El pueblo peronista salió a la calle. La policia reprimió. Se detuvo más gente que en todos los actos de la dictadura militar. Quieto y Caride siguen presos. Villar y Margaride le dan leña a los peronistas.

Pero, ¿en qué Argentina estamos?
El pueblo salió a defender el gobierno que votó y la policía lo puteó, lo corrió a gases, le tiró las motos y los coches encima.
Esto no lo soñaba ni Lanusse. La juventud maravillosa salía a la calle para manifestar que la sangre derramada no podía ser negociada, que los peronistas más leales no podían estar presos, que al pueblo victorioso del 11 de marzo y del 23 de setiembre no se lo podía cargar de esta forma poniendo de jefes policiales a quienes lo reprimieron durante 18 años y se lo trataba así, como si fuera el enemigo.
La gente se reagrupaba y seguía avanzando. Nadie se prestaba a la provocación. La cana estaba enloquecida porque disolvía y tenía que volver a disolver. Pero esos compañeros contra la pared y esos canas que los culateaban revolvían un interrogante, que dolía como una herida: ¿cómo puede ser? ¿En qué Argentina estamos?
Pero la bronca no tenía la válvula de escape de la puteada hacia Lanusse, en eso era distinto. La bronca quebraba algo interno, algo que reventaba en el interior de cada uno de los que salieron a defender el contenido de un gobierno popular. Algo que había nacido un 17 de noviembre cuando el General Perón tocó tierra, había sido roto.
Redactores de EL DESCAMISADO siguieron palmo a palmo esta batalla entre el pueblo que quiere hablar y la represión dispuesta a impedírselo. Los hechos hablan por sí solos y lo que sigue es el informe que cada uno de ellos presentó, luego de haber seguido los acontecimientos desde el campo popular.

ALREDEDOR de las 19.30 horas, en el local del Partido Popular Cristiano, Entre Ríos 510, comienzan a congregarse integrantes de la Coordinadora de las Juventudes Políticas Argentinas. Junto al periodismo, aguardan tensamente el arribo de Juan Carlos Dante Gullo y Juan Añón que con otros dirigentes de JP, esperan ser atendidos por funcionarios del Ministerio del Interior.
Entre tanto, a apenas dos cuadras de la sede, sobre la calle Entre Ríos, el tránsito de vehículos ha sido cortado por patrulleros y agentes de la Policía Federal. Un clima de intensa tensión se extiende por toda la zona, colmada por centenares de empleados que a esa hora y «para garantizar su seguridad», han debido abandonar sus lugares de trabajo en un sorpresivo y tardío asueto. El área del despliegue policial abarca en ese momento —según se conjetura desde el local— las manzanas comprendidas entre Lavalle, Callao, 9 de Julio y Venezuela.
Poco a poco, empiezan a conocerse las primeras noticias sobre la marcha del acto: una columna de la JUP, con casi 2.000 manifestantes, ha logrado reunirse sobre la calle Córdoba, en las proximidades de la Facultad de Ciencias Económicas; la policía impidió su avance. En Retiro nutridos contingentes llegados de la zona Norte de la provincia de Buenos Aires están siendo reprimidos por fuerzas represivas. La Plaza Constitución se halla totalmente rodeada por un cordón policial; en su interior 3.000, o quizá 4.000 jóvenes realizan, a pesar de todo, un breve acto.
Minutos antes de las 20, llegan, finalmente, Juan Carlos Dante Gullo, Juan Añón, Jorge Obeid, Carlos Capella y Leonardo Bettanin. Las gestiones intentadas no han arrojado resultado alguno, y la prohibición del acto es terminante. En el local, el dirigente del Partido Popular Cristiano, Enrique De Ve-dia dialoga, durante varios minutos, con miembros de la Coordinadora. Los integrantes de la conducción de JP efectúan una corta recorrida por la zona, transitada incesantemente por carros de asalto, motocicletas, patrulleros y un incalculable número de automóviles civiles.
Aproximadamente a las 20.30 horas, una columna de JP, del Sur de la Capital, pasa por Entre Rios, frente a la sede, entonando la Marcha Peronista y gritando «¡A la lata, al latero, libertad al Negro Quieto que es soldado Montonero!». Los dirigentes de Juventud Peronista y otros integrantes de la Coordinadora de las JPA bajan apresuradamente y se colocan al frente de la manifestación. Los sigue el periodismo y la marcha se prolonga hasta Entre Ríos y Belgrano, donde un automóvil de civil se atraviesa en la calzada. Con una metralleta en la mano, un funcionario que desciende del vehículo se apresta a conferenciar con los compañeros de JP. Mientras tanto, la dotación de varios patrulleros, empuñando escopetas lanza-gases, se forma en la bocacalle. La orden es no avanzar; Juan Añón pide a los manifestantes que se cante el Himno Nacional y se retroceda luego ordenadamente.
La Coordinadora se dirige posteriormente al local del MID, que instantes después sería allanado. De allí, la marcha se reanuda; el objetivo es llegar al Congreso. En Entre Ríos y Bartolomé Mitre, sin embargo, una patrulla policial cierra el camino al grupo. El trato es correcto: «Disculpen,- señores, por aquí no pueden seguir. De todos modos, en Congreso no hay nadie. Sigan por otro lado».
Por la calle Bartolomé Mitre, centenares de jóvenes, en parejas o dispersos en pequeños grupos se encaminan hacia alguna cita de concentración o siguen, a pasos de distancia, el itinerario de los dirigentes de JP. Al encontrarse, fugazmente y casi sin detenerse, se intercambian información: la columna de JTP, con por lo menos 2000 integrantes, se concentró primero en Avenida de Mayo y Santiago del Estero; se avanzaron unas cuadras y hubo gases a granel. Volvieron a reunirse en Carlos Pellegrini y, finalmente, en Corrientes y Paraná; allí los gases arreciaron. En Callao y Corrientes, alguien vio a policías uniformados y de civil llevar detenidos a alrededor de 10 compañeros. Nadie tiene por el momento una estimación precisa de la cantidad total de detenidos; se sabe sí que ya son muchos.
La recorrida prosigue; infinidad de automóviles civiles pasan a gran velocidad por las calles; algunos hacen ulular sus sirenas. A veces hay que subirse rápidamente a la vereda, para impedir que algún vehículo embista al grupo. En Bartolomé Mitre y Montevideo la dotación de un carro de asalto intercepta a los dirigentes de Juventud Peronista. Les exigen identificarse; Dante Gullo responde que tienen autorización de la policía para recorrer la zona. La aclaración, sin embargo, no allana las cosas y allí sí la actitud policial es insolente. El incidente que se produce la continuación es casi ridículo: rodeado por el periodismo, alguno de los guardias repara en la remera de Jorge Obeid: «Dése vuelta —le dice, mientras lo golpea con la culata de su escopeta—, ¿no ve que tiene la remera sucia? Usted ya anduvo en algo». La réplica del Turco y las risas hostiles de los periodistas presentes se pierden, tapadas por el sonido de una sirena. «¡Todos arriba!», ordena entonces el oficial a sus subordinados. Por Bartolomé Mitre, otro carro de asalto, que presumiblemente ha sido llamado al lugar por alguno de los tripulantes del primero, se desplaza aceleradamente. Ai llegar a la intersección con Montevideo, una andanada de gases se descerraja sobre el grupo, de no más de 20 personas. Disparan al bulto y varios transeúntes resultan también afectados. Unos pasos más adelante, un patrullero se encarga de efectuar algunas detenciones.
Dante Gullo, Obeid, Bettanin siguen hasta Corrientes; instantes después se conoce la noticia del allanamiento al local del MID, en la calle Ayacucho. Una columna de 500 manifestantes de JP —cuentan— marchaba por la calle frente al local y fue detenida por un carro de asalto. Juan Añón bajó a parlamentar y cuando se encaminaba hacia donde estaban las fuerzas policiales se inició la gaseada. Minutos después, los guardias que viajaban en el carro ingresaban en la sede, pateando y destruyendo cuanto encontraban a su paso.
Por su parte, la suerte corrida por otros dirigentes de JP Regional I no fue mejor. Enrique Maratea, Marcelo Cerviño y Jorge Todesca fueron gaseados y hasta uno de ellos agredido directamente, mientras intentaban parlamentar con la policía para evitar la represión a los manifestantes.

  • LIMA Y AV. DE MAYO
  • Eran cerca de las 20. Grupos de gente en las esquinas. Ambiente tenso, reconocimiento en las miradas. La policía merodeando por las cercanías y embotellamiento del tránsito por los autos que desviaban su camino ante la orden policial. Los grupos iban convergiendo hacia Lima y Avenida de Mayo. Un cartelón rápidamente desplegado no dejó lugar a dudas: pese a la prohibición, la Juventud Trabajadora Peronista cumplía su intento de movilizarse por el gobierno popular y la libertad del Negro Quieto y Carlos Caride.
    Simultáneamente con el arribo de dos patrulleros, los comercios de la zona cierran rápidamente sus puertas: las armas largas de los uniformados y las metras que portan los matones de civil no dejan lugar a dudas sobre lo que va a venir; lo absurdo, la represión al pueblo que sale a la calle en defensa de un gobierno que eligió y de sus compañeros combatientes retenidos por la policía de Margari-de y Villar y la «justicia» sobreviviente de la dictadura.
    El avance de la policía dispersó los grupos pero no por mucho tiempo. Mientras pasaban autos sin identificación oficial haciendo sonar sus sirenas, llenos de policías «disfrazados» de civiles, los compañeros se disimulaban entre los peatones, aceleraban sus pasos. Convergían hasta Santiago del Estero y Avenida de Mayo. No había acuerdo previo, pero cuando a las 20.30 algún compañero comenzó a hacer sonar las palmas de sus manos, la respuesta fue rápida y sincronizada: unos ochocientos militantes se apretujaron en el centro de la Avenida gritando sus consignas y entonando la Marcha Peronista. «Si no los sueltan a Quieto y a Caride/ reventarán Villar y Margaride»; «A la lata al latero, libertad al Negro Quieto que es un Negro Montonero»; «Duro duro duro, vivan los montoneros que mataron a Aramburu». Los gritos se unían a la marcha peronista y el «todos unidos triunfaremos» se mezclaba con «montoneros cara-jo».
    Apenas a los cinco minutos de iniciada, la manifestación vio avanzar a los carros de asalto. Mientras se dispersaban por Santiago del Estero y luego por Talcahuano para evitar enfrentamientos, los compañeros eran perseguidos por la guardia de infantería y los matones de civil que portaban metralletas y armas largas haciendo ocasionales disparos. La policía, rodilla en tierra sobre Avenida de Mayo, disparaba sin cesar granadas de gases lacrimógenos. Algunas chocaban con los techos de los edificios y otras explotaban en la calle provocando la confusión. La bronca porque la «redada» era escasa fue evidente: los Ford Falcon de los «civiles» circulaban enloquecidos llevando en su interior cinco o seis matones con Itakas y «metras» apuntando por sus ventanillas abiertas.
    Parecía que en la zona se habían dispersado ya los compañeros. Pero cerca de las 21 comenzaron nuevamente los disturbios. En Callao y Corrientes, estudiantes del Normal Nº 9 que intentaban marchar encolumnados fueron dispersados por los gases que arrojaba la policía a discreción; desbandados, algunos se escondían en edificios particulares de los alrededores y otros se replegaron en el interior del edificio.
    Minutos después, en Corrientes y Paraná, el ruido de las manos golpeando fueron el aviso de una nueva concentración. Más de quinientos compañeros surgieron no se sabe de dónde, con las consignas populares y los gritos combativos. La guardia de infantería no podía avanzar con rapidez por los autos que circulaban por Corrientes. Los compañeros volanteaban impresos como «A la clase obrera peronista organizada no la destruirán con allanamientos y represión», mientras la policía disparaba andanadas de gases lacrimógenos, indiscriminadamente, al bulto.
    Enardecidos matones que según las versiones pertenecían a los «Halcones», grupo parapolicial identificado con el vandorismo. bajaban de sus autos y agarraban a quienes podían; golpeaban y empujaban mientras los que no alcanzaban a escapar eran subidos a los carros de asalto y a los autos sin identificación y trasportados a la Seccional 3ª. La mayoría de los compañeros, corriendo por Paraná consiguieron dispersarse lo que produjo histeria entre las fuerzas represivas. Con las sirenas de sus autos a todo volumen, frenaban estrepitosamente cada veinte metros y palpaban de armas a cualquier grupo de más de dos personas o a solitarios transeúntes que, invariablemente, iban a engrosar la fila de detenidos. Jóvenes contra la pared, con las manos en alto, o sobre el piso boca abajo, eran requisados por la policía en un espectacular alarde operativo que no pudo evitar la concentración espontánea de militantes.
    La Avenida Corrientes era patrullada incesantemente por patrulleros, motocicletas de la policía y autos sin identificación. En Corrientes y Talcahuano, policías de civil enardecidos gritaban «despejen hijos de puta» y, dirigiéndose a los agentes uniformados, vociferaban «muévanse pelotudos».

  • «PERIODISTAS Hde P…»
  • Alrededor de quince periodistas de distintos medios, trataban de cubrir las rápidas manifestaciones y la represión de la policía. Insultados por la policía civil, optaron por marchar unidos con el fin de evitar detenciones. Mientras transitaban frente al cine Metropolitan, un auto sin patente frenó ruidosamente junto al grupo y sus ocupantes —todos armados con pistolas 45, Itakas y armas largas— descendieron bruscamente. Fueron agredidos trabajadores de distintos medios, a quienes se apuntó con la 45 en la cabeza, mientras otros eran golpeados y se rompían máquinas fotográficas. A pesar de mostrar sus credenciales, los periodistas fueron insultados y empujados por la policía.
    Poco después, en la esquina de Talcahuano y Corrientes, policías dispararon con cartuchos de estruendo a escasos metros del grupo de periodistas. Los trabajadores- intentaron refugiarse en un bar sobre Talcahuano, del que fueron sacados algunos y obligados a ponerse contra la pared con los brazos en alto, mientras eran requisados y apuntados permanente-
    mente con Itakas. Dentro del bar los efectivos de la guardia de infantería procedían con igual brutalidad insultando mientras vaciaban carteras y revisaban bolsos buscando inexistentes armas. Finalmente, los periodistas fueron soltados mientras se les advertía: «No se metan con nosotros que la van a pasar mal.»
    Habían pasado tres horas desde que comenzaron los choques. En las calles quedaban volantes reclamando por la libertad de ios compañeros y convocando a la movilización por el gobierno popular.

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