• Capitulo segundo, La Trampa
  • RICARDO RENE HAIDAR: En el caso de que no pudiéramos irnos, había un plan de resistencia dentro del penal. Implicaba una distribución de la gente y de las armas. Nuestra intención era entregarnos en las mejores condiciones que garantizaran nuestras vidas; de no existir esas garantías nosotros nos resistiríamos. El plan de resistencia incluía un plan de difusión: llamar a los diarios, a las radios, a un juez para que vinieran al penal. Ademas lineal generales de negociación con las fuerzas represivas. Cuando nos vamos en los taxis, los compañeros que quedan a cargo del penal, que seguía tomado, montan todo. Pero no se llega a la resistencia, porque se da la negociación que garantiza las vida de quienes estaban allí. Concretamente, los companeros que estaban adentro del penal fueron los que avisaron a la policía. Lo mismo en el aeropuerto: si nosotros teníamos algún problema allí o en el trayecto nos teníamos que atrincherar y buscar la negociación. Cuando llegamos al aeropuerto habla confusión entre la gente; había autos que se retiraban. Muchos ya estaban en conocimiento del copamiento del avión los compañeros, los detuvieron diciendo que había un artefacto explosivo, se podía producir la alerta de las fuerzas represivas. Esa fue la razón de que no se haya hecho regresar al avión, porque los compañeros estaban dispuestos a regresar.
    MARÍA ANTONIA BERGER: Yo comparto la evaluación que se hizo en aquel momento: no avisar a los compañeros que iban en el avión. Si regresaban no se podía garantizar da que volvieran a despegar, era mucho que ellos se fueran. Eso es lo que nos determinó a pedir la presencia del juez.
    ALBERTO MIGUEL CAMPS: En el momento en que se copa el aeropuerto, se ve a un avión que intenta aterrizar en la pista, pero no lo hace, porque es alertado. Entonces el grupo se retiró al edificio central que, en realidad, fue lo uníco que se copó. Allí está la torre de control y otras dependencias, como el comedor, donde se concentró a toda la gente.
    PERIODISTA: ¿Cuantas personas habría?
    RRH.: Cien, más o menos.
    MAB.: A esa altura ya estaba la
    Marina, al mando del capitán Sosa, rodeándonos.
    RRH.: Los diecinueve estábamos armados con pistolas y fusiles FAL.
    P.: ¿Cuánto tiempo estuvieron en el aeropuerto?
    AMC: Como cuatro horas.
    MAB.: Salimos como a las doce de la noche. Ya estaba el juez y las fuerzas que nos rodean: las vetamos, estaban a una distancia bien cortita. Al juez le pedíamos por un lado que asegure nuestra integridad física, que Mame a un médico y que nos devuelva al penal de Rawson. Por otro lado, también se le pide que deje entrar a los periodistas, a la televisión, la radio, que ya también a esa altura estaban por allí. Los que llevábamos las tratativas eramos Mariano Pujadas, Pedro Bonet y yo.
    P.: ¿Cómo eran esos diálogos?
    MAB.: Con el juez eran buenos: ya lo conocíamos del penal. Con el que era muy difícil discutir, era con Sosa. Quería tratarnos como soldados, dándonos órdenes, pero como nosotros estábamos muy tranquilos, poníamos las cosas en su lugar; estaba descolocado. Su objetivo era llevamos a la «Base Comandante Zar»: había recibido la orden. Pero nosotros no queríamos ir porque sabíamos que íbamos a estar mucho más seguros con la gente de «penales» que con la marina. Sosa al principio nos gritaba y Mariano le dice: «calma, calma que aquí no hay ninguna necesidad de gritar». A mi, que soy mujer, me miraba medio asi. Por ejemplo no se dirigía a mi, le hablaba a Mariano. A mí me miraba medio con sorna. Por supuesto que yo no le daba bolilla. Bueno, muerto argumento para llevarnos a la base no tenia, así que acepta no llevarnos.
    P.: ¿Acepta las condiciones de ustedes?
    MAB.: Si, en principio: está el juez y no le queda otra alternativa. Un momento después se decreta el Estado de Emergencia, con lo cual queda todo bajo el mando unificado del V Cuerpo de Ejército. Momentos antes se habla producido nuestra entrega.
    AMC.: Nos abrazamos y fuimos saliendo, cantando el candombe.
    MAB.: Hicimos una fila y dejamos todas las armas. Cuando subimos al ómnibus uno por ahí dijo un «viva Perón», haciendo la «V».
    RRH.: Al subir al ómnibus había clima de fiesta, aún cuando la operación habia fracasado en parte.
    MAB.: Lo que nos levantó el ánimo, fue cuando escuchamos por la radio que los compañeros hablan llegado a Puerto Mont. Ahí ya estábamos felices, porque esa era realmente la palabra. Pensábamos que el objetivo de la operación estaba ya cumplido: por lo menos algunos compañeros habían logrado irse: Sabíamos que podía darse la contingencia de que fueran pocos los que se pudieran ir. Que ya iba a haber una próxima vez para nosotros. Teníamos una gran fe en eso.
    RRH.: Aunque nuestras perspectivas ahí no estaban del todo claras. Estuvimos en el ómnibus cuarenta y cinco minutos, mientras se rea-gruparan los efectivos de la marina que eran numerosísimos.
    MAB.: Al ómnibus ese suben el juez y el abogado Amaya. Antes de trasladarnos nos hacen descender. Se comprometen a acompañarnos hasta la base, cosa que hacen, no en el micro, pero sí en un auto.
    RRH.: Pareciera que hubieran estado haciendo tiempo ex-profeso, hasta que saliera el Estado de Emergencia. Si no, no se explica que nos tuvieran todo ese tiempo al cuete, arriba del ómnibus. Allí conversábamos, intercambiábamos opiniones, el clima era de fiesta, aunque estaba la sombra de cuál iba a ser nuestro destino. Valorábamos que la perspectiva era la prisión, la tortura.
    AMC: En este caso se había acordado que la actitud iba a ser la de siempre: no declarar ni ante el juez ni ante nadie. Porque los jueces, sobre todo los de la Cámara Federal, son cómplices de las torturas y de las declaraciones obtenidas por ese método. No obstante a todo esto, en el camino hacia la base se vivía un clima de victoria. Yo pienso que política y militarmente, se habían obtenido grandes triunfos: ocupar el penal, copar el aeropuerto, tomar el avión. Lo que no se alcanzó fue el objetivo máximo, la fuga de los 110 compañeros. Pero todos los otros objetivos se habían alcanzado; incluso golpear muy fuertemente al enemigo, demostrar la capacidad militar de las organizaciones armadas. Por eso el clima era de fiesta.
    MAB.: Estábamos contentos.
    AMC: Yo iba sentado con María Angélica Sabelli y Alfredo Kohon. Atrás iba un grupo de seis o siete soldados de Infantería de Marina
    que nos preguntaban de dónde éramos. Hasta ese momento no nos impedían que conversáramos. Al llegar a la base, seguía el gran despliegue. Después nos mandaron a los calabozos. Había un pasillo largo y angosto (de más o menos uno ochenta) con cuatro calabozos de un lado y seis del otro. Pero en total se usaban ocho. Se nos dejó un tiempo ahí hasta que empezó una requisa, una revisación minuciosa: nos llevaban a una habitación, nos hacían desnudar. Un oficial nos revisaba la ropa, otro nos preguntaba datos personales. P.: ¿Los trataban mal?
    RRH.: No, hasta ese momento el trato era severo. Hasta ese momento no había habido insultos, ni golpes, ni nada.
    MAB.: Si bien la revisación de ustedes fue superficial, la de noso-tras no. Los médicos se encargaron de revisarnos bien, muy en profundidad. Medio vejatorio fue; eso nos dio mucha bronca.
    P.: ¿Quiénes eran los médicos?
    MAB.: Son los médicos de la base, porque después, cuando estábamos heridos también andaban circulando por allí.
    RRH.: A medida que nos iban requisando, entregaban mantas y colchonetas. Terminaron como a las cuatro de la mañana.
    AMC: Ahí empezó la represión. Nos prohibían hablar entre celdas y, lo que es más, hablar entre los que estábamos en una misma celda. Para esto habían llenado el pasillo con más o menos un soldado por puerta.
    RRH.: Eso de los colimbas delante de cada celda era risible: en un pasillo chiquitito así, había como diez o doce colimbas, todos con armas largas. Desde el punto de vista militar era absurdo; no sé cómo iban a hacer para no matarse entre ellos, si tenían que tirar. Es decir, para que quede bien cla-rito: nosotros nos entregamos en el aeropuerto de Trelew. Nos rendimos. Se nos traslada a la base; entramos a un ala del edificio de la guardia de la base. Una base que está a 6 kilómetros de Trelew, rodeada de un desierto de piedra. Somos metidos en calabozos con rejas, con puertas, candados, cerrojos. Y aparte de eso nos ponen un soldado frente a cada puerta.
    AMC: Como eran conscriptos nos pusimos a charlar con ellos sin demasiados problemas.
    RRH.: Ven que entramos en relaciones con nuestros guardias, al segundo día los retiran. Sacan a los soldados y ponen a la entrada del pasillo dos o tres armas pesadas. Allí se establece una guardia permanente; estaba constituida por un oficial y tres suboficiales. El oficial con pistola y puñal; el suboficial con puñal y pistola ametralladora PAM, con doble cargador. Además de eso dos fusiles FAP, en posición de tiro, elevados sobre una mesa. En esas condiciones pasamos todo el resto de la semana. En la noche del segundo o tercer día comenzaron los interrogatorios y ya había gente de «los servicios de informaciones».
    MAB.: A nosotras nos hicieron un interrogatorio en la mañana del primer día. Fue de día, bien caballeresco. Capitanes de la marina estaban ahí. Querían sacarnos información respecto a la fuga, pero evidentemente no tenían mucha experiencia en materia de interrogatorios. Lo que yo les decía era que, si querían, podíamos hablar acerca del papel de la marina. Me saltan con que la marina siempre se había caracterizado por ser bien caballera, era el ejemplo. «Mire, les digo, eso no es cierto», ya que a mi, por ejemplo me tenían parada; les digo: «por lo menos ofrézcanme una silla». Se quedaron medios cortados, pero no me ofrecieron la silla, por supuesto. Entonces les hablé del trato vejatorio a que nos habían sometido, que nosotros nos ubicábamos como prisioneros, pero ellos no nos respetaban en ese sentido. Que podíamos esperar cualquier cosa de ellos. Me decían, «usted puede esperar cualquier garantía de nosotros, vamos a portarnos bien». Entonces yo les digo: «los antecedentes que tiene la marina no son muy buenos». Dicen: «por qué, por lo del 55». Uno de ellos se me acerca y me dice: «ustedes también tienen el terror, matan civiles, pobres policías». A esa altura el dialogo se cortó.
    RRH.: Las preguntas eran faltas de profundidad; como si quisieran vernos la cara, cómo si fuéramos bichos raros. Decían tonteras, pero no hubo torturas.
    P.: ¿Ni siquiera presión moral?
    RRH.: Sí, en algunos casos. A Alfredo Kohon lo amenazaron en una ocasión; llegaron a decir: vio oficial, aquí sin torturas no se consigue nada.
    MAB.: El último interrogatorio, fue el mismo día del reconocimiento, el 21 de agosto. Había gente del
    ejército y gente de DIPA: un compañero reconoció a uno. RRH.: Una cara de torturadores
    tenían.
    AMC: Justamente Mario Delfino caracterizó a uno de ellos como torturador. También había otro bastante hábil en los interrogatorios. Porque hasta ese momento los interrogatorios eran estúpidos. Preguntas tontas como «¿por qué no subió usted al avión?»: más tonta que esa imposible. P.: ¿El trato también habia cambiado?
    AMC: Había cuatro turnos de guardia, pero uno se empezó a destacar como verdugo: era el turno del teniente Bravo. Las otras tres guardias se caracterizaban por el trato frío, pero no siempre nos sancionaban. En el caso de Bravo, buscaba excusas para darnos la sanción. La sanción, por llamarla ‘ así, era hacernos desnudar y hacer ‘ cuerpo a tierra boca abajo o de es-i paldas en el suelo; o pararnos le-I jos de la pared y después hacernos apoyar con la punta de los dedos ‘ en la pared; eso entumece los dedos.
    MAB.: Y no nos dejaban dormir.
    AMC: Esa era otra de las exquisiteces. Los interrogatorios eran de noche, a partir de las dos de la mañana. Podían hacer dos cosas respecto a la entrega de los colchones: entregarlos después de la cena o mantenernos despiertos hasta después de los interrogatorios. Generalmente dormíamos poco y cuando esto sucedía. Bravo se ponía a recorrer las celdas y apenas encontraba a alguno que estuviera cabeceando lo pateaba, los hacía estar parados. Se diferenció inmediatamente Bravo; buscaba excusas. Una vez apareció en la celda y dijo: «quién se asomó por la ventana?». Estaba Alfredo Kohon también en mi celda. Le dijimos que nadie, insistió y le pedimos que no buscara excusas para sancionar, para verduguear. Así y todo nos aplicó la sanción y nos tuvo desnudos media hora o cuarenta y cinco minutos haciendo cuerpo a tierra.
    MAB.: Y era invierno.
    P.: ¿Estaban desnudos completamente?
    AMC: Totalmente: nos retiraban toda la ropa.
    P.: ¿A ustedes también?
    MAB.: No. Pero igual nos hacia tirar cuerpo a tierra. Un dia Bravo las pesca charlando a María Angélica Sabelli y a Clarisa Lea Place y les ordena que se tiren cuerpo a tierra. No le hacen caso; llama al suboficial y este les ordena apuntándoles con la metra. No le hacen caso. Bravo le arrebata la metra y las pone cuerpo a tierra. Cinco minutos después les ordena que se den vuelta y no se dan vuelta. Entonces Marchal…
    P.: ¿Quién es Marchal?
    MAB.: Un suboficial que va a entrar después. Marchal la agarra a Clarisa mal de la cintura y ella ha-ce un gesto como de resistencia. Entonces Bravo saca la pistola, la martilla, se lo pone en la cabeza y le dice «te voy a matar hija de p…». Después vimos que no tenía sentido esa resistencia. Así, salvo desnudarnos, tuvimos el mismo trato que le dieron a los muchachos. ..
    AMC: Desde el primer dia el trato fue cambiando. Al principio, por ejemplo, nos sacaban a comer por celda; después nos fueron sacando de a uno y nos hacía comer en una mesa chiquita y con el tiempo controlado: cinco minutos. Siempre el que iniciaba estas prácticas era Bravo.
    MAB.: Sí no se terminaba la comida en cinco minutos, habia que dejarla ahí.
    AMC: Además, mientras comíamos, hacía comentarios como :»a éstos, en vez de alimentarlos, tendríamos que matarlos».
    RRH.: Una vez al Indio, se le acercó Bravo y le puso la pistola en la mesa.
    AMC: Comíamos apuntados por tres o cuatro lados con PAM, FAL. Por supuesto Bravo nos recordaba constantemente que era con balas en la recámara y sin seguro.
    RRH.: Bravo hacia comentarios de este tipo: «ustedes son un mal necesario para la sociedad» y cosas por el estilo. Siempre mirándonos como si fuéramos piezas de museo, asesinos, enfermos mentales, cosas así.
    AMC.: Otra de las cosas que pasó con Bravo (habría que ir acumulando todos los hechos que produce, porque lo pintan como un verdadero psicópata) fue que un día trajo al corneta del batallón para enseñarnos lo que era «diana» y lo que era «silencio».
    RRH.: Sosa apareció el mediodía del miércoles 16. Dijo: «la próxima vez no va a haber negociación, la próxima los vamos a cagar a tiros». Se dio cuenta que habia quedado pagando en la relación con nosotros y como consecuencia toma una actitud muy dura con nosotros, un poco acompañando el ritmo que llevaba Bravo.
    MAB.: Avalaba lo que hacía Bravo. En realidad toda la base lo hacía: conocían la actitud de verdu-gueo de Bravo. Asi que era una cosa bien orquestada, que ellos asumian.
    RRH.: Otro hecho intimidatorio eran los disparos «accidentales».
    P.: ¿Donde disparaban, adentro?
    RRH.: Sí, adentro, en los pasillos.
    P.: ¿Y no tenían miedo al rebote?
    RRH.: Nosotros estábamos en las celdas y no se podía ver en qué dirección hacían los disparos.
    P.: ¿Ustedes creen que ya tenían la orden de fusilamiento?
    RRH.: Por un lado la masacre es un acto premeditado, pero es algo que ellos van elaborando después de analizar una serie de cosas. En ese momento se estaba definiendo el plazo dentro del cual el general Perón, para ser candidato, tenía que regresar. Con una masacre, pudieron haber pensado, si el general Perón tenía intenciones de regresar, podían intimidarlo; demostrar que eran capaces de asesinar para mantenerse en el poder.
    MAB.: Yo daría otros elementos. Sabían quienes eran los que tenían en sus manos; la calidad de los compañeros que estaban allí. Que eran realmente un grupo de rehenes que podían jugar muy bien. Por otro lado, el objetivo del GAN consistía entre otras cosas en aislar a Perón de la guerrilla y a la guerrilla del pueblo. A lo mejor pensaron que una acción punitiva contra la guerrilla, iba a alejar a la guerrilla del pueblo. Uno de los errores de ellos fue pensar que Perón se vendía por una presidencia. Lo estimaban muy cortamente. a Perón y a todo lo que significaba el movimiento peronista. También subestimaron el grado de incidencia que tenía la guerrilla en el pueblo.
    RRH.: Se ha dicho que la masacre de Trelew fue una decisión 1e la marina, que Lanusse tuvo que asumirlo o tragárselo en contra de su voluntad. A mí me parece que no es cierto: la decisión fue una
    decisión conjunta, con total acuerdo. No fue un acto de delirio de Mayorga ni de ningún descolgado de la marina.
    AMC: Uno de los elementos que es necesario destacar, es la reacción popular frente a la masacre. A partir de entonces se empiezan a dar una serie de hechos que articulan las movilizaciones, y el accionar de la guerrilla, la táctica de Perón que culmina el 11 de marzo. El régimen comete un error basado en caracterizaciones incorrectas.
    RRH.: Ellos no están en condiciones de producir otra cosa; recurren a los elementos que tienen como clase. Ellos tienen una visión totalmente errónea de lo que es el pueblo. Recurren a la utilización de la fuerza, de una violencia indiscriminada, que es su forma de mantenerse en el poder. No tienen una práctica de convicción, de per-suación, sino todo lo contrario: su experiencia de poder, es una experiencia de fuerza, no es otra. En los otros aspectos tienen necesariamente que fracasar: en el aspecto del análisis, del conocimiento del pueblo, del conocimiento del mismo Perón.
    MAB.: En un principio, cuando nosotros analizábamos el GAN, decíamos «qué inteligente»; sobres-timábamos su capacidad. Creo que así como los sobrestimábamos a ellos, subestimábamos el movimiento. Porque nosotros teníamos también un desconocimiento de lo que era el movimiento y del grado de desarrollo de su conciencia.
    P.: Volvamos a Trelew.
    AMC: Durante esos días, aparte de la figura de Bravo, hay algunos hechos que preanuncian, que pueden servir de elementos, para juzgar que el plan estaba diseñado un par de días antes. El día en que apagan las luces del pasillo.
    MAB.: Nos sacan los colchones a la una de la mañana, apagan las luces del pasillo y se oyen movimientos raros de armas, y risas. Decían: «Bueno, vamos ahora»; «no, no», y cosas asi. Era una situación no común, aparte de que había gente extraña que circulaba por los pasillos. Antes de que apagaran la luz. habíamos visto tipos, caras nuevas.
    P.: ¿Uniformados?
    MAB.: No, van a ser los que nos interrogan, porque esto culmina con un interrogatorio. Le preguntamos a un suboficial que pasaba y él nos hacia señas con el dedo de que iban a tirar, como que la cosa venía pesada. Supusimos que iban a hacer un simulacro de fusilamiento, lo charlamos entre nosotras. Estaba con la Sayo Santucho y con la Susana Lesgart y dijimos: «bueno, ahora en cualquier momento van a tirar tiros». Incluso decíamos, «cualquier cosa, nos ponemos cuerpo a tierra y no nos asustemos». En un momento sacan los candados; yo evalúo que nos abren los candados pensando que por ahí nosotros intentábamos salir, porque hicieron mucho juego con los candados. Y vuelve a pasar ese mismo suboficial y le volvemos a preguntar, «qué pasa», y nos sigue haciendo esa seña y se oye que cargan y descargan las armas. Y después no pasa nada, después nos interrogan. Yo pienso que en aquel momento, ya se les había ocurrido eso. Pudo haber sido un intento de que nos rebeláramos. Porque aquella noche, no sé si se acuerdan, nos verduguea-ron como locos, nos tuvieron toda la noche apoyados contra la pared y sin dejarnos dormir. Se ponían en el pasillo con un pito y nos ordenaban que nos pusiéramos contra la pared; que nos paráramos, nos sentáramos, nos paráramos, nos sentáramos. Así toda la noche. Después a eso de las cuatro de la mañana, nos empiezan a sacar y a interrogar de a uno. AMC: Me acuerdo que esa noche pensaba: «Puta, el jueguito que se inventó Bravo para jodernos».
    MAB.: Nosotras pensamos que era un simulacro, por lo que nos habia dicho el suboficial.
    P.: ¿Eso fue dos días antes?
    MAB.: Si.

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