Compañero:
Como integrantes del Movimiento Nacional Peronista sabemos que la liberación será posible únicamente por obra solidaria del pueblo, y que si por arte de algún sortilegio el General Perón resolviera solo nuestros problemas —para utilizar sus propias palabras—, resultaría que nos habría hecho el más flaco servicio y que poco tardaríamos en ser nuevamente dominados. De qué podría valer lo que nos diera si no fuésemos capaces de defenderlo y mantenerlo. Como él dijo en 1956, “Los pueblos que no saben defender sus derechos y su libertad merecen la esclavitud (…) Construir para el pueblo es grande, pero mayor es aún enseñarle al pueblo a construir por sí”.
En este sentido nuestra propia experiencia militante cotidiana nos permite comprobar que no obstante los golpes sufridos, la persecución despiadada, los asesinatos y las bajas, la entrega de la riqueza nacional, el caos económico, los errores y las deserciones de los dirigentes gremiales y políticos, y hasta la infamia de algunos, en estos dieciocho años de dominación oligárquica e imperialista, el Movimiento, tanto en lo que es expresión de la fuerza trabajadora como en lo político, se ha fortalecido en forma extraordinaria y ha crecido cuantitativa como cualitativamente. Si alguna duda quedara, ella se disipa ante el testimonio de la mayor movilización de masas de la historia, no ya de nuestra patria ni de nuestro continente, sino del hemisferio occidental todo para recibir a nuestro Líder en su regreso triunfal del 20 de junio, con cuatro millones de personas efervorizándose ante su solo nombre, conscientes de su papel protagónico en el quehacer nacional, que les corresponde por derecho propio y sin la mediación de ningún tipo de burocracia traidora.
La nacionalización de la clase media, de amplios sectores de la pequeña burguesía, de capas de intelectuales, de parte de la burguesía nacional, postergada y arrinconada por la penetración y explotación del imperialismo y sus conglomerados multinacionales, ha hecho que tomen conciencia de nuestra realidad y se aproximen a las filas del pueblo y del Movimiento Nacional que lo expresa y la comprende.
Pero para llegar a esta etapa en la que el Peronismo irrumpe en todas las manifestaciones de nuestro ser como Nación, en el que constituye una fuerza incontenible por su pujanza, fue preciso previamente superar años de represión, de injusticias, de descomposición social, de crisis y de dictadura militar desembozada. A los millones de peronistas leales a la causa se sumaron las nuevas generaciones y sectores sociales que antes integraban las filas de la reacción.
El derrocamiento sirvió para purificar el Movimiento, intensificarlo y extenderlo. La masa superó en esta etapa muchas veces a los titulados dirigentes.
La superación se logró contando con el aporte de nuevas formas de organización que, aún cuando rudimentarias, encauzaron dentro de lo posible la lucha integral de lo que dio en llamarse el período heroico de la “Resistencia”. Entonces el Movimiento necesitó de una línea intransigente marcada por hombres con fe, de temple, con clara percepción de la instancia que se vivía, con militancia política, formación teórica, lealtad al Conductor y capacidad para apreciar la situación sobre el terreno y resolver con acierto.
El Gral. Perón caracterizó así ese momento: “La fuerza del Peronismo radica en que, su línea intransigente, frente a unos y a otros, está en la propia naturaleza del desarrollo histórico, en tanto las otras tendencias sólo viven y pueden obrar en el plano estrictamente político. Sus éxitos sólo pueden ser éxitos políticos, sin la gravitación ni la permanencia del quehacer histórico. Y, por ser éxitos meramente políticos, su signo en el tiempo y en el espacio, es la fugacidad. El quehacer político sólo puede adquirir vivencia cuando tiene como sustento la línea histórica. En épocas de normalidad es fácil confundir la importancia del hecho político que adquiere así falsamente categoría permanente, pero, existen períodos de la vida nacional, en que está en juego su propio destino, en que el quehacer histórico es el dominante. Estos períodos están señalados por la presencia de los “hechos nuevos”.
“Por eso los antiguos dirigentes gremiales, políticos y militares, cualquiera sea el bando en que actúan, están fuera de la proyección histórica: los del elenco de la tiranía, por la propia naturaleza de su proceso están condenados irremisiblemente; el conglomerado político por su parte, en cuanto a dirigentes, ha sido superado por la dialéctica de los hechos. En definitiva puede asegurarse, sin dogmatismos ni prejuicios, que unos y otros no han percibido las condiciones en que se está desarrollando este modo de la vida nacional. Tanto es así, que todos ellos, los católicos nacionalistas en sus varios matices, los neoperonistas (de peronismo sin Perón), los bengoistas y los grupos militares detrás del último golpe de Estado, constituyen simplemente la réplica y el reverso, pero con los mismos módulos, del elenco de la tiranía”.
Al frente de esa línea intransigente el Movimiento tuvo a John William Cooke, ubicado por Gral. Perón en ese puesto de combate, porque el momento histórico, cruento y difícil, necesitaba de compañeros “moldeados por todas las pruebas”. Era el único hombre del Movimiento a quien el Gral. había confiado documentos que lo autorizaban a proceder en nombre y representación suya en cualquier situación (quizás por eso fue objeto de una persecución despiadada). En más de una ocasión el Líder ponderó la comunidad de criterio existente entre ellos, para apreciar y resolver cuestiones concretas.
Su confianza en Cooke se la expresó con estas palabras: “(…) como es necesario que la conducción se realice en el propio teatro de operaciones, sin esperar las órdenes mías que, en ese caso pueden ser tardías, le adjunto las credenciales que lo autorizan a usted a proceder en mí nombre y representación más absoluta, para que en caso necesario usted obre directamente, como si fuera yo, en cualquier caso que sea necesario. Con la autorización le adjunto también un documento en el que desautorizo a todos los que puedan invocar mi autoridad en las organizaciones peronistas (…)”.
En correspondencia desde Caracas a otro miembro del Movimiento, habría de explicar el motivo de su elección así: “El doctor Cooke fue el único dirigente que se conectó a mí y el único que tomó abiertamente una posición de absoluta intransigencia como creo yo que corresponde al momento que vive nuestro Movimiento. Fue también el único dirigente que sin pérdida de tiempo constituyó un Comando de lucha en la Capital que confió a Lagomarsino y Marcos, mientras él estuviera en la cárcel. Fue también el único dirigente que mantuvo permanente enlace conmigo y que, a pesar de sus desplazamientos de una cárcel a otra, pudo llegar siempre a mí con sus informaciones y yo a él con mis directivas”.
Es evidente que el prestigio y la autoridad de este prohombre del Movimiento Nacional no es producto sólo de su militancia política, no obstante lo mucho que le debemos en éste terreno, ni su acción se limita al período de la Resistencia.
La lucidez de su enfoque en el análisis de cada coyuntura histórica, la caracterización de los intereses imperialistas y sus aliados internos, sus aportes teóricos, la labor cumplida en los ámbitos parlamentario, periodístico y universitario, siempre encaminados a mantener una línea intransigente de Liberación Nacional, compromete nuestro reconocimiento.
Como lo recuerda García Lupo, su antiimperialismo lo llevaba en la sangre y lo aprendió de su padre, Ministro de Relaciones Exteriores en 1945 y decidido luchador contra las presiones del Departamento de Estado norteamericano. Consecuente con su posición, en 1946 siendo diputado nacional, vota contra la ratificación de las “Actas de Chapultepec” y de la “Carta de las Naciones Unidas”, dejando a salvo su plena fe y confianza en el patriotismo y capacidad para la conducción de las relaciones internacionales del Canciller y del Presidente de la República. En la emergencia Cooke puso de manifiesto la honestidad de su conducta. Cumplió como peronista y también con su exaltada conciencia antiimperialista. Claro que su criterio de apreciación no se encontraba limitado por el conjunto de circunstancias que debían ser evaluadas por los responsables de la conducción de la política exterior en un momento sumamente difícil para la República Argentina. Se trataba de una nueva situación mundial, nos encontrábamos con la realidad de un bloqueo económico, con amenazas de acciones inminentes tanto de adentro como de afuera, el país necesitaba vincularse en el plano internacional, romper un aislamiento que afectaba nuestro futuro. Para ello tales tratados eran instrumentos formales adecuados y el Gobierno popular los firmó, si bien no hubo ninguna preocupación por cumplir con sus disposiciones en cuanto afectaban la voluntad nacional, como lo ilustra, entre otros casos, el de la guerra de Corea, en la que no participamos, mientras Brasil se hizo presente con tropas, subordinándose a la política agresiva y expansionista de los Estados Unidos.
Los pasajes principales de la exposición de Cooke en el Congreso fueron éstos: “La discusión en cuanto a la naturaleza jurídica de los convenios y al alcance de los mismos, no hacen al fondo de mi razonamiento, por lo cual no he de detenerme en ella”.
“Entonces, para mí sólo cumplen una misión fútil estas actas: o reafirman lo que ya es un hecho, y entonces no son tan importantes; o tienden a crear un “sistema” que reposa en un sofisma y lo que es peor, en un sofisma peligroso: el de la igualdad de los Estados. Es sofisma, porque la igualdad jurídica tiene su contrafigura en la desigualdad material, que suele pesar más que aquélla”.
“¿Alguien cree que por la simple existencia del Acta de Chapultepec algún país rectificará conductas que en un pasado cercano resultaron lesivas para la soberanía de los países de América? Yo creo que no. Sí se rectifica esa conducta, no ha de ser por Chapultepec, sino porque se ha producido la evolución que todos esperamos para bien de América”.
“Acción práctica de solidaridad y efectivo respeto de las soberanías, es lo que requieren los pueblos de América, y no sistemas moral-jurídicos declarativos, respecto de los cuales tienen todo el derecho de ser recelosos, porque en los mismos la igualdad jurídica de los Estados se mantienen en el plano ideal frente a la desigualdad material, que tiene más gravitación efectiva”.
“Más que sistemas normativos, los países latinoamericanos necesitan el desarrollo del mutuo respeto, la no gravitación del saldo de la balanza de pagos en los movimientos políticos internos e internacionales, y la solidaridad no coercitiva. Sobre esas bases, ha de edificarse el destino de América, que yo preveo feliz a plazo no muy largo”.
“Yo creo que las Actas de Chapultepec son un peligro y no una esperanza para los pueblos de América”. (…) “En cuanto a la Carta de las Naciones Unidas, (…) considero personalmente que su estructura es violatoria de elementales principios de derecho internacional y de convivencia mutua, que sólo aparecen en tránsito fantasmal en la parte declarativa, porque en las partes resolutivas sólo vemos el ánimo de dominar al mundo, en la forma que están constituidos algunos de sus organismos”.
“Pero yo respeto las posiciones adversas a la mía. Sé que ningún diputado o ningún ministro ha de dar una opinión cuando a su juicio pueda derivarse de ella una lesión para nuestra soberanía. Pero, personalmente, pienso que estas actas, consideradas en su conjunto y la Carta de las Naciones Unidas con ellas, importan una mengua para nuestra soberanía. Y basta esa mengua, aunque fuese mínima, para que ese solo hecho gravite en mi espíritu en forma tal que me impida dar un voto positivo, no obstante la profunda solidaridad que guardo en otros asuntos con los compañeros de mi sector. Han de comprender ellos mejor que nadie mi oposición; ellos creen defender de una manera la soberanía y yo creo defenderla de otra. Somos simples detentadores de la soberanía, que no nos pertenece; la hemos recibido de quienes la ganaron en la gesta de Mayo y en los campos de batalla y debemos mantenerla para transmitirla intacta a las generaciones futuras” (D. de Sesiones Dip., agosto 29/30 de 1946).
El lenguaje directo y franco de Cooke, fruto de su integridad moral, resulta evidente tanto cuando habla en la Cámara como cuando dialoga por carta con el General Perón. En las siguientes líneas referidas al retorno de 1964, que reflejan el auténtico sentir de un pueblo con respecto a su líder, le dice: “Que lo hayan denigrado y escarnecido no nos importó; sirvió para aumentar nuestra rabia y multiplicar nuestros esfuerzos, que lo injurien la oligarquía, los políticos reaccionarios y los curas del régimen, menos nos importa; que lo mantengan lejos de nosotros, aunque nos duele, no disminuyó nuestra adhesión hacia usted, como todo el mundo lo ha comprobado con asombro. Pero ni usted ni nosotros, que hemos aguantado la calumnia, la persecución y el alejamiento físico podríamos resistir el ridículo. Si usted no cumpliese, seguiríamos siendo peronistas, pero nos faltaría moral y orgullo, que son el patrimonio de las masas con que se enfrentan al poderío material de los privilegiados”.
Su poder de percepción de una realidad está puesta de manifiesto en los párrafos que transcribimos de la revista De Frente, que él dirigía y que fueron escritas en 1954, donde con rápidas pinceladas muestra al dirigente burócrata, que en lo esencial y guardando la debida distancia en el tiempo y en las modas, es el mismo de nuestros días, tan opuesto en su conducta al activista revolucionario: “En los últimos años se ha observado una peligrosa inclinación en muchos dirigentes sindicales. A poco de llegar a las comisiones directivas, saltando de las fábricas y talleres, el flamante dirigente “descubría” un nuevo mundo. Generalmente el descubrimiento comenzaba con la compra de un sombrero orión. Luego con los cigarrillos rubios, por supuesto extranjeros. Después, el automóvil, cuanto más largo mejor”.
“Con orión, chesterfield y “bote” la vida resultaba distinta, la fábrica lejana y los compañeros obreros, con sus problemas diarios, una cosa realmente molesta. A medida que se internaba en el reconocimiento de la nueva vida (repitiendo casi a la letra la trayectoria de Estercita, la pebeta más linda de Chiclana), perdía el poco o mucho arraigo que había tenido en la masa. Se abría un abismo entre el señor dirigente y sus compañeros obreros. Estos debían hacer antesala para verlo, mientras el señor dirigente, a su vez, hacía antesala en las oficinas públicas persiguiendo las cosas más dispares, desde un negocio personal hasta la solución para algún problema gremial que, desconectado de la masa, no se atrevía a encarar”.
“Así se fue formando la original casta de los dirigentes que no dirigen. Esto ha ocurrido con muchos secretarios generales. Algunos ya han sido barridos por sus gremios. Otros todavía están “al frente”, como puede estar el obelisco al frente de una manifestación”.
Cooke comprende con claridad la realidad económica social que lo rodea e interpreta el proceso histórico desde una perspectiva revolucionaria, que corresponde en agudeza al rigor de la acción revolucionaria, tal como lo ilustra la selección de textos que sobre liberalismo, burocracia e ideas directrices fundamentales del Movimiento tomadas del Gral. Perón, hacemos por separado.
Cuando en junio de 1966, el partido militar toma el gobierno, suprimiendo la intermediación ineficaz de la minoría liberal que formalmente ejercía la administración pública, ante la claudicación desembozada de los aparatos político y sindical que se subordinaron a la dictadura de los monopolios, Cooke anatemíza la nueva traición a la causa nacional y al pueblo trabajador, al propio tiempo que define, con ironía, a la autotitulada “revolución argentina”, como “mezcla de lo peor que tiene cada sistema”. Se ocupa del régimen en distintos trabajos; de ellos, es en Peronismo y Revolución donde su pensamiento se explícita con mayor detenimiento, mientras que en los dos volúmenes que reúnen las cartas intercambiadas con nuestro Conductor encontramos, en diálogo vivaz y sin reservas mentales, el análisis del acontecer argentino, desde el derrocamiento en adelante, con juicios objetivos sobre el momento que consideran y su perspectiva histórica, estudios de tácticas y estrategias a aplicar en cada situación, que ayudan a comprender y dar sentido a lo ocurrido en nuestro suelo en el período de la neocolonización que se inicia en 1955, sin omitir la apreciación oportuna de cuanto sucede en el plano internacional que por su trascendencia sea motivo de atención. También desfilan crudamente por sus páginas las miserias y traiciones de personajes que obtuvieron una posición a la sombra del Movimiento Nacional.
La vida de Cooke fue una permanente e ininterrumpida entrega a la causa de la lucha popular, desde las filas del Movimiento Nacional Peronista, reconociendo como su eje a la clase obrera, y ya próximo a la muerte, a los cuarenta y ocho años, al donar su cuerpo con la esperanza de resolver algún problema individual, se lamentó de no haber tenido un final heroico que contribuyese a la solución revolucionaria de nuestro drama americano.
Compañero: hemos querido incluir la figura de John William Cooke, adjuntando algunos de los aspectos de la acción patriótica y el ideario revolucionario de este gran precursor de la línea intransigente de nuestro Movimiento. Cooke, que en vida tuvo la suerte de los precursores, incomprensión y hasta soledad; gana terreno palmo a palmo en el peronismo después de su muerte. Toda la militancia revolucionaria le debe algo a Cooke. El abrió brechas en el acorazado aparato del vandorismo; sostuvo una posición de principios intransigentes en el terreno político; estimuló con el ejemplo de su valor físico a los combatientes; aportó en el desarrollo de formas de organización revolucionaria; fue un abanderado de la solidaridad con los movimientos revolucionarios de liberación; hizo aportes de valor a la autocrítica de los errores de nuestro Movimiento; apuntaló al desarrollo ideológico del peronismo, a la comprensión del papel hegemónico que debe cumplir la clase obrera en la lucha por la Liberación Nacional y la construcción socialista.
Cooke está vivo en la militancia revolucionaria del peronismo, incluso en aquella que no conoce su pensamiento o no es capaz de valorar su obra. Peronismo y Socialismo pone su primer número bajo la advocación del compañero John William Cooke como un leal reconocimiento a una línea de pensamiento y de conducta.
Comité de Redacción

Tags: