¿Qué sentido puede tener, desde la fe, la opción por el socialismo?
En primer lugar, ¿por qué hoy nosotros, cristianos, estamos hablando o criticando al socialismo? Porque los cristianos hemos comprendido que el único mandamiento que nos dejó Jesús —porque los Diez Mandamientos los dejó Dios en el Antiguo Testamento— es este: “Yo les doy un nuevo mandamiento, que se amen unos a otros como yo los he amado.” Y tiene dos dimensiones. Una de amor personal absolutamente irrenunciable y una dimensión colectiva o estructural del amor. Y por eso hoy los cristianos nos preocupamos por la política, por la acción tendiente a cambiar el mundo.
El Papa, en su último gran documento, la Octogessima Adveniens dice: “Dirigimos a todos los cristianos de manera apremiante un llamado a la acción…” Y no hace distingos entre curas, laicos y religiosos, sino cristianos en general. Y cuando da un ejemplo de compromiso actual de un cristiano, habla de los curas obreros…
Dice: “Los laicos deben asumir como tarea propia la renovación del orden temporal”. No dice pueden asumir. Deben asumir. Es una exigencia de la vida cristiana.
Y agrega el Papa: “Si la función de la Jerarquía es la de enseñar a interpretar auténticamente los principios morales a seguir en este campo, pertenece a los laicos mediante sus iniciativas, y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la cual viven.”
Todos sabemos qué necesitan las estructuras en las que vivimos: ser penetradas de espíritu cristiano. Para dar un solo ejemplo: esta sociedad es una sociedad corrompida, inmoral y pecaminosa. Solo en la Capital Federal hay 120.000 departamentos vacíos hechos para los oligarcas y hay 1.500.000 personas que viven en ranchos, conventillos y villas miserias del cinturón de Buenos Aires. En esta sociedad un hombre difícilmente junta 100.000 pesos para vivir, pero un yanqui se los gasta en unas horas de Sheraton.
Como punto de partida para esta reflexión sobre el socialismo, tomaremos el documento “Justicia”, del Episcopado argentino, en el que se muestra el cambio fundamental de mentalidad, que hoy tenemos que hacer los cristianos, porque si no, no entendemos nada de lo que debe ser nuestro compromiso, ni entendemos nada de lo que hoy significa evangelizar.
Los obispos dicen: “Afirmamos que la virtud de la justicia se encarna en la vida entera de la sociedad. No basta, por lo tanto, darle a cada cual lo suyo en un plano meramente individual”. Ya esto lo había dicho Pablo VI en la Populorum Progressio cuando afirma que no se trata de que los individuos ricos ayuden a los individuos pobres, sino que se trata de que los pobres dejen de ser pobres. Y hasta ahora, para que los pobres dejen de ser pobres no se ha inventado otro más que este sistema: que los ricos dejen de ser ricos. Hay que ayudarlos a los ricos a liberarse de esas riquezas que los oprimen y que los llevan hacia el camino del infierno. El pastor Hermas, habla de qué aprecio tenían por los ricos los primeros cristianos en el siglo II, y dice lo siguiente: “Al modo como la piedra redonda, si no se la labra y recorta no puede volverse cuadrada, así los que gozan de riquezas en este mundo, si no se les recortan las riquezas no pueden volverse útiles a Dios.” Jesucristo lo dice claramente: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos.” Algunos curas dicen que esto hay que entenderlo en sentido espiritual… Decir esto hoy es pecado, es ablandar o achicar el Evangelio para no tener problemas con los ricos.
Dice además el pastor Hermas: “Por ti mismo ante todo, puedes darte cuenta de que cuando eras rico eras inútil, ahora en cambio eres pobre y eres útil y provechoso para la vida.” Por eso es necesario un proceso revolucionario en nuestra Patria, que ya ha comenzado, no sólo para que los pobres puedan recuperar los bienes que les han robado y puedan vivir dignamente, sino también para redimir a los ricos de su ancestral estupidez.
Siguen diciendo los obispos argentinos: “El pecado se da siempre en el interior del hombre.” Esto es fundamental, pues por más que hagamos un cambio radical de estructuras, si no matamos al policía que tenemos adentro, como decían los estudiantes franceses, seremos los nuevos opresores. No basta, por lo tanto, con
el cambio estructural, pero no basta tampoco con el cambio personal, porque todo ser humano está estructurado. Por eso, los obispos proponen un concepto revolucionario del pecado (claro que lo revolucionario en la Iglesia, después de 2.000 años de vida, es volver a la auténtica tradición), y dicen: “El pecado se da siempre en el interior del hombre, que por su libertad es capaz de rechazar el amor e instalar la injusticia.” Es una definición de pecado que hasta los no creyentes pueden entender. Y aquí viene la renovación: “Pero del corazón del hombre, el pecado pasa a sus actividades, a sus instituciones, a las estructuras creadas por el hombre”; y dan un ejemplo muy concreto: “Cuando Dios revela su designio divino como plan para los hombres, la justicia aparece en su pedagogía, no solo como un don divino personal (José, varón justo, por ejemplo), sino como un estado del pueblo, a tal punto que es el pueblo todo quien está en situación de pecado cuando se cometen injusticias, se las consiente o no se las repara.
Hoy los cristianos no podemos rezar el padrenuestro si no hacemos algo eficaz para que disminuya el índice de mortalidad que, en nuestra patria, aumenta día a día. Lo mismo con respecto a las torturas; si yo no estoy haciendo algo para que cesen las torturas, en la medida de mis posibilidades, soy co-torturador de mis hermanos. Esto lo dicen claramente los obispos. Porque quizá no soy un opresor directo que comete la injusticia, pero tal vez la consiento o no la reparo en la medida en que no me comprometo a través de una acción política eficaz para cambiar las estructuras. El compromiso político hoy, no es optativo, es obligatorio para los cristianos en el sentido amplio, en el sentido en que lo define Pablo VI.
Aquí se nos presenta el problema de la sociedad que buscamos como cristianos. En la Biblia hay un caso muy claro: Sodoma y Gomorra. Dios quiere acabar con Sodoma y Gomorra porque en esas ciudades se cometían pecados sexuales contra la naturaleza. ¿Esto qué significa? ¿Qué todos los sodomences eran sodomitas? No. Unos cometían el pecado, otro era el diputado que sacaba la ley de profilaxis, el otro era el que tenía la boite, el otro era el que traía la droga, y el otro el del “no te metas”.
En este contexto debemos plantear el problema de la violencia.
El problema de la violencia no es un problema virginal: “a mí no me gusta la violencia”. Hay que ser un desnaturalizado para estar a favor de la violencia si la opción fuera violencia-no violencía. El problema es que yo no puedo quedarme pasivamente tranquilo ante la situación de terrible violencia institucionalizada que estoy viviendo, porque si lo hago, soy un asesino de mi pueblo que se está muriendo de hambre. Ese es el problema.
Los obispos hacen un diagnóstico de la realidad argentina que, aunque formulado en 1969, todavía es válido: “Comprobamos que a través de un largo proceso histórico que aún hoy tiene vigencia, se ha llegado en nuestro país a una estructuración injusta…” No dicen a un gobierno injusto, hay que sacar a este militar y poner a este otro, no, es una estructuración injusta, es un sistema injusto…” y la liberación deberá realizarse en todos los sectores en los cuales hay opresión”. En el jurídico y el político, en el cultural, en el económico y en social. Al aspecto jurídico (ley anticomunista, Código Civil) ya me he referido en los artículos anteriores.
En el orden político, ni hablar, pues además de que se está cocinando el asunto del caballo del comisario, todos sabemos que cuando hay una auténtica manifestación popular se la reprime. Y que evidentemente se hace lo imposible para que el pueblo no gobierne a través de los suyos.
En el orden económico y social (y esto toca directamente al problema del socialismo), dicen los obispos que debe lucharse por la liberación por lo siguiente”:
1º Porque vivimos en un sistema capitalista, en el cual el motor fundamental es el lucro. El lucro es “el” motivo de este sistema económico. Y todos sabemos lo que Jesucristo dice del lucro en el Evangelio. A la riqueza la llama mamonna de la iniquidad, y tiene unos cuantos “¡Ay de vosotros los ricos!” Hoy hasta el predicador más comprometido resulta blandito al lado de lo que decía de los ricos Jesús.
En el capítulo quinto de la carta de Santiago, se hacen algunas recomendaciones a los ricos que pueden tener actualidad. Dice Santiago: “Y vosotros, los ricos, llorad a gritos por las desventuras que os van a sobrevenir. Vuestra riqueza está podrida, vuestros vestidos consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata comidos por el orín, y el orín será testigo contra vosotros y roerá vuestras carnes con el fuego…”. Quien habla así, es un obispo, uno de !os discípulos del Señor que nos dijo “que seamos mansos y humildes de corazón” como El, pero que no seamos hipócritas, que prediquemos la verdad. “…Habéis atesorado para los últimos días el jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudados por vosotros claman, y los gritos de los segadores han
llegado a los oídos del Señor de los Ejércitos. Habéis vivido en la molicie sobre la tierra, entregados a los placeres, y habéis cebado vuestros corazones para el día del degüello. Habéis condenado al justo y le habéis dado muerte sin que él se resistiera”. Hace un año y medio, un grupo de sacerdotes hicimos un pequeño acto, un gesto sencillo, delante de la Exposición del Confort, con un cartel que decía: “Confort para pocos y hambre para muchos con una foto aérea de la villa Dorrego, una villa que queda a unas veinte cuadras de la Sociedad Rural donde se hacía la exposición. Nosotros, no solamente desde el Evangelio, desde la enseñanza de Cristo, desde la enseñanza de Pablo VI cuestionábamos una “Exposición del Confort” en un momento en que los pobres cada vez se mueren más de hambre y los ricos cada vez se llenan más los bolsillos sino que cuestionábamos el principio mismo del confort, el principio hedonista. Porque esta sociedad es inmoral, no solamente porque las riquezas se reparten en forma desigual, sino porque el tipo de hombre que propone esta sociedad es un hombre alienado, un hombre inhumano, es el hombre consumidor, el hombre que “tiene”.
Debemos tener mucho cuidado con las pautas que nos dan a través de los medios de difusión. Porque ¿cuáles son esas pautas? “Hay que luchar por el Fiat 600”, si es posible por el 1600, y tal vez escatológicamente en esta vida al Torino. Y el tipo que tiene el Torino, tiene mentalidad de tipo que tiene un Torino, mentalidad de opresor. Y desgraciadamente, esta sociedad, aunque a muchos de sus habitantes solamente les hace oler los bienes (porque no pueden acceder a ellos) nos va presentando como ideal de vida el “tener” cosas, cuando el ideal evangélico es clarísimo. Jesucristo nos dice en el Evangelio, que la vida de un cristiano tiene que ser una vida de servicio a los otros, una vida austera, una vida de una gran libertad con respecto a los bienes, de una gran distancia.
Cuando tuve ocasión de conocer la experiencia cubana, en 1968, realmente vi una vida dura, una vida difícil, por cierto.
Donde ningún adulto puede tomar vino ni leche; pero todo niño menor de 7 años tiene un litro de leche por día. Y uno piensa: muy bien, desde las pautas burguesas resulta difícil y duro, no se puede tomar coca-cola, cerveza ni vino… pero… ¿es necesaria la cocacola para la salvación eterna? Desde las pautas del Evangelio, ¿no está mucho más cerca de él esta sociedad que la que nos presenta cantidad innumerable, lujuriosa de bienes aunque muchos no los puedan ni oler?
En mi artículo “los valores cristianos del peronismo” ya me
he referido y he enumerado las razones por las cuales los obispos condenan a esta sociedad capitalista. Recalcaré lo de “… las migraciones internas y en las racionalizaciones que provocan desocupación e inseguridad…” (Y esta palabra la comenzó a usar Álsogaray en la Argentina, cuando decía: “Hemos racionalizado la administración pública, y hemos eliminado 20.000 agentes…” y esos “agentes” tenían nombre, apellido, mujer e hijos.)
Y la patética pastoral de hace tres años de monseñor De Nevares en la que decía que al recorrer el monte, a caballo, la gente le manifestaba:
“Monseñor, queremos entregar nuestros hijos al Estado, porque no queremos verlos morir de hambre en nuestros brazos.” Y yo me pregunto, ¿qué es peor? ¿Que a mi hijo lo maten de un tiro, o que lo vea languidecer poquito a poco, y lo lleve a un hospital y no me lleven el apunte, y no tenga plata para comprarle los remedios… Porque así se presenta el problema de la violencia. Todos los días se van extinguiendo, van muriendo hermanos nuestros como fruto de la explotación.
De esta reflexión que vengo haciendo resuelta claro que una sociedad montada sobre la base del lucro es una sociedad anticristiana e inmoral y por lo tanto debe ser rechazada.
Entonces tenemos que buscar otro tipo de sociedad y aquí aparece la reflexión sobre la posibilidad de acceder al socialismo. ¿Cuáles son las pautas que debe tener en cuenta un cristiano para saber qué sistema puede adecuarse mejor o no a sus valores? Primero, el Evangelio; segundo, el Magisterio de la Iglesia, y después lo que Juan XXIII llama los signos de los tiempos. Dios nos interpela, nos habla, desde su palabra revelada, desde el Magisterio de la Iglesia, pero también nos hace señas desde todos los hombres que más allá de sus errores buscan y luchan por la verdad. Desde Freud, desde Marx, desde Einstein, desde los movimientos de liberación de los pueblos que quieren vivir una vida digna y creadora.
Pensemos en la comunidad prototípica, la proto-comunidad cristiana, a aquellos hombres en cuyos oídos todavía resonaban las palabras del Señor: ¿Cómo vivían esos hombres? Esto se señala claramente en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Nosotros a veces tenemos ciertas ideas de la propiedad… en general de lo que es el cristianismo, debido a la ignorancia enciclopédica que tenemos de lo que es el Evangelio. Porque si yo fuera marxista
y no hubiera leído ni a Marx, ni a Lenin ni a Guevara, ni a Mao,
¿qué clase de marxista sería? ¿Usted es cristiano? Sí. ¿Leyó a Cristo? Sí, un cachito, los domingos. ¿Leyó a San Pablo? ¿Leyeron las cartas de San Juan? ¿Leyeron los Hechos de los Apóstoles? No. Entonces ustedes ¿qué clase de cristianos son? Son cristianos folklóricos. Y hoy ya no podemos aguantar la problemática del mundo de nuestro tiempo con cuatro verdades clavadas con alfileres. No podemos seguir viviendo de renta: porque mis padres son cristianos, yo también lo soy. Eso ya se acabó. El que hoy no hace una opción adulta por el cristianismo, seguro va a perder la fe, va a quedar marginado del proceso. ¿Qué se dice en el libro de los Hechos?: “Todos los que creían vivían unidos teniendo todos sus bienes en común, vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos según la necesidad de cada uno.” (Cap. 2, 44 ss.)
Dieciocho siglos más tarde, Marx va a pronunciar una frase evangélica, cuando diga: “De cada uno según su capacidad, y a cada uno según su necesidad.” Al decir esto hace una afirmación evangélica.
Se vuelve a decir en el capítulo cuarto de Los Hechos de los Apóstoles: “La muchedumbre de los que habían creído, tenían un solo corazón y una sola alma, y ninguno tenía por propia cosa alguna, antes todo lo tenían en común…” Aquí ni siquiera se habla de bienes de producción, se habla de bienes de uso. Ni siquiera consideraban como propios los bienes de uso. Es evidente que todo ser humano tiene derecho a ser dueño de sus bienes de uso (de sus zapatos), el problema se presenta con los bienes de producción. Y se sigue diciendo en Los Hechos de los Apóstoles: “Los apóstoles atestiguaban con gran poder la resurrección del Señor Jesús, y gozaban todos ellos de gran estima…”.
Y esto es lo interesante, porque atestiguaban la resurrección de Jesús “no había entre ellos indigentes, pues cuantos eran dueños de hacienda, o casas, las vendían y llevaban el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y a cada uno se le repartía según su necesidad. José, llamado por los apóstoles Bernabé, que significa hijo de la consolación, cuenca que poseía un campo, lo vendió y llevó el precio de lo vendido y lo depositó a los pies de los apóstoles…” Si todos los que en nuestro país nos decimos católicos, fuéramos cristianos, no habría ninguna necesidad de hacer la revolución social. Si todos los que hoy son cristianos pusieran todos sus bienes a los pies de los obispos que, previamente, también pusieran sus bienes al servicio de la comunidad, los bienes de la Iglesia, creo que acá no habría que hacer ninguna revolución social. Pero como enseña muy bien, el padre Congar, hasta ahora no se ha dado ningún caso en la historia de la humanidad, de que sectores ricos se hayan despojado voluntariamente de sus bienes; por eso hay que andarlos a liberarse de esos bienes que los oprimen.
Este texto del libro de Los Hechos de los Apóstoles, es un testimonio directo de la comunidad prototípica; esta comunidad es la comunidad ideal, hacia la cual siempre hay que apuntar. Aquí viene un poco la concepción del hombre nuevo a la que aludió Ortega Peña. El hombre nuevo, que vive en función de servicio a los demás. Uno de los grandes males de nuestra sociedad, de nuestro tiempo, entre otros factores, por la influencia del desarrollismo nefasto, es el economicismo: lo importante es ser eficiente. La formación que se da hoy en nuestras universidades es esa, es una formación tecnocrática, eficientista, para tener el día de mañana burgueses que no molesten, que no piensen, que estén dispuestos a vivir una vida bien materialista.
Pero de lo que se trata previamente, como lo dice muy bien el Papa, es de que el cristiano tiene que privilegiar siempre la político sobre lo económico, aunque sea muy importante lo económico, y sea muy importante el tema de los bienes de producción, porque es el tema clave. Pues en este momento puede haber para un cristiano una pluralidad ideológica de opción, pero en el fondo, las discrepancias ideológicas se cierran en dos alternativas, que son: una la alternativa capitalista, que se basa fundamentalmente en que unos pocos sean los dueños de los bienes de producción, es decir de los bienes que producen bienes, o sea de las máquinas. Y eso, bien sabemos lo que trae como consecuencias. El hombre naturalmente tiende al lucro; esos pocos en seguida serán estos que dijo Santiago: los ricos que oprimen a sus hermanos.
La otra alternativa es el socialismo, en el cual la comunidad es la que tiene el control y la propiedad de los bienes de producción. No son de unos o de algunos, sino de todos. El control popular sobre los medios de producción, que lleve a que los bienes no sean de algunos sino de todos. Esto tiene una enorme importancia, pero de cualquier manera no basta. En la Unión Soviética se hizo una revolución económica, qué duda cabe, pero como precisamente hoy no basta con que la revolución se haga en el plano económico y en el plano cultural y espiritual, en la Unión Soviética en lugar de existir la dictadura del proletariado, existe la dictadura sobre el proletariado. Es decir, hay una burocracia que se está interponiendo entre el pueblo y el poder. En segundo lugar, no se ha dado tampoco una revolución en el plano cultural y espiritual y el tipo de hombre que se propone no es el hombre creador, el hombre al servicio de los otros, es decir el hombre que el cristiano tiene que anhelar, porque es Cristo ese hombre (Cristo dice: “Yo no he venido a ser servido por los hombres, sino a servir”) sino que es el hombre consumidor, el hombre eficiente, el hombre económico.
Los obispos del tercer mundo, en el año 1967, dijeron lo siguiente: “Teniendo en cuenta ciertas necesidades, para ciertos progresos materiales, la Iglesia desde hace un siglo ha tolerado el capitalismo, con préstamo, como interés legal y demás costumbres poco conformes con la moral de los profetas y del Evangelio; por eso ella no puedo más que regocijarse al ver aparecer hoy en la humanidad, otro sistema social menos alejado de esta moral”. Esto es muy importante. Para los cristianos todo sistema humano está alejado en alguna manera de la moral, de los profetas y del Evangelio. La plena justicia, la plena solidaridad, la plena creatividad… se van a dar para nosotros, los cristianos, recién cuando vuelva el Señor. Por eso, personalmente, creo que el concepto de revolución cultural que propugna Mao, tiene cierta resonancia evangélica. La revolución debe ser permanentemente revolucionada, para que no se convierta en contrarrevolución; puede haber un proceso de involución en los hombres y en las estructuras. El hombre no es, es un ser que va siendo, y la sociedad también va siendo. Por eso el cristiano, desde la cláusula escatológica, desde los valores evangélicos, tendrá que criticar siempre a toda sociedad humana; pero lo importante es que la crítica no la haga desde su comodidad o desde sus propiedades, sino que la haga desde los valores evangélicos, que son: la liberación de los pobres, verdadera y auténtica pobreza, una verdadera justicia, que son una verdadera dignidad de cada hombre.
Dicen los obispos citando al Patriarca Máximo IV que intervino en el concilio: “Los cristianos tienen el deber de mostrar que et verdadero socialismo, es el cristianismo integralmente vivido en el justo reparto de los bienes y en la igualdad fundamental de todos. Lejos de contrariarnos con él, sepamos adherir a él con alegría”. Cuando yo estuve en Cuba, pocos días antes de venirme, celebré una misa en una Iglesia y al salir, una señora de 60 o 65 años, con rasgos muy aristocráticos, me dijo: “Mire padre, a mi la revolución me quitó todo, pero esto es lo evangélico.” Eso es lo cristiano, aquel que no juzga de la realidad por su situación personal, o por la situación de su familia, sino que tiene en cuenta el bien común. Y no nos engañemos, unos cuantos de nosotros si realmente luchamos por el socialismo nacional en nuestra patria, vamos a estar peor. Porque si queremos que los dos millones y medio de hermanos nuestros que viven en las villas miserias estén mejor, evidentemente algunos van a estar peor. Y nosotros podremos sentirnos oprimidos, pero nuestra opresión es una opresión graciosa al lado de la opresión que sufren nuestros hermanos que no encuentran trabajo, que no tienen donde dormir… y todo lo demás. Eso es evidente. Porque si no, como ya dije, la nueva alienación puede nacer de la revolución.
Y dicen los obispos: Lejos de contrariarnos con el socialismo, sepamos adherir a él con alegría, como una forma de vida social mejor adaptada a nuestro tiempo y más conforme con el espíritu del Evangelio. Así evitaremos que algunos confundan a Dios y la religión con los opresores del mundo de los pobres y de los trabajadores, que son en efecto el feudalismo, el imperialismo y el capitalismo”. En un libro que acaba de salir, de Garaudy, que se llama “Hacia la reconquista de la esperanza”, demuestra que Marx no condena la religión desde el punto de vista metafísica, filosófico, sino que condena esa religión histórica que él conoció, y hacía muy bien en condenarla, porque era realmente el “opio del pueblo”. Pero si Marx hubiera conocido a Helder Cámara, a Juan XXIII, hubiera conocido a Camilo Torres, no hubiera opinado que la religión es el opio del pueblo. Como lo señaló muy bien Fidel Castro, cuando estuvo en Chile, y dijo que el cristianismo y el cristiano deben encontrar en su fe realmente, el motor que los impulse a un compromiso. Y el “Che” Guevara dice: “Los cristianos deben unirse a los marxistas en la lucha revolucionaria Latinoamericana, sin intentar imponer sus propios dogmas, pero deben venir también sin la cobardía de ocultar su fe, para asimilarse a ellos.” Cada uno debe insertarse en la lucha revolucionaria desde su originalidad, porque si no esa revolución no sirve.
Hablando del imperialismo, del feudalismo y el capitalismo, continúan diciendo los obispos: “Estos sistemas inhumanos, han engendrado a otros queriendo liberar a los pueblos, oprimen a las personas y caen dentro del colectivismo totalitario y la persecución religiosa.” El episcopado peruano, alienta al pueblo a adherir al socialismo, como el sistema a través del cual hoy Dios los va interpelando a los peruanos, pero hace la diferencia: “Nosotros adherimos al socialismo, pero que no se confundan ciertos socialismos históricos que son burocráticos, que son ateístas militantes y que son materialistas. Dios y la verdadera religión nada tienen que ver con las formas diversas del dinero de la iniquidad, por el contrario, Dios y la verdadera religión están siempre con los que buscan promover una sociedad más equitativa y fraternal, entre todos los hijos de Dios, en la gran familia humana.”
Hay un trabajo muy interesante del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Dice: “¿Por qué hablamos del socialismo nacional? En una palabra: socialismo nacional, socialismo humanista y socialismo crítico.”‘
Crítico: desde la fe, porque ningún sistema humano jamás realizará todos los valores evangélicos.
Nacional: para decir en una palabra que responda a nuestras auténticas raíces. Personalmente creo que el proceso hacia el socialismo nacional, con rostro humano, que no busca eliminar la propiedad de los bienes de uso sino darla a todos, empezó en la Argentina el 17 de octubre de 1945.
Humanista: Que posibilite a cada argentino una vida realmente creadora. Que posibilite su expansión espiritual que culmina en el descubrimiento del misterio de Cristo.
Para terminar quiero hacerlo con una reflexión del Padre Gera. El Padre Gera, al hablar del compromiso del cristiano, dice lo siguiente: “Hoy, el cristiano tiene que insertarse en su pueblo. La toma de conciencia en sí, en el hombre argentino, no sólo como sujeto familiar, como sujeto de clase obrera, como sujeto de la clase burguesa, sino como sujeto colectivo, o sea como sujeto que participa de una agrupación que llamamos Nación, es indispensable…” Es decir, hoy el hombre se tiene que sentir parte de un pueblo, de una nación. “.. .esto es toma de conciencia nacional, y por consiguiente, que sus necesidades, sus intereses, sus compromisos se vuelvan a nivel no solo de una agrupación, no simplemente familiar, individual o grupal, sino nacional. Es una toma de conciencia de sí como comunidad, como unidad nacional, y de allí que esta toma de conciencia de sí, como sujeto colectivo nacional, equivale a una afirmación: querer ser sujeto colectivo y nacional de lo que podemos llamar la raíz del proyecto socialista del pueblo.”
El pueblo tiene, aunque no lo exprese con las mismas palabras
y diga, por ejemplo “…yo soy la alpargata del patrón o “…a mí el patrón me afana lo que gano”, el pueblo tiene un proyecto socialista; y en el fondo, lo que está diciendo con eso es “…yo soy socialista, estoy propugnando el socialismo”. “El pueblo tiene un proyecto socialista al tomar conciencia o al intensificar la conciencia de sí como pueblo, como nación. Esto es participación en un mismo destino, en una misma gestión histórica.”

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