Con motivo de la designación del nuevo subjefe de policía, ascendido además a comisario general, don Alberto Villar, los diarios recordaron suavemente, de pasada, un viejo episodio que habría sido el origen de su pase a retiro. Ninguna publicación, a pesar de sus archivos policiales, recordó detalladamente el suceso; pero ‘La Nación’ batió su propio récord en materia de distorsiones intencionadas, al informar que el comisario Villar había intervenido en la comisaría 4ta., de la ciudad de Córdoba, “a causa de un conflicto interno” de esa dependencia.

Mentira total, como podrá apreciarlo el lector por el relato que de aquel episodio se publicó, con la firma de Luis H. Decurgez, en el semanario ‘Marcha’, de Montevideo, el 29 de octubre de 1971, publicación prohibida en la Argentina durante las dictaduras de Onganía, Levingston y Lanusse. La exhumación de esa crónica desconocida en el país, importa como rescate de un documento de un tiempo de oprobio e ignominia de los que les tocó padecer al país en los últimos años.


PARA el viernes 22 estaba previsto un paro activo, dispuesto por la regional de Córdoba de la CGT, en demanda de la libertad de los presos políticos y gremiales —Ongaro y Tosco, especialmente—, y en solidaridad con los sindicatos que están en conflicto por requerimientos salariales.
Como es de rigor en estos casos desde el “cordobazo” —29 y 30 de mayo de 1969—, viajaron hacia aquella ciudad, aproximadamente 150 agentes al mando del comisario mayor Alberto Villar, todos pertenecientes a la Dirección de Orden Urbano, extraoficialmente denominada ‘brigada antiguerrillera”. Son hombres entrenados para afrontar toda clase de disturbios callejeros, tienen gran experiencia, físico adecuado e intensiva preparación. Todas estas características fueron puestas a prueba ese día, no precisamente para hacer frente a los huelguistas —que en presencia de tamaños preparativos se mantuvieron en sus casas— sino a los policías cordobeses.
El matutino local La Voz del Interior relató el día viernes, con un tituló detonante —”Llegó la Policía Federal y ya
consumó su primer atropello”— una historia ocurrida el día anterior, o sea el de la llegada de los federales a la ciudad. Al caer la tarde, un joven de 25 años, Eduardo Romero, distribuidor de productos químicos, marchaba en su automóvil por la calle Hipólito Yrigoyen, ubicada a unos 300 metros de la delegación cordobesa de la Policía Federal, cuando imprevistamente un agente le hizo una señal que interpretó como de que debía doblar hacia la derecha. Romero frenó bruscamente y dobló como se le indicaba, para encontrarse que no podía avanzar, porque la calle estaba obstruida por vehículos particulares y, más adelante, por otros de la misma policía. Avanzó entonces lentamente, algunos metros más, y allí ocurrió esto que La Prensa reprodujo de La Voz del Interior:
“Fue entonces que se acercaron varios policías que comenzaron a propinar puntapiés al automóvil, a la vez que Increpaban al conductor. Seguidamente obligaron a Romero a descender del rodado, sin importar que este habla quedado atravesado en la calle y lo condujeron hasta un carro de asalto estacionado frente a la delegación donde le propinaron puñetazos y puntapiés que le produjeron una lesión sangrante en la ceja derecha. Después lo golpearon en la parte baja del torso y en el estómago, a la vez que le quemaron los brazos con cigarrillos encendidos. Allí, en el carro de asalto, tuvieron retenido a Romero durante casi cuarenta minutos, hasta que los guardianes del orden (sic) decidieron llamar a un médico, pero cuando el facultativo llegó impidieron que asistiera al atacado. Después, y tras varios conciliábulos, los policías devolvieron sus documentos de identidad a Romero y lo obligaron a alejarse del lugar entre insultos y manoseos. Este concurrió luego a sanidad policial de la provincia, dónde le expresaron que necesitará diez días para su curación.”
Hasta aquí La Prensa. La revista Así transcribe este diálogo de uno de sus cronistas con Romero:
“—¿Por qué lo detuvieron a usted y no a otros automovilistas?
“—Tal vez por la maniobra brusca que realicé con el coche, no creo que haya habido otro motivo.
“—Qué pasó después?
“—Avancé un poco más y fui rodeado por un grupo de federales que me arrebataron documentos y efectos personales. Prácticamente me arrastraron desde el coche llevándome, según creí entonces, al edificio de la delegación de la Policía Federal. En e| ínterin recibí puntapiés, intentos de tirarme al suelo, quemadura de cigarrillos, trompadas …
“—¿No pudo explicarles nada… tratar de defenderse?
—”No … para qué … Comprendí de inmediato que era inútil hablar con ellos. Los golpes así me lo hicieron entender.
“—¿A dónde lo llevaron finalmente?
– “— Me introdujeron en un carro de asalto, entre los cuatro, y comenzaron a golpearme y a torcerme los brazos.
“—¿Qué le decían?
“—De todo. Sólo le voy a repetir lo que usted puede publicar. Entre otras cosas me acusaron de ser «un cordobés bruto, canchero, ignorante y pesado».
“—¿Con qué le produjeron esa herida sobre la ceja?
“—Una trompada. Después uno de los policías me apagó un cigarrillo en el brazo mientras me decía: -¿No te gusta? -A mí sí me gusta!» Luego, sonriendo, me dijo: «Perdona, te lo hice queriendo». Otro de los federales me dijo: «¿No te diste cuenta que llegamos los federales, que se acabó la fiesta?»
“—¿Qué hizo cuando lo dejaron bajar del carro de asalto?
“—Fui otra vez adonde estaban los que me hablan golpeado .. . Les pedí mis efectos y documentos… a pesar de que sangraba mucho de la ceja, lo único que quería era que me devolvieran mis cosas. Dijeron que no tenían nada que ver y que si no me iba rápido me Iban a hacer un juicio por calumnias, por portación de armas de guerra o por cualquier otra cosa…
“—¿Qué hizo entonces?
“—Fui al diario La Voz del Interior para contar lo que me había pasado.
“—Luego fui a radicar la denuncia en la comisaría cuarta…
“—No. Primero fui a la jefatura y allí me dijeron que fuera a la cuarta, porque el hecho correspondía, por jurisdicción, a esa seccional. Y me trataron muy bien. Tanto allí como en la jefatura de policía. Desde la cuarta me llevaron a sanidad policial del Hospital San Roque y me suturaron la herida de la ceja.”
Los detalles precedentes son indispensables para entender lo que pasó después, sobre todo el referente a la comisaría cuarta. Porque esta era la misma que inició un sumario, a principios de abril último, a dos oficiales, un suboficial y dos agentes de la misma “Brigada antiguerrillera”. Habían viajado a Córdoba con motivo de una huelga, y tomaron un taxi, vestidos de civil; por la conversación el conductor del taxi dedujo que iba a ser asaltado, por lo que detuvo el coche con un pretexto, y ya fuera de él extrajo una pistola, los desarmó y los redujo. Los cinco fueron a la comisaría cuarta. Lo Policía Federal desmintió que fuese cierta la versión del taxista, pero el juez de instrucción decidió que debía aceptársela como verídica.
La publicación de La Voz del Interior no hubiera sido sino una más, entre tantas, si no fuera por el hecho de que enardeció al jefe y los oficiales de Orden Urbano; para colmo, en las primeras horas de la tarde el comisario de la cuarta, Carlos Fariña, concurrió a las dependencias de la Dirección de Complementación Educativa, en la isla Crisol, dentro del Parque Sarmiento, donde se alojaban los federales, e informó al comisario Villar de las circunstancias del nuevo sumario que se estaba instruyendo. A continuación se retiró, sin imaginar qué iba a ocurrir poco después, exactamente a las 14.15. La Prensa no suele usar adjetivos y es famosamente sobria. Leamos su relato:
“Los efectivos federales se presentaron (en la comisaría) en medio de gran despliegue de vehículos, según una relación de testigos que fueron detenidos frente a la comisaría. De su interior descendieron a la carrera algunos de los efectivos, penetrando en la comisaría, otros tomaron posiciones frente a las puertas de entrada de las casas de las Inmediaciones, cuyas hojas fueron cerradas por fuera, impidiéndose la entrada o salida de los moradores.
Los agentes —que entraron al local con fusiles ametralladoras Fal, pistolas lanza-gases y armas cortas al mando de un oficial de alta graduación— redujeron inmediatamente al personal de la policía provincial, que cumplía sus labores habituales, a los que obligaron a colocarse de cara contra la pared, con las manos en alto.
“Seguidamente los atacantes procedieron a arrancar los cables telefónicos, a la vez que destrozaron muebles y archivos de la dependencia policial local. Algunos agentes provinciales que no sallan de su sorpresa por el insólito ataque, pretendieron inquirir la razón de tan extraño procedimiento; pero sólo recibieron golpes y culatazos de los atacantes. Algunos recibieron lesiones y contusiones tales que obligaron a su internación en el Hospital San Roque.
“En la casa que lleva el número 156 de la calle Rondeau, donde funciona un comedor particular, se hallaban varios policías provinciales almorzando; al ver que cerraban las puertas de las casas quisieron salir para indagar la razón del hecho, pero los policías federales los obligaron, apuntándoles con armas largas, a que reingresaran al Interior de la casa. Algunos policías locales pretendieron resistirse a la indicación, por lo que fueron golpeados a puñetazos y con las culatas de las armas.”
El relato del enviado especial de Así agrega estos detalles:
“Los hombres de la policía cordobesa que estaban en la seccional creyeron, al principio, estar presenciando un operativo en previsión de un eventual ataque subversivo. Sólo comprendieron cuando comenzaron a recibir patadas y culatazos… Copados e imposibilitados de reaccionar, los cordobeses debieron entregar sus armas, que fueron despojadas de sus cargadores y estos de los proyectiles, esparcidos en el suelo. Después, los policías locales fueron conducidos al fondo y colocados cara a la pared. El titular de la comisaría, Carlos Fariña, pidió explicaciones sobre lo que estaba ocurriendo; se le respondió que buscaban la cabeza del sumario iniciado a causa de la denuncia del joven Romero… El comisario fue enviado a hacerle compañía a sus hombres, manos en alto contra la pared. Según trascendió luego, el sumario había sido puesto a buen recaudo por el oficial interviníente y los federales no pudieron dar con él.
“Quizás haya sido eso lo que exacerbó su ferocidad. Un grupo se dedicó sistemáticamente a destrozar cuanto mueble o útil halló a su alcance. Las máquinas de escribir eran arrojadas al aire y estrelladas contra el piso. Los muebles eran volcados o desfondados a puntapiés. El estupor de los policías provinciales se había convertido en indignada impotencia. La rabia de algunos agentes y oficiales los hacía llorar sin tapujos. El desborde alcanzó a varias detenidas acusadas de ejercer la prostitución … fueron golpeadas y vejadas. Otra víctima de la energía policial fue el abogado Mariano Arbonés, quien se encontraba en la seccional atendiendo a un cliente. Primero fue encerrado en los calabozos y cuando se dio a conocer como abogado lo encerraron en un baño, tras despojarlo de sus anteojos. Según Los Principios (diario católico cordobés) en un memorando reservado elevado por las autoridades de la seccional, consta que también fue golpeada una criatura de siete años que estaba en el lugar con una persona mayor. .. Hay que destacar que, mientras los efectivos policiales copaban la seccional 4º, manifestaron a viva voz que después procederían a «volar» el díario La Voz del Interior.”
La historia no terminó allí, porque a continuación se produjo la reacción de la policía cordobesa, que sólo por milagro no se tradujo en un enfrenamiento con la federal. Sigamos con la lectura de Así:
“Un carro de asalto de las fuerzas del comisario Villar pasó a centímetros de un vehículo similar de efectivos provinciales, en una maniobra que fue considerada provocativa. Solicitada su detención por radio, el carro federal fue rodeado por vehículos locales unas cuadras más adelante y obligado a detenerse. El oficial que comandaba el carro federal descendió con una granada de las utilizadas para volar barricadas, amenazando con arrojarla contra los vehículos que le cerraban el paso. Para impedir un enfrentamiento de características imprevisibles, los efectivos locales abrieron paso … Mientras estos sucesos tenían lugar, en la seccional 4º los policías provinciales reaccionaron intentando retomar sus armas y perseguir a balazos a los federales que se retiraban. Sólo la decidida intervención de la oficialidad impidió que salieran a perseguir a sus agresores. En el interior del edificio todo era confusión y varios policias sufrieron crisis nerviosas.
“El jefe de la policía de Córdoba, teniente coronel (R) Rodolfo Latella Frías, acompañado por el subjefe, inspector general Faustino Villegas, se hizo presente en la comisaría 4º para informarse de lo sucedido. Quienes habían sido objeto del ataque reclamaban airadamente realizar acciones de represalia contra los federales acantonados en la Isla Crisol, sin saber que muchas unidades cordobesas convergían ya sobre esa zona… Debido a que ya habían comenzado a conocerse los Incidentes, muchas unidades se habían dirigido a los lugares de acuartelamiento, retirando armas largas y ametralladoras … La indignación subía de tono y se temía que de un momento a otro pudiera desatarse una verdadera batalla campal. Los federales, también fuertemente pertrechados, se habían hecho fuertes en el sitio donde se alojaban, por lo que un enfrentamiento hubiera tenido consecuencias dramáticas.
“Ante el cariz que amenazaban tomar los sucesos, el teniente coronel Latella Frías solicitó la Intervención del comandante del Cuerpo de Ejército III, general Alcides López. También el gobernador, contralmirante Hetvio N. Guozden, se comunicó con el general López Aufranc, solicitándole que dispusiera el inmediato retiro de las fuerzas federales, colocadas bajo la autoridad militar. El jefe de la policía local se hizo presente en el Parque Sarmiento calmando los ánimos de sus subordinados y logrando que estos se replegaran. «Se necesita más valor (habría dicho) para sofrenar los Impulsos que para
accionar un arma.» Restablecida la caima, el contingente de la Policía Federal recibió orden de trasladarse a la Escuela de Aviación Militar, para ser llevado desde allí a la Capital Federal.”
El episodio del enfrentamiento terminó entonces. Pero a las 19 de ese mismo día un inexplicable comunicado del Tercer Cuerpo de Ejército expresaba que lo ocurrido “fue consecuencia de un exceso de celo profesional”. No obstante, agregaba’ que se había dado intervención al juez militar de acuerdo con el artículo 4′ de la ley 19.081. Latella Frías recibía luego del jefe de la Policía Federal, general Jorge Cáceres Monié, un expresivo pedido de disculpas oficial: “En nombre de la Policía Federal y en el mío propio, presento ante usted y por su Intermedio a todos los cuadros subordinados, mis formales excusas por el agravio absolutamente gratuito inferido a la institución hermana. El desaciego —injustificado e injustificable— que revela el procedimiento consumado contra la comisaría 4º de esa ciudad me exime de toda explicación racional posible, ya que supera todo límite de razón, de equidad y de prudencia. De ahí entonces el impostergable imperativo de desagraviar a la policía de Córdoba, en su dimensión institucional y personal.”
Al día siguiente la Policía Federal tomaba esta medida expiatoria pública: “por orden del jefe de policía, general Jorge Esteban Cáceres Monié, y en virtud de los bochornosos hechos ocurridos en la ciudad de Córdoba, con responsabilidad para el personal de esta institución que enloda la trayectoria de 150 años de vida de la misma y en desagravio hacia la policía de la provincia de Córdoba, se ha dispuesto dejar sin efecto todos los actos celebratorios por realizarse con motivo del sesquicentenario de la institución, tanto en el ámbito de esta capital como en todas las delegaciones del interior del país, con la sola excepción de la misa en acción de gracias.”
Con la prisión del comisario Villar — quien dos días antes había sido propuesto para ascender a comisario general, el grado más alto de la repartición—, así como de los oficiales y suboficiales -que intervinieron en el asalto, parece iniciarse una nueva etapa en la conducta desaforada de la “Brigada antiguerrillera”. El Buenos Aires Herald comentó a la mañana siguiente del “comisariazo”:
“El público, tiene motivos para estar agradecido por la lealtad y dignidad con que la policía provincial resistió. Lo que la gente va a tener más en cuenta es si se hubiera tomado alguna medida si no fuera porque la Policía Federal cometió la equivocación de tratar de destruir cualquier posible evidencia en contra del abogado Arbonés, sin embargo, apuntó que era “estúpido” pretender rescatar un documento como el sumario, que puede volver a reconstruirse tantas veces como se desee. La Policía Federal fue específicamente acusada de golpear a un taxista en marzo y de violencia innecesaria al llevar a cabo controles de seguridad … Es lógico preguntarse quién lleva a cabo esta importante tarea (la de vigilancia) en la Capital Federal.
“Se ha puesto bien en evidencia desde hace ya bastante tiempo que uno de los aspectos más problemáticos para hacer que Argentina vuelva a tener un gobierno representativo, va a ser el suprimir el virtual ejército de represión que ha Ido constituyendo en los últimos años. Las patrullas de represión de la Policía Federal han sido equipadas con considerable armamento como para disolver demostraciones callejeras. Su arsenal va más allá de lo requerido para su mero control de multitudes. Va a ser muy difícil refrenar a hombres que parecen no reconocer limites a su autoridad. Lo más importante de la «riña de gallos» (el gallo es el símbolo de la Policía Federal) ayer en Córdoba fue que el incidente no es más que la décima parte de un témpano de hielo. Aún sin aclarar —y por consiguiente sospechosas— son las inexplicables desapariciones de personas buscadas por la policía, los arbitrarios arrestos de estudiantes y curas católicos y los tiroteos que a menudo parecen terminar en una sumaria justicia para conocidos criminales y terroristas sospechosos. .. Lo ocurrido debe de haber aclarado completamente a las autoridades que es necesario un cambio en el procedimiento —como también el reemplazo— de algunos oficiales de la policía si se pretende devolver la confianza al pueblo y devolver al país a una auténtica democracia.”
El Buenos Aires Herald, lo aclaramos por las dudas, es un matutino en idioma inglés, de propiedad de ciudadanos norteamericanos. Nos parece, sin embargo, que se queda corto en su receta. Porque, entre otras cosas, debe ser aclarada la actuación de Villar durante el “viborazo” de marzo último, y lo que pasó el 22 de mayo de 1970. también en Córdoba.

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