Recién ahora, después de varios días, comienzan a conocerse algunos detalles no revelados del «navarrazo». Para conseguir una información más o menos precisa de lo que sucedió en la «semana del terror», los enviados de El Descamisado pasaron tres agitados dias en Córdoba. Sorteando dificultades de todo tipo (la intervención Brunello no brinda muchas garantías, a pesar de su carácter «democrático»), los periodistas tuvieron, al fin, una visión más o menos coherente de los hechos vividos en Córdoba. Es que hasta el momento, los medios informativos del sistema han ocultado y deformado uno de los capítulos más siniestros que le tocó vivir a nuestro país en los últimos tiempos. Una simple anécdota revela hasta qué punto la censura obstaculizó toda información proveniente de Córdoba: cuando se conoció un documento reservado suscripto por el ex gobernador Obregón Cano, en donde éste decía que no renunciaría, el único periodista que tuvo acceso al mismo fue el colega Chacho Marchetti, de Canal 11. De inmediato habló por teléfono al Canal, y transmitió en forma exclusiva el texto del mensaje. Su golpe periodístico le iba a costar caro: recibió severa reprimenda de las autoridades del Canal intervenido, acusado de propalar noticias inconvenientes. «Todo lo que no venga por Télam, se le dijo, no debe informarse». Y así fue: todo lo que no vino por la agencia manejada por los agentes de López Rega, no tuvo cabida… Consultados los sectores leales del peronismo, éstos dijeron que, en realidad, el golpe había comenzado (para localizar más o menos una fecha aproximada) en diciembre del año pasado. Época en que comienza a notarse el desabastecimiento. «A la fuerza uno se tiene que acordar de Chile; la cosa tuvo las mismas características, salvando las lógicas diferencias», dijo a El Descamisado un dirigente de la Juventud Perónista.
Empezó a faltar la carne, los cigarrillos, el azúcar, el aceite, materias primas esenciales. El gobierno nacional, ante esta situación
hizo como que no estaba enterado. Paralelamente, se suscitaban los primeros encontronazos entre los sectores ganaderos y del transporte con el gobierno de Obregón Cano y Atilio López. Como en Chile, los empresarios del transporte fueron los que dieron la cara; fueron, sin duda, los que sirvieron de punta de lanza para el «navarrazo».
—Nosotros pensábamos que el golpe se venía, pero no en forma tan rápida. Pensábamos que la cosa iba a ser mucho más lenta, más «constitucionalista». Así que el botonazo nos agarró mal parados… —dijo un dirigente «villero.
La estrategia de la guerra rápida, como lo afirmó un comunicado de los MONTONEROS. Una estrategia que los sectores reaccionarios aplicaron en forma perfecta. Claro que para ello contaron con la pasividad de un gobernador que, aún en los momentos más decisivos, creyó que la negociación era su mejor arma.

  • «limpiar el centro
  • Dos semanas antes de que el teniente coronel Navarro asumiera el control de la provincia, la Secretaría de Prensa y Difusión de la Presidencia dio orden a los medios periodísticos cordobeses que no se propalara ninguna noticia emanada de la Juventud Perónista. Inclusive los diarios gorilas como «La Voz del Interior» (que hacen de la libertad de prensa su virtud más preciada) acataron la orden impartida por el señor Abras. Por otra parte, los sectores fascistas fueron controlando todos los medios, desde donde comenzaron una campaña en contra del gobierno popular de Córdoba. Se le empezó a dar manija a los «ortodoxos» de Barcena, quienes iniciaron una ofensiva total. La situación, para los observadores más lúcidos, hablaba a las claras de que el «pinochetazo» ya estaba en marcha.
    Sin embargo, el gobernador Obregón Cano parecía no darse cuenta de la situación. Con obstinación, se empeñaba en desconocer lo que se estaba preparando. Confiaba en su capacidad de negociador, en sus diálogos con Lorenzo Miguel o con personeros del jerarca sindical. Tampoco dejaba de llamar a Benito Llambí, uno de los más directos inspiradores del golpe. Atilio López, más conectado con la realidad, trataba de convencerlo. Pero, en última instancia, se imponía la decisión de Obregón.
    El teniente coronel Navarro, en tanto, hacía de las suyas. Un fiscal de Estado lo acusaba de malversación de fondos y de otros delitos comunes. Grave acusación, por supuesto. Pero —según versiones que pudimos recoger—, fue el propio Obregón quien «tapó» la acusación, temeroso de que el asunto pudiera tener consecuencias mayores. ..
    Así llegamos al miércoles 27 de febrero. La situación, en síntesis, era la siguiente: desabastecimiento progresivo, descontento de los sectores medios, transporte casi paralizado, ofensiva de los ganaderos, presión de lo más reaccionario del clero, estado de rebelión de las fuerzas policiales, apoyo «moral» a la subversión de parte de la mayoría de los oficiales del III Cuerpo de Ejército.
    Con este cuadro por delante, Obregón Cano decide exonerar al Jefe de Policía. Piensa que su medida tendrá el respaldo del gobierno nacional. Por supuesto, la exoneración llega demasiado tarde. En la tarde del miércoles 27, los efectivos policiales comienzan a acuartelarse. Se sabe, sin embargo, que varias unidades del interior de la provincia ofrecen al gobernador su colaboración. Esperan órdenes para dirigirse hacia el centro, y reprimir a los sediciosos. Pero las órdenes no llegan…
    Al caer la noche, la situación ya es bien clara: la policía de Navarro empieza a cortar el tránsito, y a exhibir un verdadero arsenal. La técnica de crear un clima de terror. ‘Limpiar el centro», ordena Navarro. A las nueve de la noche, el objetivo está cumplido. Por supuesto, los sediciosos cuentan con la inestimable colaboración de la
    FETAP, la federación que agrupa a los transportistas, quienes retiran de circulación todas las unidades.
    Mientras tanto, en la Casa de Gobierno, Obregón Cano, Atilio López y un grupo de funcionarios esperan con bastante tranquilidad. A pesar de ese clima, el gobernador entiende que Navarro no podrá ir más lejos. Obregón sigue discando un número de teléfono: el de Benito Llambi…
    A las diez y media de la noche, la guardia de la Casa de Gobierno (alrededor de 25 efectivos provistos con muy buenas armas) informa al gobernador que permanecerá junto a él hasta las últimas consecuencias. Una falacia, sin duda: 15 minutos después se retiran llevándose todas las armas (¿cómo no acordarse de Chile?). Recién en ese momento. Obregón comprende que su suerte está echada. Que por más que marque el número de Llambí, el embajador no responderá.

  • «PODRÍAMOS HABER AGUANTADO»
  • —Nosotros le preguntamos a Obregón si aceptaba que lo defendiéramos. Le dijimos que podíamos aguantar; que podríamos sacarlo de allí, llevarlo hasta el interior de la provincia, y desde allí continuar la lucha. Luego de un momento de vacilación, el gobernador aceptó. Los pocos que estábamos allí, salimos en busca de algunas armas, pero ya era tarde. Cuando algunos de los compañeros regresaban con unos fierros, ya la Casa de Gobierno estaba copada. No había nada que hacer…
    Esto lo cuenta un militante de la Juventud Perónista, que estuvo junto a Obregón Cano y Atilio López hasta el último momento. Lo cierto es que los sediciosos se llevaron a todos los presentes (golpearon a Atilio López porque los insultó con todas las palabras).
    Fueron alojados en el Comando Radioeléctrico, en medio de los gritos y las puteadas de los policías. «Los vamos a reventar, bolches hijos de p…»; «No van a salir con vida»: «Ya van a saber lo que es bueno», eran algunas de las cosas que les declan.
    Afuera, en las calles, el operativo «terror», ya se habia instalado. A partir de la medianoche, la policía empezó a descargar sus armas al aire, empleando —preferentemente— los temibles FAL. Grupos civiles (pertenecientes a la Alianza Libertadora y al matonaje sindical llegado expresamente desde Buenos Aires y el Chaco) ya actuaban impunemente junto a las fuerzas sediciosas. La estrategia de la guerra rápida sorprendió a los militantes populares, que no tuvieron tiempo para organizar una resistencia más o menos seria.
    La sede de la Juventud Perónista se convirtió en una ratonera. En la mañana «del jueves 28 (ya los gorilas manejaban las radios y demás medios de difusión), un grupo parapolicial allanó el local de la JP, causando destrozos y robando todo lo que encontró a mano. Pero ése no era su objetivo: con una 45 en la cabeza, obligaron al encargado de limpiar el local que atendiera el teléfono y dijera a los compañeros que fueran hacia allí. De esta manera, cayeron más de veinte militantes, entre ellos el delegado de la Regional, Ricardo Pancetta. Una vez terminada la operación, los civiles (que se manejaron con una disciplina militar extraordinaria) dieron aviso a la policía, que llegó casi al instante. Fue ésta la que se encargó de llevar presos a los compañeros.

  • EMBOSCADA A UN PATRULLERO
  • El comando parapolicial no sólo se contentó con romper todo lo que encontró a su paso, sino que, además, robó la comida que estaba en el local lista para despachar hacia Santiago del Estero, asolado por las inundaciones. Dos parapoliciales cometieron, también, otras torpezas: cuando se dieron cuenta
    que ni siquiera habían traído papel para levantar un acta, decidieron ir hasta la Delegación de la Federal, ubicada a cuadra y media de la sede de la JP. Allí encontraron papel con membrete. Entre los matones y la Federal había, sin duda, un noviazgo apasionado.
    —Estuvimos presos hasta la una de la madrugada del viernes —contó uno de los detenidos—. Recibiendo amenazas permanentes. Recién cuando a las once de la noche del jueves, un patrullero es emboscado y ametrallado, muriendo un policía y quedando dos bastante heridos, se nota un cierto recelo entre los canas. Como si realmente hubiesen sentido miedo. Hubo dos reacciones, en realidad: miedo por un lado, y mucha furia por el otro. Fue en esos momentos de gran tensión, que algunos policías amenazaron de muerte a Obregón y a López. Se apagaron todas las luces en el Comando Radioeléctrico, y se escucharon disparos de FAL. Querían asustar… o matar.
    Es posible que el miedo haya tenido mucho que ver con la liberación de los detenidos de la JP. Después de la emboscada, tenían miedo de salir a los barrios». Es bueno recordar, por otra parte, que muchos agentes no estaban de acuerdo con el golpe. Los compañeros que fueron detenidos dijeron que muchos policías señalaban a los oficiales como «gorilas de mierda».
    La emboscada al patrullero fue planificada con el objetivo de amedrentar a los canas. Fue el primero y gran golpe realizado por los militantes populares.

  • AGODINO NO GUSTA
  • Ese mismo jueves, como se recordará, asumía sus funciones el diputado Dante Agodino, un anciano con mucho miedo, pero con tradición liberal. Sus declaraciones, que no dejaban muy bien parado a Navarro, despertaron la desconfianza y la bronca de los fachos.
    Los «ortodoxos» se mostraron desencantados, y los oficiales de policía comentaron: «Estamos en la misma». El «navarrazo» no se había hecho para eso.
    Pero también en la noche del jueves, se sabe que hay muchos agentes detenidos por no compartir el golpe. En el Comando Radioeléctrico son arrojados volantes mimeografiados en donde se llama a desobedecer a Navarro.
    A las doce y media de la noche del viernes, los policías sediciosos deciden colocar la primer bomba: es en la casa de Obregón. Cuentan los compañeros presos que, exactamente a esa hora, se escucha la fuerte explosión, que se recibe dentro del Comando Radioeléctrico con vivas de entusiasmo. «Cada caño era una fiesta para ellos», nos dijo un militante detenido.
    Como Agodino no satisface ni medianamente las expectativas de los fachos, el clima de terror aumenta. El viernes 29, arrecian las bombas y los allanamientos a las Unidades Básicas. Comienzan las torturas. Ya los comandos civiles no guardan ninguna forma: entran en las casas a punta de pistola, sin exhibir siquiera una chapa policial falsa.
    Los sectores populares confiaban en el viernes primero, pues se debería haber realizado un paro activo (las 62 y la CGT de Barcena habían decretado paro por tiempo indeterminado) dispuesto por los sindicatos combativos. Pero fue imposible: la falta de medios de comunicación, de transporte, y la total falta de coordinación de quienes debían haberlo llevado a cabo, culminó en una frustración. Por lo demás, los empresarios habían dispuesto cerrar sus puertas. Es que los obreros tienen fuerza cuando están concentrados, dijo un delegado de JTP. La policía lo sabe: por eso hizo lo imposible para que nadie llegara a sus trabajos.
    En la noche del viernes, sin embargo, se producen algunas barricadas en los barrios, y algunos francotiradores hostigan a los canas. Logran su propósito: los nervios de los policías empiezan a perderlos. Tienen miedo, mucho miedo, y por eso disparan sin ton ni son. Claro que estos balazos al aire, acompañados por los caños, hacen que Córdoba viva un clima de terror, clima que los fachos estaban buscando para justificar una rápida intervención.
    Las actividades en los barrios (que la prensa comercial silenció) fueron bastante importantes. Si bien en ningún momento alcanzaron gran dimensión, sirvieron para mantener alertas a los sediciosos, que tenían que dormir con un ojo abierto. La carta de Obregón en donde aseguraba que no renunciaría, despertó mucho entusiasmo entre el pueblo. Pero las esperanzas se desvanecieron enseguida, cuando dos días después se supo que estaba en Buenos Aires, negociando otra vez.

  • Y PERÓN, ¿QUE DICE?
  • Pero en los barrios la bronca crece. Hay confusión, es cierto. «Y la confusión provoca desmovilización», según la opinión de un compañero del barrio Arguello. En la noche del lunes 4, se vuelven a formar barricadas, pero son —fundamentalmente— actos de hostigamiento. Lo más importante son las asambleas que se realizan, en donde es posible advertir el crecimiento de la bronca. Obregón recibe muchas criticas: se lo acusa de blando, de negociador, de buscar salvarse él, de no haber movilizado al pueblo. La bronca crece.
    La gente se pregunta: «Y Perón, ¿qué dice de todo ésto?».
    —Muchos se preguntan por qué no hubo otro cordobazo —dijo a «El Descamisado» un importante dirigente de JTP—. La situación no era la misma que provocó aquel estallido popular. Ahora está Perón en el gobierno. Todavía hay esperanzas. Y por otro lado, si bien el gobierno de Obregón concitaba la adhesión del pueblo peronista, no podía hablarse de un apoyo activo.
    Aunque su gobierno había hecho bastante por los necesitados, no había alcanzado a realizar una política de cambios profundos. Asi
    que el pueblo, que repudió desde un primer momento el «navarrazo», no se jugó totalmente por Obregón. Permaneció ahí, con bronca,
    pero confundido, con ganas de liquidar a Navarro, pero entendiendo que no era una cuestión de vida o muerte la defensa de Obregón. El único método que conoció el gobernador fue la negociación. Y ante la fuerza, no hay negociación que valga.

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