A 10 años del derrocamiento del gobierno popular de Joao Goulart

«Dime con quién andas y te diré quién eres», expresa un antiguo refrán. Cuando el tio Cámpora asumió el gobierno el 25 de mayo, a su lado estaban nada más ni nada menos que el Presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós y el que después seria ejemplo de dignidad y heroísmo, Salvador Allende, Presidente de Chile.
El viernes último, en Brasilia, al efectuarse el cambio de guardia por el que el general Ernesto Geisel reemplazó al general Garrastazú Módici como Presidente del Brasil, asistieron sólo tres «presidentes»: el de Uruguay, Juan Carlos Bordaberry, el de Bolivia Carlos Banzer y el de Chile, Augusto Pinochet. Como se ve, una auténtica trilogía gorila.
Es que en Brasil nada ha cambiado. A la época de derrocarse al gobierno popular de Joao Goulart, los militares que se adueñaron del poder invocaron la conocida retahila de todos los golpes de estado: ellos, iluminados por Dios y en beneficio de ‘la patria, después de haber aplastado a la cruel alimaña «comunista», necesitaban un plazo de tiempo para borrar el pasado de imprevisión, burocracia, despilfarro, inflación y desarrollar el país hasta convertirlo en una nación «progresista». Para trabajar mejor, debían suprimir «algunas» libertades, ignorar leyes y constituciones, reprimir «desbordes» populares y apelar a la desinteresada ayuda norteamericana.
El golpe de 1964 comenzó por asesinar a dirigentes políticos, sindicales y de la suboficialidad en una magnitud sólo superada después por el pinochetazo en Chile. Continuó reformando varias veces por decreto la Constitución, proscribió de la acción política a centenares de dirigentes, prohibió y disolvió todos los partidos políticos, al tiempo que el salario real de los trabajadores era drásticamente rebajado. Si se quiere tener una idea de hasta qué punto fue disminuido el nivel de ingresos de los asalariados, considérese que en la actualidad se dice que en la Argentina los trabajadores tienen una participación del 41 % de la renta nacional y el general Perón plantea como objetivo del pacto social llegar a equilibrar esa participación, en un 50 % para los trabajadores y otro 50″ % Dará los patrones. Pues bien, un reciente informe de las Naciones Unidas indicaba que la mitad más pobre de la población brasileña, o sea 48 millones de habitantes sobre un total de 96 millones, recibe solamente el 15 % de lo que todos los brasileños perciben por todo concepto.

  • MILAGROS Y BRUJERÍAS
  • En el Brasil de la macumba y el zé Arigó, no podía menos que hablarse de milagros. Y al conjuro de la avalancha de capitales yanquis, comenzó a hablarse del «milagro brasileño», un verdadero modelo «for export».
    En 1970 la participación extranjera en todo Brasil, por rama de actividad era la siguiente: Industria: 70,2%; Comercio: 58,3%; Transportes: 67,8%; Prensa: 69,2% y Publicidad: 89,8%. A la vez que la desnacionalización, o sea el proceso por el cual empresas brasileñas pasaron al control extranjero, según denuncias del senador brasileño Franco Montero en base a datos proporcionados por el Banco Central, alcanzaba los siguientes porcentajes: San Pablo 81 %, Guanabara 48%, Minas Gerais 26%, Río Grande do Sul 55%, Paraná 85 % y Río de Janeiro 82 %. Triste destino el de ese país: estado vasallo de los ingleses hasta fines del siglo pasado, estado vasallo de los yanquis en el presente.
    Su endeudamiento exterior, o sea lo que Brasil debe a otros países, alcanza la friolera de trece mil millones de dólares, que no alcanza a ser ni medianamente compensado por sus reservas monetarias que ascienden a seis mil cuatrocientos millones de dólares, y en las que se incluye también a las inversiones extranjeras.
    Sobre la base de las inversiones extranjeras y la drástica reducción de costos a través de la apretada de cinturón a los trabajadores, Brasil produjo su brujería. Cifras oficiales hablan de una disminución de la inflación, de grandes y sensacionales obras públicas como la carretera transamazónica, el puente del Niteroi y las usinas en el Paraná y de un sostenido crecimiento del producto bruto interno, crecimiento que se encuentra entre los más altos del mundo.

  • LA MILITARIZACIÓN DEL BRASIL
  • Los argentinos tenemos de antaño una amarga experiencia acerca de la utilización que el Brasil, o mejor dicho sus amos de turno, hacen de su poder militar. En los albores de nuestra nacionalidad, fue justamente un contubernio de los traidores de adentro con los brasileños lo que permitió la «organización nacional» o sea la organización del país bajo la férula de la oligarquía proimperialista. En aquella oportunidad eran los ingleses los que movían los hilos, como los movieron también en la tristemente célebre Guerra de la Triple Alianza, en la que las oligarquías gobernantes en Brasil, Argentina y Uruguay, pese a la oposición de valientes patriotas, quebraron la orgullosa independencia del Paraguay, país que hasta el día de hoy no volvió a salir del estado de dependencia y postración en que quedó.
    En la actualidad, Brasil es una dependencia militar yanqui.
    De acuerdo al presupuesto militar de los Estados Unidos (1950-68) vemos que Brasil recibió ayuda militar en ese período por 206 millones de dólares, contra 34 millones que recibió la Argentina y si bien no se conocen datos posteriores, es sabido que justamente en los últimos años es cuando la «ayuda» a Brasil se intensificó.
    Hemos visto en ediciones anteriores de El Descamisado que Brasil se adjudica el papel de gendarme de América del Sur, por cuenta y orden de Estados Unidos. En desempeño del mismo participó con tropas en la guerra de Corea y en nuestro continente fue el primero en enviar contingentes a Santo Domingo, convirtiéndose en la segunda fuerza militar por su importancia después de EE.UU., de las que se emplearon para combatir a las tropas constitucionalistas del coronel Francisco Caamaño Deno.
    Vimos también su geopolítica, según la teoría del colonizado general Golbery de Couto e Silva, que impone al Brasil un «destino manifiesto» de dominación en América del Sur. Sus pasos conducentes han sido dados y sus carreteras se expanden como ágiles nervios por el continente, a la vez que la presión desbordante del subimperio se vuelca sobre sus fronteras. Justamente los tres «presidentes» que asistirán a la transmisión del mando, Pinochet, Banzer y Bordaberry, son vivientes testimonios de la situación dependiente de sus países hacia Brasilia.
    Uruguay, Bolivia y Chile fueron dominados en el mejor estilo gorila, derrocando en dos de ellos a gobiernos populares y en el otro sepultando la ilusión parlamentaria de nuestros vecinos orientales.

  • EL CHAUVINISMO BRASILERO
  • El empobrecimiento del pueblo brasileño, la represión a sus mejores exponentes, la subordinación a USA y el botonaje continental, corren parejos con una exacerbación del nacionalismo, en su peor acepción. Carreteras, diarios y murallas reciben las frases: «Brasil, yo te amo», «Brasil, un país en marcha hacia su gran destino» y el sufrido pueblo hermano tiene que aguantar una persistente, millonaria y penetrante campaña publicitaria donde nada es dejado al azar. Así, ese producto de las favelas que es Pelé, que se distingue por ser uno que triunfa mientras millones no logran salir del subconsumo, es elevado a la jerarquía de héroe nacional, al igual que Emerson Fittipaldi, el muchacho de la mala suerte para distraer la atención del pueblo.

  • EL CAMBIO DE GUARDIA
  • Diez años después, cuando de acuerdo a sus planes y promesas deberían haber puesto en marcha las instituciones democráticas, con el país saneado, los gorilas se encuentran casi casi en el mismo punto de partida. En las elecciones solo participaron partidos organizados siguiendo pautas establecidas por los militares, con expresa prohibición de todo lo que oliera a organización popular. La concurrencia electoral fue escasa y de los que concurrieron LA MITAD VOTO EN BLANCO. Si tenemos en cuenta que en Brasil no existe prensa opositora y que las cárceles y cementerios están repletos de patriotas, ese increíble porcentaje de votos en blanco demuestra a las claras una masiva oposición, un descontento evidente aunque desorganizado. Quienes esperaban un cambio de política seguramente se llevarán un chasco. No sólo es ilustrativo el trío de gorilas invitados a la ceremonia, sino que más elocuente aún es que el nombrado general Golbery de Couto e Silva, será Jefe de la Casa Civil del nuevo gobernante y según fuentes bien informadas, dentro de poco se convertirá en un superministro, o ministro coordinador. El verdadero poder estará manejado por Golbery, y otros dos generales, Hugo Abreu y Joao de Oliveira, ambos al igual que el primero ejecutores del golpe de 1964.
    Ernesto Geisel, que no tuvo reparos en presentarse como el «candidato de la continuidad», solo protagonizará un cambio de guardia, pero de manera alguna en su política, salvo algunas correcciones que imponga la situación real del país, a la luz de últimos acontecimientos.

  • «…NO HAY TIEMPO QUE NO SE CORTE»
  • A la derrota sufrida por el pueblo en 1964, cuando Joao Goulart vaciló hasta último momento, no resolviéndose a apelar a las bases ni a los militares leales con que contaba, siguió un constante brotar de actos guerrilleros protagonizados por varías organizaciones político-militares, cuyos jefes más reconocidos murieron en combate, como Carlos Marighella, que había roto con el Partido Comunista, y Carlos Lamarca, un ex-capitán del Ejército.
    Esa lucha pasó por una serie de alternativas, sombrías y luminosas, dulces y amargas, triunfantes y derrotadas. La valentía de los patriotas brasileños sólo encuentra parangón en la brutalidad y crueldad de los gorilas. Corresponde a los milicos de Garrastazú, Geisel y Golbery el triste privilegio del descubrimiento de nuevos métodos de tortura como el «palo de arará», el redescubrimiento de otros que dormían en los ancestros de la historia del medioevo y la importación de técnicas probadas por los yanquis en Vietnam. Y como corresponde a un subimperialismo que se precie, todos estos métodos y técnicas los reexportaron a Bolivia, Chile y Uruguay. Los técnicos yanquis en represión, como el ajusticiado Dan Mitrione, han podido declarar, con un dejo de orgullo: «En Brasil no solo se enseña, también se aprende».
    Sin embargo, los gorilas no pueden dormir tranquilos. Años de salvaje represión no les han permitido la más mínima liberación en su sistema «institucional». Una calma aparente cubre la realidad brasileña, pero subterráneamente pujan corrientes liberadoras que, a poco andar, demostrarán que «no hay tiento que no se corte, ni mal que dure cien años».

  • EL CUENTO DEL BURRO
  • Cierta vez a un viejo avaro, que tenía un carro y un burro, se le ocurrió que podía acostumbrar a su noble bestia a no comer nada, reduciéndole la dieta poco a poco, de tal manera que llegaría el día en que directamente viviría sin comer y el ahorro así producido le permitiría al amo «invertir» en otros rubros para expandir su negocio. Justo cuando el animal estaba consumiendo apenas una brizna de pasto, se murió de hambre. Los gorilas brasileños no comen pasto, ya lo sabemos, pero igualmente les está pasando algo parecido al cuento del burro. Ellos concibieron un plan, se tomaron diez años, hicieron algunas brujerías, obtuvieron determinados resultados, conformaron un cerco de gobiernos proimperialistas en torno a la Argentina —único país que puede frenar sus ansias de dominación— y ahora, justo ahora, en pleno plan de expansión continental se avizoran signos desalentadores en su economía. La inflación, de 1973 a 1974 se ha duplicado y por si esto fuera poco, se produjo la crisis energética que si a la Argentina prácticamente no la afecta, para Brasil es de efectos demoledores, pues sólo produce el 20 por ciento del petróleo que consume. El resto, o sea un 80 por ciento es importado y prácticamente ha duplicado su precio, por lo que el balance negativo de su
    balanza de pagos se incrementará en varios miles de millones de dólares. No cabe duda que la industria brasileña ya ha comenzado a sufrir duros golpes. Y con economía en crisis no hay plan expansivo que valga, ni golberys que se colonicen.
    Estos negros nubarrones por un lado harán más cuidadosa todavía a la tradicionalmente bien manejada diplomacia de Itamaraty, pero a la vez alimentarán la codicia brasileña por el petróleo de Bolivia y, golpe mediante, por el de Perú. Todo ello obliga a la Argentina a una política decidida en el plano latinoamericano, cuyos aliados naturales son Perú, Cuba, Panamá y todo país que levante con dignidad su cabeza contra el coloso del norte y contra su alcahuete del hemisferio sur.

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