Y aunque ya muchos observadores y visitantes lo hayan dicho antes, he aqui la síntesis más clara de todo lo que está sucediendo en estos días en Chile: ya nadie es neutral en este pais, la guerra existe y se expresa de diversos modos, cada vez con mayor violencia.
Tampoco diremos nada particularmente inédito a los lectores de El Descamisado si afirmamos que el aire respira electricidad en esta ciudad cargada de rumores y temores de golpe. Anoche mismo —antes de escribir estas lineas y despacharlas en el último avión que las deposite en Buenos Aires— este corresponsal pasó largas horas junto a una especie de «cónclave» de estratégicos periodistas que forman parte de la Unidad Popular y adhieren por lo tanto al gobierno del presidente Salvador Allende. Reunidos en torno a una v¡eja radio y regando la noche con el eficaz y sabio vino que se fabrica en esta tierra, los periodistas fueron revelando para El Descamisado muchos de los entretelónos que convierten en sencillamente apasionante este momento que se vive en Chile.
Avanzaba la noche y el silencio era sobrecogedor cada vez que los informativos de la socialista Radio Corporación agregaban detalles sobre la renuncia del comandante en jefe de la Marina, almirante Raúl Montero. Ahí existía una probabilidad, un hilo para seguir la madeja. Por allí podría estallar la rebelión militar, decían mis interlocutores, informados todos ellos hasta el detalle mínimo de lo que viene aconteciendo en el nivel de las máximas superestructuras: gobierno, partidos de la Unidad Popular (UP), Fuerzas Armadas, Democracia Cristiana (DC) y extrema derecha golpista.
Otros silencios hubo también, cuando avanzaba la madrugada: era cuando se escuchaba el seco estallido de una bomba en la profundidad de la primaveral noche santiaguina.

  • EL NUEVO CHILE DE LAS BOMBAS
  • Esto ha cambiado de arriba abajo, no caben dudas. Cuando el enviado de El Descamisado traspuso el espacio del aeropuerto internacional de Pudahuel, un pequeño detalle reveló más que muchas explicaciones: soldados armados con fusiles automáticos y con uniforme de combate custodiaban la primera «bomba» (estación de servicio) cercana a la autopista. El combustible racionado es una de las consecuencias del paro que vienen llevando desde hace más de 5 semanas los dueños de los camiones, 114 personas controlan los 52.000 rodados que desde siempre distribuían por todo el país los productos principales y —entre ellos— los combustibles.
    Luego del abortado golpe extremista de derecha conjurado en octubre de 1972, cuando fueron precisamente los camioneros (o sea, la patronal que maneja esa actividad) quienes se constituyeron en el
    centro estratégico del cese de actividades resuelto por los comerciantes, industriales y profesionales reaccionarios, se sabía en el gobierno y en la UP que esta gente volvería al ataque. Y volvió, encontrando absolutamente desarmado al pueblo. Fue así que 1.14 señores, claramente instrumentados por el máximo poder patronal chileno (los industriales en torno a la Sociedad de Fomento Fabril y los terratenientes alrededor de la Sociedad Nacional de Agricultura), pudieron golpear donde dolía.
    Fuentes de inmejorable veracidad consultadas por El Descamisado indicaron este fin de semana que no era ingenuo ni delirante afirmar que la CÍA norteamericana estaba detrás del operativo de los camioneros. «Con poco costo, con escasos pero eficaces dólares, eligiendo simplemente un sector que con su paralización crea el caos en todo el dispositivo económico del país, la gente de la CÍA estuvo obteniendo réditos notables», me explicó un dirigente socialista.
    No es difícil comprender la acusación: si paran los camiones, la distribución de alimentos, combustibles y materias primas decisivas para la actividad industrial se torna imposible. Al no haber nafta, se torna una aventura viajar por calles y rutas. La no distribución de combustibles básicos como el querosene en las semanas más frías de invierno significaba, por su parte dejar sin calefacción a centenares de miles de familias humildes. A no llegar los alimentos del campo a la ciudad, la gente no encuentra muchas cosas en almacenes, frute rías, verdulerías y carnicerías y de be hacer colas inmensas, puesta que hay poco que distribuir.
    Allí está el panorama: la gente sin transporte, la gente sin calefacción, la gente sin comida sufíciente o debiendo aguardar mucho para conseguirla. Este era el objetivo provocar la histeria nacional. Para eso estaba dispuesta la casi omnipotente prensa adversaria al gobierno de la Unidad Popular: diaríos, radios, canales de televisión el vasto, eficaz y aceitado dispositivo propagandístico contrario a los cambios producidos en Chile el estos tres años se encarga de «explicar» al pueblo que todo esto e obra del «totalitarismo marxista’, que nunca estuvo peor que ahora.
    En todo este contexto, comienza a hacerse cotidiana la música de las bombas, el lenguaje de una violencia sistemática que —asi— formaba parte habitual del Chile que todos hemos conocido.

  • LA INSURRECCIÓN DE LOS OLIGARCAS
  • Caminando y conversando con amigos y compañeros, aquí este corresponsal se repitió mil veces estos días que finalmente Chile ofrece, entre otras, una lección malísima para los argentinos: elloss se rinden, el enemigo pelea (y como) por la defensa de sus interes , alcanza una agresividad que muchos no se imaginan. Tira bombas, mata gente, separa familias, arma muchachitos enloquecidos y los adoctrina contra «la dictadura comunista», sabotea, conspira, calienta orejas militares, se vende al extranjero por cuatro monedas.
    En los días en que El Descamisado se hallaba en Chile, este corresponsal pudo constatar una verificación más de todo lo que decimos más arriba: hasta los médicos han ido a la huelga, abandonando (un gravitante sector de ellos) la atención a miles de pacientes y provocando problemas insolubles. Se trata de una de las viejas ilusiones de «nuestro modo de vida», esa que dice que hay actividades que escapan a la pasión de la lucha política o a la contraposición de intereses de clases sociales. ¡Qué mentira que ha resultado eso, aqui en Chile!
    Véase, para evitar mayores comentarios, esta declaración, efectuada por el dirigente máximo del Colegio Médico, Edgardo Cruz Mena: «Va a morir gente o va a morir el país. Es lo mismo que la guerra. Nadie sale a matar voluntariamente a la calle, pero en una guerra uno tiene que matar…». Los diarios del sábado 1º informaban de algo estremecedor: médicos que responden a la conjura reaccionaria de la derecha están robando sábanas de los hospitales y destruyendo partidas de antibióticos donadas por la República Popular China. Asi, 30.000 dosis de antibióticos chinos fueron puestos fuera de circulación por médicos conjurados en el Hospital San Juan de Dios.
    He aqui la guerra al rojo vivo, dramatizada por el conflicto de los médicos de una clase media airada, histérica, enceguecida, nostálgica, que ya no quiere escuchar más razones y se siente enemiga de los trabajadores, aislada y obligada a hacerle la guerra al gobierno popular.

  • AQUI NO SE SALVA NADIE
  • Han atentado contra la casa privada del cardenal Raúl Silva Henriquez: la extrema derecha no lo quiere porque ha declarado que las fuerzas democráticas de Chile deben dialogar sobre las bases de la inevitabilidad del proceso de cambios que vive el país. Habia acusado, también, al terrorismo, arma predilecta que asumió la derecha en estos últimos violentos años chilenos.
    Un médico deja morir niños en un hospital… por razones políticas. El máximo representante de la Iglesia Católica Apostólica Romana atacado a balazos… por razones políticas.
    Y mientras pasan las horas y se acerca el término para redactar y enviar este despacho, El Descamisado quiere explicarse con la mayor claridad: aquí se terminó la era de los inocentes.
    Va no quedan inocentes en Chile. Médicos y cardenales están (también ellos) en medio de la tormenta y los disfraces no alcanzan para que 10 millones de latinoamericanos que pueblan este país se oculten todos.
    Pero la revolución chilena, eslabón básico y estratégico de nuestro propio proceso antiimperialista, se halla en una encrucijada severa y dolorosa, exactamente tres años después que asumiese el poder el gobierno de la Unidad Popular con Salvador Allende a la cabeza.
    Tienen razón los sectores patrióticos revolucionarios que, como el Partido Socialista, el MIR y el MAPU, plantean la necesidad de avanzar hacia el socialismo golpeando duramente a los enemigos de Chile y del pueblo. Pero también existe conciencia que es suicida cancelar toda posibilidad de diálogo con la DC en bloque, sin intentar hasta sus últimas posibilidades revitalizar a los sectores antigolpistas de esa colectividad política.
    Anoche, en medio de una manifestación obrera en el centro de esta ciudad, este corresponsal escuchó una consigna coreada por todos y que resume en parte ambiciones y necesidades que se ven desde aquí como estratégicas.
    Un manifestante con altoparlante decía: «Trabajadores…!» y la multitud respondía: «Al poder..!» De nuevo afirmaba el jefe de las consignas: «Trabajadores…! » Y de nuevo respondían las voces: «Al poder…!» Entonces, preguntaba el altoparlante: «¿Y cómo?», a lo cual la multitud afirmaba: «Luchando, creando, Poder Popular». Parece que es una de las síntesis de estos días dramáticos. Porque aqui hay olor a pólvora, aquí se huele a lucha y combate, aquí se ve clarito que es una de la síntesis de estos entre una cosa y otra, entre este pueblo que prueba en carne propia cuánto cuesta fabricar su propio socialismo y ese enemigo airado y dispuesto a todo que sabotea y recibe sin escrúpulos el dólar siniestro del norte. No hay alternativa intermedia de ninguna especie en Chile, no hay regreso ni marcha atrás, porque o esto marcha rápido hacia más socialismo, más poder popular y nuevas restricciones para el enemigo de clase, o si no correrá la sangre a lo largo de esta «loca geografía» donde se ha vuelto a demostrar que a los dueños de tierras, minas, fábricas y transportes no se los neutraliza cuando ha llegado la hora de las grandes decisiones. Ellos también saben jugarse y pelear por lo suyo, por su poder, asentado en años de explotación y costumbre. Pero El Descamisado cree no equivocarse cuando intuye y verifica que este pueblo luchará abnegadamente por sus conquistas y será muy duro robarle su revolución que tanta sangre le costó. Dejamos pues la trinchera con la certeza de que, como decía alguien, «entre explotadores y explotados no existe la paz, sólo existe la guerra».

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