El 16 de agosto de 1972 en las inmediaciones de un bar de Barracas cae un joven militante revolucionario bajo las balas policiales. Había concurrido a una cita de rutina y se enfrenta y es abatido
por una ronda también rutinaria. Lo excepcional era el caído. Formaba parte de la entraña de los Montoneros, de su mismo núcleo original.
De esa larva de organización que era en esos momentos iniciales, cuando estallaban recién los fuegos del Cordobazo.
De aquel núcleo de hierro que aprende a combatir, combatiendo. Consciente de que si la semilla no muere el árbol no germina. Sus 23 años alcanzaron a recrearse con las banderas de aquel minúsculo grupo del 69, alzadas por miles de brazos peronistas. Y aunque no pudo verlas desplegadas en toda su magnitud en las ¡ornadas del 25 de mayo y el 20 de junio; estaba seguro de que marcharían algún día a la victoria.
Aún en los momentos más severos, cuando todo el aparato represivo los buscaba y eran solamente un reducido grupo de combatientes arracimados en dos casas; un débilísimo foco a punto de extinguirse, no se permitió el beneficio de la duda.
Se llamaba Carlos Capuano Martínez. Así se sigue llamando. EL DESCAMISADO no intentó reconstruir su historia, porque el Pueblo ya la ha alzado y la lleva repartida en miles de memorias. Sólo ha querido conformar un relato anónimo, colectivo y fragmentario. Con el testimonio de algunos de sus compañeros, con la voz de sus afectos pretende reconstruir el instante crucial
del 16 de agosto y algunas instantáneas de lo que sí es irrepetible: el muchacho de carne y hueso que murió peleando en una calle de Barracas.

“Ese día, el 16 de agosto, en el barcito ese que está en Montes de Oca y Martin García, que es una esquina, tenia yo con otro compañero una cita común de funcionamiento. En principio Luis (Capua-no) no tenía por qué concurrir. Pero vino. Lo que pasa es que la noche anterior se habia producido la fuga de Rawson. Y él era el que habia obtenido la mayor información con respecto a la fuga y el que habia llevado todo tipo de relación con las demás organizaciones y lo tenía bastante preocupado el asunto ese. Entre otras cosas, por el problema de que nosotros no participábamos. Y además por problemas que lo afectaban muy cercanamente. Casi familiarmente, digamos.
Entonces el 16 el va esa cita. Va simplemente para comentar lo que estaba pasando en Rawson. Es decir, ya sabíamos lo que había pasado: que habían rajado seis, que habían caído diez y nueve presos.
Me recuerdo que yo llego a la cita a las 10 menos cuarto más o menos y me lo encuentro a él leyendo el diario. Entonces yo me siento, tomamos un café. A los cinco minutos cae el otro compañero y quedamos sentados los tres. El dando la espalda a la ochava (porque ese bar tiene dos entradas, una en la ochava de la esquina y otra que da a Montes de Oca) y nosotros dos frente a él, de espaldas a la otra entrada…”
—¿Cómo querés que empiece? ¿En qué rasgo querés que me detenga? Me parece inútil respetar el orden cronológico. O decir frases que no explican al tipo que extrañas sin remedio. Podes amontonar calificativos y no alcanzas a explicarlo, a repetir lo que ese tipo era en todos sus recovecos.
Podes decir por ejemplo que era amable, muy amable y delicado. Que no alzaba la voz y tenia un permanente control sobre sí mismo. Podes decir que era flaquito y tenía un bigote que nunca pudo ser muy tupido. Que como los gatos estaba siempre alerta, pero nunca tenso. Podes decir que tenía sentido del humor y hasta le gustaba hacer bromas. Pero también tenes que decir que respetaba íntegramente al ser humano que tenía enfrente. Y que quienes lo trataron bien nunca le conocieron un costado agresivo. Ni una complicación. Ni una queja. Podes decir que era discreto y solidario, pero también debes explicar que era ávido como una esponja. Que escuchaba con infinita avidez lo que el otro le estuviera diciendo. Tal vez una frase sola revele más que un montón de datos abstractos. El solía decir: “Hay que meterse en los hormigueros de la realidad”. Sí, eso decía…
“Así estuvimos un rato comentando lo de Rawson. El traía un documento interno; un documento político de los presos (largo, de unas 50 páginas) que lo tenía fotocopiado. Y se lo da al otro compañero para que lo lleve y lo lea, pero el otro lo deja sobre la mesa. Queda sobre la mesa del bar. Y de pronto, por afuera, pasa un tipo. Un tipo grande, de unos cuarenta y cinco o cincuenta años. Con saco. Vestido de sport con pañuelo al cuello. Un tipo canoso, más o menos gordo, morrudito. Y el tipo se asoma por el vidrio del bar y mira a la mesa y nos mira a nosotros. Luisito dice: “este tipo qué querrá, ¿no?”. Y el tipo da vuelta, de nuevo, y vuelve a la esquina y entra por la puerta de la ochava. Y cinco metros- más atrás entran otros dos tipos, dos pibes de unos. . 25 años, morochitos, también vestidos medio sport, con camperas. ..
El tipo se nos viene a la mesa y saca una chapa, una identificación de acá, del bolsillo del pantalón. Una chapa de policía, ¿no? Y nos pide documentos. Y los dos pibes quedan un cachito más atrás.
Y ahí está lo que te digo. Es decir, el único que estaba armado era él (Capuano), que andaba continuamente armado por aquella cuestión de que los prófugos —determinados prófugos— no podían entregarse vivos. Y el tenia el fierro en un bolsito como ese. Y nosotros dos estábamos en pelotas.
Entonces el tipo nos pide los documentos… el cana estaba nervioso. Le damos los documentos, los mira y nos los devuelve. Y entonces se inclina y mira el trabajo y lo agarra. Cuando el tipo agarra el trabajo nos paramos todos porque vimos que se venia… que ya se
venia la maroma. Además no sabíamos bien que iba a pasar. . ”
—Tenía cuatro hermanas y un hermano, el “Gringo”. El “Gringo” que era rebelde como él y se murió en un accidente. Un muerto querido que le andaría por el bocho, como otros que no eran hermanos de sangre. La sombra de Milo Mazza, la sombra del negro Savino Navarro, la sombra de Fernando, la sombra de Carlos Gustavo.
Era de lo que podrías llamar —en cierto sentido, en lo que a apellidos se refiere— un hogar pituco cordobés, pero con continuos problemas económicos. Con rachas y desniveles. Claro que había un sentimiento básico de generosidad que conoció de chico. La madre inculcándole siempre el amor al prójimo, el antiguo, sencillo, eterno principio inacabado e incumplido.
Su vida durante 19 años fue la de tantos muchachos de la clase media de su provincia que estudian en el invierno y en el verano se zambullen en el río de Santa Rosa.
En esa Santa Rosa de Calamuchita donde reclutó tantos afectos. Esos afectos lugareños que se expresan diciendo que era un gran muchacho, “tan gauchito”. De esos que se manifiestan no creyéndole a la propaganda de la dictadura que multiplicó su rostro en afiches policiales que pretendían mentirlo como “delincuente”.
En esa Santa Rosa, donde alguna noche, cerca de un fogón de camping hubo de escuchar embelesado a unos mochileros que el pueblo entero sospechaba “uturuncos”, pero no lo eran.
Después, vaya a saber que alquimia se produjo en su conciencia. Que habrá leído y conversado para llegar adonde llegó. Caben sin embargo las conjeturas comunes. Las que hacen a toda esa generación de estudiantes que se nacionalizó a partir de los “bastones largos” de On-ganía. Que dejó de creer que la universidad era una isla en medio de la Nación. Donde se podía ser rebelde hasta el título, para olvidarse una vez instalado el “buffet” o el consultorio. O evocar, desde el “buffet” o el consultorio, con una sonrisa plácida y benigna, el tiempo de las molotovs arrojadas en pleno acné juvenil.
No lo sé, ni te lo puedo decir, pero pienso que Pampillón al caer, debe haberle entrado en el corazón y en el cerebro.
Y ya, estudiante de arquitectura, al calor de discusiones y asambleas se debe haber generado su militancia.
Se recuerda si, su breve paso por la Juventud Estudiantil Católica (JEC), su rápida adscripción al peronismo revolucionario y, como dice un compañero, su rápido “enchufarse de lleno en la guerra”. Amigos y compañeros de entonces: Emilio Mazza, Ignacio Vélez. Cristina Liprandi de Vélez. Pujadas. Fierro. Soratti Martínez.
Y el tipo empieza a leer el documento. No debía entender mucho porque me parece que era…
El cana mayor, que después vemos que era inspector, nos pide los documentos a nosotros dos y a Luis se los piden los tipos más jóvenes. Y se ve que en un momento dado le preguntan que tiene en el bolso y le dicen que lo abra. Entonces Luis abre el bolsito y ahí tenía el fierro. Cuando mete la mano nos damos cuenta que se viene el quilombo. Y los canas también se dan cuenta. Entonces los dos tipos se le abalanzan encima porque se dan cuenta que esta sacando un fierro y a nosotros se nos abalanza el otro tipo encima.
Ahí, el otro compañero forcejea un segundo y logra salir. Raja y sale por la parte de atrás y se pianta por Montes de Oca. Yo hago dos o tres metros medio bailoteando con el tipo, agarrados de las manos, hasta quedar casi frente a la puerta de Montes de Oca. Y en ese momento empiezan a sonar tiros. Entonces el tipo cae, cae como si hubiera pisado una cascara de banana. Cae, vuelca una silla y hace un estrépito terrible. Y yo no me doy cuenta que el tipo cae, ni qué está pasando y además, en ese momento, ¡trac!, siento un ardor, miro así y veo que tenia un agujero acá y quedo medio espantado. Miro así y veo a Luis en el rinconcito forcejeando con los canas que lo habian agarrado de la cintura y le sujetaban el brazo izquierdo y tenia el brazo derecho suelto, con el fierro en la mano tirando”
—Participa, uno más entre la multitud, en la gesta decisiva del Cordobazo. El foco surge y él se mete de cabeza y alcanza un rápido desarrollo militar. Frío, casi flemático, es el chofer obligado de muchas acciones y luego, también, el jefe operacional. Operativo del Buen Pastor. Fuga. Un colectivo viene hacia el coche. El instinto tuerce el volante en una fracción de segundo, el automóvil sube a la vereda y pasa cimbreando entre el colectivo y la empalizada de una obra en construcción.
“Es el típico militante foquista, callado, reservado, decidido.” Después se desarrollará políticamente, absorbiendo, hundiéndose en “los hormigueros de la realidad”. Entonces la cosa estaba más clara, más nítida, menos compleja: habla que golpear a la dictadura, desde cualquier ángulo, por todos los medios.
Participa en el operativo Aramburu y en La Calera. En esta última acción logra salir porque se vuelve directamente a Buenos Aires. Recién en Rosario se entera por los diarios de que se había frustrado el final de la operación.
En ese momento un comunicado indicaría la orientación inequívoca del grupo: se alude allí a la Resistencia Perónista y se reivindica la patria libre, justa y soberana.
A partir de ese momento sobreviene el desastre. Muere Mazza, caen los de La Calera. Abal Medina, Ramus, Arrostito. Capuano Martínez. . . pasan a ser nombres y rostros conocidos y buscados por todos los organismos represivos. Los Montoneros cordobeses que no van a la cárcel se dispersan por todo el país. Los pocos que están en Buenos Aires, se nunden en las catacumbas.
Es una etapa de supervivencia. De subsistir en dos casas prestadas por otra organización. Un tercer grupo incipiente en Santa Fe sufre también un serio revés.
Es un momento límite. El único horizonte probable es la muerte o la disolución.
Carlos está entre ellos. Resistiendo.
Después de varios meses vuelven a operar. Logran fondos para alquilar dos casas. Pero nuevamente reciben otro trájico contraje: en William Morris son abatidos Fernando Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus.
El crecimiento es lento. Savino Navarro mareta a reorganizar Córdoba. Capuano se entera que está en dificultades y trata de hacerle llegar ayuda por todos los medios. Pero no lo logra y Savino muere. Superando estos trágicos contrastes persiste en la conducción de la regional Buenos Aires y se va formando y desarrollando políticamente, advirtiendo la transición del foco a una nueva política integral que conjuga todos los métodos. En forma tenaz, continua. persistente…
Hasta el 16 de agosto.
“No tiraba hacia los canas, porque lo trababan. . . Por eso tiraba hacia el ángulo donde estaba yo. O sea que el tiro ese me lo pega él a mi. Entonces yo agarro, por reflejo, doy un paso adelante y salgo por la puerta. Me voy por Montes de Oca y salgo por Martín García. Y ahí no sé más. Me vuelvo a reunir con el otro compañero, hacemos varias cuadras por separado y nos volvemos a reunir de carambola. De pronto pasa un taxi, nos metemos en él y nos vamos. A todo esto yo no sabia como podía estar vivo, porque veía el agujero acá y no sabía que había pasado; suponía que el otro agujero estaba en la espalda, o no sabía bien por donde. Y no sabía porque corno seguía respirando. Claro, no puede ser esto, me decía. Además me ardía. Y en el coche, cuando le digo al otro, ve que tengo un agujero atrás. La bala había hecho un recorrido estrambótico porque yo estaba medio de perfil.
Y nos vamos. Y después fuimos a limpiar la casa de Luis y en ese momento nosotros pensamos que lo habian agarrado. Y a la tarde leemos en la quinta, que estaba muerto. Se ve que él que los canas lo deben haber soltado, que debe haber salido por la puerta de la ochava y corrió por Montes de Oca. El tenia un coche, un Fiat, a una cuadra. Se ve que corrió hacia el coche y los botones lo le tiraron desde la esquina”.
Era una carta de las muchas que ellos habian recibido con alegría y angustia a la vez. Que habian recorrido una y mil veces palpándola línea a línea. En ella les decia que entendía, justificaba y perdonaba el natural egoísmo de querer preservarlo y protegerlo; en ella volvía a ratificar que, pese a ello, existía una realidad injusta y miserable para millones de padres e hijos y que estaba dispuesto a dejar su vida para modificarla. Una señora en la penumbra, murmuró: Eligió su vida y eligió su muerte”.
Afuera, en las calles, salían de a miles y se encendían los cánticos y las consignas.