Julio Broner ha protestado indignado cuando se ha comparado al Plan Gelbard con el de Krieger Vasena. La revista «Panorama» sostiene que los ejecutores del Plan Gelbard son otros que los del Plan Kireger. Y agrega que el plan que el país habrá de experimentar «será llevado a cabo por un sector desplazado en los últimos 18 años: las empresas de capital nacional». Los voceros del Sistema elogian en forma entusiasta el Plan Gelbard.
En este marco, y con un descontento popular creciente, es necesario ir al fondo mismo del problema. Y en consecuencia preguntarse si existe una burguesía empresaria que luche por la liberación en la Argentina.
De la respuesta surgirá la verdad sobre este «acuerdo social» propuesto desde la estructura del gobierno popular.
Por de pronto señalemos que ni Gelbard ni su equipo son peronistas. No son peronistas subjetivamente, y como los hechos lo han de demostrar a la brevedad, tampoco lo son objetivamente.
Desde 1963, la CGE busca la alianza («Pacto Social») con la CGT. La iniciativa tiene por punto de partida a la CGE, no a la confederación obrera. Esta iniciativa parecía demostrar la oposición del empresariado del interior al de Buenos Aires, a la vez que coincidiría según los analistas, con la oposición del capital monopolista, nucleado en ACIEL, con el nacional, integrado en la CGE.
Sin embargo, a partir especialmente de 1967, la CGE demuestra una absoluta debilidad para resistir la desnacionalización de empresas generadas por el capital monopolista. Simultáneamente, les seccionales del interior de la UIA comienzan a ingresar a la CGE. Esta va cambiando gradualmente su naturaleza.
La CGE demuestra su muy limitado o casi nulo antiimperialismo y las reformas propuestas desde 1963 son inoperantes para frenar el creciente proceso de concentración y extranjerización de la economía argentina. En su lugar, la CGE lanza como propuesta compartir parte del poder con el capital monopolista y tratar de coexistir con él. Esta propuesta es la que explica las expresiones elogiosas de la UIA y «La Nación».
Es imposible, en este proceso, hablar de una burguesía nacional, entendiendo como tal a una clase homogénea, y ésto porque, atrapada por la ofensiva monopolista y la amenaza de radicalización de la clase obrera peronista, teme más a la revolución social que al imperialismo, buscando sobrevivir en una alianza con su enemigo.
Si de alguna manera pudiéramos todavía rescatar a este empresariado débil y dependiente de la propuesta imperial, bastaría mostrar que no tiene ni siquiera posibilidad de encarnar la modalidad schumpeteriana de un Miguel Miranda. Es el propio Gómez Morales, actual presidente del
Bco. Central el que cuenta la siguiente anécdota: «Recuerdo que en mi período, a partir de 1949, luego del lapso crítico de 1948, ante una rectificación sobre la marcha de algunas medidas dictadas por Miranda,Perón,creyó ver una crítica de mi parte a la gestión de Miranda, y me dijo: «Ud. habla bien, pero si yo lo hubiera llamado en 1946, y le hubiera dicho hay que nacionalizar los depósitos bancarios, hay que crear la flota mercante, y tantas otras cosas ¿qué hubiera dicho? Y… probablemente que no se podía hacer ¡Ah! Miranda me dijo que sí» (Alfredo Gómez Morales. «El Cronista Comercial», 8.4.71).
Hoy están Gómez Morales y Gelbard, no Miranda, lo cual significa que en 18 años de penetración imperialista y crecimiento combativo de la clase trabajadora peronista, la burguesía empresaria como tal no tiene propuesta propia nacional posible, y tiene necesariamente que asumir la del imperialismo.
Es cierto entonces que: «En la Argentina no existe burguesía, ni nacional ni cipaya. Existe una oligarquía gerencial, representante de los conglomerados y de los intereses del centro imperialista, y existe un régimen de ocupación que, a través del Estado —convertido en virreinato— y de los organismos militares y dé seguridad, garantiza la estabilidad del frente interno en los marcos de la estrategia global imperialista. La existencia de personas que por su actividad puedan ser definidas como burguesas, de ninguna manera aporta a la existencia de una clase social burguesa en nuestro país». No es menos cierto que existen contradicciones secundarias entre Buenos Aires y el interior, entre algunas empresas de capital nacional y el capital monopolista y aun entre el capital europeo y el norteamericano, pero estas contradicciones secundarias sólo tienen sentido e importancia en la medida en que la principal y verdaderamente antagónica sea resuelta. Sólo desde un peronismo en construcción del socialismo nacional, o sea una clase trabajadora en el poder, las contradicciones secundarias pueden ser instrumentadas para la liberación.
«De la pequeña empresa solo se puede esperar una política pequeña», pero esa política pequeña queda inmediatamente subsumida en la política del capital monopolista. Y así será, a pesar de las declaraciones de Gelbard o de Graiver, (funcionario continuista) de Broner o de Recalde. Porque la contradicción entre el negociado de Montecatini de Aluar y el fallido de Kaiser en el mismo asunto, al pueblo no le aporta ventaja alguna.
Gelbard es Krieger, esa es la conclusión. Así ya lo entiende el pueblo.

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