En el acto de mayor trascendencia que la Juventud Perónista ha organizado hasta la fecha, se congregaron en el estadio de Atlanta unas 60 mil personas, tras una espectacular muestra de organización, disciplina y orden en la concentración previa e ingreso a la cancha. Una película que mostró el histórico diálogo del pueblo peronista con Evita, aquel 22 de agosto de 1951 honró la memoria de la abanderada de los revolucionarios; fotos que ilustraron estos últimos 18 años de lucha recordaron a los que murieron para que la patria viva. Los carteles, los oradores, las consignas y el marco del acto estuvieron presentes para gritar, “Perón Presidente”.
Y esa bandera yanqui, flameada e incendiada ante la multitud que tronaba su apoyo a la consigna antiimperialista, marcó en su misma práctica, la consigna más importante del momento argentino: Patria sí, colonia no.
Un acto peronista de madurez revolucionaria. La agitación previa y acostumbrada de los jóvenes, se convirtió —como indicio claro de una nueva etapa que comienza en el proceso de liberación nacional y social— en un claro hecho político de inmediatas consecuencias dentro y fuera del Movimiento Perónista. Por primera vez desde su aparición en la escena política argentina, la organización Montoneros puso delante de una multitud —la bienvenida a Firmenich fue quizás el momento más entusiasta de la concentración— a un orador de su conducción nacional que explicó en forma brillante y didáctica, la etapa por la cual está pasando el proceso revolucionario y opinó sobre la candidatura del Movimiento, criticó la burocracia sindical y exhortó a la organización, la afiliación y el apoyo total a la candidatura del General Perón. Respondió a las consignas de la muchedumbre, las apoyó, las corrigió y las criticó.
La prensa, que una vez más nos dijo claramente que sigue en manos del régimen, después se encargaría de deformar todo lo ocurrido. No pudo ignorarlo porque el hecho sobrepasaba toda la expectativa anterior. Pero intentó cambiar los hechos: trató de comparar a Firmenich con Perón, dejando entrever un absurdo intento de suplantación. Mientras que en realidad, lo que la prensa no alcanzó —por su gorilismo, por su acendrado proimperialismo y su tenaz discurso antipueblo— a ver que el discurso de Firmenich tuvo una virtud fundamental: estuvo enmarcado dentro de la más correcta ortodoxia peronista… Y sólo entendiendo esto, se puede entender el impacto que sufrió el enemigo del pueblo peronista.
A la salida de la cancha de Atlanta estaba claro que algo irreversible había ocurrido. Un espacio político había sido conquistado. De ahí en más había que seguir marchando. Luchando. Peleando. Hacia le Reconstrucción. Pero algo muy sólido ya estaba detrás, como base de sustentación. Quizás como nunca, se había honrado a los caídos, a Evita, a estos 18 años. Y, este 22 de agosto, se convertía en un hito. Irreversible. Sin vueltas. No había posibilidad de marcha atrás. Más que nunca sabíamos quiénes éramos. Y mejor que nunca sabíamos quiénes eran nuestros enemigos. Contra qué luchar. Cómo apoyar al General correctamente. Y hacia dónde íbamos. Todo esto aprendimos ese 22 de agosto… de hace pocos días nomás. Pero con dieciocho 22 de agosto detrás. Con Evita, con Felipe Valiese, con Trelew, con Ezeiza… con todos los que murieron para que nosotros vivamos. Y sepamos mejor que nunca cómo marchar.

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