OCTUBRE 3 de 1968. La presencia de blindados frente al palacio presidencial de Lima, constituía el vigoroso testimonio de la decisión de la Fuerza Armada del Perú de derrocar al régimen de Belaunde Terry, un político tradicional que había accedido al gobierno en unas elecciones donde apenas alcanzó a votar el 40 % de los adultos de ese país. En la proclama inicial, estatuto del gobierno revolucionario, ya se hacía referencia al pasado de oprobio y entrega que se pretendía sepultar, al tiempo que se señalaba la necesidad de “realizar las urgentes reformas estructurales que reclama el bienestar del país”, peso esas palabras caían en un marco nacional y externo de escepticismo. Décadas y décadas de promesas no cumplidas, sumado a que esta nueva expresión de deseos partía de un sector —los militares— que no se caracterizaban precisamente en este continente por su amor al pueblo y su decisión cierta de romper con el imperialismo y de atacar las raíces seculares de la explotación.
Y si el escepticismo, la incredulidad se manifestaba en el pueblo, el sentimiento correspondiente en los sectores oligárquicos e imperialistas no desentonaba. Pensaban ellos que se trataba de una proclama más y que esos militares, al igual que otros, a poco andar mostrarían ser también celosos defensores del orden establecido, ejecutores del “cambiar para que nada cambie”.
Sin embargo, cinco años de proceso revolucionario muestran claros avances, en un desarrollo firme y paulatino, que no ha escatimado grandes saltos en, los momentos oportunos. Precisamente es ese avance el que día a día hace cierta la amenaza de los grupos desplazados y de los intereses extranjeros a ellos ligados, en contra del gobierno que encabeza Juan Velasco Alvarado, líder de la revolución peruana. El mismo líder lo ha definido así: “Incuestionablemente se persigue la detención del Proceso Revolucionario en beneficio de todos los sectores de poder que tuvieron vigencia antes de la Revolución. Los directores y ejecutores de esta estrategia son, por tanto, los desplazados grupos oligárquicos, los representantes de intereses económicos extranjeros afectados, una claudicante dirigencia partidaria y, en estrecha vinculación con esta última, una equivocada izquierda dogmática que en realidad no sabe lo que quiere”.

  • LOS CAMBIOS PRODUCIDOS
  • Los grupos oligárquicos desplazados son, en primer lugar, los del sector agrario. Una profunda reforma, que se ha cuidado de no retrotraer las cosas hacia el minifundio, sino que ha entregado la tierra a la explotación de las Comunidades
    Agrarias y Cooperativas, manteniendo el funcionamiento de los Complejos Industriales, a través de las SAIS (Sociedades Agrícolas de Interés Social) en aquellos rubros, como el algodón y la caña de azúcar. Para entender lo poderoso del sector desplazado, baste decir que antes de la revolución, el uno por ciento de propietarios poseían el ochenta por ciento de las tierras agrícolas. A poco más de tres años de promulgada la ley de reforma agraria, ya habían sido expropiados 3.197 predios son una superficie superior a los cinco millones de hectáreas, de las mejores tierras del Perú. Y caso único en la historia, esos primeros años de cambio no sólo no estancaron la producción, sino que la elevaron sensiblemente.
    Pero, no obstante, los primeros sectores afectados fueron los capitales foráneos, en especial los petroleros. A los 6 días de tomado el poder, el ejército peruano ocupó las instalaciones de los yacimientos de la Brea y Pariñas en Talara, expropiándose el Complejo Industrial de Talara, con su refinería y anexos de almacenamiento. La IPC (International Petroleum Company) recurrió a los tradicionales medios de presión, con el concurso del gobierno de los Estados Unidos, pero no logró quebrar la firme decisión revolucionaria. Velasco Alvarado dijo en esa oportunidad: “Con esta acción, el Perú inició la tardía reivindicación de un asunto que atañe no sólo a su economía, afectando a millones de peruanos para cuyo bienestar están destinadas las riquezas naturales… sino también al honor, al decoro y a la majestad de nuestra patria”.
    Posteriormente se fueron sumando la ley general de aguas, intimamente ligada a la de reforma agraria, la ley general de industria (que creó las “comunidades laborales”), la peruanización de la banca, la ley general de minería, que al igual que nuestra Constitución de 1949 proclamó que “son bienes de propiedad del Estado, inalienables e imprescriptibles, los yacimientos minerales, cualesquiera que sea la naturaleza de las substancias que contengan”, la reforma al Poder judicial, la revolucionario extensión a 200 millas de la jurisdicción nacional en el litoral marítimo, la expropiación y nacionalización de las empresas pesqueras y, recientemente la expropiación de la Cerro de Pasco.
    La Cerro de Pasco era un auténtico cáncer en la economía del Perú. “Propietaria” no sólo de un poderoso enclave minero, al que explotaba dejando de lado totalmente todo criterio de explotación racional, extendía además su feudo sobre cientos de miles de hectáreas de tierra, a las que empobreció sistemáticamente, al tiempo que el incumplimiento de normas elementales de seguridad industrial producía daños cuantiosos por contaminación ambiental.
    Al anunciar la expropiación, señaló Velasco Alvarado: “Con la expropiación de la Cerro de Pasco Corporation y con la extirpación de su dominio económico y de su poder político, la Revolución lanza la mejor respuesta a sus enemigos de la reacción y de la ultraizquierda. A los primeros les notificamos que no sólo no hay ni habrá paso atrás, sino que nuestra marcha es indetenible, cualquiera que sea el costo que haya que pagar por ello. A los segundos, les decimos que los hechos son la verdad más pura e irrefutable de una revolución. La Cerro de Pasco desaparece física, real y nominalmente del país. Queremos erradicarla para que no quede por oposición, sino en el recuerdo de un pasado que se está borrando del Perú”.

  • “LA MUERTE DEL IMPERIALISMO ES LA VIDA DE LA REVOLUCIÓN”
  • Y es precisamente en el acto de toma de posesión de los bienes de la Cerro de Pasco, cuando el ministro de Minería, general Fernández Maldonado expresa que “la muerte del imperialismo es la vida de la revolución” y al invitar a trabajadores del petróleo a hacerse presentes demuestra la creciente marcha de los trabajadores hacia su propio destino. Allí manifestó el general Fernández Maldonado: “Hermanos trabajadores: a partir de hoy no hay más patrones. Desde hoy, serán ustedes los trabajadores, profesionales, técnicos, empleados y obreros, quienes en nombre de la Nación y del pueblo del Perú, tendrán las responsabilidades fundamentales en el éxito de la nueva Empresa Estatal Centromin Perú” (que es el nombre actual de la empresa expropiada). “Centromin —prosiguió— es del Perú entero y queda por lo tanto bajo la custodia y la responsabilidad de ustedes, hermanos trabajadores. En la auténtica democracia revolucionaria y directa a ser ejercida, ustedes tendrán la enorme responsabilidad ante el pueblo del Perú”, porque “En la sociedad de trabajadores que estamos edificando, el Perú recibirá la mejor vertiente del pensamiento humanista, socialista, libertario y cristiano. Y, fundamentalmente, será un himno a la solidaridad humana. Y solamente seremos plenamente libres, cuando la cultura, la educación, el goce de los bienes materiales fundamentales, sean patrimonio de todos … En una Revolución no caben los parásitos, los que viven del trabajo ajeno, los que explotan a otros hombres”. Y en esa lucha, los trabajadores, finalizó diciendo, “estarán dispuestos a brindar su hermosa solidaridad obrera y revolucionaria con todos los pueblos colonizados y oprimidos de la América Latina, del tercer mundo y de la humanidad entera, con la solidaridad y la fraternidad que sólo los trabajadores saben brindar”.

  • LAS COMUNIDADES INDUSTRIALES
  • Esta apelación constante de los dirigentes revolucionarios a los trabajadores, está contenida en una política de PARTICIPACIÓN crecíente de los trabajadores en la conducción de sus empresas y de los asuntos públicos en general. Muy ilustrativa a este respecto, aunque no única, es la llamada COMUNIDAD INDUSTRIAL. Esta surge de la aplicación de la llamada “ley de industrias”, que establece que en toda empresa con más de 6 trabajadores, los mismos deben participar en forma creciente en su propiedad y en su dirección. A tales efectos, de las ganancias netas (antes de aplicar los respectivos impuestos), debe separarse un 25%. De ese total, un 10 % se distribuye entre todos los trabajadores, de acuerdo a su antigüedad y días trabajados en el año, en tanto el otro 15 % se invierte en el acrecentamiento del patrimonio, hasta llegar a un 50 % del capital, en cuyo momento en el Directorio pasan a tener igual representación los trabajadores y los capitalistas, teniendo como autoridad suprema a la Asamblea de la Comunidad Industrial, en la que cada participante tiene iguales derechos. Un ejemplo del espíritu de los dirigentes, está en que se dictaron normas complementarias para evitar las trampas que los empresarios efectuaban para disimular o disminuir las ganancias, a los efectos de retrasar el momento en que los trabajadores llegaran al máximo de participación establecido.
    Recientemente, por otro lado, se estableció un nuevo tipo de empresas, LAS EMPRESAS DE PROPIEDAD SOCIAL, que son en su totalidad de propiedad de todos los trabajadores de un sector, bajo su propia dirección, de acuerdo a claros preceptos de democracia directa.

  • LA CONTRARREVOLUCIÓN ACECHA
  • Esa política revolucionaria en lo interno, se ha manifestado también en la política internacional de la Revolución Peruana, que ha sabido oponerse con dignidad y energía a los manejos imperialistas. Es de comprender entonces que los contrarrevolucionarios comploten.
    Velasco Alvarado señaló los puntos fundamentales en que se mueven los intereses reaccionarios. El primero de ellos, es el del “retorno a la constitucionalidad”, que proviene de los mismos que nunca antes respetaron la Constitución. “No es nuestro carácter militar —dice Velasco— lo que resulta intolerable para nuestros opositores. Es nuestro irrenunciable carácter revolucionario lo que ellos no pueden tolerar. El segundo “es la bandera del anticomunismo”. “La supuesta necesidad de librar una guerra bajo las banderas del anticomunismo, es una viejo estratagema ya usada muchas veces… Consiste en atribuir inspiración comunista a toda lucha por cambiar las condiciones actuales de la sociedad —responde el presidente peruano—, por eso es que el anticomunismo como definición de una dogmática posición política ha sido siempre una postura derechista y reaccionaria … Recusamos al comunismo no desde una posición conservadora de derecha, sino desde una posición revolucionaria de izquierda nacional y autónoma. Y lo recusamos porque, para nosotros, el comunismo no representa una fuerza de transformación positiva en el mundo de hoy”. Y continúa analizando los ataques a la Comunidad Industrial, a la vez que las demandas de un respeto irrestricto a la libertad de prensa. En esto no podemos menos que recordar que justamente los paladines de la “libertad de prensa” siempre cumplieron el papel de puntas de lanza de la reacción; así lo hizo “La Nación” y “La Prensa” contra el movimiento peronista, la “Tribuna da Imprensa” contra Goulart, “El Mercurio” contra Allende.
    Y a todo esto responde Velasco: “Debemos consolidar las conquistas logradas hasta hoy. Pero debemos también seguir avanzando, en parte justamente para lograr esa consolidación. Será pues, indispensable profundizar el cauce de la Revolución. No sólo completando las tareas iniciadas, sino emprendiendo nuevas tareas que amplíen las transformaciones”.
    Ante estas palabras corroboradas por hechos, es de entender entonces que la conjura contrarrevolucionaria exista. Y esa conjura no sólo la manipulan los oligarcas desplazados del poder en Perú, sino también el principal afectado, el imperialismo yanqui. Ha llegado la hora en América Latina, de que la solidaridad a los pueblos en revolución se manifieste antes que la contrarrevolución tome cuerpo.
    En Perú, en el Perú con el que nos hermanan tradiciones históricas, políticas y sociales, es donde nuestro proceso de liberación encuentra apoyo. No el apoyo de las palabras, sino el más valioso para los pueblos, el apoyo de llevar adelante el propio camino revolucionario.
    Afortunadamente, el desarrollo de la revolución dirigida por Velasco Alvarado ha provocado cambios que han movilizado al pueblo y que lo integran cada vez más a la participación, no sólo en la dirección de sus comunidades y empresas, sino en el proceso revolucionario mismo. Y referente al peligro de la agresión directa, sus palabras son harto significativas: “El mundo ha dado un vuelco notable en los últimos años y las amenazas están de más. Un país grande no enfrentaría a un país chico. Enfrentaría, en realidad, a todas las naciones del Tercer Mundo, que luchan por su emancipación y por la defensa de sus recursos naturales”. Y tenga la seguridad el pueblo peruano que el pueblo argentino, el pueblo peronista, también está a su lado, como todos los pueblos del Tercer Mundo.

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