Cincuenta y tres generales (de división y de brigada), fueron los protagonistas de la conocida maniobra de presión política que Lanusse concretó en un documento de cinco puntos, destinado a limitar las atribuciones del gobierno popular. Las explicaciones posteriores fueron abundantes, y arreciaron después del 11 de Marzo. El único general que se negó a suscribir la orden (y que antes había destapado sucesivas operaciones de «acción psicológica» de la camarilla de Lanusse) se fue a su casa, sin pena ni gloria. El general ibérico Saint Jean no tuvo acompañantes, no sirvió de ejemplo, aunque salvó, solitariamente, su nombre.
Los 53, sin embargo, están allí, derrotados por 7 millones de votos, pero escudándose en algunos miles de oficiales que no alcanzan a comprender por qué motivo los generales de la derrota no proponen, simplemente, su propio pase a retiro.
Han sido estos 53 generales los conductores, efectivos o pasivos, de una tergiversación que pretendió enfrentar al peronismo con el Ejército. El general Perón aludió a ellos, reiteradamente, como la «camarilla», una trenza palaciega cuyos brazos armados podían ubicarse en las grandes unidades de la Capital y de Rosario, en algunos regimientos blindados de la provincia de Buenos Aires y en ciertas unidades especiales de Córdoba. Los miembros de la «camarilla» eran intercambiables, como piezas de un juego mecánico: podían pasar de la aplicación personal de torturas a un despacho en la Casa Rosada (como en el caso de la acusación al general Carranza Zavalía), o bien a un destino en el exterior (como el general Mariano de Nevares, accionista y fundador en la Argentina de la corporación multinacional Dettec, antes de su designación como representante del Ejército argentino en la Junta interamericana de Defensa, en Washington).
Otros llegaron, como Tomás Sánchez de Bustamante, a reivindicar en España su pasado anterior a la misma independencia argentina y soñar con un imaginario imperio, con el consiguiente juicio crítico contra la Revolución de Mayo, que nos hizo libres pero estropeó el escudo heráldico de su familia. Y en su afán de compararse con los generales «de verdad», alguno no pestañeó —como López Aufranc— en que lo conocieran como «el Zorro de Magdalena», mientras pensó que era prestigioso el modelo de los generales alemanes del Sahara, para volverse más tarde paracaidista, como sus maestros, los generales franceses de la guerra colonial de Argelia.
Estos generales, que pusieron siempre por delante sus tristes abolengos coloniales, no escaparon a la nostalgia de la verdadera guerra, seguramente hartos de comentar toda su vida las batallas «de los otros».
Por eso la «camarilla» vivió sus relaciones con el pueblo argentino como los generales franceses de Argel vivieron su propia guerra colonial. Educados en colegios aristocráticos, fogueados en cacerías del zorro (a falta de mejores batallas, como el general Fonseca recientemente «herido» en esa actividad), a menudo propietarios rurales, estos generales del arma de caballería ocuparon sin intervalos el Comando en Jefe del Ejército durante los últimos dieciocho años. Organizados bajo la forma de logia, ya en 1951 tuvieron ocasión de alzarse contra el gobierno peronista, en una aventura que dio con la mayoría de ellos en la cárcel: Lanusse, Alsogaray, Sánchez de Bustamante, López Aufranc, Uriburu, Suárez Masón, los actuales mandos superiores del Ejército, se juramentaron ya entonces para destruir el gobierno del pueblo. Entonces fracasaron militarmente; en marzo, volvieron a fracasar, políticamente. Porque estaban derrotados políticamente fue que, en 1951, perdieron la carta militar que jugaron de todos modos. Algunos sospechan que ahora, cuando la derrota política los arrastra inexorablemente por segunda vez, algunos de ellos podrían volver a intentar, como hace veintidós años, jugar una temeraria carta militar.
El peronismo ha formulado con mucha precisión el papel que el Ejército debe desempeñar en el gran proceso revolucionarlo abierto en la Argentina. El Ejército argentino, sin embargo, no podrá cumplir con ese papel si una camarilla reaccionaria, que regula los ascensos, organiza los destinos, elimina a los oficiales democráticos y conspira con los grandes propietarios rurales y los gerentes de las corporaciones norteamericanas, continúa sentada sobre toda la institución imponiendo su política a ella y desde ella, a todo el país.
Los 53 del célebre documento deben irse a su casa. Algunos por conspiradores, la mayoría por tener la estilográfica siempre preparada para suscribir cualquier cosa, aunque sea una porquería, si la «camarilla» lo exige. La institución militar, ciertamente, requiere su propia reforma, para ponerse al paso de los tiempos que corren en este país, en América Latina y en todo el mundo. Pero la tarea de reformarse no puede quedar en las manos de aquellos que han petrificado al Ejército para con él petrificar al país.
Si los 53 generales se van a su casa, nadie llorará por ellos. El pueblo argentino los repudió en las urnas; la oficialidad más joven llenará sus huecos sin pesar, procurando poner la institución militar a la altura de un país, cuyo pueblo rechazó definitivamente el papel que le i había reservado la «camarilla» de la caballería. Y hasta es posible que 53 compañías norteamericanas hayan preparado ya otros tantos asientos en sus directorios, para recibirlos cuando dejen el servicio.
La «camarilla» de la caballería ha dejado de ser una logia protegida por el secreto. Lanusse se encargó de llevarla al punto más alto del poder, el pueblo argentino se preocupó porque su caída, el 11 de marzo, fuera total. Esta sociedad secreta que ha dejado de serio se exhibe a la luz pública como lo que siempre fue: una auténtica maña de primos y parientes, que se reparten cargos oficiales, posiciones militares y negociados comerciales con completa desfachatez.
El pueblo argentino, que los conoce, espera ahora su liquidación política y militar, y también previene: estos hombres acostumbrados a servirse durante tanto tiempo del poder, deberían resignarse a perderlo. Porque la conspiración de 1951, el golpe antipopular y masacrador de 1955, la aventura entreguista de 1966, los 5 puntos de 1973 están demasiado frescos. Si levantan la mano, el pueblo argentino les hará caer las armas de la mano, para no volver a empuñarlas nunca más.

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