El aterrizaje forzoso de una avioneta en un campo privado de la provincia de Mendoza puso en descubierto, prematuramente, una conspiración urdida por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CÍA), con el apoyo de los militares golpistas argentinos y de los regímenes militares de Brasil, Bolivia y Paraguay para derrocar al gobierno popular de Salvador Allende en Chile.
El plan contempla la invasión de Chile desde el exterior, con apoyo de los cuatro países vecinos, además de sabotajes, secuestros, huelgas y asesinatos.
Los conspiradores planean establecer un gobierno provisorio, que sería inmediatamente reconocido por Estados Unidos, Brasil, Bolivia, Paraguay, China Nacionalista y Corea del Sur.
En una etapa posterior, la misma terapéutica se aplicaría contra el gobierno justicialista de la Argentina que asumirá dentro de cuatro días.
El plan original contempla un golpe de mano para liberar al general Roberto Viaux Marambio, quien cumple una condena por su participación en el asesinato del ex comandante en jefe del Ejército chileno, Rene Schneider.
Demoras en la conspiración impusieron cambios de detalles: el golpe deberá darse entre los 10 y los 15 días subsiguientes a la liberación de Viaux. A principios de junio si Salvador Allende Indulta al prisionero; en agosto si Viaux cumple íntegramente su condena.
El 3 de febrero de este año, el movimiento de ultra derecha «Patria y Libertad» lloró la muerte de su número dos y jefe de instrucción militar, el joven Walter Roben Thieme Schereisand.
A bordo de una avioneta Pipper alquilada al Aero Club de Chile, Thieme desapareció en la provincia de Concepción. La última cinta grabada por la Dirección de Aeronáutica registra la voz de Thieme indicando que la cabina del avión se llena de humo, que desciende la presión del aceite, que la máquina vuela sobre el mar…
El escándalo en Chile no ahorró acusaciones contra el gobierno popular, y los partidos que lo integran. La sombra de un atentado fue convocada por la derecha chilena. Patricio Rodríguez (el pequeño Führer de Santiago) entonó loas a su lugarteniente. Pomposos cortejos fúnebres recorrieron la ciudad.
Los reaccionarios chilenos, alarmados por la consolidación del gobierno de la Unidad Popular y por la inminente victoria del peronismo en la Argentina, hicieron un credo de las últimas palabras de Thieme, en un reportaje que concedió antes del vuelo final.
«No hay solución política en Chile, sino por las Fuerzas Armadas. Modestamente pero con seguridad digo que daremos apoyo logístico a las Fuerzas Armadas», proclamaba el involuntario testamento de Thieme.
El 2 de mayo, la misma avioneta, con la matrícula cambiada, pero con el mismo piloto, más un acompañante, un par de armas cortas, dinero y mapas militares, tocó tierra en un campo privado de Mendoza.
Sus ocupantes quisieron retomar vuelo, pero empleados de la finca se lo impidieron atravesando un tractor frente al aparato. Pocas horas después la policía argentina capturaba a los chilenos que cayeron del cielo, y el periodismo los identificaba.
Uno de ellos era Thieme; el otro Miguel Juan Sessa B. El fantasma se había corporizado. Ni humo, ni aceite, ni mar. Los hilos de la conjura habían quedado a la vista.
La colonia de expatriados chilenos en la Argentina se alborotó. Un importante personaje apuró los contactos con la dictadura militar y acompañado por un hijo del presidente Alejandro Lanusse llegó con su inquietud a la residencia de Olivos.
Thieme y Sessa estaban arrestados en el destacamento de inteligencia del Ejército Argentino, en Mendoza. La cancillería chilena había pedido su prisión preventiva y estudiaba la posibilidad de reclamar la extradición.
Lanusse personalmente ordenó a su ministro del Interior que dejara en libertad a los conspiradores y les concediera el asilo político. En 1970, cuando implicados en el asesinato de Schneider habían cruzado la cordillera, Lanusse se había apresurado a devolverlos a Santiago. Por entonces era comandante en jefe del Ejército y reclutaba apoyos y simpatías para su asalto al poder. Ahora, quebradas las aspiraciones continuistas, sepultado por los votos populares del 11 de marzo, regresaba sin pudor a las fronteras Ideológicas, su verdadero rostro.
Protegido por la dictadura argentina, mimado por los exiliados chilenos, halagado por la prensa cipaya de Buenos Aires, Thieme soltó la lengua y repitió su libreto.
Chile no tiene solución política. Los partidos políticos han demostrado su incapacidad para contener el avance marxista y ha llegado el momento de defender la libertad no con palabras sino con hechos, declaró al diario «La Prensa», parte de cuyo paquete accionario es controlado por la agencia Imperialista United Press.
«Ha llegado la hora de que nosotros, empuñando el fusil, defendamos la patria. Si el precio de la liberación es la guerra civil, tendremos que pagarlo. No es la primera vez ni será la última que la civilización para subsistir, deba apelar a este horrible medio», agregó.
Para definir a «Patria y Libertad», Thieme fue explícito: «Representaría de alguna manera, lo que representó la falange española, porque la situación de Chile, hoy, es comparable a la de la España republicana antes de la guerra civil».
La historia tiene sus ironías, las goza en silencio. En agosto de 1971, Salvador Allende, condimentó la ensalada ideológica preparada por la propaganda oficial
argentina, y con su llamado telefónico de apoyo a Lanusse contribuyó a dar verosimilitud al mote de «fascistas» que la dictadura de Buenos Aires utilizó para desprestigiar a los militares golpistas de Azul y Olavarría.
Poco después los contrarrevolucionarios chilenos tomaron contacto con el «demócrata» Lanusse, quien les proveyó armas, credenciales e impunidad para su embestida contra Allende.
Las buenas maneras pueden resultar malas consejeras. Aun hoy, cuando Lanusse acoge a los exiliados chilenos y les permite violar las leyes del asilo incitando a la guerra en su país, Allende le hace el gusto a Lanusse y ordena secuestrar publicaciones con denuncias sobre la represión en la Argentina.
El resucitado Thieme siguió soltando la lengua y mientras preparaba su salida al Paraguay frecuentó la colonia chilena esparciendo consignas y esperanzas. El ex mártir redivivo y sus amigos argentinos, protectores de los exilados chilenos ayudaron, involuntariamente, a reconstruir la trama y la urdimbre de la conspiración.

  • El plan de la CIA
  • En agosto de 1971, un golpe militar organizado desde Brasil, Paraguay y Argentina expulsó del poder al gobierno nacionalista revolucionario del general JuanJosé Torres en Bolivia.
    Personajes principales fueron él general Rogelio Miranda, el coronel Hugo Banzer, el coronel Juan Ayoroa y el mayor Humberto Cayoja. La conspiración fue impulsada por la CÍA y por los organismos brasileños de inteligencia, pero su base de operaciones estuvo en la Argentina, en las ciudades de Buenos Aires y La Plata.
    El gobierno argentino toleró las reuniones y contactos que sus servicios no pudieron dejar de detectar, y si bien Lanusse prefirió no complicarse abiertamente en los planes de su amigo Rogelio Miranda, le facilitó documentación y ayuda para sus desplazamientos.
    Jorge Gallardo Lozada, quien fuera ministro del Interior, durante los diez meses del gobierno de Torres ha relatado con precisión el «Plan maestro de la CÍA contra Latinoamérica», en su libro «De Torres a Banzer»
    «Los Informes provenientes del exterior, de diferentes fuentes, guardaban cierta coincidencia con los del Brasil», señala Gallardo, «así, por ejemplo, supimos por nuestros propios servicios en Buenos Aires, Lima, Santiago y Montevideo, que la CÍA había preparado un plan de vastos alcances que buscaba el cambio violento de la situación política de Bolivia, Argentina y Perú y también de Chile, dentro de los próximos dos años. A ese efecto se habla destinado una suma fabulosa, de la cual se adjudicó al plan boliviano la cantidad de dos millones de dólares».
    Agrega el ex ministro boliviano que «si la subvención fascista no derrocaba enseguida el régimen izquierdista del general Torres, los rebeldes iniciarían una verdadera guerra civil financiada y apoyada desde Brasil y Paraguay y en este caso se utilizarían milicias mercenarias que ingresarían en Bolivia y se incorporarían al «ejército» rebelde de Banzer que se atrincheraría en Santa Cruz».
    Quien desee conocer detalles de esa historia puede apelar al libro de Gallardo, del cual se podrán extraer útiles enseñanzas. Allí se verá cómo crece y triunfa la insurrección contra un gobierno que hasta último momento confía en la lealtad de los traidores, recela de los leales y cuando se decide a entregar armas al pueblo fracasa, porque no hay quien sepa manejar las ametralladoras, morteros y bazookas capturados al enemigo; aviones brasileños, pintados como si fueran bolivianos, aguardaban en la frontera.
    El gobierno nacionalista de Torres fue desplazado con la misma técnica que ahora se aplica en Chile, y tampoco habrá grandes variaciones cuando el elegido sea el gobierno justicialista de la Argentina, respondiendo a un plan continental.
    La respuesta de Allende, que ha practicado allanamientos y requisado armas y que no ha vacilado en denunciar los campos de entrenamiento que desde Oruro y La Paz preparan mercenarios para la invasión, indican que la impunidad con que el imperialismo actúa en Bolivia no se repetirá en Chile.
    La dura experiencia de 1955 y los 18 años de lucha transcurridos en nuestro país hasta la reconquista del gobierno, permiten abrigar esperanzas de que tampoco el peronismo en la Argentina esperará con los brazos cruzados la ofensiva de la CÍA.
    En 1969, el mayor del Ejército chileno Arturo Marshall, rehusó rendir honores al presidente demócrata cristiano Eduardo Frei Montalba, a quien la organización de ultra derecha «Tradición, Familia y Propiedad» identificaba como «el Kerensky chileno», acusándolo de abrir el camino al comunismo.
    Faltaba un año para las elecciones y antes de ellas todavía Marshall tuvo tiempo para participar en el «Tacnazo», la insurrección de un regimiento militar que pretendió imponer sus condiciones a Frei, y que debió rendirse sin disparar un tiro.
    En 1970, ya consagrada la victoria electoral de Allende, Marshall dirigió parte de las operaciones montadas por la CÍA y la ITT para impedir su acceso al gobierno, que incluyeron el asesinato de Rene Schneider, un general legalista que llegó a la comandancia en jefe luego del «Tacnazo».
    Ya entonces, Buenos Aires era un abrigo seguro para los exiliados chilenos. Dos de los prófugos implicados en el asesinato dé Schneider estuvieron alojados varios días en el local de la galería de arte Carmen Waugh, de propietarios chilenos. Los gorilas argentinos que se rasgaban las vestiduras por la ejecución del ex presidente Pedro Eugenio Aramburu a manos de las guerrillas peronistas, no se sentían molestos con la presencia de los derechistas chilenos en su territorio, de paso hacia Europa.
    En 1972, Marshall intentó un nuevo golpe, en complicidad con algunos oficiales navales e infantes de marina chilenos. La denuncia de un jefe militar que se negó a participar facilitó el desmantelamiento de la conjura, y Marshall se asiló en Bolivia.
    A partir de ese momento, el conspirador y sus mandantes cambiaron de planes. Descartada, por el momento, la sublevación de las Fuerzas Armadas chilenas, todos los esfuerzos se volcaron hacia el entrenamiento de mercenarios con vistas a una invasión. Para ello hacían falta armas.

  • CAJONES Y TRENES SECRETOS
  • Algunos indicios desperdigados en las crónicas periodísticas de Buenos Aires ya hablan despertado sospechas sobre los nuevos planes.
    El 30 de marzo de este año, por ejemplo, el diario «Mayoría» denunció que veinte cajones de armas de distinto tipo y calibre habían sido trasladados desde Mendoza —la provincia mejor comunicada con Chile— hasta Buenos Aires, con destino a la Secretaría de Prensa y Difusión de la Presidencia, un organismo controlado por personas de la íntima confianza del Presidente Lanusse.
    La información del diario «Mayoría» añadía que las armas fueron recibidas en la Secretaría de Difusión por dos funcionarios de apellido Farret y Calvo, quiénes firmaron un recibo de la empresa privada OCA, encargada del traslado.
    El 31 de marzo el titular de la Secretaría de Prensa y Difusión sostuvo que brindaría toda su colaboración a «Mayoría» para esclarecer el hecho, pero se abstuvo de negar la existencia de Farret y Calvo, del recibo que firmaron y las armas que recibieron.
    Si hubo algún esclarecimiento es .algo que solo sabrán Sajón y sus dependientes. Esta vez el eficiente aparato de difusión que durante dos años se dedicó a denigrar al general Juan Perón! y al peronismo, no funcionó; ni avisos, ni solicitadas, ni programas de radio, ni emisiones de televisión en cadena ilustraron a los argentinos sobre lo que estaba ocurriendo.
    El golpe fallido de Marshall y los marinos chilenos había ocurrido el 23 de marzo de 1972. Tres meses más tarde, el corresponsal del diario «Clarín» de Buenos Aires en la provincia de Tucumán .detectó el sigiloso tránsito de un impresionante tren militar, custodiado con medidas de guerra, que avanzaba hacia el norte.
    «Casi totalmente desapercibido pasó por Tucumán en las primeras horas de la madrugada de ayer sábado un tren militar con destino a Bolivia», afirma «Clarín» el 11 de junio.
    El corresponsal deduce que «su carga debe revestir singular importancia» ya que «el convoy arrastraba alrededor de 30 vagones, que eran custodiados por un elevado número de soldados vestidos con ropa de fajina y pertrechados con armas de guerra».
    Con lógica implacable, el periodista indagó si el tren conducía un cargamento de armas, pero se topó con el hermetismo de todos los funcionarios a quienes incomodó con su pregunta.
    Acerca de la preciosa mercancía que motivaba tan extremas medidas de seguridad, caben pocas dudas. Por lo demás no era el primer embarque de armas que partía de la Argentina hacia Bolivia.
    En 1967, el rústico dictador Juan Carlos Ongania entendió que defendía la independencia de la Argentina respecto de Estados Unidos, adelantándose a enviar armamentos para combatir la guerrilla del Che Guevara, en competencia con la propia CÍA y con los servicios brasileños.
    Ongania, quien nunca se distinguió por su sagacidad, presumía que de este modo se consolidaba la influencia argentina en Bolivia. Su comandante en jefe de entonces, el teniente general de negocios Julio Alsogaray, fomentaba estas confusiones, mientras su hermano Alvaro representaba a la Argentina como embajador en Estados Unidos.
    Ante las protestas de sus partidarios “nacionalistas», Ongania explicaba que convenía tener lejos a Alvaro Alsogaray para que no interviniera en la política interna.
    Este general de caballería no apreciaba las ventajas para los conspiradores de tener uno de sus líderes en Washington y a su hermano como jefe máximo del Ejército.
    Julio Alsogaray es hoy, desde su retiro militar, uno de los instigadores del golpe contra el gobierno popular de Héctor Cámpora. Para persuadir a sus pares de la bondad de un procedimiento «preventivo», Alsogaray fue invitado hace un mes por el general Tomás Sánchez de Bustamante, a una ceremonia organizada en Magdalena, con el pretexto de la celebración de los 25 años de la mecanización de la caballería.
    Si Ongania despachaba armas para uso de Rene Barrientes y los derechistas bolivianos, Lanusse ha ampliado el negocio: los destinatarios ya no son únicamente los herederos de Barrientes, sino también los conspiradores chilenos que tienen en Oruro y La Paz sus campos de entrenamiento.
    El pasaje directo de armas de Mendoza a Chile resulta difícil por la escasez de buenos contactos con las Fuerzas Armadas trasandinas. El triángulo con Buenos Aires y La Paz asegura mayor impunidad.

  • UN SEÑOR CON JOPO Y BIGOTES
  • En setiembre de 1972 un hombre de estatura mediana, nariz prominente, largas patillas y cabello castañorubio peinado con jopo, cuidado bigote y torpes manos de dedos grandes, desproporcionados con su talla, reserva alojamiento en un hotel céntrico de Buenos Aires.
    Exhibe su pasaporte boliviano en regia, a nombre de Manuel Martínez. Su presencia no llama la atención. Es uno más de los tantos latinoamericanos que llegan a Buenos Aires en viajes de negocios.
    El comerciante boliviano Manuel Martínez tiene un negocio muy grande entre sus manos. Lo acompaña su socio un tal Ignacio Vélez (!).
    Pero la misión no se desarrolla en confortables oficinas, atendidas por diligentes secretarias.
    El ambiente es más austero y los interlocutores de «Martínez» y «Vélez» escuchan sus propuestas con interés. Son hombres rudos, acostumbrados a las palabras claras, como que cumplen funciones en los servicios de informaciones del Estado, la Policía y las Fuerzas Armadas argentinas.
    Ante ellos, «Manuel Martínez» puede recuperar su verdadera identidad; de militar a militar, el mayor Arturo Marshall, plantea sus requerimientos: facilidades para desplazarse por el territorio argentino, vías de acceso a Chile, armas, campos de entrenamiento, apoyos logísticos y de inteligencia. Uno de sus interlocutores es el comisario Gattei, jefe de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal.
    Su socio, el presunto «Ignacio Vélez», se llama en realidad Rubén Santander, asistente de Marshall y encargado de coordinar las tareas de los chilenos exiliados en Buenos Aires.
    Con el nombre de Vélez, Santander dirige un boletín informativo llamado «Notcham», imaginativa sigla de «Noticias de Chile para América Latina.
    El subdirector es un hombre reclutado por la CÍA en otro pozo: el de los conspiradores cubanos. Se llama Alberto Morata Salmerón, y cariñosamente le dicen «Monty».
    Este conspirador cubano, entre sus múltiples funciones, también ha cumplido la de corresponsal de los ultraderechistas bolivianos. «Monty» fue uno de los difusores del inverosímil «Plan Loto Rojo», que el gobierno de La Paz denunció en diciembre de 1972 para justificar nuevas matanzas de militantes revolucionarios.
    Monty tuvo actuación en Chile durante los gobiernos de Jorge Alessandri y Eduardo Frei, ahora jefes civiles de la oposición a la Unidad Popular.
    La base de operaciones de los chilenos expatriados fue hasta hace poco la empresa Impromare Sociedad Anónima, con oficinas en Diagonal Norte 628, octavo piso, oficina.51.
    Allí funcionaba un «Consulado de Chile Libre» y uno de sus habitúes se hacía llamar «Cónsul Renato». Por allí desfilaron algunos de los más notorios conspiradores chilenos: Fernando Masffei Lavaile, uno de los implicados en el asesinato de Schneider, Jorge Arce y Julio Fontecilla, dos cuñados del general Viaux Marambio, Virgilio Garbín, directivo de la «Unión de Agricultores Libres del Sur Chileno»; el coronel Alberto Labbe Troncóse, ex director de la Escuela de Guerra de Santiago; Emilio Edwards (h); Abel Haussay; Oscar Zaefferer; Jorge Sominiach y otros.
    Cualquier duda sobre estos caballeros, puede ser evacuada por el cubano Morata Salmerón, en el teléfono 389629, correspondiente al hotel Europa, de Bartolomé Mitre 1294, donde se aloja.
    En cambio, no se tendrá éxito si se llama a los números de Impromare (302749). Los complotados ya han abandonado ese reducto demasiado céntrico, por unas más discretas oficinas en la calle Jorge Newbery 3830, con el teléfono 548874.
    Todos los ojos estaban puestos en las elecciones legislativas chilenas del 4 de marzo. Asi como los mercenarios cubanos creyeron en 1961 que les bastaba poner un pie en Playa Girón para despertar el entusiasmo y la colaboración del pueblo, los exiliados chilenos jugaron sus cartas a «la derrota del marxismo en las urnas».
    En Santiago, el ultraderechista senador Onofre Jarpa, del Partido Nacional, ya había anunciado su propósito de reclamar el alejamiento del Presidente Allende, y los hombres de Marshall creían que después del 4 de marzo todo el pais se alzaría ante sus proclamas.
    Sin embargo, pocos días antes de la elección, hasta los fascistas chilenos percibieron que los resultados no serían los que ellos deseaban. Marshall intentó adelantar el golpe, pero su organización era insuficiente y no pudo lograrlo.
    El 4 de marzo chileno se pareció al 11 de marzo argentino; Allende no llegó al 51 por ciento de los votos, pero estuvo cerca, mientras el caudal de la derecha unida, que en 1970 se aproximaba al 70 por ciento, bajó a poco más del 50.
    En Chile hubo euforia y no caos. Los planes conspirativos volvieron a retrasarse y se concibió entonces como punto de partida la liberación de Viaux por un comando, ya que el liderazgo del desprestigiado Marshall es insuficiente para seducir a las Fuerzas Armadas chilenas. Marshall entraría a su país, por Valdivia, en el sur. cruzando la cordillera a la altura de San Martín de los Andes, hasta donde sería acompañado y protegido por autoridades argentinas. Además, la dictadura militar debía consentir el tráfico de armas (fundamentalmente carabinas) y suministrar las municiones necesarias.
    El Presidente vitalicio paraguayo Alfredo Stroessner y sus generales recibieron cordialmente a Marshall en su próxima escala. De allí regresó a Buenos Aires y desde aquí volvió a Bolivia.

  • LOS RANQERS EN ACCIÓN
  • El mismo mayor Cayoja que desde Buenos Aires conspiró contra Torres, ahora convertido en coronel y con mando en una división del Ejército boliviano, recibe a Marshall.
    El mismo coronel Joaquín Zenteno Anaya, comandante de la VIII División en 1967 responsable del asesinato del Comandante Che Guevara, ascendido ahora a general y Comandante en Jefe, le brinda su cooperación.
    El mismo coronel Miguel Ayoroa, que mandaba las tropas que entregaron vivo al Che y consintieron su ejecución, lo recibe en el comando de sus rangers en Santa Cruz.
    El mismo mayor Gary Prado que ordenó al suboficial Terán rematar al Che herido, le ofreció la colaboración de su regimiento Tarapacá.
    El capitán de fragata Vázquez, jefe del Servicio de Informaciones Navales aportó la simpatía de la marina boliviana (!) y el coronel Morales la adhesión de la fuerza aérea. Marshall se sintió entre los suyos y habló claro.
    Durante cuatro horas, Zenteno Anaya acogió en su casa a Marshall y a VélezSantander. Luego de una larga introducción sobre los peligros del comunismo, Marshall encontró clima propicio para sus pedidos concretos: permiso y auxilio para instalar campos de entrenamiento, instructores para adiestrar civiles chilenos con armas que ingresarían por Brasil y Argentina, almacenes en Oruro para guardar armas y municiones, operación de radios clandestinas en Oruro, La Paz y Cochabamba, dinero para los ¡gastos de la conspiración, traslado de las armas a la frontera en convoyes del Ejército boliviano en el momento de la invasión, ocupación de esas fronteras por las fuerzas militares bolivianas y permiso para el ingresó a Chile, vía Bolivia, de tropas del Ejército del Brasil.
    Brasii es el inspirador y el reaseguro de todo el operativo, y el resto meros socios menores. Cuando la Argentina ayudó a Banzer, Brasil cobró los dividendos y lo mismo podría haber ocurrido ahora.
    Los geopolíticos de la Sorbonne brasileña orientan todos sus movimientos a evitar un cerco de países hispanoamericanos y con gobiernos nacionalistas y revolucionarios en torno de sus fronteras.
    Como réplica procuran sofocar a la Argentina, su único enemigo verdaderamente poderoso en el Continente, por su dimensión, su riqueza y por la existencia aquí de un movimiento popular orientado por un líder como Perón..
    No es por casualidad, entonces, que uno de los traficantes de armas que mantuvo estrecha relación con Marshall, haya sido Louis Astudillo (Jr.), quien opera en Río de Janeiro, desde la Consulting Mining Geologist, en la Avenida Churchill 94/202.
    Con tal de asegurarse el cliente, Louis Astudillo (Jr.) prometió la venta de cualquier clase de armamento, a entregar donde Marshall decidiera.
    Otros socorros negociados por Marshall con Zenteno Anaya establecían que Bolivia reconocería al gobierno provisional, en cuanto éste pudiera instalarse en algún punto del territorio chileno. Antes de ello, Bolivia debía encargarse de mejorar sus caminos hacia la frontera chilena y por allí abastecer de armamento a los primeros grupos incursores, quienes lo distribuirían entre la población adicta.
    Los contactos de Marshall también se extendieron a la Falange Socialista Boliviana, el partido de derecha que cogobierna en La Paz, a través de su segundo jefe, Carlos Valverde Barbery; y a la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia.

  • DE VUELTA A BUENOS AIRES
  • Con los contratos firmados en Bolivia, los hombres de negocios regresaron a Buenos Aires. Aquí profundizaron contactos con los llamados «Gremios Democráticos chilenos» y recibieron una partida de carabinas que entregaron a compatriotas exiliados, para que las ingresaran clandestinamente a su país.
    Estos gremios «democráticos» tenían asignada la misión de provocar huelgas y conflictos de todo tipo: en el comercio, la industria, los transportes, la agricultura y todos los servicios públicos, y la militarización de varios centenares de «grupos de defensa» que —por lo menos en los deseos de los complotados— mantiene en todo Chile la Confederación de Pequeños y Medianos Agricultores.
    Los considerandos del plan operativo incluyen el apoyo de los servicios argentinos, bolivianos, paraguayos y brasileños y la ayuda económica de organizaciones anticomunistas internacionales, subvencionadas por la CÍA en forma directa o indirecta.
    En cada unidad militar los sediciosos se proponían organizar una célula de oficiales, que responderían a un comando militar coordinador con sede en Santiago y a un comando civil encargado de reclutar más voluntarios, que deberían sumarse a los ya entrenados en el exterior.
    En el momento de la invasión, cada pieza deberla jugar un rol predeterminado: los gremios paralizar el país, los incursores controlar las unidades militares de la zona elegida, las células de oficiales presionar para el alzamiento orgánico de las Fuerzas Armadas, los civiles apoyar a las células militares y controlar1 las calles.
    Al mismo tiempo un comendo liberaría a Viaux y otros secuestrarían y asesinarían a los líderes populares más importantes, mientras tropas argentinas se estacionarían en la frontera para presionar psicológicamente sobre los militares chilenos.
    La conclusión seria el establecimiento de un gobierno de ultraderecha civicomilitar.
    Una minuta con estos escalofriantes proyectos fue utilizada para proseguir las negociaciones con los militares argentinos.
    A ella se sumó un memorándum informando sobre las características del «Consejo Revolucionario Nacionalista» dirigido por Marshall. Sus fundamentos coinciden puntualmente con las declaraciones del aviador resucitado Robert Walter Thieme Schiresand al diario pro imperialista «La Prensa» de Buenos Aires, es decir: los partidos políticos chilenos de oposición son inoperantes, la derecha dispersa esfuerzos mientras el marxismo está férreamente unido, el único camino es el golpe de mano armada, para lo cual el «Consejo Revolucionario Nacionalista» se encargará de la coordinación de los distintos sectores reaccionarios.

  • EL OJO OBLICUO DE LA CÍA
  • Las necesidades de la conspiración deciden el regreso a Chile de Vélez Santander desde Bolivia, en forma clandestina y amparada por la dictadura de Banzer.
    Cuando quien viaja a Bolivia es Marshall, su delegado en Buenos Aires es el chileno Enrique Arancibia.
    Como corresponde a toda buena intriga de la CÍA, ni siquiera han faltado en esta historia tragicómica, el asesoramiento de serios especialistas asiáticos.
    Arturo Marshall se embarcó hacia Estados Unidos, y desde allí siguió hacia Corea del Sur y China Nacionalista.
    En febrero, Marshall deja la isla de ChiangKaiSek vestido con uniforme militar chileno y en marzo, previa escala en Bolivia está nuevamente en Buenos Aires.

  • LOS CÓMPLICES ARGENTINOS
  • El mes de marzo llega cargado de oscuros presagios para los conspiradores: el día 4 Allende consigue el 45 % de los votos; una semana más tarde Cámpora llega al 52,6 %.
    Los plazos urgen, porque se sabe que el gobierno justicialista no seguirá alentando a los golpistas chilenos. Marshall se aloja durante la primera quincena de marzo en la habitación 403 del hotel «Columbia Palace», de la Avda. Corrientes al 1500 y según informes que recibe de VélezSantander desde La Paz, los negocios se han ido combinando satisfactoriamente, a pesar de todo.
    Aparte de sus contactos anteriores, Marshall traba relación con dos hombres claves. Uno de ellos es un Comandante de Gendarmería con mando de tropa en la frontera argentinochilena.
    El otro es el general Tomás Armando Sánchez de Bustamante, comandante del Primer Cuerpo de Ejército Argentino y comandante de la Zona de Emergencia de la Capital Federal y partes del Gran Buenos Aires, encargado de aplicar la ley marcial.
    Este general humorista que intimó por bandos entregar las armas atómicas que los ciudadanos pudieran tener en su casa y los amenazó con fusilarlos si se negaban, es el jefe de los sectores ultra gorilas que han intentado impedir el acceso al gobierno del presidente Cámpora y que fracasados ahora, volverán a la carga más adelante.
    El año pasado, mientras el presidente Lanusse llevaba adelante su plan de descompresión política, y lo adornaba con la ruptura de las fronteras ideológicas, Sánchez de Bustamante se tomaba sus vacaciones.
    Lanusse anunciaba que se establecerían relaciones diplomáticas con e¡ gobierno de la República Popular China, la China comunista de Mao Tse Tung, hacia donde pensaba viajar el presidente norteamericano Richard Nixon.
    Con un admirable sentido de la oportunidad, Sánchez de Bustamante decidió pasar sus vacaciones… en China nacionalista.

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