AUN no se sabe si fue la culminación de su pleito con la burocracia local o si fue cuidadosamente urdido para que pareciera un saldo de cuentas barrial. Lo que sabemos es que Enrique Grynberg era un tipo peligroso para los enemigos del Movimiento. Tanto para los de adentro, como para los de afuera, porque se había consustanciado plenamente con esa frase del General pintada en la pared del Ateneo donde estaba militando: “La justicia y la libertad no se regalan. Se conquistan, se defienden y muchas veces hasta hay que morir por ellas”. Esta convicción, su fe en Perón y su terquedad de llegar al socialismo nacional lo llevaron al encuentro de la muerte. Las nueve balas calibre 22 que le metieron alcanzaron para vencer su cuerpo pero fueron muy pocas para cerrar su destino revolucionario. El gordo murió como le gustaba vivir: enseñando.
“Nosotros —te digo nosotros porque hace muchos años me olvidé de hablar en forma individual porque todo lo que hicimos lo hicimos juntos— teníamos muy claro en todo momento que lo que le pasó a Enrique podía suceder cualquier día. Por eso no teníamos miedo de lo que pudiera pasar porque lo asumimos diariamente. Enrique estaba dispuesto a dar su vida por el pueblo peronista porque era un compromiso total.”
El gordo no mezquinó una sola gota de su vida, durante los largos años que entregó a la militancia, profundizando cada vez más su compromiso. No paraba un segundo, y le gustaba la discusión: convencer, adoctrinar.
El gordo militó mucho en la izquierda. Claro, de joven había encontrado el método de análisis. Pero tuvo que. andar muchos años para descubrir al pueblo. Y cuando lo hizo, ahí estaba, como esperándolo, el Peronismo.
Recién ahi tuvo sentido —por primera vez— su lucha. Porque el peronismo era clase trabajadora. Era revolución… era Perón. Y seguramente, desde el Movimiento Perónista empezó a mamar la verdad de la lucha del pueblo argentino. Y solo a través de esas largas, cotidianas luchas de la clase trabajadora pudo reencontrarse consigo mismo y asumir correctamente su pasado zurdo.
Y un día descubrió —en todo su cuerpo— que era peronista. Y a partir de ese dia todo se puso en su lugar. Y cantaba la marcha y gritaba las consignas vivando al General. Y el bombo. Y las movilizaciones y las corridas. Y después la lucha. La lucha contra el régimen. Contra la dictadura militar: la máxima expresión del peronista. Hoy, ayer, siempre. Porque sólo pudo luchar correctamente contra el régimen desde el peronismo. Todo lo otro era fantasía. Era otro país, otra época, otra cosa.
Y desde ahí fue el más peronista. Como el mejor. Porque recibió sus enseñanzas, sus verdades. Su pueblo. Su conductor.
Y desde ahi fue el más leal. Porque entendió que la lealtad no estaba justamente en la antigüedad dentro del Movimiento… había tantos ejemplos contrarios…
La lealtad nacía de otro lado. Nacía del trabajo todos los días, “ahi donde te encontrase”. Nacía de entender al viejo. Y nacía de mamar toda esa corriente de verdad que surgía desde el medio mismo del Movimiento. Y qué diablos, peronismo era lucha argentina: lucha de liberación. Junto a la clase trabajadora. Lejos de los palacios. Enfrentando al régimen. En la calle. Ahí estaba el verdadero peronista.
Ma’ que infiltrado zurdo. Que vengan los que se sienten los mejores. Ahí: al barrio, la casucha de la villa, el taller de la fábrica. Ahí entre lluvia y barro. Entre pobreza y rabia. Entre pintadas y manifestaciones. Entre gritos y corridas. Entre gases y palos. Ahí está el peronísmo. Y así lo comprendió el gordo. No había posibilidad de error. El gordo fue peronista. Del mejor.
“No lo mataron al pedo, Enrique era un tipo muy capaz, muy vallo-so. Y sobre todo era Increíblemente peronista. Cada día que pasaba creía mis en el movimiento y confiaba mucho en el “viejo”. A veces por ahi se enchinchaba cuando el viejo se ponia a “cuestionar”, pero no dudó nunca un Instante de él”.
Todo lo contrario. Dio su vida por él.
El gordo no se quedaba en la superficie, para él todo había que elaborarlo a fondo. Desde los capitales europeos hasta la muerte de Rucci. En eso estaba ese mediodía. Mientras comía, rumiaba el eje correcto por donde debía pasar la discusión política que iban a hacer en el Ateneo. Por eso cuando sonó el portero eléctrico bajó distraído a atender a quienes le declan venir de parte de…
“Enrique era un atolondrado, ser atolondrado lo hizo bajar ese día, si no, no hubiera bajado. En la Facultad siempre se rompía el bolsillo en el mismo lugar, se llevaba las cosas por delante. Cuando estaba charlando era capaz de quedarse parado en medio de la calle para seguir discutiendo con un tipo”.
El gordo sabía que se la podían dar. Sabía que el enemigo no golpea ciegamente y que su laburo en la zona era muy positivo, aunque estuviera lejos de lo que él se exigía. El gordo no ignoraba que además de los enemigos que se habia hecho en su militancia estaban los otros, los de arriba. Por eso no lo pudieron absorber tirándole una secretarla o un puesto, ni lo pudieron rajar por “bolche”, como estaban habituados a hacer los burócratas locales. Y el gordo no les dio tiempo porque dominaba muy bien el método de conducción. Por algo se la pasaba leyéndolo al “viejo”.
Con una buena política de alianzas logró el lapso de tiempo necesario para organizar la Juventud y darles vuelta el Ateneo.
“El gordo se movía muy bien, la gente que lo vino a liquidar no manoteó a ciegas. No fue una joda como ametrallar una Unidad Básica. El gordo era un compañero muy importante a nivel zonal, era miembro del Consejo de Juventud Perónista de Zona Norte. Y la gente que vino contaba con datos precisos. Tenían que saber que el gordo no era un tipo que iba a resistir peligrosamente porque el Gordo era un peligro políticamente. Si no lo hubieran conocido al gordo, entonces lo habrían esperado en la calle y se la hubieran dado desde un auto”.
Evidentemente que quienes decidieron dársela al gordo lo conocían. Lo que no llegaron a comprender nunca era la peligrosidad política del gordo. Si quisieron parar el trabajo de Integración de todas las Unidades Básicas en el que estaba; si quisieron parar su proyecto de superación política del trabajo organizativo de los hoteles y pensiones del barrio en el que estaba; si quisieron parar la organización del pueblo Perónista en que estaba; si simplemente quisieron dar un escarmiento a quienes estamos metidos en la lucha por la liberación; qué fiero se equivocaron.
Las paredes del barrio, hoy nos recuerdan que la lucha no ha terminado diciéndonos: “Enrique Grynberg, tu sangre derramada no será negociada”.
Para que cuarenta compañeros, sus hijos políticos como dicen, se reúnan en un cuartito del Ateneo para seguir analizando, para concretar una enseñanza del gordo: la lucha no tiene intervalos. Para que Isabel, su compañera, diga lo que él hubiera dicho:
“Yo perdí un compañero… todos perdimos un compañero, para que su muerte no sea al pedo debemos reemplazarlo”.

  • El HOMENAJE DE FAR-M0NT0NER0S
  • Buenos Aires, 27 de septiembre de 1973. El lema “Perón o Muerte” enarbolado por la Juventud Perónista se hace realidad nuevamente en el asesinato del compañero Enrique Grynberg, militante del Ateneo Evita que cayó por defender consecuentemente los postulados de nuestro Movimiento y del General Perón.
    Antes que clamar venganza como hoy lo hacen pequeños grupos que permanecieron callados mientras del Pueblo surgían los militantes que ocupaban sus puestos de lucha contra la dictadura; nuestras Organizaciones afirman que hechos como éste surgen de grupos enemigos y traidores enquistados dentro del Movimiento para ejecutar la política imperialista. Pues hay quienes están dispuestos a evitar por cualquier medio las sucesivas derrotas que, desde el retomo del General Perón a la Patria, vienen sufriendo debido al avance del Pueblo Perónista organizado y movilizado, junto con sus fuerzas aliadas expresado fundamentalmente en las victorias del 11 de marzo y 23 de setiembre.
    Ante la acción de estas bandas asesinas se opondrá la violencia del Pueblo que —tal como afirmara Evita— “NO ES VIOLENCIA, ES JUSTICIA”.
    Al dar el último saludo al compañero caído, nuestras organizaciones reafirman ante el Pueblo su decisión de llevar hasta sus últimas consecuencias el combate contra las causas que se oponen a la definitiva liberación nacional y social de nuestra Patria.
    Compañero Enrique Grynberg: HASTA LA VICTORIA SIEMPRE.
    ¡PERÓN O MUERTE! ¡VIVA LA PATRIA! ¡LIBRES O MUERTOS, JAMAS ESCLAVOS!
    FAR • MONTONEROS

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    1. Soy la viuda de Enrique Grynberg y quisiera conocer la autoria del artículo que ustedes publican.
      Esta bastante bien fundamentado, salvo que a Enrique no lo mataron nueve disparos calibre 22, uno de ellos era calibre 45. justamente el que le dió en la aorta.
      El otro tema es que los cuatro tipos que lo asesinaron se llevaron un niño que dejaron unas cuadras después pensando que era nuestro hijo, no podría cometer la osadía de decir que lo conocían mas bien lo contrario.
      Espero tener noticias de ustedes, los abraza. Isabel

    2. QUE BURRADA!!! es la reproducción del artículo del Descamisado. Isabel