FUE, sin duda, la movilización más numerosa que recuerdan los tucumanos desde aquellas que precedieron al 11 de marzo, cuando el entusiasmo volcado en las calles anticipaba el triunfo en las urnas. Y tuvo, sobre todo, un signo: la participación popular. Llegados de los barrios, de las villas, de algunos ingenios; de Salta, de Jujuy, de Santiago del Estero, casi 10.000 manifestantes se apretujaron, en la noche del sábado 9, en el estadio del Club Caja Popular de Tucumán. Bajo una llovizna que reaparecía de a ratos, y hasta en algunos casos con largas horas de camino por detrás, un mismo fervor unió a casi centenarias «abuelas montoneras» con niños que de la mano de sus madres, o encolumnados en perfecto orden, agitaban banderines y se sumaban a las consignas.
«Venimos preparando este acto desde hace más de quince días —explicó el compañero Ismael Salame, delegado de la Regional V de JP a EL DESCAMISADO—. Se repartieron volantes, se hicieron reuniones, pintadas, se pasó una película sobre las actividades de Juventud Perónista durante el año anterior. Pero lo más importante fueron las asambleas populares: en los barrios, en las villas… Allí se explicaron los objetivos y el
contenido del acto. Y la adhesión lograda fue unánime; varios días antes del acto ya podíamos decir que habíamos ganado.»
Seguramente, a la bronca expresada en rostros y gritos no era ajena la situación que, sobre todo desde algunas semanas atrás, vive Tucumán, al conjuro de una agudizada ofensiva de la burocracia vandorista. Sindicatos intervenidos, militantes y trabajadores peronistas agredidos, ingenios enteros convenidos en feudos de matones, todo contribuye a hacer crecer la reacción popular, a veces sorda y subterránea, otras conciente y organizada.
Y, en los días previos al acto, fueron precisamente esos sectores los que, junto con la burocracia política del Gobierno Provincial y el Movimiento se encargaron de sabotear la movilización popular: «Scatamachia, el delegado normalizador del Partido, anunció el viernes a la mañana que el justicialismo no autorizaba el acto —relató un militante de JP—. Nadie le había pedido autorización, pero los diarios y sobre todo las radios publicitaron la prohibición, con la evidente finalidad de atemorizar a la gente. Esta mañana nos enteramos también que Chiarello, un funcionario público y dirigente del Partido, recorrió personalmente las empresas de transporte, para dar la orden de que no se alquilaran micros sin la autorización del Partido.»

  • UN TREN MONTONERO
  • Eran cerca de las 9 de la noche, cuando la estación del ferrocarril de Tucumán se pobló súbitamente con más de un millar de personas. Venían desde Salta, en un tren especial fletado por la Juventud Perónista, y al grito de «Salta obrera, peronista y montonera», marcharon encolumnados por las calles tucu manas. «Todo era diversión por venir al acto, a Tucumán —nos contó una señora que habla viajado con sus dos hijos—. Cantábamos, bailábamos, de todo hacíamos. Hacía tanto tiempo que nos veníamos preparando para este acto.»
    Eran, en muchos casos, familias enteras, con varios hijos, con niños a los que las madres llevaban en sus brazos y amamantaban mientras esperaban que comenzara el acto. Hablan viajado durante todo el día, desde que en las primeras horas de la mañana se concentraron en la estación de Salta, tras recorrer _a veces varios kilómetros. Llevaban paquetes, bolsos y frazadas; traían el cansancio del
    viaje, la alegría del festejo y una branca amasada en años de miseria.
    A la misma hora, la plaza que había servido de lugar de concentración, a apenas una cuadra de la sede de la Regional V de JP, empezaba a vaciarse. Durante casi una hora, grandes grupos de santiagueños y jujeños, llegados en micros, y todos los manifestantes tucumanos, con canelones de JP, JTP, Movimiento Villero, Agrupación Evita y JUP, habían aguardado allí, entonando cánticos y consignas: «A la lata, al latero, peronismo de Santiago, peronismo montonero»; y la respuesta: «A la lata al latero, los ranchos tucumanos son fortines montoneros».
    En medio de la manifestación, un grupo de más de cincuenta niños portaban un cartelón en el que se lela «Famaillá». Marchaban en columna y formando cordones. Algunos no tenían más de 3 ó 4 años. Los mayores de entre ellos nos explicaron: «Somos de una escuelita, una escuelita de apoyo que hace en Famaillá la Juventud Perónista. Vinimos con ellos, pero nuestros padres también vinieron. Están más adelante. ¿Los Montoneros? … Y sí… nosotros también somos montoneros, porque son buenos, son peronistas…»

  • 10.000 «INFILTRADOS»
  • En la calle Bolívar al 1300, el estadio del Club Caja Popular se fue llenando lentamente, en medio del estruendo de los bombos. Antes de que se abriera la lista de oradores,
    el conjunto Huerque Mapu, llegado desde Buenos Aires, recordó, en sus canciones, al Negro Sabino, a Carlos Olmedo, el Ferreirazo, la acción de Garín, mientras la concurrencia atronaba: «La sangre derramada no será negociada».
    Se encontraba presente en el escenario la compañera María Antonia Berger, y en representación de la conducción nacional de la organización Montoneros los compañeros Marcos Osatinsky y Fernando Vaca Narvaja, quien, en representación de los Montoneros, hizo un «balance crítico» de este año de Gobierno Perónista. Hablaron también los compañeros Ismael Salame y Carlos Valladares, este último de la Mesa Regional de Juventud Trabajadora Perónista.
    Entusiasmo y bronca fueron quizá las notas dominantes de la concentración; entusiasmo, porque el pueblo tucumano no olvida que fue protagonista decisivo en la derrota popular de la dictadura; bronca, porque a un año de ese triunfo, poco, o tal vez nada, ha cambiado en la provincia que hizo arder el Tucumanazo, y los mismos trabajadores que enfrentaron en las calles a las fuerzas represivas, hoy sufren el embate de bandas de matones. Con el vandorista Florencio Robles desde la delegación regional de Trabajo («Robles traidor, a vos te va a pasar lo mismo que a Vandor»), sus reclamos salariales les son negados en nombre del Pacto Social. Bronca porque, también en Tucumán, la paciencia del pueblo se está agotando.

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