• Ultima entrega, La Masacre
  • PERIODISTA: Y la noche esa de la masacre ¿cómo empezó la cosa?
    MARÍA ANTONIA BERGER: Nos despertaron a golpes a eso de las tres y media.
    RICARDO RENE HAIDAR: Antes de empezar a contar lo de esa noche habría que recordar que estuvo el juez.
    MAB: Sí, el día anterior estuvo el juez Quiroga.
    RRH: Hace un reconocimiento, con ruedas de detenidos.
    MAB: Y estaba el fiscal.
    RRH: Sí, toda a camarilla de la Cámara.
    MAB: Le pregunto quién era, y me dice: «Yo soy el juez Quiroga». Entonces yo le digo «puedo charlar con usted». «Sí, cómo no». Y te digo: «Quiero charlar con usted a solas porque lo primero que decían: «Es un hijo él les dice: «Bueno, retírense», y ninguno se mueve. «Pero, ¿por qué no se van?»: estaba en una situación muy incómoda, un papel totalmente ridículo el del juez. Después a mí me retaron mucho; me dice Bravo: «Y ¿por qué quería charlar usted a solas con el juez?’
    ALBERTO MIGUEL CAMPS: Ahí aprovechamos para identificarlo bien a Bravo, porque habíamos escuchado varias veces el nombre, pero no le habíamos visto bien la cara. Para no tener ninguna duda le preguntamos a los colimbas quién era ese; debía tener su famita, porque lo primero que decían; «Es un hijo de puta». También ahí charlamos entre nosotros: qué actitud íbamos a tomar en los próximos días. Con Mariano y con Bonet, decidimos esperar dos o tres días más, hasta que estuviera cumplido el plazo de la incomunicación. A partir de allí empezaríamos. a tomar medidas: no respetar las órdenes, conseguir comunicación con los abogados. Después del interrogatorio, á la noche, hay un suboficial, Marchal o Marechal, y otro de 1,70 de estatura, más o menos rubio, gordito, de Rosario; supimos que había estudiado en el Otto Krausse. También me acuerdo que nos entregaron los colchones más o menos temprano.
    MAB: Sí, y que dijimos, «qué suerte, esta noche vamos a poder dormir».

    P: ¿A qué hora los sacaron ese día?
    MAB: A las tres y media. Y nos hacen poner los colchones allá, donde se abrían los pasillos. Siempre nos hacían salir de a uno y, esa noche, cosa rara, nos hacen salir a todos juntos.
    AMC: El procedimiento para despertarnos era siempre más o menos el mismo. Pasaban pateando las puertas, pegando gritos, tocan-do pitos. Esa noche, como elemento nuevo, había insultos como, «ya van a ver lo que es meterse con la marina». Lo veo a Sosa que pasa despertando y después Bravo que va diciendo: «Ahora van a ver lo que es el terror antiguerrilla».
    MAB: Cuando dejamos los colchones, nos hicieron mirar al piso. Y lo provocaron a Mariano Pujadas; se conoce que lo buscaban para que se rebelara, para que les diera un motivo.
    RRH: Empezaron abriendo la celda del ala de María Antonia, y fueron dando toda la vuelta. Como estábamos en la última celda, teníamos una visión muy limitada.
    AMC: Mi celda es una de las últimas que formó. Estaban en orden Susana Lesgart, Clarisa Lea Place, Alfredo Kohn, Haidar, Mario Delfino y yo. Todavía recuerdo que veía el pullover blanca de Pujadas. Inmediatamente empiezan las ráfagas. La primera reacción fue mirar hacia el costado y vi cómo recibía varios tiros Polti e inmediatamente se zambullia cuerpo a tierra adentro de la celda, cosa que también hice yo enseguida. Adentro estaba Mario Delfino: ninguno de los dos teníamos tiros en ese momento. Siguieron; las ráfagas, no eran ráfagas cortas; eran largas, por lo menos dos armas. Cuando paran se escuchan quejidos, estertores de compañeros, incluso, puteadas, Y empiezan a sonar disparos aislados. Me doy cuenta que están rematando, incluso alguien dice: «éste todavía vive» y se escucha inmediatamente un tiro.
    Bueno, pocos momentos después, no sé cuantos, llega Bravo a la celda y nos hace parar, con las manos en la nuca; él estaba parado en la puerta, a un metro y medio de distancia. Nos pregunta si vamos a contestar el interrogatorio, le decimos que no y ahí nos tira. Primero a mí, y cuando veo que estoy cayendo, escucho otro tiro y veo que cae Mario Delfino. Yo lo toco y no se mueve, tampoco lo escucho quejarse; calculo que el tiro lo mató de entrada; yo no pierdo el conocimiento.

    P: ¿Dónde recibe el tiro?
    AMC: En el abdomen, sobre la izquierda, unos cuatro dedos por abajo de las costillas, Bravo tiró desde la cintura, con pistola. Yo no pierdo el conocimiento, pero enseguida empiezo a vomitar sangre. La verdad no sentía mucho dolor con el tiro. Pienso en no moverme, en hacerme el muerto. Sigue habiendo tiros y también escucho que alguien dice: «Bueno ustedes ya saben lo que pasó», como recordando algo acordado de antemano. Después escucho una serie de pasos, como de tres o cuatro personas; una dice: «¿Qué mierda pasó aquí?» A partir de ese momento no se escuchan más tiros y al ratito llega el enfermero. Escucho que están revisando a los compañeros: «Este tiene pulso, este está muerto, este respira». Después de cinco o diez minutos, me sacan en una camilla y me llevan a la enfermería de la base. Esa es la visión que yo tengo de esos momentos.
    RRH: Cuando empieza la ametralladora, levanto la vista y la veo caer a Clarisa Lea Place y a Susana Lesgart; ví eso y salté a la celda, junto con Alfredo Kohon. Nos miramos y nos hicimos el comentario, «Estos están locos». Miro a la celda de enfrente y lo veo a Bonet que está tendido en el suelo, apoyado sobre un brazo, con la cabeza levantada. Estaba vivo. Pienso qué se podía hacer, no se podía hacer nada. Pienso en meterme debajo de la loza que estaba empotrada en la pared y que hacía las veces de cama; Alfredo se mete al lado mío y me toma del brazo. Pensé muchas cosas y es muy poco lo que me acuerdo, pero pensé en general en mi familia. No puedo precisar si fue mucho lo que pensé, porque también recuerdo bien los disparos, que ya en ese momento eran los disparos de remate. Uno de los compañeros les gritaba «hijos de puta» y enseguida un disparo en respuesta a eso. Después del primer tiroteo, eso fue un coro de quejidos.
    Tal vez fue la parte más fea, cuando todos estaban heridos, nadie estaba muerto, y se quejaban. Hasta que apareció Bravo en la puerta de mi celda y nos ordenó que nos paráramos en el medio, pero no tiró, sino que se fue. Enseguidita llegó otro oficial, ya lo habíamos visto, ni bien apareció en la puerta, levantó la mano, y con el brazo extendido me apuntó y tiró. Me lo da aquí, en el pecho, abajo de la clavícula. Caí sobre la loza, así, de bruces y enseguida le tiró a Alfredo Kohon, que estaba parado al lado mío. Le tiró varios, no sé cuántos. En el primer momento Alfredo se quejó, pero después no: se ve que perdió el conocimiento. Después llegó gente que aparentemente desconocía lo que había sucedido; interrogaban a Bravo y entonces Bravo le responde: «Pujadas le quiso quitar la pistola al «capitán, se quisieron fugar». Al rato llegaron los enfermeros. Yo pensaba que me iban a llevar a un sanatorio, o algo por el estilo, pero por el tiempo que duró el viaje en ambulancia, me di cuente de que estábamos en la misma base. Nos pusieron a todos en camillas, era oscuro todavía. Me acuerdo, de Polti; empezó a tener signos de agonía —ya era de día— y lo llevaron al medio del recinto ese para nada, porque lo dejaron morir. Ni por asomo se dio una atención acorde con la gravedad de los casos.
    AM: Ni siquiera transfusiones, o suero.
    MAB: Ni, siquiera tomar el: grupo sanguíneo, nada.,

    P: ¿Estaban presentes los dos médicos de la basé?
    RRH: Estaban presentes. Los dejaron morir los heridos eran Astudillo, Alfredo Kohon, Polti.
    AMC: Éramos seis.
    RRH: Ellos tres, y nosotros tres.
    AMC: Creo que falta la visión de María Antonia.
    MAB: Cuando empiezan a disparar, yo veo al gordo ese, al suboficial de Rosario, que está tirando. Simultáneamente me siento herida; siento como una quemadura, pero ni dolor ni nada. Mi primera reacción es meterme adentro de la celda. En ese momento la veo a la Sayo Santucho, ahí delante de la puerta, aparentemente muerta. Me doy cuenta de que realmente es seria la cosa, porque por un momento, al principio, pensé que nos tiraban a las piernas. Es decir, no me daba cuenta de la situación, me costaba, creerlo. Apenas entro, entra María Angélica Sabelli, agarrándose el brazo y diciendo: «Estos hijos de puta me dieron». Entonces le digo:
    «Tírate al piso», y yo hice lo mismo. Trato de ver qué es lo que me pasa, y veo que tengo un agujero acá, en el estómago. Simultáneamente comienzo a sentir como un estertor de la petisa María Angélica; empieza a roncar muy fuerte y a dar quejidos al mismo tiempo. Esa es la parte más fiera, unos ayes de dolor horribles. Empiezo a escuchar tiros aislados; me doy cuenta de que están dando los tiros de gracia. Ahí me pongo a pensar:
    «Bueno, aquí me llegó la última hora». Y me pongo a pensar en mi familia. En ese momento se’ piensan muchísimas cosas, la familia, los compañeros. Pensé en mi compañero. En cosas lindas de mi vida; pero no sé: yo quería pensar mucho en muy corto tiempo y ter-miné de pensar enseguida y los tiros no llegaban; no me llegaba a mí. Me entró un poco de impaciencia. Estaba esperando que me mataran de una vez por todas. Porque uno piensa, en ese momento: «Bueno, ya que ‘me matan, Que me maten de una vez por todas». Escucho que un compañero, pienso que el petiso Ulla -por el lugar y por la voz-, decía: «Hijos de puta». Y otro, creo que uno de lo tucumanos: «Ay mamita querida». Después veo que llega a la puerta uno vestido de azul, no me acuerdo si alcanzó a tirarte antes un tiro a la Petisa; lo que si me acuerdo es que levanta la mano, y me apunta con bastante cuidado. Siento como un estallido espantoso en la cabeza, como si tuviera ‘ una bomba. Para gran .sorpresa no me matan. Me cuesta creer que esté viva. No pierdo el conocimiento y sigo escuchando balazos, hasta que en un determinado momento, se terminan. A esta altura pienso que ya me queda poco. Al rato viene un enfermero, me mira la cabeza, me toma el pulso y dice: «No, está viva, sólo le interesó la mandíbula, pero se está desangrando», y se va. Bravo viene dos veces a la puerta de mi celda, con un jadeo totalmente nervioso y muy preocupado porque no me moría. «Pero esta hija de puta no se muere nunca, cuánto tarda en desangrarse» y yo, cada vez que aparecía alguien, juntaba sangre en la boca y la escupía para hacer parecer que me estaba desangrando.
    AMC: Después del tiro, tengo la sensación de que ese tiro me mata. Me pongo a esperar el remate. En ese momento tengo una sucesión de pensamientos. Me acordaba lógicamente de Raquel y también de los otros compañeros. Me decía: «Bueno, me llegó la hora. me toca a mí ahora». Supongo que algo de miedo tenía, pero en todo caso era un miedo con tranquilidad. Supongo que esto es consecuencia de que en la militancia se vive con la posibilidad de la tortura Y. por supuesto, de la muerte. Los pensamientos se pasan muy rápidos; las cosas agradables de la vida, los recuerdos.
    RRH: Antes que me pegaran el tiro, mi pensamiento pasaba por lo que estaba sucediendo afuera de la celda, y por la situa-ción en que me encontraba en ese momento. En principio la alternativa fue actuar un poco por desesperación, salir corriendo o cosas por el estilo; o quedarse en el molde. Es decir, cuál de las dos situaciones brindaba las mejores posibilidades de salir airoso de la cuestión. La tensión era máxima, sentía los latidos del corazón a todo trapo. A partir de ahí, la resignación. Pensar de que «Bueno, lo único que yo puedo; hacer en este momento, lo mejor que yo puedo hacer es esto». Y así me resigno a ser muerto en cualquier momento. Después que me pegan el tiro, ya un poco la cosa estaba más definida. Pero siguió la expectativa, porque seguía vivo y consciente de que no estaba grave. Mis esperanzas estaban libradas en la posibilidad de pasar desapercibido.
    MAB: Yo me asombraba a mí misma de que estuviera tranquila. Con una bronca muy grande por la imposibilidad de no poder tener aunque sea una mínima reacción. Veía que cualquier reacción no cabía. Estaba totalmente en poder de ellos que estaban matándonos. Eso es lo que más sentía, pero miedo. Es decir, sí: uno siente que se va a morir, pero no es ese temor que uno, espera. Aparte de eso estaba tranquila porque pensaba un poco en los otros compañeros que habían muerto, que habían sido rematados y que habían estado muy cerca de mí. Yo siempre pensaba: «¿Qué es lo que habrán sentido?» Me acordé de ello y dije: «Bueno, si han sentido lo mismo que yo, no es tan grave». No era tan triste. Yo tenía la sospecha. que, aunque muriera, todo seguía. Tenía la certeza absoluta de que alguien iba a pagar por eso, una confianza total en los compañeros, de algo que iba a pasar después de eso. A mí por lo menos, esto me ayudó mucho.
    RRH: Te acordás de lo que contabas el otro día, de que escribías.
    MAB: .Ah, eso. Me daba cuenta de que el agujero que tenía en la mandíbula» no era mortal y que con el -que tenía en el estómago, el peligro era ese de la perforación y las hemorragias internas. Pero también me di cuenta que por muerta ya no pasaba. Creo que más bien no me dan el tiro, ya se ven ‘las ganas de vivir y’ de hacer un esfuerzo para tratar de-sobrevivir, sea-Gomo sea. Siempre te queda una esperanza y luchas con ese margen. Me acuerdo que -yo decía: «Si me muero, quisiera escribir en .la pared aunque sea los nombres: Bravo, Sosa». Pero agarro con el dedo y con !a sangre (me acuerdo que mojo el dedo) empiezo a escribir cosas en la pared. Se dan cuenta, viene uno con un tarrito y borra enseguida.

    P: ¿Qué había escrito?
    MAB: Lomje.

    P: ¿Lomje?
    MAB: Sí, Lomje, Libres o Muertos, Jamás Esclavos. Y también había escrito, «papá, mamá» y no sé qué más. Lo borraron y después volví a escribir de nuevo, pero mientras estaba escribiendo, ya lo vieron y lo volvieron a borrar.

    P: ¿Y qué escribió esta vez?
    MAB: Lo mismo: cabeza dura. .. Después de eso es que viene Bravo dos veces y después siento que viene uno que dice, que es el juez o algo por el estilo; dice: «¿cómo, no han llamado a la ambulancia?», haciéndose el horrorizado. Ordena que llamen inmediatamente la ambulancia; escucho que llaman por teléfono: «Manden – urgente la ambulancia». Entonces empiezo a tomar más ánimo. Escucho una ambulancia que llega y comienza a llevárselos de a uno. Cada vez que la oía ve-nir empezaba a quejarme para que se apiolaran de que estaba viva: no fuera que me dejaran. En’ un momento me agarra la desesperación: la ambulancia iba y al rato volvía, eran minutos interminables. Yo soy la última que llevan. Era una doble sensación: por un lado tenía grandes expectativas de seguir viviendo, y por otro lado estaba esperando que en cualquier momento me la dieran de nuevo. Por eso yo trataba de estar atenta, de que no me agarraran desprevenida. Me acuerdo que cuando paran (se conoce que hay un puesto), abren la puerta de atrás y miran, yo me digo: «Bueno acá me la dan». Me llevan a la enfermería, cuando ahí Alberto me dice:
    «Hola flaca, vos también acá». Yo te vi medio incorporado y que me decías: «Hola flaca». Después no se si me desmayo un rato. No me dan ninguna inyección ni, me limpian la herida. Después con un aparato me sacan la sangre que tengo en la boca, porque me estaba ahogando; tenía todo hinchado y no podía respirar. A eso de las doce y media -tenía un reloj justo’ enfrente-, llegan los médicos de Bahía Blanca, me miran y dicen que ‘ hay que operar inmediatamente; simultáneamente comentan que Bonet se acaba de morir. Sostienen que hay que hacerme inmediatamente una transfusión, que averigüen el grupo sanguíneo. Lo llamo al médico y le escribo en la mano el grupo. Me toman la presión y creo que tenía cuatro y pico. Me quedo desmayada y cuando despierto ya estoy arriba del avión.’ Uno de los médicos que había llegado de Bahía Blanca, me dice que me habían operado y que no me moviera.
    AMC: Yo soy trasladado en avión con el Turco, y en Bahía soy llevado inmediatamente a la sala de operaciones. Cuando despierto veo que es de noche por la ventana.
    RRH: A mí me operan último.

    P: De la muerte de los tres compañeros ¿cuándo se enteran?
    MAB: ¿Te acordás que cuando hablamos, ya dijimos, «somos los tres que quedamos» nada más»?
    AMC: Sí, cuando despierto, lo veo al Turco y le pregunto: «Cuántos se salvaron?» y me dice: «Nosotros tres». Yo no la había visto a María Antonia todavía: «¿Quién es el otro?», le pregunto y me dice: «María Antonia».
    RRH: Vos llegas a la tarde del día siguiente, cuando nosotros ya estábamos en el interrogatorio. Te acordás que llegó el juez militar, el capitán de navío Bautista. A mí me parece que, cuando nos sacaron de la sala grande y volvemos del interrogatorio, yo la encuentro a ella. ‘

    P: ¿Lo interrogaron 48 horas después?
    MAB: A mí también me interrogan uno o dos días después.
    Viene un tipo y me dice:
    «Soy un juez de la marina». Le digo «¿en carácter de qué me pregunta, de qué se me acusa?» Y me dice: «No, no se la acusa de nada, quédese- tranquila». Le digo: «Qué raro».

    P: ¿Podía hablar bien?
    MAB: No, si estaba con la traqueotomía, pero yo quería ver qué era lo que quería. Me dice: «Usted va como testigo, tenemos que hacer una investigación a fondo de todos los hechos». Y yo, «iAh, qué bien!». Entonces me dice: «¿Dónde estaba usted cuando Mariano Pujadas intentó quitarle la ametralladora al personal de la marina». Prácticamente no contesté el interrogatorio.
    RRH: El juez militar que estuvo a cargo del sumario, el capitán de navío Ortiz, tenía la intención de aprovechar las condiciones en que nosotros nos encontrábamos s, de gran tensión, inseguridad e incertidumbre. Yo creo que ninguno de nosotros se consideraba a salvo por el hecho de estar ahí. Y trataba de sacar para la declaración el mejor partido de esa situación. Pero creo que se llevó un fiasco con nosotros, las declaraciones que le hicimos fueron lapidarias para él.
    AMC: Cuando estoy en el post-operatorio, me explica que es el juez y que va a investigar el suceso desde el punto de vista de las responsabilidades de la marina; me pregunta si voy a declarar. A mí me pareció que era necesario relatar a cualquier persona cómo, habían sido los hechos. Que eso se pudiera sacar de nosotros. Después vinieron los camarógrafos del canal de televisión; uno me dice: «hace algún movimiento, porque esto es para televisar y mostrar que ustedes están bien». Entonces me arreglé el tubito que me salía, estábamos llenos de tubitos a esa altura. A los cinco días tengo la primera visita. Es un abogado y le cuento lo que pasó, siempre con la idea de contar cómo había sido la masacre, por si nos llegaba a pasar algo, para que eso se conociera afuera. Indudablemente, la masacre fue planificada para que no quedara nadie. Ahí intervinieron esos elementos que ellos no evaluaron bien. Fundamentalmente, supongo, que la resistencia física nuestra. Al principio la falta de atención médica, todo buscaba que no hubiera sobrevivientes. Pero prenso que no le salieron las cosas como esperaban. Hubo fallas en su plan. Por eso que salieran las versiones, de lo que habrá pasado era importante. Y sigue siendo importante.’ A veces, alguien se acerca y dice: «¿Me podés contar, si a vos no te molesta?» Para nosotros relatar lo de Trelew es una obligación para con nuestro pueblo y por todos los compañeros que murieron allí que aportaron con su muerte, con su lucha, a todo este proceso,
    RRH: Cuando hablamos, estamos un poco contando las experiencias de todos, de los que murieron y de los que vivieron. Es una cosa totalmente impersonal. Si algo tenemos que hacer, si para algo sobrevivimos nosotros es para transmitir todo eso que los otros, por haber muerto, no pueden hacerlo.

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