Aunque casi todos los diarios afirmaron que era el primer barco cubano que atracaba en puertos argentinos luego de 22 años, podría decirse sin temor a equivocarse que la motonave “Jiguani” de la flota mercante cubana es la primera de esa nacionalidad que arriba a Buenos Aires.
Quedaba así roto un largo bloqueo, porque desde que en 1962 el gobierno desarrollista de Arturo Frondizi cortó las relaciones con Cuba por orden expresa de los Estados Unidos, ningún medio de transporte de ese país pudo volver a acercarse a territorio. Y pese a que elementos del Servicio de Informaciones Navales (SIN) y de la Prefectura Naval Marítima montaron un fastidioso y torpe cerco en torno a la dársena en la cual se bailaba la nave cubana, el contacto directo con Argentina se pudo verificar ampliamente. Invitados especialmente por el capitán del “Jiguani”, visitamos al buque en la tarde del domingo pasado, horas antes de que la nave zarpase de regreso a Cuba. Había llegado luego de un largo viaje proveniente de la isla del Caribe, atravesando el Canal de Panamá y bordeando hacia el sur la costa del Pacífico, con escalas en Perú y Chile, para ganar las aguas atlánticas luego de atravesar el Estrecho de Magallanes. Los 43 miembros de la tripulación del barco cubano tocaban tierra argentina por vez primera. El viaje se resolvió en Puerto Montt, cuando el buque fue informado de que debía seguir a Argentina para cargar una compra de maíz efectuada por La
Habana, primer aspecto concreto de la reanudación de relaciones. Las 12 mil toneladas del cereal fueron cargadas en Baradero, Roño y Buenos Aires.
Desde que el gobierno popular concretó la reanudación de las relaciones con Cuba, el gobierno revolucionario que encabeza el comandante Fidel Castro destacó con prontitud al personal diplomático afectado a su embajada en esta capital, encabezado por Emilio Aragonés Navarro, y efectuó algunas compras, producto de la visita especial de una misión comercial. Argentina, en cambio, ha demorado inexplicablemente su trámite. No hay aún representación argentina en Cuba, ni tampoco embajador designado. A las celebraciones del 26 de julio concurrió una delegación de nivel intermedio, encabezada por un senador —Italo Luder— que preside la Comisión de Relaciones Exteriores de la cámara afta.
El aspecto político de la visita del “Jiguaní”, más allá incluso de la carga de maíz para Cuba, es el fundamental. Roto el bloqueo del cual nuestro país fue desgraciadamente cómplice merced a la obsecuencia de Frondi-zi para con los norteamericanos, las relaciones argentino-cubanas marchan hacia su normalización plena, pese a las trabas que aún levantan sectores militares y capillas enquis-tadas en la Cancillería. La cordialidad de los argentinos para con los marinos cubanos ratificó ese hecho de manera palmaria.

  • “CORRER LA MISMA SUERTE DEL AGREDIDO”
  • Pese a sus 32 años, el capitán Alberto Torres es un veterano de la Marina Mercante cubana. Es que, como el común de los países devastados por el imperialismo estadounidense, Cuba no podía darse el lujo de tener flota propia. La revolución que llegó al poder hace 14 años encaró la creación de una infraestructura propia de transportes y producto de esa preocupación estratégica es una moderna marina comercial que surca las aguas de todo el mundo, ahorrándole al gobierno revolucionario una inapreciable cantidad de divisas que de otro modo irían a parar al pago de fletes a compañías extranjeras.
    Torres ha recorrido, según nos relató, prácticamente la mayoría de los países del planeta. Le faltaba Argentina y fue aquí que celebró junto a su tripulación el 26 de julio, máxima fecha de los cubanos.
    Pero la veteranía de Torres, producto de la necesidad de formar con urgencia los oficiales de una flota que se expande incesantemente, es también producto de un auténtico bautismo de fuego vivido en el puerto norvietnamita de Haiphong, cuando comandaba un buque carguero bloqueado por el minado yanqui a todas las aguas de ese país asiático. De acuerdo a la resolución del gobierno revolucionario de Fidel Castro, todos los buques y/o aviones afectados al tráfico con la República Democrática de Vietnam debían mantenerse en sus puestos y no aceptar el chantaje de los norteamericanos. El bloqueo ordenado por el Pentágono pretendía hacer arrodillar a la resistencia vietnamita, cerrando sus puertos a la solidaridad internacional proveniente, básicamente, de las naciones socialistas.
    Enfrentado a esa experiencia, producto de una consigna inolvidable lanzada por el comandante Ernesto “Che” Guevara y que es en la actualidad común denominador de la política cubana, “correr la misma suerte del agredido”, Torres y su tripulación pasaron más de un año en Haiphong, colaborando con los vietnamitas en la defensa contra la brutal agresión aérea norteamericana.
    “El minado de todos los puertos norvtet-namitas fue una represalia yanqui por la fuerte y sostenida ofensiva patriótica en todo el sur de Vietnam”, recuerda el capitán Torres. “Fue uno de los episodios más bochornosos que recuerda la humanidad; el ataque y el asesinato indiscriminado de la población civil perpetrado por la aviación norteamericana”, agrega. “No se trataba de ataques contra emplazamientos militares, sino de matar ancianos, mujeres y niños. Era un ataque diario que no respetaba hora, no respetaba hada”.
    Indicó Torres que luego de firmarse el acuerdo de paz decidieron salir de su largo bloqueo en Haiphong, pese a que sabían que aún no se habían quitado de las aguas del puerto muchas de las minas situadas por los yanquis. Opina además que dicho acuerdo fue en realidad una derrota para el imperialismo.
    “Gran parte del tiempo en que estuvimos en Haiphong lo pasamos en tierra, colaborando con los vietnamitas. Muchos médicos nuestros desarrollaban tareas de asistencia sanitaria”, informa Torres. “A veces, cuando íbamos a la capital Hanoi se nos hacía dificultoso regresar por los bombardeos”.
    Cuando El Descamisado preguntó cuál fue la reacción de los tripulantes cubanos en su prolongada estadía en las aguas o en el puerto de Haiphong, la respuesta del capitán Torres fue “para nuestros marinos permanecer allí era una forma de solidarizarse con los agredidos vietnamitas. Otros barcos cambiaron su tripulación, debido al largo tiempo que llevaban allí. Pero no los buques cubanos. En reiteradas oportunidades expresaron que deseaban estar ahí, junto al pueblo vietnamita, corriendo la misma suerte, pese a que tenían la posibilidad de ser relevados y podíamos incluso reducir —hasta por razones de seguridad— el número de tripulantes”.
    Todos los miembros de la tripulación se afectaron a diversas tareas de cooperación con Vietnam. Torres particularmente trabajó en la reconstrucción de los diques destruidos por la aviación norteamericana, diques que integraban un milenario e inteligente sistema de defensas contra las calamidades naturales.
    “Los Estados Unidos intentaban destruir estos diques para que las inundaciones provocasen hambruna y así los vietnamitas se rindieran. No lo consiguieron. Los diques destruidos eran reconstruidos diariamente. Y la campaña mundial de protesta contra estos bombardeos, de la cual Cuba participó activamente, salió al paso de los planes criminales de los imperialistas”, afirma Torres.
    Cuenta el comandante del “Jiguaní” que si bien los vietnamitas manifestaron gran preocupación por la seguridad de los tripulantes de varios países (Cuba, URSS, Polonia, Alemania Democrática) que colaboraban con las tareas de reconstrucción, respetaron en todo momento su deseo de quedarse para concretar así su solidaridad. Comprendían de que se trataba: ellos son maestros en aquello qué preocupaba a Guevara: “correr la misma suerte del agredido”.

    Tags: , ,