
El propio desarrollo de esa política —el igual que la integración del poder de decisión imperial— obliga a una acción cada día más coordinada e integral. Es esa conciencia común antiimperialista la que hermana a las regiones periféricas, al margen de los índices de analfabetismo, salubridad o desarrollo industrial. Si estos índices importan, es al efecto de determinar con mayor corrección, desde cada región, la política a desarrollar que sirva de estrategia común del conjunto de las regiones proletarizadas. El proceso revolucionario requiere la ampliación e integración de las regiones en proceso de liberación. De la conquista de esa integración emancipadora depende la posibilidad de construir el socialismo nacional en nuestro continente. Integración para la liberación frente a la integración para la opresión. Porque bueno es señalar, que si ayer la balcanización era la política imperial por excelencia, hoy esa política ha dejado paso al “integrar —controlando política y económicamente— para reinar”. En esta integración opresora —el llamado “panamericanismo”, etc.—, coinciden las burguesías de aquellos polos de “desarrollo” continentales, interesadas también en alinear detrás de sus intereses de dominación a las regiones limítrofes más atrasadas. Un ejemplo es el del Brasil, cuya casta militar-monopolista no disimula sus aspiraciones expansionistas sobre el resto de América Latina. Colonizada por los yanquis que quieren convertirla en el gendarme policial del continente y contando inclusive con el apoyo económico y tecnológico soviético, la burguesía industria! brasilera, asentándose sobre los sectores medios y no satisfecha con la sanguinaria opresión que le ha impuesto a la clase trabajadora, sueña con hacer realidad la hegemonía continental de la “América Portuguesa”. El desarrollo de este polo subimperia! es de tal empuje, que entre otros factores ha obligado a las FFAA argentinas a abandonar su propio teoría de las fronteras ideológicas, volviendo a las delimitaciones geográficas y buscando cooperación y complementación con los países vecinos, como bien se vio en la conferencia mantenida por Lanusse con Allende en Salta.
“El futuro de un mundo surperpoblado y super-industrializado será de los que dispongan de mayores reserva de comida y de materia prima —dice Perón—. Pero la historia prueba que tales reservas son solución si se las sabe y se las quiere defender contra el atropello abierto o simulado de los imperialistas. (…) Ya en el año 1949 dije con motivo del Tratado de Complementación Económica, que tenía por finalidad constituir una comunidad económica latinoamericana con fines de integración continental, que el año 2000 nos encontrara unidos o dominados. Pero han pasado los años y hoy vemos auspiciosamente surgir revoluciones salvadoras en varios países hermanos del continente, Cuba, Chile, Perú, son dignos espejos en los que han de mirarse mucho otros latinoamericanos que luchan por la liberación. Ahora es preciso que sin pérdida de tiempo se unan férreamente para conformar una integración que nos lleve a constituir de una buena vez la Patria Grande que la historia está demandando desde hace casi dos siglos, por la que debemos luchar todos los que anhelamos que nuestros actuales países dejen de ser factorías del imperialismo y tomen de una buena vez el camino de grandeza que nos corresponde por derecho propio”.