• Porque hay que romper el pacto social
  • No se trata de volver sobre el acto del 11 porque para eso editamos un número especial. Sólo remarcar algunas cosas si es que de por sí cincuenta mil compañeros no son un acento suficientemente importante.
    Todos tenían los ojos puestos en esa cancha que ya supo ser el lugar de otras concentraciones inolvidables. En las buenas, en las regulares y en las malas. Pero siempre apretujándonos para hacerle lugar al compañero que quedaba afuera. Esta vez más que nunca, porque con los “ánimos policiales” que conocimos en la represión del 1º de marzo, no era bueno para ninguno andarse paseando del otro lado de Atlanta. Pusieron los ojos para observarnos y se les llenaron los ojos de peronistas de todas las edades, de banderas de luchas, de consignas de pelea consecuente.
    Seguro que hasta habrían preparado comentarios despectivos, de esos que hace rato intentan hacer a propósito de cualquier mentira. Tuvieron que contentarse con poner palabras de malos y miles de pesos en solicitadas de advertencia, pero haciéndose los buenos. Es una técnica vieja la de ponerse en posición de agredido, de víctima que aguanta con paciencia. Falta que los burócratas de la CGT digan que sólo tienen dos mejillas. Pero aquí hace rato que la gente no se chupa el dedo y todos sabemos de ataques a locales, de granadas, de bombas (incluso la que le explotó a uno de ellos antes de llegar a destino), de ráfagas de balas; sabemos de allanamientos, de complots inventados, de compañeros presos por ser peronistas consecuentes; sabemos de fraudes y maníjenos para conservar la manija, de traidores y seudodirigentes vendidos. Entonces, a otra parte con el cantito de la prudencia que la guerra no empezó ayer ni la comenzaron los de la “tendencia”, como les gusta decir ahora intentando minimizar una política y una lucha. Dicen una sola verdad: que la UOM no está sola, que cuando se trata de defender a la burocracia vandorista, a los que hacen punta en esto de entregar el Movimiento y todo el proceso de liberación al imperialismo y la oligarquía, los figurones de la CGT van al pie corriendo. Ahí se acaban las pequeñas peloteras entre ellos. Porque cuando peligran los sillones de la UOM tiemblan los de todos los burócratas.
    Esa cantidad de compañeros reunidos en el acto de Atlanta estaba demostrando una adhesión masiva al contenido de la campaña electoral concretado en el triunfo aplastante del 11 de marzo; demostraba también que son muchos los que piensan que lealtad no es obsecuencia y que desde la lealtad no hay traición posible.
    Pero además, el acto tuvo un hecho de profundo significado; allí estaban los “viejos”, los que encarnaron y representan la Resistencia, esa heroica lucha de la que todos aprendimos para continuarla cada vez con más claridad y eficacia.
    Estaban los “viejos” abrazando a los jóvenes, abrazando a los Montoneros, frente a cincuenta mil personas que certificaron masivamente que estos son los hijos legítimos de la Resistencia y por eso se los consagró y aceptó como conducción natural. Esto también define aun más la lucha que divide al Movimiento: o se está con lo que significa la continuidad histórica dentro de éste o se está con la cuña proimperialista que representan los de la patria vandorista y sus distintas siglas; o se está con la lucha a muerte contra todo aquello que signifique dependencia y explotación o se está con los que juegan a convertir al Movimiento en un partido más y asimilarlo definitivamente al sistema demoliberal.
    Justamente por esto es que no hay lugar para oportunistas; simplemente porque está en juego el Movimiento Perónista y con él la liberación nacional. No hay ya medias tintas posibles y el que confunde lealtad con obsecuencia está caminando irremediablemente hacia la traición. No queda espacio político para el color gris en lo que a esta lucha respecta. Se pueden juntar diez tipos para firmar una solicitada usurpando el nombre de Montoneros, pero no se consigue mucho más que servir a la confusión. Eso no es una política tendiente a movilizar al pueblo. El pueblo que se moviliza estuvo en Atlanta. Del otro lado están los aparatos de la burocracia.
    Otro elemento trascendental de ese acto fue una definición: hay que romper el Pacto Social. Evidentemente lo más importante en cuanto a toma de posición. No se trata de un exabrupto. Desde estas páginas hemos venido refiriéndonos insistentemente a ese punto y hubo toda una trayectoria en torno a él, modificada según lo que la realidad iba mostrando. En principio se apoyó el Pacto Social, a partir de que se consideraba correcta una alianza de clases como instrumento para profundizar la liberación y la realidad de lucha del peronismo garantizaba que los trabajadores fuesen el eje de ese acuerdo; después se le hicieron críticas a este Pacto, a partir de que habían firmado los empresarios y los burócratas sindicales sin consultar realmente a la clase trabajadora; consecuente con las críticas se planteó la necesidad de modificar las bases del Pacto. No se hizo y la realidad social siguió mostrando que así no caminaba. Entonces ya no hay muchas alternativas: hay que enfrentar este Pacto hay que romperlo para poder después construir otro en el cual los trabajadores puedan jugar el papel que realmente les corresponde. No ser convidados de piedra, simples espectadores.
    Está muy claro que este Pacto no le sirve a los trabajadores. Le sirve a los grandes empresarios nacionales que con esto logran mayor poder para negociar frente al imperialismo. Ahora tienen manija política y margen para garantizar un cierto
    “clima” en el país. Y lo consiguieron: si no qué significa el pacto entre la Unión Industrial Argentina y la CGE; los primeros fueron siempre los más claros representantes de los intereses monopólicos, allí se nucleaban, y el enfrentamiento con los sectores que componen el sustento de CGE —la pequeña y mediana empresa— fue casi una tradición. A nivel de empresarios era como el enfrentamiento entre lo nacional y lo antinacional; entre empresarios, claro está, porque ni siquiera los nacionales pueden constituir la vanguardia de la lucha por la liberación, sino que ese papel estuvo y debe estar en manos de la columna vertebral del Movimiento, la clase trabajadora. Si esos empresarios conducen el proceso de liberación sólo caminaremos, nuevamente hacia la dependencia con el imperialismo y en contra de los trabajadores; porque lo primordial es la defensa de ellos en cuanto sector social, acumular poder político y económico. Lejos de los trabajadores y el pueblo, ése beneficio sólo puede aportarlo el imperialismo.
    Durante la dictadura, los dueños de la relación con el imperialismo se nucleaban en la UIA; la cúpula de la CGE recibía migajas; los pequeños y medianos empresarios, nada. La tortilla se dio vuelta, la cúpula de la CGE obtuvo poder y a partir de allí se está dedicando a renegociar la dependencia en vez de construir la liberación: la UIA va a pactar, el BID se pone “generoso”; los pequeños y medianos empresarios, nada, a pesar de lo cual siguen delegando su representatívidad en el gran empresario Gelbard.
    Y los trabajadores así. Con una CGT que no es de los trabajadores, con unos sindicalistas que firmaron el Pacto y tienen que defenderlo; que quiere decir, desmovilizar, no protestar no atentar contra la estabilidad, mantener el orden social… Todo lo que necesitan los grandes empresarios para negociar. La CGE pacta con la UIA y la CGT no dice ni miau. ¿Por qué? Porque en la UIA están los dueños del circo y los burócratas son sólo la comparsa en lo económico aunque en lo político sean hoy su principal instrumento. Jugando con las siglas pueden salir cosas verdaderamente increíbles. Como que ahora el Pacto es CGT-CGE-UIA. Es que en el fondo o en rigor de verdad, los burócratas sindicales ya tienen vocación de empresarios, les gusta firmar papeles, salones silenciosos, viajes…
    Auspiciaron la Ley de Asociaciones Profesionales para conservar sus sillones, el poder de un aparato; también es el reaseguro de los grandes empresarios, que pactaron con éstos no con los que pueden surgir de una lucha realmente democrática. Hoy se ve claro que esta ley es la tapa de una olla a presión: Acindar es el más reciente y tal vez uno de los más importantes ejemplos de como los trabajadores comprenden que su lucha político-gremial es la única garantía para poder expresar sus intereses.
    Seguir girando en torno al Pacto Social lleva cada vez
    más a que los trabajadores tengan que hacer complicados malabarismos como para defender sus intereses sin afectarlo, sin ser acusados de que lo están rompiendo. Ocurre que ya no hay margen para eso. Aquí también sucede que o se está con este Pacto conducido por los grandes empresarios —que lleva a la alianza con el imperialismo— o se está con un pacto conducido por los trabajadores. Sólo a partir de eso es correcto plantearse un camino progresivo, acorde con las circunstancias que estamos viviendo; pero no hay ninguna transición hacia la liberación con su actual conducción. Por eso no corren las posiciones intermedias; o chicha o limonada.
    ¿Qué significa romper el Pacto Social? No se trata de ser apresurados o retardatarios, sino de transitar la liberación o la dependencia. La mayor o menor rapidez con que transitemos el camino depende de las relaciones de fuerza. Nuestra fuerza fue y es el Movimiento Perónista; el principal enemigo del imperialismo, nuestra herramienta más eficaz. Banderas claras, intereses definidos, una lucha consecuente, los trabajadores marcando un contenido: si eso se destruye, inevitablemente se destruirá el contenido revolucionario del Movimiento. Una alianza de clases que no esté orientada a partir de la lealtad a esa lucha atenta contra ese contenido. Atenta contra la liberación.
    Y los trabajadores no pueden esperar; la sucesión de conflictos demuestra la vocación de no hacerlo. La lucha reivindicativa, sin vuelta de hoja es lo que se impone a esta altura, pelear por lo que corresponde, recuperar lo perdido en los últimos 18 años y avanzar. Si este pacto es como lo hemos definido, romperlo significa impedir que se renegocie la dependencia; Gelbard no hubiese podido sacarse la careta (negociar con la UIA) si los trabajadores tuviesen la porción de poder que les corresponde.
    Si hoy tenemos que jugar de oposición a este pacto no es porque se recorra lentamente un proceso de liberación, sino porque se recorre muy apresuradamente el camino para consolidar la dependencia. Los apresurados son ellos. Lo son desde el 20 de junio, cuando se dieron cuenta de que el meollo del poder popular estaba en su capacidad de movilización. Pero lo que nos marca a nosotros la hora actual es que no basta con romper con ese intento de desmovilizar —como lo demostró el acto de Atlanta— sino que todo el esfuerzo debe plasmarse en organización. Justamente porque ellos están muy apurados y hacen cualquier cosa por avanzar. El poder que manejan sólo se combate eficazmente con movilización y organización de la clase trabajadora y el pueblo.

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