Habíamos imaginado todos estos años de lucha como seria la hora del triunfo. Con Perón entre nosotros y nosotros en multitudinaria alegría festejando con él. Intercambiándonos este deseo de vemos y hablar con el General contenido durante 18 largos años.
No ocurrió nada de eso. El 20 de junio, trescientos matones asalariados nos recibieron a tiros amasijando sin piedad nuestra alegría. El anuncio de que Perón sería presidente lo detonaron media docena de segundones con triste historia de traiciones y negocios. La ambición de un grupo de aspirantes a herederos nos congeló también esta hora que debió ser de pueble en la calle, junto a su jefe para construir juntos la Patria grande de Perón.
Esto que ocurrió, Cámpora renunciando y Perón asegurando que dará su vida por este pueblo, debió contar con nosotros, con todo el pueblo peronista, este pueblo que ha luchado hasta la muerte por este triunfo. Sin embargo estuvimos ausentes, porque esta fue la jornada de los logreros que se encerraron en los despachos leíanos a cada uno de nosotros, conjurando y marginanandonos. Esto que ocurrió, iba a ocurrir porque hubo compañeros bales. Pera hubo otros que quisieron capitalizar la lealtad y terminaron ensuciando todo. Quisieron aparecer como los posibilitadores del triunfo, como los que lo hacían a Perón Presidente, subiéndose al carro a última hora y pretendiendo manejarlo.
A Perón lo impone su pueblo no cuatro imbéciles que quieren jugarla a sucesores.
Su juego fue tan claro como burdo. Cámpora debía renunciar porque ese era la condición que puso para aceptar la candidatura. Los aspirantes a herederos quisieron hacerlo aparecer como producto de sus maniobras. Para ello impusieron un pobre empeño en este intento de encañonarse en una aspiración de todo el pueblo de Perón. Usaron a varios bocones que hicieron estruendosas declaraciones y mondaron media docena de micros semivacíos a dar vueltas a lo manzana por la casa de Perón.
Fue una parodia de movilización, ridicula para un conductor de pueblos como nuestro Jefe; pero por sobre todo una falta grave de respeto. Porque haciendo pasar siempre los mismos micros frente a la casa del General tratando de hacerle creer que eran muchos y pedirle que salga a saludar fue un agravio que nos duele a todos. Porque quisieron engañar a Perón.
Pero «El Viejo», no está tan viejo, ni los años le han vuelto tonto. Lo mandó a Rucci a su casa con su calesita de micros y contó a su pueblo como era la cosa.
Y a todos se nos anudó la garganta al verlo y escucharlo, porque lo vimos con loaos sus años encima pero depuesto a pelear por esta causa, sin aflojar un tranco y con un par de pelotas bien puestas, capaz de hacerlos saltar para arriba a estos aprendices de brujos. Nos aclaró de que se trataba. No era esto la consecuencia de un grupo de audaces sin respeto sino la combinación dé la aspiración de un pueblo que quiere que Perón sea presidente con la lealtad peronista de un incondicional compañero que supo ser presidente en nombre de Perón.
Pocas veces escuchamos hablar al General así de alguien. Perón es económico en sus juicios; respetuoso con todo el mundo, no habla al cohete de nadie que no lo merezca. Por esas palabras que el General le ha dedicado a Campera, cualquier peronista daría diez años de vida por merecerlas. Cuando un gran hombre habla así de alguien está marcando un hecho histórico que rebasa lo personal
Dos veces en treinta años habló para todo el movimiento señalando la conducta peronista de un compañero.
Una fue el día que entregó a Evita la medalla de la Lealtad en reconocimiento por el renunciamiento del 22 de agosto. La otra, ha sido ahora para señalar en Cámpora una conducta leal y peronista como para ser reconocida por el Jefe del Movimiento.
Entonces, esto que tendría que haber sido algo limpio, claro y feliz: Cámpora renunciando, llamando a elecciones y el pueblo entero pidiendo a Perón como presidente, se arruinó por la ambición de cuatro imbéciles. Porque ese día del renunciamiento de Campara
debió ser un día feliz donde todos juntos otra vez habríamos estado junto al Jefe.
No es la primera vez que se juega a la herencia. Ni tampoco la primera en que se especula con la desaparición del General. Hubo otros apurados que se dieron contra la pared.
Porque la sucesión es el motor de todo esto, lo intuimos todos. Porque en la ambición loca de estos tipos se nota la fiebre de los aspirantes a la herencia. Pero todos esos intentos, como he dicho el General, generan los anticuerpos que terminan por expulsarlos del organismo del movimiento.
Nosotros tenemos ese papel, de una manera o de otra serán arrollados por los soldados anónimos de Perón.
El General ha dicho que pondrá su vida a disposición de la Patria para cumplir este servicio. Ellos están merodeando a su lado y son ante nosotros responsables por su vida. Perón es de todos nosotros y en nosotros y en la causa que él conduce, es inmortal.
DARDO CABO

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