—¡Te vamos a liquidar, zurdo de mierda! No pasas de esta noche… —dijo el policía.
—Usted sabe, señor, que yo no tengo bisagras en las rodillas… —respondió Obregón Cano.
Este diálogo sucedía a las once de la noche del miércoles 27 de febrero. Minutos antes, cerca de cien policías habían tomado la Casa de Gobierno. Córdoba comenzaba otra etapa de convulsión. Los traidores al peronismo, en una maniobra perfectamente urdida, intentaban desplazar al legítimo gobierno presidido por los compañeros Obregón Cano y Atilio López. “Los inmundos bolches no pasarán”, comenzaban a gritar las radios ocupadas por las bandas reaccionarias.
La ciudad, a partir de ese momento, se preparaba para enfrentar el terror, la farsa, la impunidad, ia desesperación de la derecha. La Policía Provincial, comandada por el teniente coronel Navarro, exigía la destitución del gobierno. Grupos de civiles, armados hasta los dientes, “apoyaban su gestión”.
En realidad, la sublevación policial había comenzado mucho antes: desde el mismo momento en que el pueblo eligió la fórmula peronista, la policía empezó a hostigar la labor de los nuevos gobernantes. Prácticamente no hubo acto del gobierno que no fuera saboteado por los jefes policiales.
—A estos zurdos los vamos a liquidar —se escuchaba en los medios vinculados a la “provincial”.
El asesinato a mansalva de los cinco cooperativistas señaló, de alguna manera, el punto más alto de esta ofensiva contra el gobierno popular. El teniente coronel Navarro, estrechamente relacionado con la burocracia sindical, inició lo que para él constituía “la última ofensiva”. Por supuesto, todo el plan estuvo perfectamente planificado: la huelga del transporte fue el detonante que utilizaron los derechistas para precipitar los hechos.
—La sublevación de Navarro es el pinochetazo cordobés —dijo a El Descamisado un gremialista del sector legalista.
No es una exageración: el jueves al mediodía, la ciudad de Córdoba parecía Santiago de Chile después de la caída de Allende. Calles desiertas (tanto las 62 como los gremios legalistas habían decretado una huelga total), silenciosas, sólo patrulladas por policías y grupos de civiles armados, que se identificaban con un brazalete amarillo. Los periodistas, que trataban de cubrir la nota, encontraron una valla insalvable en estos grupos (jovencitos de la JPRA, de la Alianza y matones de la burocracia): cualquiera que se animaba acercarse a ellos, era recibido con insultos y un arma apuntando al cuerpo. Los fotógrafos fueron los más perjudicados: si alguien hubiese osado levantar su cámara, no contaba el cuento …
Los pocos transeúntes que se animaban a circular por las calles céntricas, se preguntaban donde estarían Obregón Cano y Atilio López. Se decía —después se confirmó que era cierto— que los funcionarios estaban alojados en la sede del Comando Radioeléctrico. Pero había otras versiones que señalaban, en cambio, que Obregón y López permanecían alojados en dependencias de la Jefatura de Policía, Tratar de consultarlo en “fuentes responsables” era, por lo menos, una temeridad. Los muchachos de Julio Yessi, con un desplante increíble, manejaban las radios y propalaban comunicados increíbles, en donde el delirio y el matonaje se combinaban armoniosamente.
El jueves por la tarde (para completar el cuadro) llegó a Córdoba el ministro de Trabajo, Ricardo Otero. Su misión: convalidar la tragicomedia del nacimiento de la “nueva CGT”. Con su acostumbrado estilo retórico, culpó a los que “levantan las banderas de la patria socialista”, y esquivó pronunciarse sobre la situación de la provincia. Los hechos de Córdoba, sin embargo, oscurecieron su presencia: el pueblo cordobés casi ni se enteró de su viaje.
Pero la fugaz visita de Otero sirvió para que empezaran a vivirse en Córdoba los sucesos más grotescos que recuerden los cordobeses: a la hora de su arribo, las radios informaban que el presidente de la Cámara de Diputados, doctor Mario Dante Agodino, seria el nuevo gobernador de la provincia. La solución, sin duda, se había cocinado entre gallos y medianoche; los especuladores políticos sostenían que era una manera de ganar tiempo. A las 22.05 del jueves 28 de febrero, el doctor Agodino asumía su cargo ante los integrantes del Tribunal Superior de Justicia. La asunción, si no hubiese tenido ribetes tan funestos, habría sido un capítulo magnífico de la picaresca: un grupo de periodistas, algunos funcionarios, el general Ernesto Della Croce, comandante del Tercer Cuerpo de Ejército, el teniente coronel Navarro y un grupito de adictos que tenían como líder a un gordito medio tonto que gritaba: “¡Viva el teniente coronel Navarro!, muera el tirano Obregón Cano”. La ceremonia duró escasos minutos. A su término, el gordito medio tonto y su grupito comenzaron a vitorear a Navarro que, “conmovido”, parecía a punto de llorar.
—Este es un policía de verdad —comentó una señora—. ¡Viva el teniente coronel Navarro! Es un verdadero peronista.

  • NO ENCONTRARON ESCRIBANO
  • Una hora más tarde, los mismos personajes se trasladaron a la Casa de Gobierno para firmar ante escribano el acta de asunción de los nuevos ministros. Pero aquí ocurrió un hecho tragicómico: los funcionarios no pudieron encontrar un escribano… El momento fue aprovechado por el “gobernador” Agodino, quien ofreció una conferencia de prensa. No supo qué contestar, por supuesto. Dijo, entre otras cosas, que él asumía porque Obregón Cano y Atilio López estaban impedidos de seguir gobernando. Por lo tanto, y según lo dispone la constitución provincial (y, en ausencia del presidente del Senado), él asumía como gobernador. Cuando un periodista le preguntó por qué Obregón Cano y López estaban impedidos, el doctor Agodino se puso colorado, titubeó, y prefirió obviar la respuesta. Demás está decir que casi todas sus respuestas fueron titubeantes, lamentables. En realidad, los periodistas le tuvieron lástima y no quisieron ser muy crueles con él. Mientras tanto, el escribano no llegaba…
    Ese jueves, a las once y media de la noche (mientras Agodino buscaba escribano) un patrullero policial era baleado en un barrio cercano al centro de la ciudad. Resultado del operativo: un policía muerto, dos heridos, y una mujer de 24 años, también muerta. En los barrios Clínicas y Güemes, por otra parte, se habían levantado barricadas, y se escuchaban disparos aislados. En la madrugada del viernes primero de marzo, la_ ciudad era campo de nadie. A pesar de que tenía “nuevo gobernador…”
    El viernes amaneció, aparentemente, con perspectivas de paz. Si bien continuaba la huelga, se podían ver a muchos transeúntes que devoraban los diarios de la mañana. Algunos negocios abrieron sus puertas, y los civiles armados “se borraron” de la zona céntrica. Los periodistas, que habían trabajado mucho la noche anterior, sólo penaban por la taita de cigarrillos. Parecía que todo se iba a arreglar.

  • EL “ARSENAL MARXISTA”
  • A las diez de la mañana, se supo que el teniente coronel Navarro respondería un cuestionario periodístico. Y respondió…
    Fue una conferencia de prensa que alcanzó ribetes aún más grotescos que los que habían caracterizado a la asunción del mando del “nuevo gobernador”. Nervioso, con la cara que tenía Onganía en sus días de gloria, el teniente coronel Navarro dijo que acataba las órdenes del “nuevo gobernador”. Que aceptaba someterse al juicio de la justicia federal. Que la policía había detenido a Obregón Cano y a Atilio López porque estaban repartiendo armas a grupos de civiles de inspiración marxista. Que él, por supuesto, es un demócrata. Que respeta la constitución. Dijo, también, que ignoraba que civiles con brazaletes amarillos estuvieran en las calles, exhibiendo armas de topo tipo, amedrentando al pueblo. “Es que la gente ha querido ayudarnos —dijo—, y no le podíamos decir que no… Este es un momento muy fluctuante. Pero ahora que ustedes me dicen que existen esos grupos, yo voy a ordenar que dejen de actuar. Ustedes comprenderán que en momentos así siempre se producen errores. El pueblo ofreció su ayuda, y es difícil decirle que no”.
    Cuando se le preguntó al teniente coronel Navarro quién o quiénes habían armado a esos grupos, no respondió. Después, con mucha seguridad, hizo traer las “armas secuestradas a los marxistas”. Un subalterno depositó en el suelo tres metralletas, seis pistolas, una carabina y una pistola lanzagases. También, claro, dos brazaletes de la Juventud Peronista (estaban sin usar). Sobre las armas, los periodistas pudieron ver una libreta de enrolamiento. Cuando intentaron saber a quién pertenecía un oficial la retiró de inmediato y se negó a revelar la identidad del propietario del documento. “Estas armas las vamos a rifar”, bromeó el oficial.
    Fue, sin duda, una histórica conferencia de prensa. Una farsa que ni siquiera el mismo Navarro supo representar con un cierto airé de dignidad.
    ¿Y qué pasaba con Obregón Cano y Atilio López? El viernes al mediodia, los rumores aseguraban que no había ninguna posibilidad inmediata que pudieran salir en libertad. La derecha,, enfervorizada, celebraba su triunfo …
    Por la tarde, sin embargo, algunos indicios permitían suponer que las cosas no eran tan favorables a ios sectores derechistas. Un comunicado de la CGT combativa hacía saber que la huelga finalizaba a las 24 horas del viernes, pero que a partir del lunes 4 de marzo era casi segura la iniciación de un paro activo. Se convocaba al pueblo, además, para que se movilizara en la defensa de su gobierno. Y se criticaba duramente la fantochada que un día antes habían organizado los burócratas de las 62.
    Pero a esa misma hora (y ya los cordobeses empezaban a insinuar una sonrisa burlona) el “nuevo gobernador” anunciaba la convocatoria a nuevas elecciones para el primero de setiembre. Pero también casi a esa misma hora, se sabía que el juez federal decidía disponer la libertad de Obregón Cano y Atilio López, quienes se encontraban en la Delegación Rosario de la Policía Federal. Un político radical recordó los años de la anarquía, en 1820, cuando tuvimos tres gobernadores al mismo tiempo … Pero éstas son cosas de radicales.
    Frente a la Federal se fue concentrando el pueblo, esperando el momento de la liberación de los gobernantes. Los efectivos de la Federal custodiaban el local pertrechados con fuerte armamento. Es que desde el mismo instante en que se anunció la decisión del juez, la policía provincial comenzó a planificar un nuevo operativo: lentamente, sus carros de asalto fueron rodeando las calles adyacentes a la Delegación, mientras algunos patrulleros pasaban a pocos metros en una evidente muestra de provocación. En esos momentos, ya nadie dudó que la derecha no estaba dispuesta a aceptar el fallo judicial. No había sacado la policía a la calle para que la justicia dictaminara la libertad de esos “zurdos”. No lo podía aceptar.
    —El señor Obregón Cano y el señor Atilio López están en libertad. Pueden retirarse cuando quieran —explicó el juez a los periodistas.
    Linda trampa. Obregón y Atilio López podían salir… Pero afuera los esperaba otra vez la provincial, dispuesta —esta vez— a no fallar en su intento sedicioso. La Casa ‘de Gobierno continuaba tomada por los efectivos de Navarro, y la Delegación de la Federal no garantizaba la integridad de los gobernadores.
    —Nosotros no garantizamos su suerte —les dijo un oficial.
    A las nueve y media de la noche, cuando ya comenzaban a escucharse nuevos tiroteos en la ciudad, Obregón Cano y Atilio López resolvieron dejar la Delegación de la Federal, y enfrentar con valentía las duras horas que se aproximaban.
    Ya habían vuelto a reaparecer los grupos de civiles armados, con sus sinestros brazaletes amarillos. Y otra vez la ciudad se hallaba ocupada por las fuerzas de Navarro.

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