“Yo no abandono La Moneda ni me rindo. De acá sólo podrán sacarme muerto”, afirmó Salvador Allende a sus colaboradores, en tanto finalizaba el mensaje que iba a dirigir a su patria. Ya en esos momentos sabía del levantamiento de la Marina y no ignoraba la precaria libertad que les quedaba.
Poco antes, el general Augusto Pinochet, instaba a rendirse al lider revolucionario. Le ofreció garantías para su vida y la de
sus familiares. Allende fue terminante: “No hago tratos con traidores”. Frase que, con otros términos, repitió al almirante José Toribio Merino cuando éste la pedía la rendición: “No me rindo. Esa es una postura cobarde para los cobardes como ustedes”, fustigó.
Nadie quería abandonar La Moneda. Sólo lo hicieron los carabineros. Luchando por su patria hasta el fin, pantalones oscuros, suéter blanco, casco de
combate y metralleta en mano, Allende era la imagen de la revolución. Del hombre nuevo que proponía, resultante de una nueva sociedad, humanista y no alienada.
Le ofrecieron 15 minutos para rendirse: Allende los aprovechó para sacar casi a la fuerza de La Moneda, a las mujeres que los acompañaban hasta el fin; entre ellas, su hija Beatriz. “Padre, nos tomarán como rehenes para chantajearte y obligarte a que te
rindas”, le dijo. Nuevamente el coraje revolucionario, el profundo amor: “Si ellos, además de traidores las toman como rehenes, seré yo quien les pida que las maten porque no me voy a rendir. Entonces la historia sabrá que su propio padre las mandó matar”. A esto siguió un beso, un abrazo apretado. Era el I último del padre a la hija. La única despedida que cabe entrj I dos valientes.
Luego siguió la resistencia, mientras Allende repitio: “No saldré de La Moneda, no renunciaré a mi cargo y defenderé con mi vida la autoridad que el pueblo me entregó”.
Aunque los golpistas crean que no, siempre hay testigos. No se puede ocultar la muerte de los valientes. Estas trascienden siempre, forman luego parte del pueblo. Son finalmente banderas que se levantan en la lucha hacia la libertad.
“Quien piense que el compañero Allende se ha suicidado es porque no lo conoce ni tiene en cuenta su trayectoria”, afirmó el dirigente socialista chileno Mariano Sánchez, asegurando: “Allende ha sido asesinado junto al resto de sus compañeros muertos en el asalto a La Moneda”.
Es que la versión oficial sobre el suicidio del Chicho se deteriora. Hay testigos presenciales que afirman: “Allende murió peleando”. Una de las secretarias del presidente, Miriam Contreras, cayó herida gravemente. Ella puede testimoniar sobre la verdadera muerte de Allende. Pero se teme por su seguridad: “Está siendo operada en un hospital militar; es fácil suponer que no sobrevivirá a sus heridas”, afirman.
Allende envió a Fernando Flores y Daniel Vergara a parlamentar con los golpistas. Pero no para rendirse: “exigía una garantía escrita para la protección de la clase trabajadora y sus conquistas”. Los compañeros del presidente no regresaron. También ellos fueron asesinados por la reacción. Como los que lucharon con Allende hasta el final presentido.
Una de las últimas comunicaciones con La Moneda aseguraban a un periodista argentino: “Vamos hasta el final. Allende está disparando con una ametralladora. Esto es un infierno y nos ahoga el humo”.
Luego: “Puedes decir que aqui nos morimos. Resistiremos hasta el fin”.
Beatriz, una de las hijas, está en Cuba. La mujer, Hortensia y sus otros hijos y nietos, en Méjico. Muchos de sus amigos, muertos. Otros, con el pueblo, combatiendo. Allende está muerto. Algunos dicen que 15, otros que 17 disparos lo bajaron. Pero murió revolucionario. Algo que había jurado cuando asistió al entierro de su padre, con un permiso del Penal donde estaba preso por la lucha estudiantil. “Consagraré mi vida a la lucha social”, dijo. Y así cayó en un final violento y con todos los cohetes encendidos. Un final plagado de comienzos.

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