En estos días se cumple el segundo año de la muerte de José Sabino Navarro. Muerte ocurrida en Agua Negra, en la provincia de Córdoba, perseguido y rodeado por un millar de efectivos militares y policías. Durante 72 horas burló y contraatacó la cacería humana. Finalmente cayó. La dictadura militar le mandó cortar las manos. Murió como vivió: como un combatiente del pueblo. EL DESCAMISADO conversó largamente con su compañera -a quien José Savino Navarro le decía la Petisa- en presencia de sus dos hijos: Walter y Ernesto de ó y 4 años. Los dos idénticos al padre. Además se incluye el relato de la gesta en que se convirtieron los últimos días de vida del Negro y un poema anónimo. Un poema del pueblo. En honor de su hijo. Hijo del Pueblo. Revolucionario. Montonero. Perónista.

NOS conocimos en la Algodonera Textil Arg., hace 14 años cuando el tenía 17. El Negro entró a trabajar allí a la sección de medido de piezas. En esa época no había comisión interna, nada estaba organizado. En cada sección había un líder natural. Tomamos la fábrica estábamos los dos allí. Cada cual en su sección respondió naturalmente.
Allí pasamos también una huelga de 40 días. En el sindicato textil de Villa Lynch habíamos hecho una olla popular porque ya nadie nos fiaba y no teníamos para comer. Nosotros eramos novios y en mi casa los tres sueldos que había eran de obreros textiles, así que en esos 40 días no nos entró ni un peso.
La olla popular se formaba con donaciones. Los sindicalistas se levaban bolsas de comida a las casas y los trabajadores comíamos el resto. Había una mesa para nosotros y otra para los sindicalistas.
El se va de la Algodonera y entra en una fábrica nueva, chica, de garrafas. Allí lo quieren nombrar capataz y como el entendía que un compañero no podía mandar a otros compañeros, se va de la fábrica.
Después llega la conscripción —1962— y le tocan 17 meses con 3 golpes de estado en el medio. El era chofer del mayor Ferroglio (del batallón 101 de ingenieros de Campo de Mayo) y le toca llevarlo a Magdalena. En ese trayecto los ametrallan. Yo no tenía noticias del Negro, todavía eramos novios. Así que no sabía si estaba muerto o vivo.
En ese año le toca hacer ejercicios finales, cosa que después le viene muy bien.
Cuando sale de la conscripción entra en Deca, donde trabajó cuatro años y dos meses.
Para marzo del 66 nos casamos. En esa época él ya formaba parte de la comisión interna de Deca. Y empieza a trabajar para que suba Kloosterman a la conducción. En la lista van dos obreros de la fábrica el gordo José Rodríguez y el turco Armir, que después nos traicionaron a todos. Dos veces entregaron huelgas de Deca.
Para esa época todavía no tenía definida una posición. Charlábamos con el gordo Cooke, con Gustavo Rearte y con la gente de CGTA. Ya empezá bamos a sentir la traición del sindicalismo y sus limitaciones. Empezábamos a sentir que por allí no pasaba la cosa.
Yo estaba embarazada del pibe mayor y el negro me llevaba cartones y tempera y yo hacía carteles que pegábamos en los vestuarios para la campaña de Klosterman. El día que me enteré que lo habían matado a Kloosterman me agarré una gran alegría. Yo pensaba que el Negro debía resucitar de la alegría. Cuando Kloosterman y el gordo Rodríguez llegaron a la directiva lo persiguieron fábrica por fábrica para echarlo del gremio.
El era un delegado demasiado honesto para que les gustara a estos traidores.
Para la traición del gordo Rodríguez creo que es cuando él se da cuenta que el sindicalismo no va.
Para fines de 1967 yo estaba embarazada del primer pibe y al negro lo echan de Deca. Entonces trabaja unos meses en una fábrica de embolsado al vacío, creo que se llamaba Mainar. Durante esos meses le hacen un juicio a Deca y cuando lo ganan el negro vuelve a trabajar a Deca. El delegado de Mainar era un tipo muy consecuente y el negro lo quería mucho. Después que nació el gordo, el primero, fue el padrino.
El pibe nace el 23 de abril de 1967.
Durante la época en que yo todavía estaba embarazada del primer pibe él se conecta con gente del interior y los fines de semana venían a casa a practicar con explosivos. El me decía que me fuera a casa de mamá a ver televisión y yo me iba.
Para diciembre de 1968 se levanta un pueblito del interior y el negro estaba allá. El ya veía que la cosa pasaba por la movilización, que es la propia gente la que hace las cosas pues la burocracia no hace más que traicionar.
Yo estaba embarazada del segundo pibe y el 29 de marzo del 69 nace. Antes de nacer el pibe tuvimos que irnos un tiempo de nuestro rancho y- vivir en lo de una compañera. Después volvimos.
Unos meses antes del Cordobazo, en invierno, él se va a Córdoba y cae en cana junto con Máximo Mena, lo tienen unos 10 o 15 días. Yo no sabía nada. Vino un compañero y me dijo que el negro iba a demorar un poco. Me enteré cuando él llegó.
En la primera acción que él participa es el día que los astronautas llegan a la Luna. Eso fue poco después del Cordobazo. Primero hacen el destacamento policial de Santa Brígida y luego el de Irigoin.
Para esa época se pone en contacto con Fernando Abal Medina y con los Montoneros.
El 4 de abril de 1970 nosotros nos vamos a casa. Nos tenemos que ir porque la cana reconoce un coche que se había usado en el copamiento del destacamento de Irigoin. Era el coche que usaba él.
Volvimos a la casa una o dos veces, pero cuando el Aramburazo caen Maguid y la quinta de González Catán, nos vamos definitivamente. Yo me voy con los dos chicos a lo de una compañera.
Para esa época el Negro era uno de los pocos choferes que había y se tuvo que pasar cuatro días sin dormir llevando y trayendo compañeros. Un día se me quedó dormido arriba del coche.
El Negro vive el peronismo desde chiquito. A los dos años el padre lo lleva a Plaza de Mayo a escuchar a Perón. Cuando vivían en Corrientes, una vez la madre de él estaba muy enferma y Evita le mandó un avión para que la trajeran a Buenos Aires a operarla. Ella le salvó la vida.
Dentro del tiempo que le dejaba la militancia el Negro era muy dedicado a la familia. Era muy afectivo y, también, muy celoso. Nuestro rancho lo hizo el Negro cuando éramos solteros. Tenía compradas las maderas y los fines de semana se iba a construirlo.
Era muy compañero del pibe mayor, que fue con el que más estuvo. Cuando tenía citas que no eran peligrosas lo llevaba con él.
Una vez cuando estábamos viviendo en lo de un compañero pasaron por televisión la foto de Fernando Abal Medina y el nene dijo: ¡Ese es el amigo de papá!
Cuando volví al rancho, encontré tarjetas que él hacía para los cumpleaños míos y de los chicos. Nunca se olvidaba una fecha. De pronto aparecía en casa con un disco y yo le preguntaba por qué lo había comprado, y me decía que era la primera canción que habíamos bailado juntos.
Al Negro no le gustaba mucho leer. Entonces me enganchaba a la mañana para que le leyera el diario y él entendía todo rápido. ¡Siempre sabía en qué cosas mentían los diarios!
En esa época leíamos mucho a Fanón. El Negro no lo leía hoja por hoja, pero siempre sabía lo qué hacía falta. Tenía una gran capacidad de síntesis y una enorme claridad política.
Lo único que leía él eran los libros del “Viejo” y “La Razón de mi Vida”.
Yo nunca me planteé ninguna duda respecto del Negro. Pese a que yo no tenía la claridad política de él. Si faltaba tres o cuatro días de casa, yo estaba segura de que estaba haciendo algo útil. Nunca se me ocurrió pensar que pudiera estar con otra mujer.
El Negro nunca tuvo ninguna duda respecto del “Viejo”. Para él era naturalmente el Líder. El había visto que su padre, que era analfabeto, lo tenía a Perón como Líder, y que los muchachos que estudiaban y leían mucho también lo seguían a Perón, Para él estaba clarísimo.
El Negro llegó a la conclusión que a través de los sindicatos y de la burocracia no se llegaba a ningún lado. Sólo la lucha armada del Pueblo lo iba a traer a Perón de vuelta.
Me enteré que hay una gente que se llama “Columna Sabino Navarro”. Yo no los conozco. Yo lo único que conozco es a los Montoneros, una organización única a la que pertenecía el Negro. Aquellos lo eligen a él como hombre para su grupo porque el Negro era obrero, pero eso es oportunismo. El Negro quería la liberación latinoamericana y no las divisiones.
El Negro era montonero. El Negro era peronista.

  • LA ULTIMA GESTA DE JOSÉ SABINO NAVARRO
  • Este relato está extractado de la declaración que hizo el compañero que acompañó al Negro a lo largo de sus últimos días de vida y único sobreviviente.
    “Después de la operación incruenta de la expropiación de los vehículos en Rio Cuarto salen los cuatro compañeros rumbo a Berrotarán: son el Negro, el “dicente”. Díaz y Salguero. Avanzaba el 504, luego la pick up y finalmente el 404 conducido por el dicente. Detectan a poco de andar que son seguidos por un coche presumiblemente policial. En la 504 va el Negro Savino; los compañeros se desconciertan y abandonan un coche; el jefe retrocede hasta alcanzarlos y retoman el coche abandonado. Creen burlar a la policía, pasan por Berrotarán, siguen para Córdoba. Cuando terminan de pasar por una localidad cuyo nombre ignora hacen contacto y empieza el tiroteo. El dicente salta de su vehículo al de Sabino; Salguero con el suyo salta del camino al campo llegando casi hasta el alambrado. Díaz se interna en el campo. Savino y el dicente hacen frente a los perseguidores con sus armas. Corren sobre Salguero, que está herido y quizás muerto. Intentan todos llegar a la camioneta. Al frente hay un semicerco de policías o soldados. La camioneta está en el centro del cerco. Corriendo, corriendo cruzamos las vías y nos sumergimos en un zanjón, y nos tapamos con ramas. Allí estuvimos toda la noche y todo el día siguiente. Salimos recién a la noche”.
    “Cayó la segunda noche, hay que comer algo, hay que encontrar un vehículo, vamos paralelo a la vía hasta llegar a un pueblo. Se acercan a la ruta. Separados y comunicados convéncen a un señor que los lleve un trecho. El hombre medio borracho hace mil juramentos de amistad. Los deja en Berrotarán. El próximo tren es dentro de dos horas, tratos a un bar pero como separados. El Negro y yo vamos a estudiar la salida de emergencia por los baños. Díaz sale un momento. Pedimos un sandwich. Al ratitominá frenada de auto en la puerta. El Negro sale. Nos han dejado un auto con las cuatro puertas abiertas y Díaz muerto en el suelo. Pagamos sin esperar el vuelto. Salimos por la puerta que da al baño y desde allí saltando varios tapiales llegamos a la calle.
    La policía tiene el pueblo tomado. Milagrosamente consiguen un Renault. El dueño, recogiendo todos los objetos de valor les deja el auto. Por la carretera, por campo traviesa, por los pueblecitos, por las pequeñas ciudades se acelera la persecución y se cierra el cerco. De Ciudad Belgrano a Santa Rosa de Calamuchita y de allí Yacanto, tiroteados y marcados, un frágil vehículo que la red de comunicaciones enemiga va punteando en la carta. Esconden el auto que es en seguida descubierto y sé largan al monte. Caminan toda la mañana,” duermen bajo un montecillo y a la otra mañana cruzan un río. De la otra orilla, los reciben a balazos. Reculan y tiran al azar pues ignoran de dónde vienen las balas. Se internan y caminan dos días. Llegan a una casa solitaria en la profunda soledad del monte. Tienen un manojo de llaves. Una funciona. Hay comida, alguna ropa. La casa está deshabitada. Comen y duermen como lanzándose a la muerte..
    La mujer los despierta a los alaridos, y no hay buenos modos, dinero, persuasión ni amenazas. Huyen a un montecito en donde pasan la noche y parte de la mañana siguiente. Se levantan y se ponen en marcha, caminan todo el día y en las primeras horas de la noche llegan a una ciudad. Y esa ciudad de nuevo es General Belgrano. Compran un poco de queso, dulce, unas latas de picadillo, una coca-cola, comen a la vera del río y de nuevo se ocultan en el monte toda la noche y todo el día siguiente. La herida del Negro nunca se pudo curar y él tampoco volvió a hablar de ella. De a ratos cojea, a veces transpira, de a ratos delira. Deciden llegar a Córdoba, de cualquier manera, vía Alta Gracia. Es él 28 de julio. Tomarán el ómnibus. El Negro se apostará adelante y el dicente al fondo. Si suben policías, los reconocen e intentan tomarlos Sabino concentrará la atención mientras el dicente los inmoviliza. Suben al ómnibus. Sacan boleto y se instalan. Al momento suben policías. El Negro los Intercepta y forcejea. Se desata el tiroteo y el Negro queda malamente herido en un brazo. Herido, pero un león herido. El dicente medio obnubilado cuando se recobra se encuentra solo en el ómnibus con el Negro. Todos huyeron. El Negro, como puede maneja el ómnibus. El Negro se desvanece y chocan contra la montaña. Imposible salir por la puerta. Rompen un vidrio y salen por la ventana, Paran un vehículo en el cual viaja una familia y obligan al dueño a conducirlos hasta Córdoba. Pero el auto se traba y se les tira encima un patrullero que efectúa una ráfaga de ametralladora. Lo ven por el espejo, se largan y corren doscientos metros por la montaña. El Negro se apoyó contra la montaña y me dijo: Yo ya no puedo seguir más, ándate vos. No yo no me voy, me quedo con vos. Yo soy el jefe y ordeno. Ud. se salva. Yo no puedo caer vivo. Llovía fuerte. Cayó la noche. Seguí trepando la montaña. No sé cuántos metros. Estaba siempre cerca de la ruta. Al rato oi dos disparos. Miré a la ruta. Pasaba un automóvil, pero no se detuvo. No supe quién efectuó los dos disparos. Anduve toda la mañana por la montaña. A la mañana siguiente me descolgué a Anizacate. No entré al pueblo. Pero ya no daba más. Di vueltas por la Iglesia. Vi al patrullero que andaba despacito. Pensé: si me exigen me entrego. Caminé despacio, cada vez más despacio, cada vez más despacio, cada vez más despacio. A los cuarenta y cinco minutos me dieron la orden de alto. No ofrecí resistencia. Con las manos en alto contra un alambrado. Me desarmaron. Me llevaron en un patrullero a Alta Gracia. De allí me llevaron al lugar en que había quedado el Negro. Buscamos por toda la zona. No estaba.”

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