• Burócratas y burocracia
  • “Los burócratas están siempre a la pesca de cualquier frase o declaración de Perón que pueden utilizar para teñir de ortodoxia sus claudicaciones, pero ignoran los conceptos medulares de su pensamiento, mantenidos a través de los años como directrices del Movimiento, invariables y coherentes, que prevalecen sobre los momentos tácticos. Aquí es oportuno hacer algunas citas recientes que condensan ese pensamiento.
    1 — “Los que piensan que el problema social argentino puede solucionarse con un aumento progresivo de la renta en el término de diez años, se equivocan”.
    2 — “Desde que la injusticia social ha dominado, venimos escuchando de boca de los que la disfrutan, la afirmación de que la justicia social sólo puede alcanzarse si se constituye una Nación económica poderosa y rica. Si no predominara el egoísmo en la sociedad actual esta afirmación podría ser efectivamente valedera, pero es que el actual sistema capitalista de explotación no tiene y se observa que, excepto en la época del justicialismo, las etapas prósperas no han sido para los trabajadores sino para los empresarios y los parásitos que la usufructúan. Cuando más poderosa ha sido la economía, mayor ha sido la explotación”.
    3 — “Es que una vez el gobierno de la burguesía demuestra su fracaso evidenciando su incapacidad para gobernar lo inerte y su falta de dignidad y valores morales para conducir lo vital”.
    4 — “Cuando se nos habla de “economía libre”, de “libre empresa”, de “libertad de comercio” no son sino creaciones insidiosas para evitar que los demás se defiendan, para penetrarlos y explotarlos”.
    5 — “Ahora los capitalistas quieren convencer al pueblo de que hay que defender la propiedad, sin darse cuenta que el pueblo que no tiene acceso a ella no puede tener interés en defenderla. En cambio, la propiedad común es una solución para el que, de otra manera, no puede ni podrá nunca tener nada”.
    6 — “La economía no es ni ha sido nunca libre: o se la dirige y controla por el Estado en beneficio del Pueblo o la manejan los grandes monopolios en perjuicio de la Nación”.
    7 — “Las aparentes ayudas por empréstitos y aportes de capital no son sino otras formas de penetración que sirven de medios de expoliación y descapitalízación. Los bancos extranjeros y los monopolios terminan por dominar, imponen finalmente sus exigencias económicas, políticas y sociales, ya sea directamente o por intermedio de los “fondos monetarios internacionales”, con lo que los países sometidos pasan a ser colonia”.
    “(…) El resultado de esta postura dual es que el régimen integra a los burócratas en formas diversas que van desde someterlos al “terrorismo ideológico” y tenerlos cada cinco minutos aclarando que no son comunistas, hasta inspirarles pautas de conducta para ser reconocidos como personas serias, responsables y sin el pensamiento alborotado por apocalipsis revolucionarias.
    Ese deslizamiento continuado hacia la derecha otorga impunidad a elementos ultrarreaccionarios que consiguen alguna receptividad —y, en todo caso, la pasividad general— para planteos fascistizantes que reaparecen amparándose en una pretendida filiación peronista y que, como las vacas sagradas de la India, no sirven para nada salvo para estorbar, pero que nadie se atreve a liquidar por temor a ser anatemizado desde el engranaje de caza-brujas del régimen.
    Como el término “burócrata” está incorporado al léxico peronista pero con muy imprecisas connotaciones, y será utilizado a menudo en este informe, algunas breves puntualizaciones se vuelven necesarias. No designamos con eso a la persona que ocupa un cargo político o sindical, ni sostenemos tesis puritanas en contra de que se utilicen las ventajas que confieren algunos de esos status (licencia gremial, fueros parlamentarios, aparato sindical, etc.). Ni el hacerlo en forma deshonesta es lo que hace merecer el justificativo; el deshonesto es un burócrata, pero el burócrata no es necesariamente deshonesto ni cobarde (aunque ese ramillete de condiciones se suele dar con frecuencia en el burócrata).
    Lo burocrático es un estilo en el ejercicio de las funciones o de la influencia. Presupone, por lo tanto, operar con los mismos valores que el adversario, es decir, con una visión reformista, superficial, antitética de la revolucionaria. Pero no es exclusivamente una determinante ideológica, puesto que hay burócratas con buen nivel de capacidad teórica, pero que la disocian de su práctica, y en todo caso les sirve para justificar con razonamientos de “izquierda” el oportunismo con que actúan. La burocracia es centrista, cultiva un “realismo” que pasa por ser el colmo de lo pragmático y rechaza toda insinuación de someterlo al juicio teórico que los maestritos de la derecha les hacen creer que es “ideología” y que ésta significa algo que no tiene nada que ver con el mundo práctico. Entonces su actividad está depurada de ese sentido de creación propio de la política revolucionaria, de esa proyección hacia el futuro que se busca en cada táctica, en cada hecho, en cada episodio, para que no se agote en sí mismo.
    El burócrata quiere que caiga el régimen, pero también quiere durar; espera que la transición se cumpla sin que él abandone el cargo e posición. Se ve como el representante o, a veces, como el benefactor de la masa, pero no como parte de ella; su política es una sucesión d« tácticas que él considera que sumadas aritméticamente y extendidas en lo temporal configuran una estrategia.
    En realidad, está integrando una serie de relaciones superestructurales de las cuales se propone o cree valerse pero que lo tienen aprisionado; es sensible al terrorismo de las acusaciones de trotskista o comunista, cultiva las banalidades sociológicas que le inculcan bajo disfraz “progresista” en los cursos de la CGT o similares, y cree que es el único que sabe sumar tanques y soldados, por lo que declara fantasía y aventurerismo todo planteo que desafíe la correlación abrumadora de fuerzas en contra de los intereses populares.
    Afirma que el peronismo no debe ser “clasista”, porque confunde la composición policlasista del Movimiento con la ideología, considerando que existen ideologías “policlasistas” o “neutras”. No puede entender que, en un frente de lucha, con el policlasismo estamos todos de acuerdo, pero que la ideología sólo puede ser o la revolucionaria del proletariado o la burguesa.
    También cree que estar en contra de una sociedad dividida en clases es plantearse utopías en que todo quedará socializado en veinticuatro horas por decretos fulminantes. Esa visión, metodología y práctica burguesas, facilitan la proliferación de los peores elementos que en los remansos de la lucha aparecen para mangonear figuración y candidaturas, ellos mismos un poco sorprendidos de la desmemoria general para con sus claudicaciones pasadas. Las flores de fango por un lado y los varones prudentes por el otro, creen que más allá del módico repertorio de métodos y tácticas que ellos manejan sólo quedan el infantilismo, los golpes de mano y la desorbitación aventurera; entonces se reivindican como realistas, administradores avaros de cualquier margen de legalidad, de cualquier complacencia que los dueños del rayo de la violencia nos concedan.
    Este “estilo”, esta calidad especial, corresponde a nuestra contradicción intrínseca de movimiento revolucionario por nuestra composición y nuestra lucha antiimperialista y antipatronal —que objetivamente hace de nosotros el término de un antagonismo irreconocible con el régimen— mientras que organizativamente y como estructura estamos muy por debajo de esos requerimientos.

  • El liberalismo
  • Sobre esta tierra arrasada la oligarquía proclamó los ideales del “progreso” consagrados en una Constitución copiada y en el mismo sistema jurídico que la complementó. No es extraño que cien años más tarde —como se vio en la parodia de 1957— los cipayos sigan considerando como la obra maestra y cumbre del Derecho el engendro de 1853, que enriqueció en forma perpetua a los ricos al legalizar el sistema y la omnipotencia foránea. Los principios ideológicos del liberalismo —ideología de la clase burguesa durante el período cenital en las naciones adelantadas— eran las consignas del desastre para un país que se hallaba en estadios inferiores de desarrollo; su trasplante servil nos dejó a merced del extranjero, y nos deparó un siglo de economía deformada y tributaria, de empobrecimiento, de exacciones, de imposibilidad de desarrollo autónomo.
    Todos los medios de difusión públicos y privados, desde la enseñanza a la prensa, todos los estamentos vinculados a la organización que soportaba el país —profesionales, conferencistas, profesores, publicistas, políticos— estaban uniformados en la propagación de esa doctrina, sostenida como dogma inviolable de vigencia universal y eterna, cuya observancia nos aseguraría un porvenir de ininterrumpido progreso.
    Los fundamentos de la indefensión nacional y de los privilegios jurídicamente cristalizados dejaron de ser el exclusivo bagaje intelectual de su minoría usufructuaria para formar un repertorio único de ideas de manejo general. En una Argentina sin soberanía, convertida en zona franca para todas las aventuras predatorias del capital ultramarino, el hombre de pueblo era una paria, víctima de todos los abusos del patriarcado vacuno y de la usura comercial portuaria. En esa realidad sombría fue sobreimpuesta la imagen de una nación alienada, por definición constitucional; a la selecta avanzada de las democracias, pobladas de “Hombres” dotados de todos los derechos teóricos de la mitología liberal, y que gozaba de una prosperidad testimoniada por la magnitud de las balanzas de comercio. La misma imagen que nos convertía en centro de una floreciente cultura, medida por la fidelidad con que la élite copiaba los modelos de la alta sociedad inglesa y se mantenía al tanto de las novedades culturales de Francia.
    Cuando se tocaba alguno de los problemas críticos, en modo alguno se sospechaba que sus causas pudieran originarse en las instituciones, sino que era frecuente atribuirlos a que todavía no estábamos a la altura de esas excelsas creaciones que nos darían nuestra felicidad potencial. Si había descalabro económico, la responsabilidad se circunscribía a la falla del gobierno o de sus funcionarios; si alguna gente pasaba miseria, era sin duda el castigo que merecían sus culpas; ya se sabe que el “criollo es haragán” y que los obreros que llegaban de Europa tampoco querían trabajar y por eso se dedicaban al anarquismo.
    La dependencia económica aseguró la esclavitud mental. La semicolonia quedó unificada en el culto idolátrico de las ideas —símbolo del liberalismo— y cuanto se le oponía fue sentenciado y ejecutado en trámite sumario. El hombre del pueblo que resistía instintivamente a la domesticación fue despreciado como exponente de barbarie. “Martín Fierro” gritó su reclamo en la angustia del país profundo. Las epopeyas de nuestra historia quedaron desfiguradas bajo una fábula sin sentido: Rivadavia era un héroe, Facundo un salvaje. Las teorías que postulaban un manejo propio de la economía, recibieron una descalificación sistemática, en nombre de la ética, de la civilización y de la Ciencia Económica. Las protestas aisladas se pagaron con la soledad y el ostracismo.
    Las masas populares quedaron solas en su negativa a participar en la dimensión del país ante las banderas de la extranjería, como únicas depositarías de los valores morales y culturales de la nacionalidad. Pero no contaban, ya que había pasado la Argentina de las lanzas y faltaba mucho para la Argentina de las alpargatas.
    “Más de un siglo de explotación y dominación colonial ha dejado un dolor oculto en el alma de la comunidad Argentina y un sentido de rebeldía libertaria”. En esta frase, Perón sintetizó perfectamente el drama nacional. Capta una vivencia espiritual que escapa a muchos de sus críticos, que no se preocupan por algo que el puro análisis científico no registra y creen entonces que el éxito de Perón como político se debe a un “golpe de suerte”. A su vez, nuestros dirigentes, que creen cumplir con sus deberes con sólo dedicarse a la apologética del jefe, podrían meditar un poco sobre ésta y otras declaraciones que reflejan su pensamiento central, y verían que la política revolucionaria no es pura intuición, sino ciencia a la cual se aplica el arte de la política (como tanto lo ha repetido el propio Perón). “Explotación y dominación colonial” quiere decir que la lucha de clases en el seno de nuestra sociedad y la soberanía político-económica del país son partes de un mismo proceso indivisible, tanto ayer como hoy y que no puede hablarse de liberación nacional si no se comprende cómo se dá la lucha de clases en un momento determinado.
    Continuemos. La lucha política era entre minorías. La montonera había sido una forma de política elemental en la que se participaba directamente. El hombre de nuestro campo tomaba la lanza y arrancaba detrás del caudillo: iba a pelear contra los españoles o al grito de “Federación o Muerte” (que según se ha demostrado significaba “República o Muerte”) contra los proyectos monárquicos y centralistas de la aristocracia porteña o contra el chancho inglés o francés que rondaba nuestras aguas, en último caso para entreverarse en peleas de menor significación. Cuando se lo declaró ciudadano, se le quitó al mismo tiempo toda participación democrática, a lo sumo algunos votaban, acto esporádico que no rompía su situación ajena al proceso político.
    Hubo pleitos de proyecciones decisivas —como el de la federalización de Buenos Aires que quitó a la oligarquía bonaerense un elemento de poder y un arma contra el resto de la Nación— y hubo reveses infligidos al sector más reaccionario —como el triunfo de Avellaneda sobre Mitre, el paso meteórico del autonomismo de Adolfo Alsina, la tercera derrota consecutiva del mitrismo cuando Roca se impone a Tejedor, etc.— pero sin que se interrumpiera el proceso que acrecentaba el poderío inglés a costa de la distorsión de nuestra economía.
    Las atenuaciones parciales del libre cambismo mitrista —medidas de protección inspiradas por la prédica del grupo formado por José y Rafael Hernández, Pellegrini, Roque Sáenz Peña, Lucio V. Mansilla, Nicasio Oroño— tampoco impide que siga operándose el fenómeno de nuestra deformación económica.
    El enriquecimiento de la región pampeana significó, como contrapartida, el estancamiento del interior. El libre cambio tuvo en primer efecto negativo: la producción artesanal de las provincias interiores no pudo resistir la afluencia de manufacturas extranjeras.
    El litoral aumentaba constantemente sus exportaciones a medida que se iban incorporando nuevas tierras a la explotación y se mejoraba su rendimiento: por consiguiente, cada vez tenía más capacidad adquisitiva. En un régimen que contemplase los intereses nacionales en su conjunto, esa mayor demanda de consumo podría haber sido satisfecha en apreciable proporción comprándole al Interior, que de esa manera hubiese compartido los beneficios de la región pampeana y logrado una base para su propio desarrollo.
    Como efecto principal del libre cambio, el Interior se vio privado del acceso a ese mercado litoral que se surtía de los productos foráneos que afluían libremente. La concentración de riquezas en un área geográfica y el mecanismo de intercambio que aislaba las áreas restantes, nos marcaron con el estigma de la exagerada disparidad de desarrollo que caracteriza a las economías subordinadas.
    Gran Bretaña fue construyendo el dispositivo que servía para transvasar la riqueza argentina a la city londinense, invirtiendo de paso su excedente de capital en óptimas condiciones de rentabilidad. Las concesiones se multiplicaban y mientras se garantizaban las utilidades a los capitales extranjeros y se les otorgaban ventajas leoninas, al Ferrocarril Oeste, de propiedad provincial, se le negaban fondos para extender su trazado.
    Durante la época de Rosas no se habían contraído empréstitos con el extranjero, pero a medida que la Argentina aumenta sus exportaciones —y por ende su solvencia como deudor— se recurre al crédito externo con la exageración que el país se va hipotecando hasta límites increíbles. Sarmiento se vale del empréstito para terminar la guerra con el Paraguay y “pacificar” nuestro interior; otros empréstitos se piden para obras que no se construyen, para planes que nunca se inician, a veces sin buscar pretexto plausible. Después se van pidiendo empréstitos para pagar los servicios de empréstitos anteriores.
    El pago de amortizaciones, intereses y utilidades de las inversiones foráneas representó una carga que aumentaba la deformación y la vulnerabilidad de la economía. Durante muchos períodos, del 30 al 50 % del valor de nuestras exportaciones debían destinarse a ese fin: alrededor del 35 % de los ingresos fiscales de la Nación y las provincias era absorbido por pagos de la deuda pública externa.
    El juego de ese endeudamiento desaforado y de sus intereses compuestos obligaba a contar, para evitar situaciones graves, con el ingreso de nuevas radicaciones, con lo que el endeudamiento era cada vez mayor. Entre 1860 y 1913, el capital extranjero invertido en la Argentina fue de más de 10.000 millones de dólares (de acuerdo a su valor actual). Trayendo como consecuencia que, en 1913, el 50 % del capital fijo existente fuera de propiedad extranjera, y en 1929, aún excedía el 32 %.
    En estos idílicos tiempos, que tanto añoran los conservadores, el país sufría inmediatamente los efectos de cualquier contracción en los países industrializados. Estos eran periódicamente sacudidos por crisis que llegaban aquí con violencia multiplicada al reducir la demanda de nuestras exportaciones y simultáneamente el precio que se nos pagaba por ellas. Además, justo cuando nuestro país entraba en crisis, Gran Bretaña drenaba nuestras reservas de oro agravando nuestra situación. Sin embargo, las clases dirigentes ponían todo su empeño en mantener el crédito internacional de la Nación a toda costa. Un presidente diría que “es necesario economizar sobre el hambre y la sed de los argentinos”.
    Lo mismo ocurrió, por ejemplo, en la crisis del 90 en que cesó el flujo de capitales y los ingleses retiraron el oro, bajó el valor de la tierra y de las exportaciones y se redujo el poder adquisitivo de los jornales. La filosofía del Gobierno de Juárez Celman era de ortodoxo acatamiento al capital extranjero: también de los sectores que le hicieron la revolución, que se lamentaban principalmente “del descrédito en que había caído el país ante los capitalistas europeos y los perjuicios que acarrearían a las fortunas privadas los despiltarros y desaciertos financieros del gobierno”.
    Es que, por debajo de las controversias sobre política económica prevalecía una constante cultural dada por una oligarquía que obtenía superganancias de la renta absoluta y diferencial de la tierra, y que participaba a través de su sector más privilegiado del monopolio inglés sobre nuestro comercio de carnes.
    Había planteamientos opuestos a los de la minoría gobernante y, dentro de ésta, sectores más esclarecidos. Pero al no conocer la esencia de la coalición oligarquía-imperialismo y sus mecanismos de drenaje con todas las proyecciones que sobre la vida del país tenía ese complejo sistema de relaciones semicoloniales, los objetivos de los opositores eran parciales y los éxitos transitorios; se perjudicaba a algún personero de fácil recambio o se desarmaba alguna parte visible del dispositivo sin detener su implacable funcionamiento.
    Llegar al fondo del drama de la Argentina, hubiese sido descubrir simultáneamente el despojo de que era víctima, la alienación de su soberanía y el papel que en ello desempeñaba el régimen institucional, punto de convergencia de las unánimes devociones. Los pocos que mordieron esa fruta del Árbol de la Sabiduría fueron expulsados del paraíso político argentino y envueltos en la conspiración del silencio, sin “prensa libre” donde escribir, ignorados como Manuel Ugarte o David Peña o los Hernández, o como Alberdi, perseguido hasta el final de su vida por el odio mitrista y condenado después de muerto a que se conociesen sus Bases y escritos extranjerizantes, pero no los trabajos en que se rectificó y defendió tesis nacionales; cuando no les ocurrió lo que a Osvaldo Magnasco, que por atacar a los ferrocarriles británicos fue difamado y condenado al ostracismo político. Creo que es en el Eclesiastés, que está escrito:

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