«La anticultura llega al poder», alertó Bunge y Born desde las páginas de El Burgués, mientras sendos editoriales de La Prensa y La Nación daban el marco necesario para las renuncias por «incompatibilidad espiritual» de los principales figurones del coloniaje de la Universidad de Buenos Aires. Simultáneamente, una seudo agrupación de docentes universitarios (algunos ex peronistas puestos afanosamente a recordar la letra de la marcha y otros tantos oportunistas del 12 de marzo) amenazaban con tomar el Ministerio de Educación, por cuanto a su entender, la casa de estudios que fundara el Presbítero Saenz, había caldo en manos, de los diabólicos marxistas.
Tanta indignación de las empresas multinacionales, la prensa oligárquica y los fascistas trasnochados, tiene su razón de ser. Efectivamente, la anticultura llega al poder de la Universidad. A partir de la intervención dispuesta por decreto 35 del gobierno popular, los compañeros Cámpora y Taiana han posibilitado el fin de la cultura del sometimiento, es decir del cientificismo abstracto, y del cipayaje concreto. El fin de la universidad liberal ha llegado con los primeros vientos del gobierno peronista.
En este proceso irreversible que ha comenzado a producirse en todas las altas casas de estudios, marcha a su
cabeza la de Buenos Aires bajo la firme y serena conducción de Rodolfo Puiggrós, que en los actos de toma de posesión de los distintos decanos interventores, fue perfilando el concepto de la Nueva Universidad integrada en el proceso de reconstrucción nacional, y al servicio de su pueblo, —respaldado por la presencia masiva del estudiantado-.
Pero, no es la concepción finalista de la UBA, expuesta por este viejo amigo del General —públicamente conocida de antemano— lo que más ha conmovido los cimientos de la hasta ahora universidad rivadaviana. Lo que garantiza que el proceso es irreversible, es que no se trata de una transformación superestructural, sino que la misma tiene su base fundamental en la participación activa de los estudiantes, personal no docente y algunos sectores profesorales.
Las Mesas de la Reconstrucción organizadas por la Juventud Universitaria Peronista, las asambleas masivas de estudiantes y trabajadores de la universidad, aseguran que cada una de las medidas tomadas por Puiggrós y sus delegados responden al verdadero sentir de los componentes reales de la UBA y se ajustan a las necesidades concretas de la liberación nacional en ese ámbito.
Desde ya que la tarea no es fácil.
Desde la reacción orquestada, hasta el intrincado andamiaje de leyes y resoluciones heredadas de los asaltantes del 55, de los bastones largos del 66 y quienes los precedieron, son obstáculo que no se derriban en pocas horas. A ello se suman las Fundations internacionales, que prácticamente cogobernaban la Universidad.
Sin embargo, las mismas nada pudieron hacer ante el proceso de movilización y la clara conciencia nacional de los estudiantes y las nuevas autoridades, mancomunadas en la sustitución de la cultura de la dependencia por la cultura nacional—y popular, que ha de jugar un papel fundamental en la construcción del socialismo nacional.
Terminada esta etapa, cuando las aulas dejen de llamarse Saavedra Lamas o Carlos Alberto Erro para denominarse Juan Pablo Maestre o Eva Perón, cuando no quede un sólo profesor que haya sido miembro de la Cámara del Terror, cuando la necesaria limpieza haya dado paso a la elaboración de una cultura popular, la Universidad que no puede ser una isla, sino un portaviones revolucionario, saldrá a la calle, para hacer sentir su presencia y colaboración en cada barrio, fábrica y taller, insertada en el seno mismo de los trabajadores argentinos.

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