Los yanquis se llevaron a su embajador Davis Lodge. ¡Era hora! Nos mandan un fundador de la CÍA —empresario—, viejo provocador y amigo de Nixon. También era hora. Rodeados de gobiernos antipueblos, los argentinos tenemos al enemigo en casa en la persona del embajador yanqui Robert C. Hill que, casualmente, ha provocado golpes de estado, genocidios y ganancias fabulosas para los monopolios dondequiera lo envió la CÍA. Que, casualmente, dedicó mucho tiempo de su embajada en España a espiar al General y buscar información para el futuro. Que. casualmente, manejó el golpe y el asesinato en Chile. Esta es su foja de servicios.
DURANTE los últimos 20 años el gobierno yanqui ha perfeccionado una práctica vieja como el imperialismo mismo: el golpe de Estado. Estos golpes, dados normalmente por lacayos nativos, son auspiciados por Washington a través de equipos de diplomáticos perfectamente entrenados por la CÍA para el sabotaje económico, la difamación, la coima y la corrupción. Antes de los marines y el napalm, estos equipos de diplomáticos son el arma yanki más importante contra los gobiernos antimperialistas.
Estos equipos han mostrado su capacidad en Guatemala (1954), en nuestro país, asociados al Foreign Office inglés (1955), en Brasil (1964), Bolivia (1971), Uruguay (1973) y Chile (1973). En nuestra patria ya hablan actuado, pero a cara descubierta, en 1945, con el nefasto Spruille Braden, bastonero de la mascarada de la Unión Democrática. Hoy, a 28 años de aquella histórica metida de pata, a 19 años del zarpazo del 55, el gobierno yarda ya está armando uno de esos equipos para sabotear de todas formas al gobierno peronista, tratando de apretar cada vez más, desde adentro y desde afuera, el cerco tendido a nuestra patria.
La cabeza visible del equipo de la CIA es Robert C. Hill, nombrado el 12 de diciembre pasado por Nixon como sucesor del embajador John Davis Lodge, parroquiano de cuanta fiesta frivola, desfile de modelos y te, canasta tenían lugar en la Argentina.
Robert Hill es el ejemplo vivo del agente de la CÍA de alto nivel.
Tiene una transparente carrera de provocador, particularmente como
Oficial del Foreign Service, sin descuidar su vena comercial, en estrecho contacto con los intereses de las corporaciones yanquis. La experiencia adquirida en la agresión a los pueblos y en la defensa de los intereses de los monopolios lo señalan para ser el elegido de Nixon para el difícil puesto de embajador yanqui ante el gobierno del pueblo argentino.
Hill empezó como simple empleado de la Cancillería norteamericana hacia 1943 pero fue rápidamente promovido a Vicecónsul en Calcuta, India. Para 1945 ya tenia un puesto mucho más alto, era representante del Departamento de Estado (con grado de capitán) en los cuarteles centrales del Ejército yanqui en Nueva Dehli. Sus responsabilidades se extendían a la China, Burma y la India. En realidad este titulo complicado era la careta de su verdadero trabajo, agente de inteligencia de la supersecreta Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), organismo precursor de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Desde entonces toda su carrera se desarrolló a la sombra de los organismos de inteligencia yanquis, Incluyendo la CIA Este hecho está ampliamente confirmado por la publicación Congressional Report del 14 de julio de 1970.
Tras la guerra volvió a su tierra. Estudió abogacía durante un año en la Universidad de Boston y volvió a trabajar para el gobierno en el Comité Senatorial de Bancos y Circulante desde 1946 hasta 1947.
Siguiendo la tradición de alternar las actividades de diplomático
con las de empresario de los monopolios, Robert Hill emprendió en 1949 una carrera de cuatro años como vicepresidente de la W.R. Grace & Co., una corporación norteamericana que operaba en 12 países latinoamericanos. En 1953 John Foster Dulles, Secretario de Estado del primer gobierno del sonriente Dwight Eisenhower, nombró a Hill embajador en Costa Rica. Al año siguiente fue transferido, con el mismo cargo, a El Salvador. Su paso por Centroamérica fue un ejemplo de la diplomacia de la CÍA. En Costa Rica no ahorró coimas ni sangre para cuidar los vastos territorios y las fraudulentas operaciones de la United Fruit Co. En 1953 tomó parte personalmente, como embajador de los Estados Unidos, en las negociaciones de un contrato leonino entre el gobierno de Costa Rica y la subsidiaria local de !a United Fruit Co. Al año siguiente, 1954, ayudaba a organizar el golpe de la CIA que derrocó al gobierno popular de Jacobo Arbenz. Arbenz había osado, en plena década de expansión imperialista yanqui, amenazar los intereses de ese gobierno paralelo que es la United Fruit. La compañía lo recompensó largamente en 1960 nombrándolo miembro de su Directorio y consejero en asuntos internacionales de la empresa.
Después de sus correrías por los feudos de la United Fruit Co. Hill volvió a Washington en 1955. Fue asistente especial de Herbert Hoover, el Subsecretario de Estado de Asuntos de Seguridad Mutua. Robert Hill fue entonces el coordinador de los programas de “asistencia” al extranjero. Un especialista en “ayuda” a los países “sub-desarrollados”.
En 1956 y 1957 ocupó brevemente un cargo importante en la política interna de Norteamérica. Fue Secretario Asistente de Relaciones del Congreso durante la época álgida de la Guerra Fría y los últimos años de la escalada macartista.
En 1957 lo nombraron embajador en México. El día de su nombramiento Hill dijo, entré otras cosas, que “el gobierno de los Estados Unidos no debería comprometerse a planes de ayuda a América Latina”, que “la situación de México desde un puntó de vista económico e industrial es excelente” y que deberían tener “una mente abierta para el problema del petróleo”.
Su actividad en México fue notable. Defensor a ultranza de Fulgencio Batista y el garito cubano de los yanquis, Hill persiguió desde 1958 a Fidel Castro y a los cubanos exiliados que se preparaban para liberar a su patria. Usó todas sus influencias para extorsionar a quienes en México estaban atados a los intereses yanquis, para sabotear a Fidel. Fue uno de sus pocos errores. La Revolución Cubana fue un triunfo popular aclamado no sólo por el pueblo mexicano sino por todo el mundo. Hill rectificó, poco después, aquel error. En 1960 forzó al gobierno mexicano a suspender la exportación de petróleo a Cuba. Como contrapartida propuso que los Estados Unidos no compraran más azúcar cubana e incrementaran la importación de caña mexicana. Poco después Cuba no podía vender más azúcar a los yanquis.
Con el principio del gobierno Kennedy, Hill dejó la “diplomacia”
y se abocó a la política en su estado, New Hampshire. En 1962 tomó ejemplo de su socio Richard Nixon y usufructuó un período de retiro político aparente para ampliar su base política y sus intereses comerciales. La habilidad que lo había distinguido en sus correrías en Latinoamérica le permitió ocupar cargos ejecutivos en Investor Diversified Services (la compañía de inversiones más grande de Estados Unidos que prestó enormes servicios políticos a Nixon), en United Fruit Co., Merck and Co., Reveré Sugar Refinery, International Power Co. de Canadá, Canadian International Power Co., Interser, Trae Temper, Monterey Railway Light & Power Co. de México, Northeast Airlines, Todd Shipyards Corp., Tropical Radio Telegraph Co., Hilwood Corp., Huber Inc. de Brasil, Associated Fund Trust, Aberdeen Management Corp., Tela Railroad Co. de Honduras y la Pensión Corporation of America.
Entre tantas preocupaciones empresariales Hill se dejó tiempo, de cualquier manera, para mantenerse en contacto con la política internacional y con los asuntos de América Latina en particular. Entre 1964 y 1969 fue miembro del Instituto Americano para el Desarrollo del Trabajo Libre (AIFLD). Se trata del brazo internacional del AFLCIO, la organización sindical todopoderosa yanqui. A través del AIFLD, el AFLCIO instrumenta, junto a la CIA y las corporaciones yanquis, sindicatos “libres y anticomunistas” en América Latina. Durante el paso de Hill por el Instituto el trabajo fue intenso. Desde allí se organizó el derrocamiento de Jagan en Guyana, se jugó un papel preponderante en la invasión yanqui a la República Dominicana y en el golpe de los gorilas brasileños del 64.
Robert Hill volvió al servicio activo con el regreso de Nixon a la Casa Blanca. En 1969 lo nombraron embajador en España. Tenía una misión específica, negociar las bases militares norteamericanas en España y hacerla entrar en la NATO (Organización del Tratado del Atlántico Norte).
A principios de 1972 Hill volvió a New Hampshire para apoyar la campaña de reelección de Nixon. De paso se transformó en miembro de la Asociación de Industriales de la Seguridad Nacional, un organismo que nuclea a quienes participan de la importante industria bélica yanqui. Hill tiene experiencia en la materia, una de las corporaciones a las que pertenece, la Todd Shipyards, por ejemplo, construye submarinos.
Este es Robert C. Hill, un empresario-diplomático-espía-provocador-golpista. Uno que alternó la agresión a los pueblos de América Latina con los negocios de los monopolios feudalistas. Uno que en Madrid se interiorizó de la política argentina y de quienes se mueven alrededor del general Perón. Esto es lo que nos mandan los monopolios yanquis. La historia de Hill es una larga cadena de infamias. Su penúltimo eslabón es el cargo que le dio Nixon en mayo de 1973: Secretario de Defensa para Asuntos de Seguridad Internacional. Desde allí tuvo un rol destacado en el derrocamiento del gobierno popular chileno y en el asesinato del pueblo hermano a través de los servicios de inteligencia de la Marina y la Aeronáutica yanquis.
Los peronistas ya sabemos a quién nos mandan los monopolios yanquis.