Una definida trayectoria peronista, que arranca desde el origen del Movimiento Perónista, liga a Héctor Cámpora con el General Perón y con el pueblo peronista. Sus 18 meses como delegado personal y sus cincuenta días de gobierno ratificaron una lealtad revolucionaria a la clase trabajadora, al pueblo y a su caudillo. Cámpora, «El tío-presidente que libertó a los combatientes», entró en la historia del Movimiento Perónista.

SIMPLE y directa, la sabiduría de nuestro pueblo ha sabido identificar las virtudes de sus arquetipos con su nombre. Así, hace pocos años atrás los argentinos decían «sos más rápido que Fangio». De ahora en más, con respeto, los peronistas, los argentinos dirán elogiosamente «sos más leal que Cámpora».
Tendrán razón porque en ese nombre y apellido-peronistas con mayúsculas —Héctor J. Cámpora—, se sintetizan las virtudes de la lealtad y la revolución peronista. El fino instinto de nuestro pueblo lo ha comprendido así en las jornadas difíciles de los últimos días, cuando ratificó una convicción: Cámpora es un peronista de la primera hora que no traiciona ni después de la última.
A Cámpora el único que le enseñó peronismo fue precisamente nuestro Líder. Así ocurrió en 1944, cuando el tranquilo dentista de San Andrés de Giles, asumía por pedido de los vecinos la intendencia de la ciudad y se acercaba al coronel Perón. De allí arrancó una relación de comunión con el jefe del Movimiento que tiene 29 años y desaparecerá con la vida de ambos. Durante los 10 años del primer gobierno peronista, Cámpora fue el hombre de Perón y Evita en la Cámara de Diputados. Presidió ésta más de 5 años con la habilidad de un consumado político y la inteligencia de un soldado consiente a la estrategia de la Conducción. De allí, arrancó una «leyenda negra»: la de la obsecuencia, la versión gorila de una conducta política atacada por los traidores de adentro y los enemigos de afuera. Después del 16 de septiembre de 1955, simple y sencillamente, Cámpora fue un soldado más, un reservista de lujo en el movimiento peronista. En 1965, supo sentarse («con la misma dignidad con que acepté esta candidatura presidencial», diría en diciembre de 1972 luego de ser nominado por el FREJULI), en un escaño de concejal en San Andrés de Giles.
Fue por esa sencilla dignidad y esa lealtad sin concesiones, que el 11 de noviembre de 1971, el General Perón lo eligió como el reemplazante de Jorge Paladino, aquel politiquero que quiso transformar al peronismo en un partido a la medida del Estatuto, Trampa de Lanusse y Mor Roig. Entonces fue otra vez la lealtad, atacada como «obsecuencia», la desvirtuada por el régimen para enfrentar la gran maniobra envolvente que destruiría los planes de la camarilla militar 18 meses después. El régimen vio estupefacto como el «conservador» Cámpora integraba al Consejo Superior del Movimiento a los representantes de la rama juvenil por primera vez en la historia del justicialismo. Vieron también con desesperación, como este hábil político ampliaba las alianzas necesarias para el juego de Perón a través del diálogo con el Encuentro de los Argentinos. Y todo ello, sin perder de ningún modo el papel de eje conductor de La Hora del Pueblo, como hubieran querido los escribas del régimen que profetizaban el fracaso del peronismo en cada editorial de un diario del régimen.
Con firmeza, Cámpora se dirigió a cumplir el objetivo da unificar las fuerzas para la batalla. Embistió, cumpliendo al pie de la letra la directiva de «lista única» y «afiliación masiva».
Cuando el vandorismo trató de imponer, en el Congreso Nacional del Partido Justicialista, a punta de pistola, sus hombres en el Consejo Nacional, Cámpora resistió las presiones que a punta de pistola se le efectuaron. «Yo no soy un hombre de p . . ., pero ese día me las puse», reconoció sencillamente ante los compañeros meses después. Esa misma tozudez peronista lo llevó a protagonizar —como último delegado del General—, la tarea histórica de responsable del Operativo Retorno. De ese modo, el 17 de noviembre de 1972, con el apoyo de la juventud y los inmensos sectores leales, Cámpora enfrentó a los traidores que buscaron evitar, como antes en 1964 y después en Ezeiza, el contacto de Perón con su pueblo.
Esa firmeza, esa decisión y ese alineamiento con el pueblo estaban con Cámpora el negro 22 de agosto cuando las fuerzas represivas del Régimen masacraron a 16 indefensos combatientes del pueblo en Trelew. Las puertas de Avenida La Plata fueron abiertas entonces para realizar el velatorio de los mártires. Ante el grito juvenil «FAR y Montoneros, son nuestros compañeros», Cámpora respondía con toda su voz en la Federación de Box: «Sus compañeros son también los míos».
Cuando la batalla electoral estaba en el punto de la definición, el General lo eligió para sortear el veto del Régimen. Cámpora, que «no buscó, ni quiso» semejante responsabilidad resistió, casi azorado, la decisión de Perón. Solo la orden del jefe pudo decidir al «leal de los leales» a asumir esa tarea. Como un simple soldado del Movimiento recorrió el país de punta a punta proclamando que «Cámpora en el gobierno, era Perón en el poder». Esa meditada, casi dolorosa decisión de suplantar al Líder en el cargo que naturalmente le correspondía a éste, contrastó con la velocidad pistolera con que los burócratas sindicales y políticos se disputaron hasta la última banca de concejal.
Así El Tío sucedió a Cámpora en una transformación qué Perón y el pueblo operaron en el último delegado, un cuidadoso administrador revolucionario del Movimiento Perónista fiel a su Jefe. La campaña electoral qué culminó el 11 de marzo, recorrió con Cámpora al frente y los trabajadores y la juventud como motores, todo el país derrotando al régimen, mientras los medrosos burócratas sindicales y políticos se abrían de todo compromiso. Ese rol intransigente de Cámpora fue fundamental para que el 11 de marzo fuera como fue. Ese ingrediente lo usó también el delegado cuando planteó a las Fuerzas Armadas los «Diez puntos para la Reconstrucción Nacional», la instancia pacificadora que los comandantes de la dictadura rechazaron.
Como defensor intransigente de las Pautas Programáticas del FREJULI, Cámpora recortó .su comprensión revolucionaria, peronista, del momento argentino. «No sé si soy capaz, pero si soy honrado», repitió en todas las tribunas el verano pasado. «Solo necesito —insistió— para que el gobierno peronista sea un buen gobierno, seguir al general Perón y llevar la materia gris del Movimiento a todos los niveles de la función pública». Leal, revolucionario y astuto, Cámpora llegó al 25 de mayo. Su discurso de entonces constituyó la reivindicación histórica de las luchas del pueblo peronista, el enunciado de las primeras medidas revolucionarias y un diagnóstico que sabría cumplir hasta las últimas consecuencias: «Esta es la hora de Perón». Ningún miembro del Movimiento Perónista recibió, salvo Evita el 22 de agosto de 1951, las inmensas palabras de Perón el viernes 13. Como a Evita, Perón abrazó a Cámpora por su Renunciamiento. Así fue que «el tío presidente que libertó a los combatientes», salió de la Casa Rosada y entró en la historia del Movimiento Perónista.

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